Sobrecogedora y triste la decisión de Alan García. En sus varias y últimas declaraciones públicas afirmó que él creía en la historia, por lo que afrontar a la justicia lo iba a dejar como un ex presidente condenado por corrupción, además de encarcelado. Por tanto, la decisión del suicidio fue –posiblemente– largamente evaluada y reflexionada. No fue un acto impulsivo o desesperado sino una acción premeditada y pensando en la historia. De hecho, desde un punto de vista factual, este acto lo convierte en el único presidente peruano que acaba sus días suicidándose aduciendo razones políticas (“persecución”). Esto ya de por sí lo separa del resto de gobernantes de la etapa republicana, al tiempo que apela a que sus seguidores (y aliados) inicien una campaña de victimización para fundar una narrativa que lo entronque con el casi olvidado relato del martirologio aprista. Fue político hasta en su decisión final.
Quizás sea muy pronto para emitir un juicio sobre la trayectoria política y la personalidad de Alan García. Sin embargo, me atrevo a ofrecer algunas reflexiones –basadas en recuerdos puramente periodísticos y sin pretender ser exhaustivo– que me vienen a la mente a partir de su desaparición.
ESPERANZAS FRUSTRADAS
La primera es que la elección del primer gobierno de Alan fue la última ocasión en que un candidato convocó a la unidad del país y simbolizó la esperanza de un cambio en democracia. La misma campaña electoral tuvo lo que hoy sería considerado como un leve nivel de confrontación: el elector no votaba por miedo, no se elegía entre un salvador contra algún abismo, no era cáncer contra sida, ¡ni siquiera hubo segunda vuelta, porque el candidato que quedó segundo (Barrantes) declinó! Y todo eso mientras Sendero Luminoso llevaba casi un lustro de actividad terrorista en la Sierra Sur y buena parte del país. Desde entonces, nuestro país solo ha conocido campañas de una creciente polarización y crispación política, alimentadas por el miedo y el odio; salvo, quizás, la anodina (y manipulada) campaña de reelección de Fujimori en 1995.
Pero en 1985 el cambio vino desde el primer momento del mandato de García, cuando su política “antimperialista” de limitar el pago de la deuda externa generó un apoyo nacional a su gobierno, desde los grandes grupos de poder (los que el propio Alan llamaría “los 12 apóstoles”) hasta grandes sectores populares; además, le dio una proyección internacional que pudo haber llegado más lejos, de no haber sido por la matanza de los penales en 1986.
Se comprobó también que el joven Alan era un excelente orador y comunicador. Realizaba mítines semi espontáneos, sin previo aviso, desde Palacio de Gobierno –los famosos “balconazos”– y utilizó las plazas públicas para promover sus políticas. Además, conocía muy bien los medios masivos (especialmente, la televisión) y sabía usarlos eficazmente, en su beneficio.
Era hiperactivo, impulsivo y voluntarista, características personales que lo acompañaron el resto de su carrera política. Y su meteórico ascenso al interior del APRA, salteándose a la generación intermedia (los “cuarentones” de entonces), llevando al partido aprista por primera vez a la presidencia del Perú y recibiendo un respaldo muy alto durante los dos primeros años de su gobierno alimentaron una soberbia que –con los años y un segundo mandato–, un embajador norteamericano en Perú calificaría como “ego colosal”. Veremos más adelante cómo estas características serían también claves para sus fracasos y debacle final.
CAPO DE LA MANIPULACIÓN POLÍTICA
Reconocer que se convirtió pronto en un caudillo personalista no es muy original, ya que la casi totalidad de líderes políticos peruanos lo son. Más interesante es el sistema que usó para cimentar ese liderazgo caudillista. Fue un maestro de la manipulación política mediante un sistema que consistía en diseñar o utilizar escenarios políticos para posicionarse por encima de las fuerza en pugna, impedir que algún partidario le haga sombra o que algún adversario lo desbanque.
Por ejemplo, apenas asumido el gobierno, su equipo generacional ofreció una conferencia de prensa anunciando algunas medidas que casi inmediatamente fueron desmentidas por representantes de la “vieja guardia” aprista. Se advirtió, de pronto, que la discrepancia sería dirimida por Alan y que todo había sido una jugada política para que el joven mandatario se ubicara por encima de los contendientes, evidenciara al grupo generacional de los veteranos y generara correlación de fuerzas para su liderazgo.
Este tipo de juegos lo convenció de que tenía talento para el titiriterismo político y que podía manipular las situaciones, aprovechar los errores de sus adversarios, neutralizarlos, subordinarlos y/o vencerlos para mantenerse en el poder. Llegó a afirmar que si bien no podía colocar un presidente sí tenía el poder de decidir quién no sería presidente.
Un caso fue su campaña mediática contra el shock económico (el no-shock) en las elecciones de 1990, que favoreció al desconocido candidato de entonces –Alberto Fujimori– e impidió que el candidato favorito –su archirrival Mario Vargas Llosa– ganara esa elección (cierto que el hoy premio Nobel puso de su parte para ese resultado).
MAESTRO DE LA TRAICIÓN
Es más, llegó a convertirse en un maestro de la traición, llegando a convencer a los traicionados de que la puñalada por la espalda era en beneficio de ellos mismos. Es el caso de Alfonso Barrantes, líder de la izquierda legal de los 80 y alcalde de Lima, a quien Alan tenía políticamente hipnotizado, al punto que logró que declinara participar en la segunda vuelta electoral de los comicios de 1985, dejándole el camino libre para llegar a la presidencia.
Posteriormente, Alan le brindó su apoyo para su reelección a la alcaldía limeña pero en el día previo a la elección cambió de opinión y en un giro de 180° llamó desde un “balconazo” a votar por el candidato aprista, Jorge del Castillo. Y, efectivamente, en un ejemplo de su capacidad de endosar votos, logró imponerlo como burgomaestre capitalino. Luego, explicaría a Barrantes que unas misteriosas encuestas revelaban que el posible ganador sería el candidato derechista Luis Bedoya Reyes, por lo que tuvo que invertir su capital político para impedirlo en beneficio sus políticas socialdemócratas (o sea, de izquierda). Aunque a regañadientes, Barrantes se tragó el sapo y continuó con su discreto apoyo al gobierno de García, lo que representaría el comienzo de su declive político.
Algo parecido sucedería décadas después con Lourdes Flores Nano, candidata del derechista Partido Popular Cristiano durante la campaña electoral de 2006, la cual tenía buena opción de pasar a la segunda vuelta electoral contra Ollanta Humala, entonces un declarado candidato chavista. García le endilgó el apelativo de “candidata de los ricos” a partir de unas fotos donde se la veía disfrutando de una mesocrática piscina en medio de la campaña electoral. De esta forma logró desplazarla y pasar él mismo al ballotage que lo conduciría por segunda vez a la presidencia del país en 2006. Una década más tarde, para las elecciones de 2016 –y Alan ya en un pronunciado declive político–, convenció a Flores Nano de aliarse con él en una lista conjunta APRA-PPC. ¿Cómo lo hizo? Hasta ahora nadie lo entiende. Pero no cabe duda de que las cualidades persuasivas de Alan todavía estaban vigentes, pese a que esta lista obtuvo apenas un 5% de la votación; siendo beneficiado el aprismo con unos escasos 4 puestos en el Congreso, mientras que el PPC no logró ninguno. Como en el caso de Barrantes, la cercanía de Lourdes Flores a García terminó de hundirla políticamente.
Pero volvamos a 2006. El desplazamiento de Lourdes Flores en aquella campaña obedeció a la regla de crear un escenario en el que Alan pudiera ponerse por encima de sus oponentes. Al acusar a la candidata con mayor opción de alinearse con la derecha contra Humala, un candidato entonces anti sistema y populista (es decir, de izquierda), el APRA se posicionaba al centro político; más aún, la campaña alanista fue con un programa de centro izquierda y se apoyaba en el miedo a Humala y el chavismo. Los errores de ambos candidatos y su posicionamiento equidistante le dieron armas para arrastrar al electorado hacia una opción centrista en la segunda vuelta y obtener la presidencia por segunda vez. No interesó que luego –en otro sorpresivo viraje– su segundo mandato se orientara hacia la extrema derecha, casi con la misma vehemencia con la que en el primero aplicara políticas de izquierda.
OPORTUNISMO Y DOGMATISMO IDEOLÓGICOS
Esto nos conduce a otra característica de Alan: fue un presidente de gobiernos marcadamente ideológicos. Otros presidentes tuvieron, sin duda, orientaciones ideológicas muy claras, pero en su caso estas fueron mucho más pronunciadas; aunque contrapuestas y aplicadas a destiempo (o sea, dogmáticas).
Así, en su primer gobierno, radicalizó sus políticas populistas con el intento de estatización de la banca y seguros, así como puso a funcionar la maquinita y produjo una hiperinflación monumental; lo cual llevó al país a un desastre económico total. Aferrado a sus ideas estatistas y populistas no supo ver el giro hacia el neoliberalismo provocado por experiencias populistas en otros países (por ejemplo, Bolivia); pero, sobre todo, por los cambios sociales ocurridos en el Perú desde mediados de los 70, caracterizados por el surgimiento de la informalidad y su posterior crecimiento a costa del derrumbe estatal y de la economía formal causado por la hiperinflación (para no hablar de la grave expansión del terrorismo hacia las ciudades). La viabilidad de su estatismo correspondía a otra época y a otro contexto social.
Mientras que en su segundo mandato –y como todo converso–, aplicó otro giro de 180° hacia políticas neoliberales, justo en una época en la que ya se advertían las falencias y limitaciones (“piloto automático”, “chorreo”) de ese modelo ideológico; centradas en el debilitamiento de las funciones básicas que le corresponden al Estado en materia de institucionalidad, políticas sociales, diversificación productiva y soporte para el desarrollo de los mercados. El país creció a un ritmo espectacular (como en resto de América Latina) pero también lo hicieron las desigualdades sociales debido a los distintos ritmos de ese crecimiento.
Más aún, García adoptó además un pensamiento neoconservador, con afirmaciones racistas (“ciudadanos de segunda clase”) y confesionales, lo que se tradujo en una creciente conflictividad social en el país. Su dedicación y energía puestas a “captar inversiones” mediante todo tipo de encuentros con empresarios, le enajenó la creciente animadversión de sectores populares, especialmente en el interior del país. Alan no tuvo, en esta oportunidad, la sensibilidad para captar las nuevas tendencias sociales enfocadas en problemas ambientales generados por las industrias extractivas; pero, sobre todo, por la ausencia del Estado en zonas con población en extrema pobreza y con extremas riquezas, pero en el subsuelo.
UNA VISIÓN RELIGIOSA DE LA POLÍTICA
Este tardío ideologismo (dogmatismo) socavó sus logros hasta hacerlos añicos (en su primer gobierno) o mediatizarlos dramáticamente por la traición a su programa (en su segundo gobierno). Además, su voluntarismo, soberbia e impulsividad, condujo a García ya tempranamente a graves errores políticos y militares, siendo el principal la masacre de los penales, ocurrida en 1986. En esa oportunidad, el joven gobernante ordenó debelar a sangre y fuego los motines organizados por acusados de terrorismo en varias cárceles limeñas. En el caso de la isla penal de El Frontón, luego de sofocar el motín se mataron a más de un centenar de presos rendidos. Se juzgaron a algunos responsables operativos pero García logró eludir la responsabilidad, como en otros casos futuros; especialmente, los de corrupción.
Sin embargo, este episodio y los varios enfrentamientos con el terrorismo deben haberle impactado en un sentido más profundo, tanto político como personal. Recordemos que el motín de los penales fue una operación senderista para echarle a perder protagonismo al joven Alan García durante un evento de la Internacional Socialista en Lima (lo que, por cierto, consiguieron), pero bajo el imperativo del autosacrificio. Es decir, Abimael Guzmán dio orden a sus huestes de defender esa especie de zonas liberadas en las que se habían convertido las cárceles que las alojaban con el sacrificio de la propia vida. Disposición que el autoproclamado presidente Gonzalo exigía de sus cuadros al momento de perpetrar sus feroces atentados. En otras palabras, de ser necesario los utilizaba como carne de cañón.
Pues bien, tiempo después de la matanza de los penales, en un discurso ante la juventud aprista, García –en un giro demagógico– puso como ejemplo de mística partidaria el sacrificio que hacían los senderistas de su propia vida en aras de su organización política. No es raro, ya que el aprismo se caracterizó –desde sus años aurorales– por el uso de una parafernalia y rituales cuasi religiosos, calcados del fascismo. La famosa mística aprista, basada en el sufrimiento real de innumerables familias a causa de las varias insurrecciones y levantamientos armados, así como en los sacrificios extremos de muchos de sus militantes constituyeron el relato del martirologio; que entonces Alan recordaba a sus jóvenes partidarios.
No equiparo al aprismo con el senderismo, pues el partido que lideró García estuvo siempre comprometido con el régimen democrático e, históricamente, luchó por la democracia en el país; mientras que las dotes políticas de Alan –para bien y para mal– se adecuaban a esta (en nuestro país, débil) arena institucional.
Sin embargo, me resulta imposible no relacionar estos hechos con el suicidio del ex mandatario. Como Alan ya no podía colocarse –en vida– por encima de otros para ejercer el poder o sobrevivir políticamente, escoge hacerlo post mortem; y deja una nota donde afirma que elige, orgulloso, el sacrificio de su vida para evitar supuestos vejámenes (en realidad, la acción de la justicia) y ubicarse así (en la historia), por encima de su familia, su partido y, sobre todo, sus adversarios políticos. Es un intento premeditado de ingresar al panteón aprista.
De esta forma, absolutamente personalista, nos revela que la narrativa cuasi religiosa del martirologio aprista sigue viva, puertas adentro, en el partido de la estrella. Además, el hecho de –aparentemente– haber planificado el suicidio y haberlo compartido con un grupo de escogidos nos muestra que aún subsisten las formas y códigos conspirativos, propios de la clandestinidad.
DESGASTE E IMPUNIDAD
Sin embargo, cuando esta concepción semi religiosa de la política se combina con actos de corrupción –tolerados o ejecutados–, conceptos como “sacrificio” u “honor” adquieren otra connotación. El de una mafia que utiliza la política para su beneficio personal y grupal. El antecedente más notable es el de Agustín Mantilla, ex secretario personal de Alan y ex ministro del interior de su primer gobierno; quien recibió fondos de Montesinos, los que no usó con fines personales sino –aparentemente– político partidarios. Mantilla fue oficialmente defenestrado del partido pero muchos militantes lo respetaban por haber asumido calladamente la responsabilidad. Por ello, no sorprende que las investigaciones del Ministerio Público en el caso Odebrecht hayan identificado la existencia de “organizaciones criminales” que controlan a determinas organizaciones políticas.
En tal sentido, durante el segundo gobierno de García se produjeron notables casos de corrupción, como los petroaudios y, sobre todo, los narcoindultos; este último destapado durante el gobierno a Ollanta Humala. En este último caso, se comprobó la impulsividad de García por desalojar de las cárceles a un nutrido grupo de condenados (incluyendo un alto porcentaje de narcotraficantes), así como su soberbia para justificar varias liberaciones objetables a partir de una decisión personal –según propia declaración– únicamente consultada con Dios; afirmación que ahora cobra cabal sentido. En todo caso, estas características de su personalidad empezaron a pasarle factura.
Como en otras oportunidades, Alan logró eludir la acción de la justicia, sin embargo, creció en la opinión pública la percepción de García como un actor político con influencia en el Poder Judicial y los medios de comunicación. Ya sus triquiñuelas y juegos políticos se habían evidenciado lo suficiente, debido principalmente a su sobre exposición mediática; por lo que sus maniobras iban perdiendo eficacia. A ello se sumaba el desgaste producido por los mencionados escándalos de corrupción.
Como resultado, la credibilidad del ex mandatario empezó a declinar y sus otrora alabadas cualidades de comunicación política se volvieron en su contra: ya nadie le tenía confianza; salvo Lourdes Flores, como hemos visto. En cambio, la gente empezó a percibirlo como un personaje corrupto, que había orientado sus talentos políticos a la manipulación legal (leguleyadas) para evadir su presunta responsabilidad en la corrupción durante su gobierno. El resultado fueron los magros resultados que obtuvo en las últimas elecciones, los que fueron la antesala del fin de su carrera política.
Finalmente, al estallar los casos Lavajato y Lavajuez, empezaron a aparecer también las conexiones de esa mega corrupción con varios gobiernos, ex presidentes y políticos, incluyéndolo. No voy a extenderme en este tema ya que hay abundante información disponible al respecto (al momento de escribir esta nota todavía no se han realizado los interrogatorios a Jorge Barata en Brasil).
Solo mencionaré que la gradual revelación de coimas en varios proyectos durante su gobierno actualizaron tanto los casos de corrupción de su primer gobierno como los ya conocidos de su segundo gobierno. Se recuerda también sus nexos políticos con personajes condenados –e incluso presos– en el entonces Gobierno Regional del Callao. Pero, principalmente, el fracaso en sus intentos de escabullirse de estos graves casos actuales; situación agravada por su fallido intento de asilo político en la casa del embajador de Uruguay en Lima.
Todo ello –aparte de las razones personales y las de su propia personalidad– explica la trágica decisión de Alan García. De esta forma, quién empezó como una joven y esperanzadora promesa para la política nacional y el partido aprista, acabó muriendo como un suicida que busca evitar la cárcel. Hecho histórico, sin duda, aunque dudo mucho que la historia omita o minimice los actos de corrupción de sus dos gobiernos (especialmente, el caso Odebrecht), y otros actos de igual o mayor peso histórico que su propio suicidio, como la hiperinflación, la masacre de los penales e incluso el “baguazo”.
En el lado positivo, poco se conoce su importante papel para el logro de una solución beneficiosa para el país en el diferendo marítimo con Chile, junto a Allan Wagner. No todo es malo, pero ciertamente, falta tiempo y mayor perspectiva para tener una visión más equilibrada sobre un personaje controversial pero gravitante en la historia política reciente del Perú.