Marzo, 2023.
Rotunno, M.
Eran las dos de la mañana, estaba silencioso en el frente. Se sentía el polvo de la violencia y muerte, que dejó en el campo de batalla como una huella que se imprime sobre la tierra, como metal incandescente. La luna no se asomaba ni se había asomado desde que había iniciado la guerra.
Sombras pasaban corriendo por la trinchera enemiga como si de un ataque se tratase. Rápidamente sonó la alarma. Debajo de mí, miles de almas igual de desafortunadas se levantaban de su sueño, tal vez el único momento de paz que tenían en este infierno, tomaron su rifle con el cual dormían abrasados. Esperando el inminente ataque, los segundos pasaban lentos como caracol, oh ya lo recuerdo, mi hija solía jugar con caracoles. Recuerdo su cabello, si lo ponías frente al sol parecían un rayo más, su sonrisa iluminaba las noches de desvelo en el estudio mientras escribía. Era la viva imagen de su madre, quien murió en el parto. Ahora esa sonrisa macabra me sonríe todos los días desde el espacio entre trincheras. Estaba allí, quieta, jugando con un caracol, sonriéndome, llamándome a casa.
Un agujero se tomó en su frente y la sangre empezó a brotar. Poco tardé en darme cuenta de que aquella bala había impactado en mi oreja dejándome sordo. Mis compañeros devolvieron el fuego mientras un médico cercano me cauterizaba la herida. El pitido no me dejaba escuchar las explosiones, pero olía la sangre y la muerte que cargaba el aire. Cuando recupere el aliento, note que mis compañeros salían de la trinchera, abandonando su cobertura, lanzándose hacia la muerte. Era un momento que se vivía con calma. Mis compañeros corriendo junto a mí, siendo abatidos indiscriminadamente. Las balas silbaron en el aire, pero no las oía, las bombas caían a mi costado, pero no sentía más que un destello, ni siquiera los gritos de dolor de mis compañeros podía oír, es un don no tener oídos.
Hice lo que pocos lograron. Salte sobre un enemigo que me apuntaba con su rifle, pero por algún motivo no disparó, mi bayoneta se incrustó en su corazón. Ahí recordé que yo antes era humano, pero este maldito infierno nos quitó lo poco de humanidad. Recuerdo ir a una manifestación frente a la Casa Blanca para protestar por la guerra, esas cosas carecen de valor. La vida carece de valor, mi vida carece de valor. Los soldados que lograron llegar, como yo, acabaron con el enemigo sin piedad. Mire el cadáver. Su vida se me hacía tan ajena como la mía. Cuando levanté la cabeza, volví a verla otra vez sana, limpia, hermosa. Me invitaba a seguirla, pero no podía seguirla, nunca podría escapar. ¿Tenía que escapar? Lo giré hacía mi y me pregunté ¿Aquí debía morir? o ¿Aquí debía vivir?