Un día, normal y corriente, me encuentro en casa viendo la tele como acostumbro todos los jueves por la tarde, hasta que sentí que el teléfono de línea sonaba sin parar, cosa que me resultó extraña porque hace años no recibía una llamada.
Me paro, camino hasta allí, atiendo, era alguien que me resultaba familiar. Con una voz esperanzada pero cansada alguien del otro lado me decía:
-Por favor dime que eres tú, intento comunicarte de esta manera hace meses, soy Germán, tu amigo de la infancia.
Sorprendida intentando analizar lo que me había dicho, respondí:
-¿Germán? ¿El vecino de la casa con ladrillos grandes como las nubes y azules como el cielo?
- Sí, ese mismo. Vengo a decirte que necesito que aceptes mi ayuda ya que estás en peligro.
A estas alturas ya nada tenía sentido, pero por curiosidad y efectivamente un poco de temor le pregunté por qué creía eso.
Germán respondió por lo bajo:
-Anastasia, hace seis años has quedado en un coma debido a un accidente en avión, y la única forma de despertarte es que logres salir tu sola de tu subconsciente.
Sé que es imposible creerlo y suena ilógico pero necesito que confíes en mí, morirás si no lo haces.
-¿Cómo dices?- le dije en mi peor estado de shock
-Si eso fuera verdad ¿Porque tú, mi supuesto amigo de la infancia que no veo desde que me mudé, serías el que me tiene que ayudar a salir? ¿No tendrías que ser alguien que signifique algo para mí?- le respondí muy seria.
Germán me dijo que no me podía dar muchos detalles en aquel momento pero que tenía que confiar en él para poder vivir. No sé por qué, sentía que tenía que creer en su palabra, sabía dentro de mí que él decía la verdad.
Consciente de eso, Germán me pidió que pusiera el teléfono en altavoz, ya que me daría ciertas indicaciones para salir de mi casa de madera y cemento que tanto me gustaba. Me dijo que necesitaba algo que me despertara de inmediato, podía ser dolor, susto, o lo que sea que me hiciera reaccionar.
En ese momento lo único que se me vino a la cabeza fue meterme a una bañera con agua fría y mucho hielo ya que lo acostumbraba a hacer con mi padre después de un día de mucho deporte. Germán me dijo que era muy importante que piense, con mucha intensidad, en recuerdos felices de mi vida mientras me sumergía sesenta segundos bajo el agua.
Cuando llegó el momento, Germán seguía conectado al teléfono, cerré los ojos y me zambullí en esa bañera parecida al océano del polo norte.
De repente, los abro los debajo del agua y empiezo a ver una figura, era un hombre. Una voz me decía que no cerrara los ojos, que lo estaba por lograr, solo era cuestión de segundos. Eso fue lo que hice, resistí, despertando en la sala de un hospital. A mi lado me sujetaba la mano con fuerza mi supuesto amigo de la infancia, quien es en realidad mi esposo. Gracias a esa llamada tan particular ese jueves por la tarde, mis días dejaron de ser “jueves por la tarde” viendo el televisor y empecé a vivir de nuevo.