Esta es una novela sencillamente trepidante, insólita, llena de episodios rocambolescos, dolorosos y trágicos, que se alimentan de situaciones y personajes de las páginas policiales de los medios peruanos en las últimas décadas; los que se concentran en un estrecho espacio urbano de clase media baja –el Cercado de Lima y distritos como el Rímac o Chorrillos, entre otros (con algún salto a Berlín)– y personajes en condición de cierta marginalidad social y/o ya dentro del ámbito delictivo.
El autor demuestra un muy buen pulso narrativo, gracias al cual la obra se lee con agilidad, con momentos crudos y sórdidos; además de otros de un humor desaforado. La estructura se desarrolla en torno a un bar tradicional limeño en el que el dueño, el camarero y la cocinera, así como los peculiares clientes del antro tienen sus historias que se van desparramando a lo largo del relato como meandros cada vez más turbios, con algunos tramos de curso vertiginoso, de ida y vuelta.
La maestría de Trelles crea la sensación de que la acción avanza de manera lineal, cuando en verdad hay un manejo magistral de los tiempos al interior de cada historia y un buen ritmo narrativo construido a través del intercalamiento e interacción entre estas. O sea, un entramado en el que el lector no se aburre.
Podríamos estar ante una novela policial latinoamericana; es decir, realista y en la que tal como ocurre en estas tierras los policías no están propiamente del lado de la ley sino que se dedican directamente al robo y el crimen en beneficio propio; antes que a la protección del ciudadano. Sin embargo, la obra va más allá del género, ya que otras las otras historias y personajes conducen a una temática más amplia, en lo social y lo humano.
Así, entre los personajes con mayor peso están los miembros de un “escuadrón de la muerte” integrado por policías “ternas” (disfrazados de ciudadanos de a pie) en actividad, dedicados a secuestros y ejecuciones extrajudiciales de delincuentes. Labor que realizan para –luego de “resolver” los casos– obtener ascensos rápidos e ingresos económicos adicionales. De estos personajes se desprenden líneas narrativas principales y secundarias.
A estas se suma el camarero que busca venganza por la muerte de su padre a manos del llamado grupo Colina durante la guerra interna; mujeres que huyen de los narcos de Medellín y otras que se atraen y repelen entre sí; un cura español que arrastra abusos sexuales del pasado en su país y deseos incontenibles en el presente en Perú; un amarrete empresario del emporio comercial de Gamarra que se niega a pagar el rescate por su secuestrado hijo discapacitado mental; entre algunos otros.
Lo que cubre y recorre las historias de estos personajes es un clima de violencia latente y manifiesta, sino formalizada, sí normalizada; como un anticipo cercano –en el mundo real– de lo que ya estamos comenzando a sentir en términos de (in)seguridad ciudadana en el Perú.
Es en este entorno que Trelles construye a sus personajes, en primer lugar, racializándolos. Más que describir ambientes (externos o internos), tenemos descripciones físicas minuciosas de sus criaturas. A lo que se suma un manejo creativo de la jerga urbana (y la colombiana) –en el marco de un notable dominio de lenguaje y voces propia y múltiples– que dota de vida, ruido, color, músicas y humanidad a la ciudad. Esta es una novela coral a todo nivel.
Otro pilar creativo se apoya en la sicología de los personajes y cómo estos van, a veces, revelándose y, otras, descubriéndose a sí mismos; a través de las peripecias de la acción. Destaca especialmente la construcción y consistencia de sus personajes femeninos, tan o más endurecidos que los varones; las que imponen su presencia y se hacen un espacio de (inter)acción propia en un escenario machista y adverso.
Todos estos componentes contribuyen a darle una cierta densidad a la novela, pese a la fluidez con la que se lee; la que el autor consigue gracias a inesperados –aunque justificados– giros narrativos con los que la novela va erigiendo un escenario limeño plagado de distintas formas de discriminación y abusos, así como dominado por la informalidad y la ilegalidad.
Otra característica del arte de Trelles es combinar alusiones literarias y cinéfilas (por parte del cantinero Don Tito), las que corresponderían a ámbitos académicos o de clase alta “ilustrada”, con temas y ambientes propios de la pobreza material y marginalidad de los espacios citadinos arriba mencionados. Los que se relacionan con el “malditismo” de la bohemia limeña de los años 80 del siglo pasado; de hecho, en la novela se menciona al Grupo Kloaka, movimiento que renovó la poesía de entonces con la inclusión de giros urbanos, violencia contestataria y rescate de las raíces andinas.
En esa línea “culturosa”, varios personajes tienen nombres de literatos y artistas famosos –como Ishiguro o Fernando Arrabal– o de policía-héroe (Alipio Ponce). Además, en la novela se citan, discuten, cantan y –ocasionalmente– analizan diversas canciones y bandas (los Latin Brothers, Peter Gabriel, Wham y George Michael, The Clash, The Go-Betweens, etc.), siendo la más llamativa una de Whitney Houston –“I Have Nothing”– que da pie a uno de los episodios más divertidos y a la vez siniestros de la novela.
Ello porque el humor negro y el cinismo hacen acto de presencia en esta obra pero en línea con la violencia que da el tono general, así como por la sicopatía criminal de alguno de los “terna”. Por tanto, no es un humor para todos los gustos.
Otro componente importante en la novela es el sexo, bastante variado, que –al igual que la violencia– no se regodea en el morbo, sino que responde a las necesidades y deseos de los personajes. Se trata más de desfogues de energía y no de una auténtica sensación liberadora, ya que estos viven acosados por el temor, el dolor, la tragedia e incluso el crimen. De allí también ciertos detalles sórdidos y algún episodio de hipocondría que deriva irónicamente en lo escatológico.
En suma, “La lealtad de los caníbales” es una gran novela que describe un mundo post institucional en el Perú actual. Es fascinante observar cómo a través de ese relativamente pequeño espacio urbano y social se proyecta una imagen tan inaudita como creíble del contexto citadino nacional.
Si bien la obra omite tratar a fondo temas políticos, estos se encuentran presentes en una cultura local que combina la competencia individualista extrema con el “sálvese quien pueda y como pueda”; mientras que la solidaridad es un bien escaso y sujeto al accionar de personas u organizaciones criminales.
Un escenario anómico al que se podría llegar si prosigue el proceso autodestructivo de la clase política, consistente en fagocitarse a sí misma (los “caníbales”) e implosionar; y que los grupos criminales que ya anidan en los poderes públicos terminen copándolos completamente.
TRELLES PAZ, Diego, “La lealtad de los caníbales”, Barcelona: Anagrama, 2024; 378pp.