Descuelga el teléfono y al otro lado se escucha la voz de un amigo de la infancia.
Hola Ruffi, ¿sos vos?
Em, si… ¿Quién habla?
Iván, ¿no reconoces mi voz?
Ahh, ¡Iván! ¡Tanto tiempo! No sabía nada de vos desde que nos graduamos de primaria.
Bueno, sí, perdón por haber perdido el contacto y aparecer así de repente. Pero… tengo algo que contarte.
Rufina era una chica serena. A diferencia de la mayoría de las niñas de su edad, ella no disfrutaba de salir a fiestas y tener comportamientos rebeldes. Quien la conocía sabía que ella no podía vivir sin su juego de ajedrez. Podía estar horas viendo como el caballo, su pieza favorita, avanzaba dos casillas hacia adelante y luego una al costado; le parecía fascinante como iba contra todas las reglas. Se sentía identificada con este animal de madera aunque no por lo que muchos pensaban que era.
Iván, era su polo opuesto. Siempre rodeado de amigos y popularidad. No tenía un buen rendimiento escolar pero esto no le importaba. Los fines de semanas llenos de fiestas, predominaban en su vida. Sus padres vivían en su mundo, sin preocuparse por el bien de su hijo. Iván gozaba de esto, al menos, eso era lo que mostraba. Su frialdad y orgullo desaparecían por completo cuando él comenzaba a escribir cartas. De un segundo a otro, se convertía en el mismísimo Nicholas Sparks.
Bueno da igual, al punto, ¿Qué es tan importante para que te comuniques conmigo? - responde.
Te vi esta mañana en el hospital.
¿a mí? Eso no es cierto. Creo que te confundiste de persona.
Rufina cortó la llamada.
No podía creer lo que había pasado unos segundos atrás. Quería desaparecer. Algo que logró ocultar por tantos años ya no era desconocido por el resto. Su enfermedad terminal había salido a luz. Sus ojos parecían un día de tormenta sin fin, no lo podía controlar. Creía que ahora se entendería por qué esa era su pieza favorita y no quería que eso sucediera.
Del otro lado de la charla, Iván quedó sorprendido. Con el teléfono en mano, congelado como si la voz de Rufina fuera a escucharse nuevamente sin explicación alguna. Se dio cuenta que quizá había entrado a su intimidad sin intención de hacerlo, no entendía el porqué del fin de la llamada.
A la mañana siguiente, Rufina se encontraba leyendo en su habitación del hospital cuando de repente, un sobre se asomó por debajo de su puerta. Intrigada, se acercó velozmente a ver de qué se trataba esta misteriosa carta. Al abrirla, se encontró con lo siguiente:
“Rufi, mi intención no era entrometerme en tu privacidad, solo quería que no te sientas sola en esto porque del otro lado del teléfono también había una persona pasando por la misma situación.
Iván.
P.D.: Estoy en la habitación 712.