MASHÍAJ
El Mundo Venidero y la Resurrección de los Muertos
Introducción
La gran mayoría de personas piensan de cómo será su destino final. Y se preguntan: ¿Qué pasa después de que la persona muere? ¿Existe vida después de la muerte? ¿Podemos saber cuál es el propósito fundamental de nuestras vidas? ¿Podremos saber si Dios existe? ¿Tenemos o no un alma? Si la tenemos: ¿Qué ocurre con ella? ¿Hay justicia para quienes tratan a los demás de manera injusta? ¿Por qué debemos atravesar desafíos tan difíciles en la vida? ¿Recibiremos recompensa por nuestros actos altruistas?
Las respuestas a estas preguntas fueron formuladas a través de las épocas por miles de filósofos, pensadores religiosos y personas que buscaron verdades espirituales. El judaísmo ofrece un enfoque profundo y abarcador de la vida que se proyecta, literalmente, hacia la eternidad. Y no se basa en simples opiniones, sino que se fundamenta en la Toráh que Dios nos entregó en el Monte Sinaí, que luego fue transmitida por los Profetas y que se expresa en nuestras plegarias diarias y está registrada en el Talmúd.
Desde la óptica judía, el mundo tal como lo conocemos cambiará dando lugar a una nueva realidad que incluye la época conocida como la Era Mesiánica y el Mundo Venidero. Llegar al Mundo Venidero no depende de nuestros logros financieros, ni de que logremos hacer algo que se inscriba en el Libro Guinness de los Récords Mundiales. Cada persona tiene el potencial para crear una existencia dinámica eterna perfeccionando sus rasgos de carácter, ayudando a los demás, estudiando Toráh y cumpliendo las mitzvót.
Hay diferentes opiniones respecto a cómo será la Era Mesiánica y el Mundo Venidero. Estas clases siguen en general el enfoque del Ramjál, del Rav Tzadóq HaKohén, del Rav Eliyáhu Dessler y del Rav Jaím Friedlander. Estos Sabios de la Toráh basan su óptica sobre estos temas en las fuentes clásicas judías. Para poder entender la Era Mesiánica y el Mundo Venidero, necesitamos realizar previamente un resumen de la Historia del Mundo y del objetivo de Dios al crearlo.
La Historia del Mundo y el Objetivo de la Creación
De acuerdo con el judaísmo, la Historia del Mundo está dividida en varias fases. Las dos primeras divisiones comprenden la Historia del Mundo desde el comienzo de la creación del Primer Hombre hasta la Era Mesiánica, que es lo que llamamos Olám Hazéh, «Este Mundo» o «Mundo Presente»; y la Historia del Mundo luego de la Era Mesiánica, a lo cual llamamos el Olám Habá, «Mundo Venidero». La Era Mesiánica en sí misma forma parte de «Este Mundo», aunque constituye un paso intermedio entre Este Mundo y el Mundo Venidero. Estas dos divisiones (Este Mundo y el Mundo Venidero), cuentan con dos ambientes distintos, cada uno perfectamente adecuado para el logro de los objetivos de esa etapa. Pero ambos son la consecuencia del deseo de Dios de darle al hombre de la manera más perfecta posible.
Las fuentes judías enseñan que el objetivo de la creación es que Dios, siendo absolutamente Perfecto, deseaba compartir Su bondad con «otros» (aunque todavía no existía nada fuera de Él mismo). En Su deseo no sólo de dar, sino de dar de la manera más perfecta posible, Dios creó el mundo de tal manera que otros (es decir, las personas) pudieran apegarse a Él en el mayor grado posible, siendo ese el máximo bien. «Apegarse» a Dios en un sentido espiritual se traduce como parecerse a Dios. De acuerdo con el grado en el cual una persona logra asemejarse a la propia perfección de Dios, es el grado en el cual estará «cerca» de Dios.
Como la propia perfección de Dios, la fuente de la perfección del hombre debe ser independiente (en el máximo grado posible). Es decir, el hombre debe ganarse esa perfección y ser su propio dueño, porque sólo de esta manera será similar a Dios. Por lo tanto, Dios creó un sistema a través del cual el hombre tiene la oportunidad de ganarse su propia perfección. Si Dios simplemente hubiera creado al hombre espiritualmente perfecto, el hombre se hubiera encontrado muy lejos de Dios en un aspecto decisivo: Dios hubiera sido un Dador activo de bien, mientras que el hombre sería un receptor pasivo. Para superar este obstáculo, Dios creó al hombre de tal manera que puede ser por sí mismo un creador de bien. De esta manera, la Creación fue formada de forma tal que el hombre pueda ganarse su propia recompensa. Esto pudo lograrse dándole al hombre autonomía moral para elegir entre el bien y el mal.
Con este objetivo, Dios creó al mundo incompleto e imperfecto. Y ésta es la razón de la existencia del mal o de la aparente falta de influencia Divina. Dios le dio al hombre el poder y la orden de completar el mundo que Él había comenzado. Dios le entregó al hombre todos los detalles necesarios para terminar, o perfeccionar, al mundo. Esto se logrará a través del cumplimiento de los mandamientos que Dios le dio al hombre. Dios estableció el desafío de la siguiente manera:
Por una parte, equipó al hombre con considerable fuerza espiritual para poder controlar sus propios actos y el mundo que lo rodea.
Por otra parte, para mantener el libre albedrío y que la elección del bien sea su propio logro, el hombre también posee una dimensión del ser bastante alejada de lo espiritual.
Por esta razón es que el hombre es un resumen dinámico entre el cuerpo y el alma, una parte aparentemente desconectada de Dios y la otra esforzándose por acercarse a Él. Al elegir por propia voluntad actuar conforme a la Voluntad Divina y superar de esta manera su básico instinto egoísta, el hombre se perfecciona a sí mismo y al mundo que lo rodea.
El Jardín del Edén
Cuando el hombre fue creado, se encontraba en un estado perfectamente equilibrado entre el bien y el mal. Antes del pecado de comer del «Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal», Adám y Javáh poseían un grado de espiritualidad tan elevado que fácilmente hubieran podido alcanzar la perfección del mundo. Y a pesar de que existía la posibilidad de transgredir incluso antes de que hubiesen pecado, no existía la perfección del mundo como una realidad tangible. En ese punto se identificaban a sí mismos con el bien y veían a la Inclinación al Mal como algo externo. El bien y el mal existían en dos dominios opuestos y separados.
Si Adám y Javáh no hubieran transgredido comiendo del fruto del «Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal», sus almas habrían purificado a sus cuerpos en etapas continuas y sucesivas hasta que el alma hubiera llegado a purificar completamente al cuerpo. Entonces hubieran introducido la Era Mesiánica (siendo Adám el Mashíaj) y el resto de la humanidad hubiera nacido ya dentro de la Era Mesiánica sin que existiera distinción entre judíos y no judíos porque toda la humanidad hubiera sido comprendida dentro del concepto del pueblo judío.
Pero al elegir desobedecer a Dios y comer del «Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal», Adám y Javáh volvieron a definir de manera drástica su óptica sobre la realidad y cambiaron para siempre el camino que llevaría finalmente a la perfección del mundo. En un nivel muy simple, el hecho de comer del «Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal» fue una afirmación de su fe en la capacidad que tenía el mundo físico para mantener a la humanidad sin ninguna conexión con lo espiritual.
Tomado en un nivel alegórico, tal como lo explica el Maharál (ver sobre el Maharál en: https://es.chabad.org/library/article_cdo/aid/590251/jewish/el-Maharal.htm), el «Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal» representa la fuente, mientras que el fruto es el producto. Arrancar la fruta del árbol fue un acto de separación entre el mundo físico y su raíz espiritual, un cambio de valores que considera al efecto más importante que a su causa.
Un Nuevo Orden Mundial
Luego del pecado, Dios alteró el programa para la perfección del mundo en dos aspectos claves:
Él instituyó la muerte. Puesto que el alma de la persona ya no era lo suficientemente fuerte como para purificar al cuerpo tanto como era necesario, el alma quedaba totalmente bloqueada para expresarse totalmente a sí misma. Por lo tanto, la muerte se convirtió en una necesidad para poder purificar al cuerpo y permitirle al alma expresarse mejor. Cuando una persona muere, se separan su cuerpo y su alma. El alma parte al «Mundo de las Almas» donde se reconecta con su fuente, es decir, con Dios, en proporción al grado del éxito que obtuvo purificando al cuerpo durante el tiempo que se encontraron unidos. Esta purificación se obtiene de 613 maneras específicas a las cuales nos referimos como las mitzvót de la Toráh.
La conexión con Dios en el Mundo de las Almas a veces se considera como una «recompensa» por haber cumplido con la Toráh, pero la verdadera recompensa sólo se obtendrá en un estado posterior de la existencia, junto con el mismo cuerpo, en el Mundo Venidero. Mientras tanto, el cuerpo enterrado en la tierra regresa a su forma más elemental, el polvo, y sólo será reconstituido en un nivel espiritual más elevado en un momento posterior de la Historia, en lo que se conoce como la Resurrección de los Muertos. En ese momento, el cuerpo y el alma volverán a combinarse y el alma será capaz de purificar completamente al cuerpo preparándose para la vida eterna.
Dios también decretó que el hombre deba trabajar «con el sudor de su frente». Debe dedicarse al trabajo físico como si éste verdaderamente fuera la fuente de su manutención, y luego ganar por sí mismo el mismo nivel de conciencia espiritual que existía en el Jardín del Edén antes de la transgresión. La misma historia judía es el proceso para llevar al mundo de regreso hacia ese estado de conciencia espiritual.
Es un proceso que comenzaron nuestros Patriarcas, Avrahám, Itzjáq y Ya’aqóv, y que fue llevado adelante por todos sus descendientes que con lealtad recibieron la Toráh y se dedicaron a su cumplimiento. Cuando el pueblo judío cumple con la Voluntad de Dios y cuida Su Toráh, Dios les promete «enviar la lluvia en sus estaciones» y permitirles «morar con seguridad en tu tierra». Tal como en el Jardín del Edén, el bienestar físico del hombre vendrá de su fuente espiritual. A través de la experiencia histórica del pueblo judío en sus subidas y bajadas respecto a la observancia de las mitzvót, la humanidad comprenderá la verdadera relación que existe entre lo físico y lo espiritual. En ese momento llegará la Era del Mashíaj.
Los Tiempos por Venir
La Era Mesiánica será un paso previo al Mundo Venidero. Proveerá un medioambiente absolutamente nuevo para el servicio Divino que le dará a la humanidad una oportunidad sin precedentes para desear apegarse a Dios. Luego de la llegada del Mashíaj habrá dos resurrecciones de los muertos:
La primera resurrección tendrá lugar inmediatamente a continuación de la llegada del Mashíaj. Sin embargo, en ese momento se levantarán sólo las personas que fueron completamente justas durante sus vidas.
La segunda resurrección para el resto de la humanidad tendrá lugar al finalizar el período del Mashíaj. En ese momento, Dios juzgará cada medida de injusticia y determinará exactamente la intensidad de la existencia eterna que le otorgará a cada unidad de cuerpo/alma.
En el Mundo Venidero que existirá luego de la segunda resurrección, el alma misma finalmente alcanzará todo su potencial. Dejará sin valor el pecado de Adám, el alma del hombre finalmente logrará hacer aquello para lo cual fue creada, convertirse de ser un receptor de bien a ser un dador de bien para el cuerpo. Asumirá entonces control absoluto, purificando al cuerpo al máximo grado posible. Entonces, tanto el cuerpo como el alma continuarán creciendo hacia la espiritualidad final, disfrutando eternamente del merecido placer de la cercanía con Dios para lo cual fueron creados.
Lehitra'ót! 🙋🏻♂️