Era viernes 13 de agosto de 1982. La jornada laboral había finalizado hacía pocos minutos. Me estaba abrochando el cinturón de seguridad de mi fusca cuando de repente escuché golpes en la ventanilla. Giré mi cabeza para observar a qué me enfrentaba y resultó ser mi nuevo compañero de oficina, Felicio Gomez. Él había estado trabajando en la misma habitación que yo desde hacía ya una semana. No me caía ni bien, ni mal, solo que de vez en cuando era molesto porque a mí me gustaba trabajar solo sin distracciones y pues a Felicio le apasionaba conversar. Cuando yo le pedía por favor que se concentrara, hacía caras raras, como si estuviera enojado pero luego de unos segundos se daba vuelta y se enfocaba de nuevo en lo que debía hacer. Baje la ventanilla a ver qué le ocurría y me pregunto la hora. -¨Son las seis menos veinte ̈, le respondí.
Me hizo una mueca de agradecimiento y siguió su camino. No tenía auto, se iba todos los días caminando por la calle Vinewood hacia el norte. Yo también tomaba ese camino pero nunca me ofrecí a llevarlo porque creo que era suficiente con estar desde las ocho de la mañana hasta las cinco y media conviviendo y escuchando sus tarareos e historias.
El mismo día que Felicio se instaló en mi oficina, mi familia y yo nos mudamos a una casa antigua llena de habitaciones. Como a cualquier familia normal le pasa, cuando los hijos crecen quieren una habitación para cada uno. En mi caso tengo cinco hijos. Una de dieciséis, uno de trece, uno de once, y unas mellizas de siete. Sabía que al llegar a mi casa no se terminaría el día, todavía tenía que desempacar las cosas del sótano. Un clásico, las cosas viejas, de recuerdo, o de estación se almacenan ahí. Retomando, tomé mi camino, saludé a Felicio cuando pase por su lado, y me dirigí a mi casa. Cuando llegué, encontré a mi esposa en la puerta discutiendo con mi hijo de once, Gonzalo. Pregunté qué pasaba y Gisella, mi mujer, me dijo que Gonzalo estaba diciendo que había escuchado ruidos extraños y visto cosas raras cuando ellos volvían del colegio antes de que llegáramos. Le respondí: “claro que lo está haciendo porque nunca aceptó la idea de mudarnos a esta casa, solo ignoralo y a sus tonterías”. Luego, seguí caminando y tomé rumbo hacia el sótano.
Estaba ordenando las cajas, y de repente, escuché ruidos extraños, como murmullos y pasos. Aunque sonaban muy cerca para provenir de mi familia que estaba en el piso de arriba, decidí pensar que los sonidos venían de ahí así no me llenaba la cabeza. Aparte, como la casa era vieja, la estructura debía estar ya dañada y podría ser la causa de todo esto. Mientras colocaba los recuerdos de mis hijos cuando eran bebés en la estantería, me tropecé con una de las cajas de preparativos de navidad. Me di la cabeza contra la pared. Cuando me levanté con la mano en mi frente, observé la pared y noté que había un hueco. Me pareció extraño ya que en los planos de la casa no figuraba ninguna habitación más que las que ya sabíamos que había. Decidí investigar y comencé a pegarle patadas a la pared de yeso. Cuando lo logré, pase para el otro lado con una linterna y me sorprendió lo que vi. No era un espacio grande, las paredes estaban cubiertas de papel tapiz antiguo y el piso de madera ya estaba levantado. Había algo en la esquina de la habitación. Me acerqué y pude afirmar que era un bolso y tenía algo adentro. Lo abrí y me sorprendí al encontrar ropa, objetos de higiene y comida. Sabía que nada de eso me pertenecía a mí, ni a mi familia; pues era ropa de talla grande. Para no preocupar a mis hijos y a mi esposa decidí no contarles, y a su vez, decirles que no bajaran al sótano porque había estado arreglando unos cables. Tape el agujero por ambos lados con papel tapiz para que no se notara y me fui.
Al día siguiente, cuando ya estaba preparado para irme a trabajar decidí echar un vistazo. Se me paró el corazón cuando noté que el bolso estaba abierto y había un paquete de galletas tirado en el suelo. Decidí ignorarlo y seguir mi camino a la oficina para no llegar tarde. Cuando llegué estaba Felicio, que por alguna razón, siempre llegaba antes que yo. Lo saludé y me senté a chequear los ingresos mensuales. En la hora del almuerzo se acercó a mi mesa para preguntarme si podía sentarse conmigo y accedí. Mi cabeza seguía llena de preguntas acerca de ese bolso extraño que había encontrado.
Durante ese rato, descubrí muchas cosas sobre él que no sabía, pero solo una me pareció sospechosa. Cuando le pregunté dónde vivía me respondió que tenía un apartamento en un edificio por la calle Vinewood. No le dije nada, pero conocía de memoria esa calle y no había ni un edificio por ahí, ya que era una calle bastante alejada de la ciudad.
Siguió transcurriendo el día hasta que se me ocurrió una idea al momento de volver a casa. -¿Quieres que te lleve a tu casa? Le pregunté.
-No gracias, me gusta caminar así me mantengo saludable. Me respondió.
Le sonreí y seguí mi camino. Pasé por la gasolinera y por el supermercado para comprar la cena.
Cuando estaba llegando a mi casa, me pareció ver a un hombre de rasgos muy parecidos a los de Felicio. Me apresuré y me paré frente a la ventana de mi cuarto que daba hacia el frente de la casa. Mi piel quedó pálida al ver que mi compañero de trabajo ingresaba al sótano de mi casa por una chapa que mi familia y yo pensábamos era del servicio de electricidad. Bajé inmediatamente al sótano y lo encontré comiendo galletitas de la misma marca que el paquete que había visto antes. Cuando me vio, se quedó sin palabras y se desvaneció. Llamé a la policía y al llegar se despertó y me miró a los ojos con furia. Me dijo:
-hasta nunca, quizás, y largo una carcajada.
A la semana de este hecho, mientras escuchaba las noticias en la radio, quedé perplejo con lo que decían: ¨Felicio Gomez, un encarcelado por frogging, escapó esta noche y sigue desaparecido¨.
En ese momento, fue cuando volví a escuchar ruidos en el sótano.