“La vida invisible de Eurídice Gusmão”, del director Karim Aïnouz, es una película brasileña altamente disfrutable. Es un melodrama ambientado en los años 50 del siglo pasado en Rio de Janeiro. Quienes conozcan el barrio de Santa Teresa, el Jardín Botánico o el parque Lage –si no me equivoco–, seguramente reconocerán sus encantos en buena parte de la película. Los que se potencian con una iluminación cálida, de colores fuertes pero bien balanceados, y que resalta principalmente en las escenas nocturnas. La música inicial, de aire posromántico, nos introduce a un melodrama coherente, enfocado en la discriminación de la mujer por el machismo reinante.
Dos hermanas tienen proyectos de vida independientes y son autónomas. Sin embargo, su padre las separa luego de que una de ellas huyera con un marinero y regresara –abandonada por su pareja–, con un hijo en brazos. Con el tiempo, la hermana –que la creía desaparecida y, luego, muerta– se casaría y sería su marido el que le impediría cumplir su vocación. Aquí se superponen dos tipos de discriminación por ser mujer: ser madre soltera y pretender tener autonomía profesional (supuestamente, descuidando la crianza de su hijo).
La película despliega este relato intercalando la soridad entre ambas hermanas con la violencia que supone la invisibilización y destrucción de sus proyectos de vida, ahogados en su rol de madres dedicadas a las tareas domésticas. Pero incluso la mantención de estos roles sociales, paradójicamente, afectan a la misma unidad familiar: dañan irremediablemente la unidad familiar. En tal sentido, se trata de una película compleja, muy bien dirigida y con actuaciones sobresalientes de Carol Duarte y Julia Stokler.