Moreira, S.
En la estación se anunciaba el último llamado para abordar el tren cuando mi mejor amiga Clara me dio un fuerte abrazo de despedida. Su rostro denotaba angustia y cansancio, parecía desbordada por la situación.
-Nos veremos pronto- le dije; ella apenas asintió con la cabeza.
Al llegar a mi hogar, la señora Smith, ama de llaves de la familia de Clara, me esperaba ansiosa en la entrada y sin mediar palabras me entregó una pequeña caja que parecía muy pesada para su tamaño, estaba sellada y lacrada con un extraño símbolo. Adjunto, traía una nota que simplemente decía “No abrir” y la firmaba Clara. Me pareció extraño que mi amiga no me avisara, pero, jamás pensé que sería un problema, pues no ocuparía mucho espacio y tan solo la tendría en mi posesión hasta que Clara regresara en seis semanas. Decidí guardarla en un rincón de mi habitación y me olvidé completamente de su existencia.
En la noche, el calor era insoportable y se me hacía imposible conciliar el sueño. A pesar de estar a fines de marzo, el verano se negaba a dejarnos y su intenso calor parecía emanar del infierno. El aire permanecía inmóvil, pesado y asfixiante. La atmósfera densa hacía difícil respirar y todo a mi alrededor resultaba asquerosamente pegajoso cuando comencé a percibir un olor fétido que avanzaba lentamente en la noche por la casa. Abrí la ventana para disipar la peste. Entonces tuve la extraña sensación de que no estaba sola, el miedo invadió cada célula de mi cuerpo y me puso alerta. Percibía el peligro, pero era incapaz de identificarlo. Me sobresalté al percibir una sombra, se me heló la sangre. Miré hacia la oscuridad y me sentí observada. Traté de ajustar mi visión para poder ver que me deparaba la oscuridad. El terror que experimentaba crecía a cada instante, una sensación extraña recorría mi cuerpo, estaba petrificada, el cuarto daba vueltas a toda velocidad y nada parecía tener algún sentido, dos puntos rojos que brillaban en la oscuridad eran cada vez más intensos.
De repente, la habitación se hizo más oscura aún, el silencio se hizo ensordecedor y un rayo iluminó por un instante la noche, entonces lo vi agazapado en las sombras. Un íncubo infernal con un pentagrama grabado en la frente buscaba la caja de Clara. La tomé y corrí desesperadamente a refugiarme en el desván. Escondida en la oscuridad, sentía que la caja me quemaba. La abrí y no podía salir del asombro al verlo, tenía una forma monstruosa, era pestilente, corrupto y desprovisto de toda humanidad, porque lo que guardaba aquella caja que pertenecía a Clara era el corazón del Diablo.