¡¡PASEN SEÑORES... PASEN Y VEAN!!

F. J. Blasco

28 de septiembre de 2016

 

A pesar de sentirme bajo el pleno efecto de lo que se conoce como “el día de la marmota”, he tenido que vencer mi tentación de dejar de lado los debates y discursos políticos con motivo de la segunda intentona del PP para obtener la presidencia del Gobierno en esta agonizante legislatura y he seguido la mayoría de ellos para poder ver la evolución de los representantes de los diferentes partidos políticos en sus turnos de palabra, réplica y contrarréplica.

Quería comprobar si el paso de tanto tiempo inútilmente malgastado y lleno de posturas inexplicables había sido suficiente para que dichos partidos y sus dirigentes o portavoces fueran capaces de adquirir una mayor cordura, coherencia, razones de peso y sentido de Estado.  

Al final de todos los hechos e intervenciones, no sé por qué, pero volví a pensar en mis tiempos de infancia y recordé con cierta nostalgia aquellos pequeños circos, normalmente circulares o cónicos, donde con un bajo aforo un puñado de hombres, mujeres y animales rondaban por las tierras españolas en giras interminables con paradas no muy largas en las capitales de provincia y los pueblos grandes aprovechando los tiempos de ferias.

Solían tener una sola pista en la que, por turno, aparecían los artistas más o menos preparados y convincentes para hacer la delicia o el rechazo del público en general y llenar de ilusión a los más jóvenes, los niños quienes, por su inocencia o poca preparación, no eran capaces de discernir los muchos fallos que aquellos presentaban en sus monólogos, actuaciones, trucos o vestuario.

Para llamar la atención de las poblaciones visitadas y de los paseantes indecisos que pululaban por las cercanías, del circo empleaban el reclamo que hoy da título a este satírico trabajo.

Y digo que me acordé de aquellos pequeños circos porque el espectáculo ofrecido y el entorno creado en las Cortes españolas durante los mencionados actos políticos fueron muy similares a lo descrito más arriba. Cosa, que sin más, paso a tratar de escenificar.

Aquel que llamaba la atención del público gritando por las calles o en la misma puerta del circo solía ser el director del mismo quien, vestido para la ocasión, trataba no solo de enganchar a los concurrentes sino, más tarde, dirigir las actuaciones poniéndolas en orden uno tras otro y salía al quite de las interrupciones en las mismas tratando de aplacar al inquieto o sobresaltado público cuando las cosas no iban bien.

Papel que bien podría asignarse a la actual Presidenta de la Cámara, aunque hoy ya no se desgañita para llamar al público y para ello emplea un sonoro timbre que hace funcionar con insistencia para que ocupen sus puestos, los escaños y tribunas de invitados, antes de que empiece la función y, mantiene el orden de aparición de los artistas, les anuncia y sale al quite de sus chapuzas con toda autoridad ayudada de un buen micrófono que, al abrirse, anula el del resto.

En los circos nunca falta el vendedor de refrescos, palomitas y golosinas, quienes al igual que los acomodadores hacen más llevadera la estancia del público y ayudan a los artistas a que tengan lo que precisan para sus respectivos números. Estos bien podrían ser los ujieres, quienes no cesan de traer y llevar vasos de agua, servilletas y papeles a los oradores y a los diferentes miembros de la presidencia, escaños o del público en general. Así como mueven las  sillas y sillones cuando la presidencia se levanta o sienta.    

La primera actuación anunciada fue la del peso gordo del circo, el ilusionista, quien con buena verborrea, giros y modismos trataba sin desmayo de convencer a las masas que, muchos incrédulos, escuchaban sus palabras y promesas esperando que sacara más de un conejo de su chistera. Otros, sin embargo, no necesitaban ser convencidos de lo que el ilusionista prometía conseguir, lo haría sin gran esfuerzo, tacha o maca en su actuación pues, sabedores de su ya largo prestigio que le precedía, estaban seguros de que todo lo prometido llegaría a ser puesto sobre le mesa y aplaudían hasta con las orejas todos sus números, previstos o no.

Este se reservaba el derecho a salir de vez en cuando, como así ocurrió, tras la actuación de sus compañeros de función, para alargar aún más el espectáculo u ofrecer nuevos trucos y esperanzas en función del resultado de las actuaciones de los demás. No creo que haga falta decir quien ejecutó este papel.

El siguiente número vino a cargo del equilibrista, una persona que, a pesar de su mucha preparación y años de experiencia, cada vez que salta a la arena debe poner a prueba sus pericias porque su actuación difiere según la influencia de diversos factores externos y ajenos a su propia voluntad. Factores, que dependen de la época del año, de que dirección soplan los vientos dominantes en la pista o fuera de ella y de la voluntad o entusiasmo del público propio o ajeno que espera con mucho interés si acabará bien su actuación o por el contrario, acabará cayendo de bruces sobre la arena porque, a decir verdad, su presentación la hizo con muy poco respaldo o ayuda del respetable por algunos de sus titubeos y por trabajar sin red que le protegiera. Menudo papelón el que le tocó jugar al portavoz del principal partido de la oposición porque esta vez, los vientos dominantes eran de origen y dirección muy distintos por los que él se suele dejar llevar.

Llegó el turno fuertemente esperado y jaleado por los más jóvenes, el del payaso. Persona que, por lo general, salta a la pista desastrosamente vestida y poco aseada en apariencia y suele salir de forma llamativa, provocadora, voceando  e incluso, insultando al público, al director del circo y hasta a sus propios compañeros.

Hombre osado y retador que trata de sacarse de los bolsillos, historias y chascarrillos que cree son poco conocidas por el respetable, pero que generalmente, sus escasos conocimientos, poco profundos o las fuentes de las que los copia no son los más ilustrados y pronto sus patrañas y teorías son fácilmente reconocidas por falsas o no totalmente veraces. Emplea la risa y el llanto de forma indistinta con tal de atraer la atención, buscar la sonrisa o dramatizar según la ocasión y  su puesta en escena así se lo exija.

Es una persona que, como todos, tiene su drama interior, pero que nunca lo da a conocer, porque él aparenta estar siempre feliz. Trabaja solo o en comparsa que le sigue las gracias, corea y aplaude aunque sus frases no tengan el menor sentido. Parece distendido pero siempre vive en tensión; porque sabe que de su actuación dependen muchas cosas, de entre las que sobresalen, llenar su propio ego y recibir el calor del éxito. Pero, cuando este no lo alcanza, suele aparecer enrabietado, aunque la verdad no es que sea solo apariencia, realmente lo está, y ese papel lo hace de maravilla porque no es ficción.

Aunque acabe su actuación, siempre debemos estar atentos porque puede reaparecer en la pista en cualquier momento; no le importa reventar el momento estelar de sus compañeros de trabajo con tal de recuperar la atención y hacer o decir cualquier gracia aunque venga o no a cuento.

En España tenemos a un Señoría, que juega dicho papel a las mil maravillas; es muy popular y se le conoce como el mayor de todos los de su oficio. Por ello, no hace falta que se les nombre; seguro que saben de quien hablo.

Pasada la actuación oficial del payaso y en espera de que vuelva en cualquier momento, aparece el momento estelar del lanzador de cuchillos y saetas. Los lanza en todas direcciones y nunca sabes si debes continuar con la cabeza agachada o ya te puedes levantar, porque no mantiene el rumbo tomado o lo cambia en cualquier momento y sin previo aviso.

Saca sus cuchillos y dagas de todos las partes imaginables de su cuerpo y vestimenta y, no contento con hacerlo así, siempre pretende que comprobemos la certeza de sus lanzamientos y que la doncella sobre la que los realiza está viva gracias a su certeza y confianza en sí mismo. Le gusta mucho, demasiado quizá, el éxito, el aplauso y la autocomplacencia.

Solo él sabe hacer las cosas bien y si no se le da la razón, es capaz de enfadarse con el público presente aunque él sepa que sus lanzamientos son siempre muy parecidos, los hace de forma repetida, casi calcados y, que la doncella a la que le lanza los cuchillos, dagas y navajas, sale indemne de estos porque es ella la que permanece anclada al panel sobre los que se ensartan las saetas cortantes. Si se le ocurriera moverse un solo pelo, seguro que saldría malherida. Él lo sabe y no duda en avisarla y amenazarla por el riesgo al fracaso de ambos si es  que a ella se le ocurriera realizar cualquier movimiento por menor que este fuera.

El lanzador, su Señoría Rivera, siempre hace el mismo ejercicio, amaga y lanza con certeza, se presenta como el salvador de doncellas ancladas en un panel circular a modo de diana; aunque, no sé cuál será la razón, pero dicha doncella no es siempre la misma, el artista suele cambiar frecuentemente de asistente. Es posible que se deba a que, en realidad, no es de fiar del todo como lanzador, que sus exigencias sean muchas o porque estas y los diversos cambios de posturas, ponen nervioso a cualquiera por muy resistentes y calmados que tenga los nervios aunque fervientemente necesite el trabajo.    

Tras estos tensos momentos y al comprobar que ninguno de los múltiples cuchillos nos había alcanzado, aparecen las temidas fieras, en concreto, el león. Un león, que siempre aparece moviéndose mucho y a su modo, malhumorado y disgustado con todo y todos y, que pretende dar la nota con sus graves y rudos rugidos amenazantes como si fuera capaz de comerse a todos niños y mayores  presentes y no le baste con tragarse solo al domador.

Con sus onduladas melenas al viento y torva mirada da la sensación que no será capaz de mantenerse en su poyete y que de forma despreciativa, en cualquier momento, saltará del mismo y acometerá contra todos. Llena el circo de miedo, de un silencio atronador y solo se le puede hacer bajar un poco sus amenazantes humos con los gritos y los potentes chasquidos del látigo del domador; quien sin miedo a sus bravuconadas o bravatas le hace frente solo ante tan imponente peligro.

En esta ocasión, el papel del domador lo tuvo que hacer el propio ilusionista por ausencia de otro y porque, en los circos pequeños, es muy frecuente que una misma persona desarrolle varios papeles durante la función por ausencia de presupuesto o a falta de otro sepa o quiera hacerlo mejor.

El domador-ilusionista tuvo que esforzarse a fondo para que el león, el Sr. Tardá, no se saliera de la jaula y no se comiera al público presente o, lo que es peor, al resto del territorio si se le dejara campar a sus anchas tal y como, al parecer, pretendía.

Se vivió un gran momento de tensión a pesar de que todos estuvieran preparados para ello y que supieran que las fieras son ruidosas e impresionan, que intimidan mucho; pero, que si están domesticadas, generalmente no muerden a los humanos. Ese día, todo apuntaba a que no era así, parecía que la fiera estaba llena de rabia y era capaz de arrasar con todo y todos.

Gracias a Dios y a pesar de la soledad del domador, porque en realidad nadie acudió en su ayuda, la fiera rugió cuanto quiso; el látigo chascó cuanto fue necesario y aquella volvió a su redil para permanecer más tranquila durante el resto de la sesión.

Puede que el placer que sintió tras su terrorífica actuación fuera suficiente para sentirse mejor interiormente o que albergara la esperanza de que en la próxima ocasión pillara desprevenido al domador de turno y tuviera con ello una mejor ocasión para llevar a cabo sus amenazas.  

Tras la agonía sufrida con la fiera en la arena, llegó el turno de los saltimbanquis, una serie de personajes de menor entidad y calidad que juntos o por separado llevan a cabo una serie de piruetas a izquierdas y derechas sobre sus propios miembros o ayudados para sus impulsos de diferentes artilugios mecánicos o bicicletas de piñón fijo.

Revolotean por todas partes, amagan con chocar con el público o entre sí pero nunca llegan a ello, se distraen y consumen el tiempo con maniobras de despiste que si bien hacen gracia a una pequeña porción del respetable, aburren solemnemente a los demás. No sacan o piden nada nuevo, solo quieren un poco de atención y dar vueltas y vueltas sobre sus viejas máquinas y pretensiones. Aunque la experiencia nos dice que uno no debe despistarse porque si juntan sus fuerzas y actuaciones, pueden cambiar el discurso del mismo espectáculo.

Son como una nube de mariposas de diversos colores que revolotean por todos lados y que llegan a marear a quien trata de seguirles fijamente ya que sus erráticas trayectorias nunca tienen un sentido lógico. Hicieron su actuación, más corta que las anteriores, pero igualmente cansina y recalcitrante.

Por último, salió la persona encargada de cerrar el espectáculo, nombrarles a todos y repasar como fue la actuación de cada uno, que es lo que hicieron bien y a veces, lo que salió mal. Suele ser bastante benévolo con las chapuzas realizadas por los demás; pero, a veces, y en esta ocasión ocurrió, se le fue la mano al censurar la actuación del payaso, se le ocurrió afearle sus citaciones chistosas y allí empezó la tormenta.

El ofendido, siguiendo lo que le marcan sus genes, no aceptó la reprimenda y pretendió volver a la arena para atraer de nuevo la atención del público y salvar su "honra", cosa que la directora del circo no le permitió, porque ya era bastante tarde y porque los espectadores ya habían disfrutado de bastante espectáculo por el exiguo precio pagado.

A pesar de ello, el payaso intentó un pequeño motín y arengó a la parte del público que más le aplaudía para que le siguieran fuera de hemiciclo; cosa que ocurrió; aunque pronto, se dio cuenta de su tontería y volvió rápidamente con sus seguidores al circo o se perdería la consabida votación por el mejor de los artistas.    

Así fue, nada más retornar a sus asientos, se procedió a la votación para elegir quien de todos ellos había sido el mejor. Privilegio que se le otorga a los espectadores de este particular circo quienes, como hacían los romanos, pueden elegir el mejor de entre todos ellos.

No hubo consenso, nadie salió ganador. Habrá que esperar a que se calmen los ánimos y ver si en la próxima representación, la del sábado, se puede dirimir si alguno de los artistas, al fin, puede o debe alzarse con el preciado galardón.  

Que maravillosas actuaciones, que bien intentaron representar sus papeles a pesar de lo poco preparados y capacitados para el ejercicio de su oficio. Puede que en la próxima actuación podamos ver algo nuevo, o más de lo mismo. Mañana lo veremos.   

Puede que lleguen a un consenso y alguien salga elegido; pero lo que también es muy probable, es que, a pesar de llamarnos demócratas, los perdedores no acepten los votos de la mayoría y algunos protesten a la salida del circo por no ser este el suyo preferido.




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