Junio, 2025.
Zunino, D.
Gonarf siguió volando a través de las linternas, aleteando su cola. Todas estaban llenas de vida, iluminadas con diferentes colores y texturas. Como eran las casas de los habitantes de Fanklog, cada una representaba el espíritu de su dueño. Solo que Gonarf no sabía quién era, por lo que buscó y buscó su casa por años.
Aunque había una leyenda que hablaba de un gigante que resolvería ese problema si le dabas la llave a su mente. Claro, era solo una leyenda, pero el pequeño dragón confiaba en sus instintos. Algo le decía que era verdad.
Al salir del sector 653, se abrió un bosque de pinos oscuros, que tal vez ocultaban la clave de su destino. Bajó lentamente, intentando esquivar las posibles espinas de los árboles espesos. Aterrizó en un charco de setas, rodeado por miles y miles de sapos. Caminó y caminó hasta que encontró una cueva donde dormitar hasta el día siguiente.
Mientras se acomodaba, divisó un par de ojos vigilándolo, probablemente esperando para acecharlo. Sin saber qué hacer, los miró. Con la luz de la luna, vio cómo un lobo se acercaba lentamente.
—Perdón, no quería asustarte —se disculpó—. Mi novia y yo nos hemos perdido, ya que, en nuestra luna de miel, el halcón que nos llevaba cayó en picada, dejándonos varados aquí —esperó, expectante a una respuesta—. ¿Cuál es tu nombre?
La cría tardó en responder, pero logró musitar algunas palabras.
—Ah, sí. Mi nombre es Hofer y mi esposa se llama Danika.
Desde las sombras, una silueta se acercó a ellos. Era una cabra, con un velo rosa sobre su cabeza. Tenía un vestido matrimonial puesto, lo que afirmaba que su historia era verdadera. Hofer llevaba un esmoquin negro con pantalones grises manchados de marrón.
—Estoy buscando al gigante de la llave, cuyo nombre no me sé —articuló el dragón, esperanzado en conseguir una pista.
—Nosotros tenemos una llave —dijo Danika, con un tono neutral—. Pero tú deberás llevarnos al sector 653.
Como Gonarf ya sabía el camino y no estaba tan lejos, accedió.
Al dejarlos allí, en las playas de Yogolq, le dieron las llaves.
—¿No era solo una? —inquirió, sorprendido por aquella revelación.
—Tú sabrás cuál es si crees en tu corazón.
Y así, Gonarf continuó su arduo viaje, dudando si la leyenda era verdadera o no. Pero no sabía que debía seguir creyendo en sí mismo.
Luego de días de viaje, llegó a un monte sagrado donde los antiguos Pulcras iban a rezar. Se rumoreaba que allí estaría el gigante, uno de esos Pulcras que sobrevivió a lo largo de los años.
El dragón entró en una cueva inmensa, donde entraba un rayo de luz. Allí estaba, el gigante, meditando.
—Señor —empezó, nervioso, con un temblor en la voz—, ¿es usted el rumoreado gigante?
Se levantó, pero solo inclinó la cabeza, mostrando una ranura en su cráneo. Gonarf tenía tres opciones: una llave con un trébol, otra con un corazón, y otra que le llamó la atención: un bonsái.
Introdujo aquella y, al cabo de unos segundos, la montaña entera se iluminó de todos los colores posibles, revelándole su nuevo hogar...