Junto con Eduardo Univazo, mi querido amigo vienés, nos enrumbamos al cementerio de grinzig en Viena, pero tomando el tram equivocado, que nos conduciría a Hietzing, en el extremo opuesto de la ciudad. Luego de vagar sin rumbo con el Google Maps, un risueño conductor nos orientó hacia el transporte correcto.
Cuarenta minutos después tomamos un bus y llegamos a nuestro destino, un barrio famoso por sus "heuriger", una especie de tabernas donde se bebe vino acompañado por jamones y quesos, entre otros entremeses locales.
Pero no estábamos para eso.
Guiados por el instinto, subimos por el costado de una pequeña iglesia, pasamos una escuelita y continuamos hasta el cementerio de Grinzig. Llegamos después de las 3 pm, cuando el personal ya se había retirado y solo había un tosco plano de las tumbas con sus misteriosas claves numéricas.
Luego de dar varias vueltas en vano y luego de consultar nuevamente Google, conseguimos la ubicación en la página de alguna Sociedad Mahler.
Finalmente la reconocimos. Dejé mi piedrita y me sorprendió ver flores frescas al pie de la tumba. La belleza y calma del cementerio se vio algo opacada por el fuerte calor reinante y el trote que nos llevó hasta allí.
No diré solo que guardamos silencio sino que también casi toda la ruta y el mismo lugar era silencioso. Mientras miraba la enorme lápida, en mi cabeza sonaban partes de la marcha fúnebre inicial de la quinta sinfonía del difunto compositor.
De pronto nos reconectamos con el mundo real, conversando de nuestra anterior visita -un día antes- a similar lugar de reposo de Bruckner, en la basílica de San Florián, cerca de Linz, mientras retornamos al depa de nuestra amiga Claudia, en Viena
Así fue mi modesta peregrinación musical, mis arrinconados contactos y amigos. Les comparto algunas fotos. Hasta una próxima oportunidad.