Era un miércoles por la mañana cuando mi clase de historia comenzó. El día me estaba resultando un tanto abrumador por lo que tener una clase de Historia no era la mejor opción. La voz inteligible de la profesora penetraba en mi cabeza como un zumbido y lo único que podía ver con claridad era aquella mancha de tinta sobre la blanca hoja de mi cuaderno.
De pronto, todo se tornó muy confuso y la precipitada voz de la profesora ya no se escuchaba. No entendía muy bien lo que estaba sucediendo conmigo cuando, de repente, el mismísimo Cristóbal Colón se manifestó en frente de mí. Anonadado por lo que estaba ocurriendo, pude solo captar cómo el personaje histórico me invitó a formar parte de una inolvidable experiencia a bordo de su barco, la Santa María. Partimos del Puerto de Palos de la Frontera con rumbo al naufragio en la costa norte de la isla de Santo Domingo. Durante los primeros días, no podía creer que lo que estaba viviendo era verdad. Solíamos situarnos sobre el carajo del barco con el astrolabio para verificar que íbamos en la dirección correcta y, en caso de enfrentarnos a una tormenta, intentar atravesarla de la mejor manera posible.
Sin embargo, un día las cosas cambiaron. Para nuestra sorpresa, una mancha verde se asomó en el horizonte lo que despertó el asombro en los navegantes.
- ¡Tierra a la vista!- exclamó Colón.
Rápidamente los tripulantes comenzaron a festejar y saltar de felicidad, tras haber estado meses navegando por el océano que tanto aspiraban a conocer. Al llegar a tierra firme se juntó mucha gente de la isla. Todo parecía ir a la perfección, por lo que decidimos desembarcar de la Santa María y comenzar nuestra exploración. Yo, sabiendo que lo que estaban descubriendo era América Latina, decidí acompañarlos. Y ahí fue cuando empecé a conocer bien a Cristóbal Colón. Para mi sorpresa, Colón no era el mismo de los libros de historia. Era una persona divertida, aventurero y siempre tenía una sonrisa en su rostro.
Todo parecía ir a la perfección cuando de pronto, los tripulantes comenzaron a desaparecer uno por uno sin dejar rastro. No entendía lo que estaba ocurriendo, simplemente desaparecían sin razón alguna. Solo quedábamos Cristóbal Colón y yo cuando de un momento a otro el personaje histórico comenzó a tornarse amarillo y su tamaño empezó a decrecer. Todo resultó muy fantasioso cuando el que solía ser Cristóbal Colón se transformó en un pequeño insecto. Mi mente no lograba procesar lo que estaba ocurriendo cuando un ruido aturdidor interrumpió, que indicaba que la aburrida clase de historia había culminado.