“Las niñas bien”, dirigida por Alejandra Márquez, muestra la decadencia de la elite política y social mexicana; que tranquilamente podría ser también un poco de la peruana. Está ambientada en un contexto de una crisis económica ocurrida en México en 1982, y haría las delicias de Piketty al mostrar una clase rentista (aunque en situación menguante), es decir, que no es productiva. Pero este no es el asunto de la película sino solo su trasfondo ya que el énfasis está puesto en las conductas clasistas que adornan a este sector social y que se encarnan en la protagonista: Sofía (Ilse Salas).
Además, se muestra cómo las estructuras patriarcales se mantienen incólumes en esta clase social con la peculiaridad de que Sofía –pese a no tener profesión conocida más allá de la administración del lujoso hogar y la práctica del tenis– lleva la voz cantante en la relación con su marido, quien en realidad es un inútil.
Por tanto, cuando empieza a manifestarse el terremoto social, ella lo lleva con mucha dignidad y soberbia, pero no puede evitar sentir –la procesión va por dentro– el gradual descalabro que poco a poco la va cercando. Un punto neurálgico son sus celos y desprecio por la esposa –de origen social más bajo– de uno de los nuevos ricos en ascenso, mientras ella va (pre)sintiendo su vertiginosa caída y la de su familia.
“Las niñas bien” pretende ser una comedia y, de hecho, es una película muy irónica, aunque nunca llega a ser caricaturesca. De un lado, porque tanto la directora Alejandra Márquez como la actriz protagonista, Ilse Salas, se toman en serio tanto la gravedad de la situación económica de esta clase social, su improductividad no solo económica sino cultural (y su pobreza espiritual); de tal manera que la historia podría ser por varios momentos un drama.
Lo que no llega a ocurrir debido a que justo cuando Sofía llega al borde de esa veta trágica que está refundida muy al fondo de ese clasismo y racismo exacerbados que caracteriza a este grupo social, vuelve a emerger a los ambientes refinados y a la vez superficiales que se reproducen en lo que Vargas Llosa denomina “las revistas del corazón”; donde conviven la etiqueta y el charm con el chisme venenoso, la envidia y la insidia. Para recobrar allí la compostura y los modales de una largamente estudiada hipocresía social.
La directora la apoya con unos aplausos desde la banda sonora mientras le permite unos breves y evanescentes monólogos interiores donde la ansiedad toma la forma de una sentida admiración por… Julio Iglesias. La magistral caracterización de Salas –con sus sutiles y casi imperceptibles quiebres emocionales– equilibra los factores irónicos con los dramáticos de tal forma que dan una inusitada solidez a su interpretación; lo que, al mismo tiempo, está a la base de la potente crítica social que ofrece esta película.