Era una tranquila noche de otoño, me encontraba caminando de regreso a casa. Había tenido una mañana agitada en la que tuve resolver un inconveniente del cual no se podía enterar nadie. Al abrir la puerta de casa lo vi a él, tenía el ceño fruncido y en su rostro podía notar el enojo. La voz de su boca salía como disparos directo a mi pecho y sentía que el aire abandonaba mis pulmones. ¿Tendría yo la culpa de esta situación? Fue él quien había traicionado la confianza y el que había roto esta linda historia que habíamos construido, pero por algún motivo el nudo en mi garganta y su forma tan verosímil de hacerme sentir culpable hacían que las lágrimas brotaran de mis ojos.
Por la misma puerta por la que había entrado a mi vida se fue. De un momento a otro me encontraba corriendo desolada, persiguiendo a alguien que ya se había ido.
Se oía el chirrido de las vías del tren que me erizaban la piel. Le grité con el poco aire que me quedaba en mis pulmones, que se quedara, que volviera a mis brazos y me derrumbé.
Me encontraba con un pie en el tren y el otro en la estación, la miré a ella estupefacto por el teatro que estaba haciendo, cuando el que había hecho las cosas bien fui yo. Ella no podía seguir con las manos manchadas de sangre por el crimen que había cometido. Había acabado con una vida, yo no podía seguir ocultando su oscuro secreto, a pesar de que me doliera, tuve que delatarla. Debido a lo sucedido, decidí irme y borrar todo rastro que me involucrara con ella, así que subí al tren para poder comenzar una nueva vida lejos de aquí.
¿La amaba? Por supuesto que sí, era mi alma gemela, mi luz en medio de la oscuridad, pero ella ya no es la misma que había conocido hace unos años y alguien que mata una vez, puede que mate dos.