Julio, 2021.
Puchala, J.
El anciano era alguien peculiar. A diferencia del resto de los habitantes de este antiguo edificio, el hombre no parecía salir nunca de su bata color vino que le hacía juego con sus pantuflas aterciopeladas. Además, su departamento era un misterio.
Durante el día, el silencio reinaba en él. Mas cuando la noche arribaba, se oían sus pisadas recorriéndolo estruendosamente. Pero lo más extraño, era que parecía provenir de encima de nosotros, como si aquel vecino caminara por los techos al igual que un vampiro. Pero mi hermano mayor solo decía que eso era producto de mi imaginación como el niño de doce años que era. Aunque jamás pude comprender su razonamiento, ya que solo era un año más grande que yo.
Dentro del edificio, mi hermano y yo nos dedicábamos a entregar el correo. Una tarde, recibimos un paquete que correspondía al vecino de abajo. Ambos odiábamos la idea de tener que entregárselo, aquel hombre nos causaba escalofríos de tan solo verlo.
Al llegar a su puerta, tocamos el timbre con incertidumbre. Seguido de esto, la misma se entreabrió por sí sola. Intercambiamos miradas entre nosotros y, con lo poco de valentía que nos quedaba, ingresamos cuidadosamente.
˗¿Señor Grimaldi? ˗ lo llamó temeroso mi hermano.
Pero nadie respondió. Escaneé el lugar solo para encontrarme con una enorme figura que colgaba del techo en la sala de estar al fondo del departamento. Parecía tratarse de una lámpara refinada. Curioso, me acerqué para poder apreciarla mejor. Pero no pude haber estado más equivocado. En aquel momento, mis sentidos se alarmaron ante lo que mis ojos captaron y corrí en dirección opuesta antes de que el señor Grimaldi nos hubiera advertido. Pero fue demasiado tarde. Antes de poder alertar a mi hermano, un agudo dolor nació a un costado de mi cuello y mi vista se nubló por completo.
Jamás logré recordar lo que sucedió luego, pero aquellos dos puntitos en mi pescuezo solo me generan insomnio permanente e incluso un extraño interés hacia lo gótico.