Zunino, D.
12/09/1998
Era una fría mañana de invierno en Boston. Las bocinas de los autos sonaban mientras la nieve aumentaba. Yo estaba esperando en el banco para presentar una denuncia. Me habían robado mi billetera con todos mis documentos, y quería cancelarla antes de que pudieran usarla. Eran las diez de la mañana y éramos solo cuatro clientes.
Mientras esperaba en la fila, tenía un presentimiento de que no todo iba a ir como pensaba. Que algún problema ocurriría. Y estaba en lo correcto.
Había una señora que parecía tener unos 70 años quejándose sobre una estupidez que no tenía importancia. Y de repente ocurrió. La gran puerta de vidrio estalló en pequeños pedazos brillantes y unos hombres vestidos de negro levantaron unas pistolas y gritaron unas palabras que no alcancé a escuchar debido a los vidrios, que me dejaron aturdido. Los tres empleados empezaron a chillar del miedo, ya que, si usted, querido lector, no se dio cuenta, era un atraco. Pero uno de ellos tenía una mirada que no lograba descifrar, como si conociera a uno de los vándalos.
Resulta que uno de los bandidos había ido a la escuela con aquel banquero, pero no pude entender por qué el bandido mató al bancario. Resulta que el criminal había sufrido bullying, y el empleado era el que lo hacía. Él juró que tomaría venganza, pero nunca le creyeron.
Intenté llamar a la policía, pero antes de poder hacerlo, aquellos bandidos insensatos me quitaron el celular y me ataron a una silla para que no pudiera hacer nada. En ese momento no pude soportarlo más y lloré. Lloré hasta que las lágrimas no pudieron rodar más por mis mejillas de color bordo.
Por suerte, aquella mujer a la que mencioné antes no se encontraba por ningún lado. Los ladrones se pusieron paranoicos, ya que ella tenía su celular. La policía estaba en camino.
Intentaron escapar, pero su intento fue inútil, ya que la policía llegó antes.
Cuando los arrestaron, me contaron que eran los criminales más buscados en ochenta y siete países, o uno más o uno menos, y que habían robado mi tarjeta de crédito. Me preguntaron si había alguien herido y tuve que contarles la triste noticia del pobre banquero.
Al día siguiente puse el noticiero en la televisión, específicamente el canal 5, y allí estaba aquella mujer. Me alegré, ya que salvó mi vida y la de los demás que estaban ahí. Resulta que mi padrastro había cometido aquel robo. Él era uno de esos ladrones. Y había robado mi tarjeta y la de mi madre. Mi mamá es una empresaria multimillonaria y mi padrastro se había casado con ella por su dinero. Mi madre no se dio cuenta de su expediente criminal ya que él cambia de nombre constantemente. No puedo creerlo hasta este día, pero hay personas que hacen esas cosas horribles en este mundo.
-Y usted, el que está leyendo este relato, sí, recuperé mi dinero.
Leonardo Busketss, testigo de un robo en curso.