Hola, soy Mario y les voy a contar una alocada historia.
Todo comenzó cuando mi amigo de la facultad llamado Luigi me invitó a un viaje en crucero por el Caribe, el cual estaba dudando si aceptar o no ya que me mareo fácilmente en barcos. Sin embargo, él fue persuasivo e insistió para que fuéramos.
– Vamos Mario, será divertido. ¿Cuántas veces has ido al Caribe en tu vida? Me dijo Luigi.
– No muchas, pero me mareo mucho en los barcos, la voy a pasar fatal. Le respondí.
– Puedes tomarte pastillas para evitar mareos.
– Supongo.
– Bueno, ¿Qué dices?
Luego de pensarlo un rato, decidí aceptar. Al fin y al cabo, la persuasión era una de las características que definían a Luigi.
Luigi era un poco más alto que yo, con pelo ondulado y castaño. Tenía ojos verdes brillantes como esmeraldas.
Pocos días después, Luigi me llevó al crucero, elegante y gigantesco, incluso para ser un crucero. Era de un color blanco que cegaba y tenía ornamentaciones doradas alrededor de los bordes del mismo. En la parte de arriba, había cientos de ventanas pequeñas para ver en todas las direcciones posibles.
Al subirnos al crucero, vimos una decoración moderna con muebles elegantes de madera de altísima calidad. El ambiente era acogedor, aunque lo que más me llamó la atención fue una antigua biblioteca de madera desgastada la cual hacía contraste con todo el estilo modernista del crucero. Vi que tenía muchos libros famosos como Piratas del Caribe, Aladdin y muchos más, en lo personal siempre me gustó el Titanic, así que me lo lleve hacia mi cuarto.
El sonido de la marea era tan calmo que me vi casi que forzado a cerrar los ojos y descansar, por suerte llegué a la habitación a tiempo.
Me despierto con un fuerte barullo, con mis labios secos cual desierto y mi mirada perdida, me levanto a descubrir la fuente de dicho ruido. Al salir de la habitación, me encuentro con decenas de hombres musculosos y con barba, algunos con un parche en un ojo, otros con un pájaro sobre el hombro.
Me froté los ojos para asegurarme que no fuera un sueño, pues no era posible que existieran dichos personajes “extintos” como los piratas. Sin embargo, era verdad, un fuerte escalofrío me recorrió todo el cuerpo, pues me di cuenta que
todos los pasajeros que había visto previamente, estaban atados, aunque no vi a Luigi, y siendo amenazados con espadas, por lo que en un abrir y cerrar de ojos me escondí. Una vez que estuve más calmado y concentrado, abrí ligeramente la puerta para ver la situación actual. Había muchos piratas robando objetos de valor, dinero y oro, pero no celulares, lo que al principio me extrañó pero después me ayudó a asumir que todos sus comportamientos eran de otra época, como si fueran de otro tiempo. Después de 5 minutos largos, cual siglos, logré notar unos delgados y casi traslúcidos hilos que salían de cada pirata, y todos guiaban a un mismo lugar, un libro vigilado por tres piratas. Una idea se me cruza por la cabeza: ¿y si puedes sacar las historias de a dentro de los libros antiguos que vi antes?
Miré por todos lados aunque sin dar con lo que buscaba. Lo más silencioso que pude revolví en cada rincón de la habitación hasta que finalmente lo encontré: El Titanic. Empecé a dudar si debería abrir el libro, ¿cómo rescataría a todos luego? ¿Solucionaría algo? Pero de repente, escuché algo que me decidió:
–ahhhhhhhh
Era un grito desgarrador y ¡provenía de Luigi, lo habían encontrado!
No lo pensé dos veces y abrí el libro. Apenas lo hice el barco se choca bruscamente contra algo, miré por la ventana y era un iceberg gigante, no lo podía creer, había funcionado. Tenía que pensar rápido ya que el barco se hundía. Empcé a correr hacia donde estaban todos como nunca lo hice en mi vida, y aprovechando la confusión de los piratas agarré el libro de Aladdin y lo
abrí. Del libro salió el famoso genio y me dijo:
–Te concederé tres deseos.
Era como una estrella deslumbrante y por más que me hubiese encantado quedarme viéndolo toda mi vida, ya no quedaba mucho tiempo, el barco se hundía y los piratas que habían recobrado sus sentido empezaron a correr hacia mí. Casi me alcanzan, de los nervios no me salían las palabras de la boca, hasta que en el último segundo grité:
– ¡Deseo que yo y todos los rehenes seamos tele transportados al puerto de vuelta!
Y sin que nadie se diera cuenta, en cuestión de segundos, ahí estábamos, de vuelta en el puerto. El genio volvió al libro y nadie lo vio. A nadie pareció importarle que yo tuviera un libro de Aladdin.
Algunos intentaron ir con la policía, pero nunca se volvió a encontrar a ese crucero, y otros como Luigi y yo simplemente celebramos que habíamos logrado escapar.
Y lo mejor de todo es que nadie sabía que aún me quedaban dos deseos.