El Odio

F. Javier Blasco, 26 de noviembre de 2016


Si cualquiera consulta el diccionario de la Lengua Española, editado por la Real Academia Española (RAE), encuentra una definición muy breve y clara de lo que significa este vocablo: “Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”.

Definición simple, que incluye en sí numerosas connotaciones y derivadas ya que engloba dos elementos tremendamente malignos en un mismo concepto; la antipatía o aversión y el deseo del mal hacia algo o alguien. No basta con repudiar o maldecir sobre algo o alguien hasta la saciedad lo que nos lleva a la ceguera contra el razonamiento más elemental; sino que además, sentimos el deseo del mal sobre aquello o quienes maldecimos.

El odio puede ser motivado por causas naturales o no. Muchas veces surge por generación espontánea ante un hecho que sobrecoge el pensamiento; pero, también es fruto de una labor patética y patente generada en nuestro pensamiento individual o colectivo tras ser víctimas o participes de un plan preconcebido que se apoya en hechos pretendidamente reales, aunque en la mayoría de las ocasiones lo hace a base del adecuado uso de diversas falacias y supuestos; que como sabemos, su fin último es engañar.

Se dice que el ser humano es capaz de pasar del amor al odio con un solo hecho o detalle. Frase que frecuentemente se emplea cuando vemos aquellas parejas bien avenidas, que por un chispazo o encontronazo de cualquier tipo, principalmente debido a comportamientos personales o por determinado tipo de líos amorosos, cambian por completo su postura y llegan rápidamente a roturas, relaciones impensables, separaciones, divorcios y reclamaciones astronómicas.

Dicen los psicólogos, que muchas veces, es dicho tipo de odio la base donde se fomentan gran parte de las agresiones e incluso muchos de los abusos y crimines de violencia de género. Porque los arrebatos que estas situaciones producen son tan tremendos e irrefrenables que, el uno o el otro, sino los dos, pierden el sentido de las cosas y, todo aquel inmenso cariño que un día compartieron, se torna en un tremendo deseo de anhelar o hacer el mal sobre el otro e incluso sobre los amados familiares y descendientes de ambos.

Estos odios son cada vez más aparentes y patentes; tanto, que raro es el día en él que no nos desayunamos con alguno o varios de estos sucesos y crímenes en las portadas de los periódicos o en los informativos de TV.

Como cosa curiosa, debemos decir que estos actos no se pueden encasillar en ninguna categoría específica ya que obedecen a todo tipo de nacionalidad, condición social, raza o religión; se dan en todo el globo terráqueo y su tendencia va en aumento a pesar del incremento de las medidas políticas, sociales y policiales para combatirlos o para paliarlos en sus orígenes tratando de disminuir las posibilidades de que estos  se lleguen a producir.

Ampliando el foco, nos encontramos que el odio no se da solo en las relaciones de pareja. Existen otros tipos de odio como por ejemplo los debidos al país de origen de las personas, a su raza o condición sexual o social. No es fácil de identificar las causas de este tipo de odios, pero siempre han existido y existirán; así son famosas las múltiples acciones producidas por homofobias o xenofobias que, simplemente, por una determinada tendencia sexual, situación social o el color de la piel llevan a detestarlos y perseguirlos aunque tengan acreditada nuestra propia nacionalidad e incluso hayamos mantenido excelentes relaciones de vecindad o consanguinidad. Los odios de este tipo han llevado a la persecución y al exterminio de millones de seres humanos aunque hayan convivido con sus perseguidores durante muchos años.

A pesar de que la historia está llena de estos casos, como ejemplos más patentes de ellos podemos mencionar las persecuciones a los negros en EEUU, que ocasionaron hasta una cruenta guerra civil, cuyas huellas y secuelas aún no se han cerrado y la represión las acciones derivadas del holocausto de los judíos, homosexuales y gitanos durante la Segunda Guerra Mundial por parte de la Alemania Nazi allí donde sus tropas llegaron.

También han sido y son famosos los odios debidos a la religión, en los que por una mala interpretación de los cánones del que la profesa, todo aquel que no la práctica u ofende es considerado como hereje y enemigo acérrimo por lo que no merece ningún tipo de consideración; al contrario, son automáticamente condenados a una muerte miserable o innumerables sacrificios. Ejemplos de esto también, por desgracia, abundan en nuestra historia pasada y reciente; basta con recordar las persecuciones de los cristianos por el Imperio Romano y las crueles actuaciones del autoproclamando Estado Islámico.

Los deportes, una práctica saludable que debería animar a la camaradería e inspirar al lance o competencia limpia en la que un contrincante o equipo se enfrenta en buena lid a su rival en cualquier competición, son razones de disputas, odios, persecuciones y actuaciones deleznables, más propias de personas incivilizadas, que de serios padres de familia o emblemáticos profesionales en sus respectivas tareas. No hace falta que mencione ninguna de estas fobias y odios que ocupan muchas portadas de forma consecutiva cada jornada deportiva, e incluso, antes de que el encuentro o competición se produzca.

Las nacionalidades y los nacionalismos, son otra fuente palpable de odios elevados a la máxima potencia. Aquel que se siente agraviado, con razón a sin ella, no duda en renegar de sus verdaderos orígenes, familia y amistades con tal de ver cumplidos sus anhelos por muy falsos e injustificados que estos sean. Somos capaces de hasta cambiar la historia con tal de justificar lo injustificable. No nos importa mentir abiertamente sin necesidad de recurrir a sofisticadas falacias.

Todos conocemos muchos de estos casos, que empiezan por unas simples reivindicaciones minoritarias, luchas intestinas, desplantes contra la Ley y acaban con separaciones traumáticas, actos de terrorismo, rechazo a la representación del Estado o la propia presencia de las fuerzas y cuerpos del mismo. Siendo su punto máximo, el estallido de guerras civiles.

Lo peor de este tipo de odios es que, aunque no se llegue a los casos extremos, la reconciliación y la vida en común nunca serán posibles o muy difíciles de alcanzar por mucho que el otro lo intente. Nada saciará las reivindicaciones del separatista aunque sea mucho lo que se le ofrezca. Su odio hacia “el opresor” ha calado tan hondo que se retroalimenta y difunde como una mancha de aceite sobre un lago de agua en calma. No hay razonamiento válido; prefieren vivir mucho peor y sin ser aceptados por el resto con tal de satisfacer sus anhelos y propósitos. Ejemplos de esto los hay a patadas; últimamente, estamos siendo testigos de lo ocurrido con el famoso Brexit y de los pasos que se están dando en ciertas regiones.    

Pero, aunque siempre han existido en el comportamiento humano del odio, últimamente van retomando un mayor protagonismo los producidos o derivados por razones políticas. En este respecto, son famosas las millonarias represiones marxistas y bolcheviques y las purgas y guerras provocadas por los fascismos de corte ultraderechista. Pero, vengo observando que ahora reaparece otro tipo de odios de corte político, son los que podríamos denominar “de guante blanco”.

Hoy en día y, al igual que en el pasado más o menos reciente, el sentimiento de odio en muchos partidos políticos hacia su adversario es tremendo. Cuando uno se encuentra en el bando contrario no repara en buscar o inventar “razones” que alimenten dichos odios; forman parte de la idiosincrasia de todos los partidos y sobre ellos se retroalimentan constantemente.

No importa que las políticas del adversario funcionen, nunca seremos capaces de verlas y apreciarlas. Todo lo malo que pueda ocurrir sobre el contrario o el país bajo su mandato, es fuente de nuevos conceptos de divergencia. Estos puntos son aprovechados, exaltados, exagerados e incluso inventados para mostrar que nada funciona bajo su gobierno o dirección. Cada vez se hace más patente la conocida frase de que cuanto peor le vaya al país, mejor para nosotros porque es malo para el contrario, que es quien gobierna.

Ejemplos de esto hay muchos y sería imposible enumerarlos, por lo que solo quisiera reflexionar sobre el porqué de haber tenido a España paralizada durante un año y ahora, aunque a la fuerza ahorcan, cuando parece que se había alcanzado algo de cordura, la labor de toda la oposición y los sindicatos, en lugar de ser fuerte y constructiva, no es más que una patraña amenazante y destructiva. El NO a todo y la incitación a la algarada, incluso antes de conocer la propuesta, es la norma a seguir aún a sabiendas de que la verdadera paralización de España, nos costará muy cara a todos; pero no importa, el odio político es muy superior a cualquier razonamiento sobre la necesidad de llegar a auténticos puntos de encuentro en beneficio de todos.

Otra forma de hacer quebrar las estructuras consiste en aparentar haber alcanzado cierto grado de entendimiento al que “forzadamente” se llega a base de acuerdos, contratos o compromisos cerrados e inflexibles, aún a sabiendas, que muchos de sus puntos no se podrán cumplir.

Si analizamos con cierto espíritu crítico estas situaciones, vemos claramente, que aquel que fuerza al débil, aunque este sea más fuerte que él mismo, lo hace bajo un cierto grado de “odio edulcorado”. Mediante este se le lleva a situaciones extremas que, en muchos casos, son imposibles de lograr e incluso contrarias a los principios del anterior. Si quieres mi apoyo, deberás sufrir para tenerlo, es la máxima que realmente, muchas veces, anima este tipo de pactos. Se les exige todo tipo de renuncias hasta las más extremas; eso sí, escondidas bajo disfraces de limpieza, apoyo social y regeneración.

Me baso en que todo esto se hace bajo cierto grado de odio porque, si vemos la procedencia política de los integrantes de estos partidos proclives a extravagantes y sumamente exigentes pactos, muchos de dichos adalides de la política han militado o proceden de grupos cercanos al que ahora acogotan y acosan hasta la saciedad. Pero, para entender el porqué de esto, hay que escudriñar y ver, que muchos de ellos, en su etapa anterior, no pudieron lograr sus aspiraciones dentro de dicho partido; por eso, de aquella frustración, aparece el odio que les lleva a aparecer en escena como el “salvador” de la situación aunque para ello deba taparse las narices al prestar su apoyo; cuando en realidad, lo que pretenden es muy diferente. No quisiera entrar en ejemplos de lo dicho anteriormente, porque haberlos los hay y en todas las tendencias y partidos, principalmente, entre los de “nuevo” cuño.   

Los odios colectivos necesitan de un hilo conductor para que se produzcan y este es bien sencillo; los medios y las redes sociales. Ambos son los más eficaces para servir de introducción, propaganda, difusión y crecimiento de las “teorías” en las que se apoyan y crear los necesarios odios basados en hechos reales o no, de mayor o menor entidad; pero, que debidamente amplificados y repetidos hasta la saciedad, se magnifican tanto que nos llevan al pleno convencimiento de la veracidad de la información u opinión publicada tratando además, de convertirla en el reflejo del sentimiento de ser lo que la opinión pública reclama.

Vivimos en un mundo en el que la competencia es nuestro enemigo, para vencerla solo existe un camino, superarla en amplitud y asiduidad de audiencia. Porque es esta la que atrae a la propaganda comercial, que es la verdadera fuente de ingresos del medio en cuestión. Cuantos más oyentes, televidentes o lectores tenga el medio, mejor será su cuenta de resultados y eso, es lo único que importa. Las líneas editoriales han saltado casi por los aires, varían como la orientación de una veleta, según la dirección del viento dominante.

Da la sensación de no importar ni la ética profesional ni la moral personal. Hoy en día, amparándonos en las manidas “libertad de expresión y de prensa” se puede decir y hablar de  todo o casi todo porque, además, saben que la mayoría de los ofendidos no recurre o denuncia estos hechos al ser conscientes de que, increíblemente, muchos jueces aceptan y aplican este amplio, laxo e injusto criterio en beneficio del que ofende o pretende ofender.

Si es preciso, los que ofenden o acosan a las personas, grupos o instituciones se inventan las pruebas, se magnifican los hechos por pequeños o nimios que estos fueran, se persigue a las personas antes de ser juzgadas, incluso, se las juzga y se dicta sentencia en paralelo dando lugar a lo que ya se conoce como “la pena del telediario”.

Los “plumillas” no cesan de escribir lo que les viene en gana, basándose en rumores, dimes y diretes u otras poco “sanas y veraces” fuentes de información. Se copian unos a otros, luchan por ver quién da el campanazo de la información en una carrera tan desmesurada, que muchas veces no da tiempo a cumplir con uno de los pilares básicos del periodismo, comprobar la veracidad de la información antes de ser publicada.

Igualmente sucede con todos aquellos que armados de micrófonos, grabadoras o teléfonos móviles persiguen a cualquier dirigente o chiquilicuatre alentándoles con preguntas capciosas y provocando respuestas dirigidas a ensalzar aún más, si cabe, los mensajes dirigidos a fomentar los puntos de vista que incitan al odio o la revancha.

Ni que decir tiene lo que ocurre con las llamadas tertulias de análisis político y social, en las que, casi siempre los mismos integrantes, pasan de una a otra a lo largo del día y la noche difundiendo los mismos mensajes, soflamas y comentarios, sin importarles que muchos de ellos son fruto de la invención; se basan en falacias y exageraciones; lo acaban de escuchar de otro tertuliano en otra cadena o recogido de cualquier página de Internet durante el trayecto que les lleva a su próxima cita.

Otro tanto de lo mismo sucede con la llamada prensa digital, tan de moda y extendida en estos días, en la que cualquier interesado, y con el apoyo de unos cuantos becarios mal pagados, crea un diario de información, que, en muchas ocasiones, solo busca popularidad y audiencia mediante los chismes políticos cuanto más grandes e impactantes, mejor.

Las noticias y comentarios se publican en cuestión de minutos o segundos, no hay tiempo para la reflexión y ni siquiera para analizar la veracidad y la capacidad de la fuente. Ya no se realizan los análisis críticos de la información que nos llega; no, no hay tiempo para ello. Ser el primero en lanzar la noticia es su único objetivo.

Dejo para el final de esta reflexión el enorme papel que juegan las redes sociales. Redes, llenas de odios personales y colectivos en los que se lanzan y cruzan todo tipo de improperios, mofas, malas ideas y deseos de odio elevados al infinito porque la aparente cobertura de impunidad de estas nos da la posibilidad de sacar a relucir lo peor de nuestros sentimientos y pensamientos con dificultad de ser descubiertos.  

A pesar de que algunas de estas redes, al parecer, han sido creadas para este tipo de eventos y zafios comentarios, empiezo a observar que el odio ya ha llegado a otras redes mucho más serias y profesionales. Ya nada se respeta y aumenta el grado de insistencia de quienes, aunque se vean solos y nadie les da la razón, tratan de convencer a todos con sus embustes y falacias. Eso sí, al igual que los partidos políticos o los medios oficiales de comunicación, si el que pueda ser acusado de un acto indigno es de su cuerda, siempre encuentran una fácil explicación y, para ellos no hay tema de discusión.

Hoy, ya casi nadie es responsable de nada salvo el vilipendiado aunque sea perseguido por la mínima, todo vale y ninguna persona, partido, medio o editorial está dispuesta a aceptar la parte proporcional de la culpa que le corresponde cuando de sus actos, hechos o dichos se pueda producir un resultado grave para la persona perseguida o agraviada. Hemos tenido un caso reciente y resulta patético ver cómo TODOS se pasan las culpas los unos a los otros. Nadie quiere cargar con el muerto, y nunca mejor dicho. Ahora, hasta se dice, que su muerte fue solo debida a ciertos problemas de salud arrastrados en el tiempo.

Ya nadie pide perdón o corrige mínimamente el daño causado tras una feroz y voraz persecución política o mediática cuando, como ocurre la mayoría de las veces, al final, dicha persona o institución, tras haber sido juzgada por la auténtica justicia, resulta ser inocente y libre de aquellos cargos que fueron resaltados hasta la saciedad por dicho medio. La peor parte siempre se la lleva el perseguido porque nunca, ni este último caso, será compensado ni restablecido en su posición y dignidad; queda marcado para siempre.

Los odios levantan las peores pasiones, los insaciables rencores y las inquebrantables ganas de revancha; nos ciegan en nuestros pensamientos y nos impiden valorar lo positivo en los demás. Me da mucha pena que esto sea así y mucha más, que siga en aumento, porque, seguirá.   

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