Agosto, 2022.
Labraga, M.
Desperté con las campanadas de las ocho en punto, bajé a revisar el correo y divisé una carta con letra minúscula. La tomé cuidadosamente, había sido enviada desde el Buckingham Palace. No esperaba esto; abrí el sobre lentamente y saqué el pequeño papel, escrito con una caligrafía perfecta, la mismísima reina la había escrito. Pensé que era para el amo, pero di vuelta el sobre y me sorprendí al ver mi nombre escrito.
No era un sueño, era real, pero cómo podía la reina interesarse en un simple criado de tercera clase. Eso no importaba en estas circunstancias. Le mencioné al amo que me había llegado correspondencia, él también se sorprendió mucho, pero aceptó llevarme hasta Buckingham Palace. Le agradecí y nos pusimos en marcha. En dos o tres horas estábamos allí, con esa hermosa escalera enorme, hecha de mármol y pulida a la perfección, no podía imaginarme cómo iba a ser el interior del palacio. Cuando entramos, un señor elegante nos recibió y nos llevó a la sala del trono, en donde la reina se encontraba tomando té. En cuanto su majestad me vio, dejó su taza en una mesita completamente dorada y dirigió su mirada hacia mí. Tragué saliva, nunca alguien como yo (un simple criado) había entrado al Palacio y lo había saludado la reina de Inglaterra, pero bueno, siempre hay una primera vez, ¿no?
La reina saludó cortésmente y le devolví el saludo, me dijo que una enorme guerra se avecinaba en Inglaterra y que yo debía dirigir el ejército militar inglés. Me tambaleé hacia atrás y casi caigo al suelo. De no ser por el amo, hubiese resbalado (gracias, amo) y hubiese caído al suelo. De todas maneras, la reina me dijo que, si todo salía bien en la batalla, el ejército y yo (especialmente yo) íbamos a ser recompensados con un título real. Sí, ¡un título real! No lo podía creer (y sigo sin creerlo ahora) pero así fue, y en un pestañeo, estaba entrenando junto a los otros soldados.
Pero había algo particular que me intrigaba, ¿por qué la reina me había elegido a mí para ser el comandante de esta batalla? ¿Por qué no a otro? Bueno, esas preguntas las iba a responder el tiempo, eventualmente. Pasaron los días y la gran batalla se acercaba, pero las preguntas revoloteaban en mi cabeza como aves salvajes, querían ser respondidas, pero ahora no podía, tenía que entrenar, debía ganar esta batalla, o si no, volvería a casa del amo con las manos vacías, y alguna que otra lastimadura, o, quien sabe, quizás ni siquiera volvería con vida. Pero eso ahora no importaba, solo faltaban dos días para que llegasen las tropas francesas, y eso me mantuvo despierto las dos últimas noches antes de la batalla, hasta que, sin darme cuenta, era el gran día. La reina nos dio un último discurso conmovedor y salimos a pelear. Yo daba las órdenes, yo comandaba todo, yo me hacía cargo, yo… Eran muchas responsabilidades para un simple criado, como yo.
Sonaron las campanas y la guerra comenzó. La última vez que había escuchado sonar las campanas me desperté sin saber que en unas tres semanas iba a estar dirigiendo una guerra. Después pensé, ¿por qué había aceptado dirigir esta batalla en primer lugar? Había muchas probabilidades de morir, y yo no quería eso, nadie lo quería, pero la reina me lo dijo como si fuese un completo honor dirigir una guerra en nombre de Inglaterra, pues yo quería salir de ahí en ese mismo momento, y lo más importante, con vida.
Escuché unos ruidos extraños, y me ganó la curiosidad, así que me escabullí entre la sangrienta batalla que estábamos teniendo, y después de caminar un poco, encontré algo peculiar. Era una fogata de color azul, con llamas completamente azules, y un poco violetas, me acerqué y noté un papel quemado a su lado, lo tomé y lo leí.
Era una carta de… La reina, pero decía… decía…, no, no podía ser, pero, al mismo tiempo, sí, decía que… ataquen con más fuerza, pero se lo decía a las tropas francesas. Todo esto fue un engaño, claro, ella quería deshacerse de todos los de tercera clase de su país, esa maldita…
Así que todo lo había planeado ella misma. Dicen que las apariencias engañan, pero, antes de morir, antes de que mis tropas y yo perdamos la vida, tiene que haber algo que podamos hacer, tiene que haber una luz en la oscuridad… tal vez, podamos sacar a “su majestad” de su preciado trono, pero eso sería una tarea difícil. En fin, a veces nos tenemos que ensuciar las manos.
Les comuniqué esto a mis tropas y, a decir verdad, todos se enojaron mucho con la reina, pero accedieron a ir en su contra. Así, todo estaba saliendo a la perfección. En cuanto derrotamos a las tropas francesas, nos dirigimos a Buckingham Palace. Teníamos un plan, engañaríamos a la reina y cuando nos dejasen entrar… ahí se acababa mi plan, después improvisaríamos, qué sé yo, algo se nos iba a ocurrir, ¿no?
Cuando llegamos, mis soldados y yo agredimos a algunos guardias reales (solo aclaro que fue totalmente necesario), y luego nos dirigimos a la sala del trono, donde se encontraba su majestad. Obviamente no la matamos, solo la encarcelamos. Así fue como un simple criado se transformó en el emperador de Inglaterra. Sí, encendí una minúscula luz en la total oscuridad.