Álvarez, A. & Rivero, M.
Anya arrastraba sus pies por la vereda. Con cada paso que daba hacia la casa, parecía que su cuerpo se hacía más pesado. La gravedad actuaba como un hilo invisible que jalaba sus pies hacia la Tierra.
“¿Qué es lo peor que podría pasar?” murmuró Anya a sí misma mientras caminaba hacia su destino. Esas mismas palabras se venían repitiendo en su cabeza como un tocadiscos averiado desde el día que recibió aquella impactante noticia. El intenso brillo de la luna le privaba del sueño hace semanas, pues no podía soportar que bajo aquel mismo resplandor yaciera él, sin tener conocimiento alguno de su existencia. Infinidades de interrogantes atormentaban sus pensamientos diarios y alimentaban el monstruo de la inquietud que llevaba dentro. Tanto así que ni el más tentador de los manjares despertaba su apetito. ¿Acaso Anya estaba lentamente perdiendo su sanidad? La respuesta es sí, probablemente. No obstante, prefería ignorar su decadente estado y permanecer en la dichosa ignorancia.
No tardó demasiado en llegar a la casa. Paredes de marfil, manchadas por la humedad, y ventanas de arco componían la fachada. Ascendió la escalinata que conectaba al porche, cuya superficie rechinaba con su caminar. En ese momento, todas sus ansias se materializaron como trazos de gris en el cielo antes de una tormenta. Frente a ella se alzaba una puerta de oscura y robusta madera, perforada en el centro para dejarle espacio a una ventana de vidrio con forma ovalada. Podía ver su reflejo en ella: sus cabellos levemente ondulados y negros cual carbón enmarcaban su delicado rostro, que estaba tan pálido como porcelana a causa de los nervios.
Un frío estremecedor viajó a través de sus venas con tan solo pensar en las posibles consecuencias de lo que estaba a punto de hacer.
Finalmente, decidió callar al diablo que la molestaba en su hombro y extendió su mano hacia el botón. Sin embargo, por más que la acercara, la distancia que la separaba del botón parecía interminable. En ese momento, el botón era más que un mundano círculo. Tocarlo representaba una nueva faceta que anhelaba vivenciar.
Nunca hubiese imaginado que años de exhaustiva búsqueda e incertidumbre culminarían en un segundo, cuando un impulso que venía gestándose en su interior la llevó a tocar el botón del timbre.
Allí estaba él, detrás de la ovalada abertura de la puerta. Los rasgos faciales del hombre parecían entrelazarse con los de Anya al contemplarse el uno al otro por un instante. Eran verdaderamente similares. Un tanto extrañado, el dueño de casa buscó la llave en su bolsillo y abrió la puerta. No lo sabía, pero también había abierto un camino nuevo repleto de oportunidades, tanto en su vida como en la de la dulce joven que había tocado timbre.
- ¿Qué puedo ofrecerte, niña? - tartamudeó el supuesto desconocido.
-Buen día, señor Giralt. Es un gusto conocerlo al fin. -
-Disculpa, ¿nos hemos visto antes? -
-Puede que esto sea difícil de procesar, - continuó la joven, evadiendo su pregunta.
-Perdona, pero no sé quién eres. - Su semblante revelaba lo perplejo que estaba.
Después de tantos años, Anya reveló la verdad.
-Papá, soy Anya, tu hija.-