Septiembre, 2021.
Álvarez, A.
Mi madre describía el tintineo de sus irises como monedas de plata en una fuente cristalina y sus rostros como resplandecientes obras de marfil. Criaturas inmaculadas las llamaba ella. Pero, lo más deslumbrante eran sus alas cubiertas por delicadas plumas.
Siempre me contaba sobre los ángeles antes de dormir.
Nunca se me habría ocurrido que a los nueve años de edad conocería uno.
Varias horas habían transcurrido desde que le había suplicado a mi mamá que me contase más sobre mis sagrados guardianes, pero no había caso: la luna ya se había posado en el cielo para vigilar que estuviera dormida. El peso de las frazadas recaía sobre mi cuerpo hasta la nuca, emanando su calor estremecedor. Sin embargo, durante la madrugada, ese calor tan acogedor comenzó a hacerme dar vueltas en la cama.
Entre mi somnolencia, un hedor peculiar impregnó mi olfato, trayendo consigo una sombría reminiscencia. Lentamente, parecía que cobrase vida, agarrando mi garganta con sus manos fantasmales y limitando el pasaje del dulce oxígeno.
“¡Anastasia! ¡Sal del cuarto!” mi madre ordenó entre una espesa tos.
Instantáneamente, coloqué mis pies descalzos en el suelo, agarré mi muñeca, y corrí hasta el umbral del departamento. Aunque noté la figura doblada de mi madre, una nube acarbonada me impedía verla con nitidez. Entrelazó sus dedos con los míos y me guío hasta las escaleras que nos llevarían a la salida del edificio. Con cada paso descubierto entre la multitud de vecinos, el calor que se desprendía de las baldosas debilitaba mis sentidos. Al menos tenía mi muñeca para distraerme. Excepto que ya no estaba. Ni los sollozos, ni la tos, ni los gritos del ambiente me frenaron cuando escapé a buscarla.
Lágrimas saladas mojaban mis labios y su borrosidad amenazaba con cegarme. Entre la nebulosa de escarlata viva que era mi alrededor reconocí una silueta tendida en el suelo. Luchando contra la quemazón y el mareo, me acerqué. Su único rastro de conciencia era su tos y su mano sujetando algo firmemente: mi muñeca. Sin embargo, ya no me importaba. No veía el entrecierro de los párpados ni la suciedad de esa mujer; para mí, ella era mi ángel, mi guardián. Había rescatado mi muñeca.
“Corre, niña,” masculló.
“Pero...”
Antes de que pudiera responderle, fui agarrada y alejada por unos brazos desconocidos a los que quise protestar, pero finalmente me sometí a la fatiga. Antes de cerrar los ojos, logré entrever cómo el humo se había despejado, y en su lugar veía el cielo.
“¡Anastasia!” Las esmeraldas irises de mi madre tintineaban frente a mí.
Antes de que Morfeo me llevara consigo, dije: “Mamá, conocí un ángel.”