¿Se puede separar la obra literaria de su autor? En algunos casos, como el de Jaime Bayly, es imposible: casi toda su obra es la narración de su vida hasta en sus detalles más nimios. Pero hay otros casos, como el de Vargas Llosa, en que sí es posible, e incluso necesario, separar su obra de ficción de su vida como personaje público.
Porque el premio Nobel peruano, en sus grandes novelas, creó mundos en los cuales podían estar sus posiciones políticas, pero también otras contrarias entre sí e incluso opuestas a las suyas. Más aún, mundos en los que todas estas ideas fueran mucho más importantes que su propio pensamiento político.
Es por eso que ninguna de sus novelas ha sido utilizada como arma política, ni por él ni por otros; salvo quizás el caso de Elogio de la madrastra, que intentó ser usada durante la campaña electoral de los 90 por seguidores del entonces outsider Alberto Fujimori, pero sin éxito, ya que la novelita, aunque erótica a más no poder, estaba escrita con tal refinamiento que no había forma de hacerla encajar en el lenguaje político de entonces para desacreditar a su autor.
Por tanto, Vargas Llosa es un caso en el que su obra está muy por encima de sus posturas políticas y hasta personales, muchas de ellas, controversiales. Este abismo que separa obra de autor se profundiza si lo sumamos a su técnica literaria.
Presta atención: te sorprenderá.
La narrativa de Vargas Llosa imita nuestra mente y funciona como la redes sociales de Internet. En sus novelas se mezclan voces superpuestas, saltos temporales, hechos que se presentan desde distintas y hasta opuestas perspectivas, combina autobiografía y ficción, se pueden percibir olores, sonidos, texturas, utilizando técnicas similares a las del cine, como el montaje, las vueltas al pasado (flashbacks) o el avance hacia el futuro (flashforwards), y se crea un espacio mental compartido con accesos directos a distintas conciencias y múltiples subjetividades, todo como en un presente perpetuo.
Son cosas que ocurren cuando escroleamos en las redes sociales, con lo que Vargas Llosa se adelantó más de medio siglo a la multimedia y la Internet. E incluso las supera, porque en las redes impera el caos, la simplificación y, muchas veces, la pura pérdida de tiempo y el atontamiento. Mientras que en las novelas de nuestro premio Nobel ese aparente caos narrativo es la forma de mostrar el orden del mundo, sus formas complejas de organización como un todo coherente; más aún, coherente y crítico sobre los temas presentes en su narrativa.
Por eso, cuando leemos “La casa verde”, por ejemplo, recién por la mitad del libro empezamos a entender lo que está ocurriendo, porque no se puede explicar el mundo a la primera, hay que hacer un esfuerzo, y cuando lo hacemos nos sumergimos en una experiencia multisensorial e intersubjetiva, donde el tiempo, el espacio y las conciencias de los personajes se entrelazan de manera vívida, totalizante. Mediante este esfuerzo, el lector internaliza las contradicciones del poder, la memoria y la identidad.
No es solo que “escriba bonito”, sino que sus técnicas son herramientas para contagiar la urgencia de vivir (y cuestionar) esos mundos. Mundos así construidos van mucho más allá que las peripecias políticas o personales de su autor o de un individuo en particular. Incluso podríamos decir que el mismo Vargas Llosa podría haber sido un personaje de sus propias obras. Uno entre cientos. Aunque su vida fue también fascinante, tuvo una vida de novela, como lo comentaba mi amigo Luis Rodríguez Pastor, en un evento de la Feria del Libro de San Borja, hace poco.
En suma, la obra de Vargas Llosa funciona porque replica cómo la mente humana percibe de forma fragmentaria y simultánea, cómo nuestra psiquis siente a través de los sentidos y cómo la conciencia juzga desde múltiples voces internas y externas. La inmersión es total, pero nunca pasiva: exige atención, dolor y complicidad.
De allí también su vigencia, tal como lo comenté en un anterior posteo.