Julio, 2021.
Moreira S.
En tiempos de batalla la tensión es palpable en el aire, la expectación y el miedo fluyen con el viento.
Mis compañeros y yo aguardamos por órdenes. Mi más fiel amigo, un corcel azabache con crines tan suaves como la seda, me regala una mueca que pretendía ser una sonrisa. Me aterrorizaba la posibilidad de perderlo, pero la esperanza prevalecía.
Blanco y negro, acromático. Éramos dos bandos totalmente opuestos. Uno tan oscuro como una noche en el campo y otro tan claro como la nieve en el invierno más helado. Como la luz y la sombra.
La monarquía era protegida por sus leales seguidores. Guerreros y centinelas listos para la batalla.
Comienza el enfrentamiento con un movimiento del bando contrario, un paso podría acabarlo todo. Ataque tras ataque. La reina de la noche espera su momento, letal, astuta, pero cae dentro de una trampa. Acorralada, mi valiente soberana fallece por proteger a un inútil y pusilánime tirano. Las torres se derrumban, los caballos se desploman. Suelto un chillido al ver caer a mi compañero.
Al final solo uno ganará. ¿Quién lo hará? El más ingenioso pero también engañoso.
El ejército contrario está ansioso, no entiendo por qué si llevan ventaja. Caigo en un abismo tenebroso, no he perdido pero veo como mis compañeros sueltan su último alarido y ya no me siento tan valeroso.
Aguardo mi momento hasta que se me ordena avanzar, pasos pequeños pero certeros. He sido enviado hacia el final. Me siento utilizado, soy un simple escudo del rey malvado. Caigo por el ataque de un alfil que arrasó conmigo porque me encontraba en su camino.
Todo parte de una estrategia, de una jugada. Yo solo fui un insignificante peón dentro de esa terrible matanza.