Estuve en Córdoba, la segunda ciudad Argentina, durante una semana hace poco. Es como un pueblo grande, acogedor, con millón y medio de habitantes y plano, con muy pocos edificios altos y un cielo de un azul intenso.
La gente camina apurada a primera hora del día, nos advirtió el taxista. Es por el “presentismo”, un pequeño bono que les dan a muchos empleados y trabajadores por entrar puntualmente a su centro de labores. Eso no hace que se levanten más temprano para ir a trabajar, pero sí que se apuren para llegar a la hora; lo que hace que los albores de los días laborables sean algo agitados y espídicos.
Ya nos habían advertido de las temperaturas extremas, pero incluso ahora los cordobeses estaban asombrados de su variabilidad. Al día siguiente de nuestra llegada, un domingo, la temperatura llegó a estar en 38°C y el lunes bajó a cerca de 5°C; pero lo principal fue que se desató una lluvia que continuó en la noche con una tormenta eléctrica y un viento desaforado. Nuestro hotel tenía las lunas cerradas herméticamente, pero aún así la ventisca sibilante zamaqueaba los bordes de las ventanas y los hacía sonar como si se tratase de un sismo. El resto de días el frío fue amainando y cuando partimos se pronosticaba un nuevo subidón de calor.
El escenario económico también exhibía una notable variabilidad. Hay un tipo de cambio oficial de 350 pesos por dólar y un cambio extraoficial (el dólar “blue”) de hasta 950 pesos por dólar; o sea, una diferencia tan brutal como la de los climas locales. Los turistas no podíamos usar tarjetas de crédito debido a que los bancos usaban el tipo de cambio oficial, pero se nos permitía comprar efectivo en casas de cambio al tipo de cambio “blue”. Como resultado, había que cargar gruesos fajos de billetes para compras pequeñas y los billetes de menor denominación estaban bastante deteriorados y eran escasos, debido a que con ellos ya no se podía comprar casi nada; solo servían para dar vuelto. Además, el gobierno crea tipos de cambio ad hoc; por ejemplo, los hinchas del Boca que fueron a Brasil para un partido con Fluminense para la final de la CopaAmérica tuvieron un tipo de cambio cercano al blue (señal del poder del fútbol en la sociedad; aunque igual perdieron).
Esto es una evidencia de la creciente situación caótica de la economía gaucha, que no deja de ser interesante por lo insólito del escenario irreal que se instaura cuando la inflación está desbocada. Es un mundo de fantasía donde los abundantes fajos de billetes con muchos ceros en realidad sirven para comprar cada vez menos y lo único que crece es la pobreza. Pero aún más sorprendente es el escenario político, tan polarizado e incierto como el clima y la economía.
Lo asombroso es cómo el candidato oficialista –que al mismo tiempo es el ministro de Economía y, por tanto, responsable del desmadre económico– haya resultado el más votado en la primera vuelta electoral. Hasta se produjo un desabastecimiento de combustibles a nivel nacional en medio de la campaña para el balotaje, pese a lo que mantiene sus opciones. La única explicación posible es el miedo que inspira el candidato opositor, quien exhibe algunos rasgos de desequilibrio emocional (para decirlo suavemente) e hizo declaraciones previas que sugieren un escenario apocalíptico bajo su eventual mandato; lo que abona en favor de la contra campaña oficialista.
Mientras estuvimos en la ciudad, nadie hizo el menor comentario sobre la situación política. Ningún taxista lo conversó. No vimos ningún tipo de movilización ni propaganda, ni escuchamos comentarios al vuelo, pese que visitamos el centro de la ciudad varias veces. Es posible que el temor y la resignación se hayan apoderado de la gente, independientemente de por quién vayan a votar. Hay una gran incertidumbre sobre quién ganará este domingo. Pero hay una incertidumbre aun mayor de qué hará quien gane. Nadie lo sabe con certeza, pero todos temen lo peor.
Me recuerda un poco a las series de terror de Mike Flanagan, en las que lo sobrenatural existe y se manifiesta, pero cuando ocurre resulta ser –en gran medida– producto de la mente de los propios protagonistas, de sus miedos, ideas y sentimientos. Así, en Argentina, lo irreal es el escenario inflacionario de fantasía económica, mientras que el apoyo al candidato de aspecto rock-satánico es producto directo de la actuación de su adversario oficialista, quien parece un personaje más serio y formal, pero que también viene haciendo locuras; como su opositor, aunque distintas.
Esta serie tuvo ya tres temporadas: la primera fueron las elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO), la segunda fue la primera vuelta electoral y la tercera está en curso y concluye este domingo con el balotaje (o segunda vuelta electoral). La próxima semana comenzará la terrorífica cuarta temporada.