Las recientes fotografías de Mario Vargas Llosa en Lima, visitando algunos de los lugares emblemáticos de sus notables novelas, representaban la despedida de uno de los más grandes escritores peruanos y universales. Pese a la profunda tristeza por su partida, nos deja una obra literaria monumental y un legado intelectual que me marcó profundamente, así como a mi generación y a las que siguieron.
Novelista, ensayista, comunicador, periodista, comentarista político, dramaturgo y hasta cineasta, Vargas Llosa fue una conciencia crítica de nuestro tiempo, un pensador apasionado y controversial, y un maestro en la disección de los mecanismos del poder, tanto en el Perú como en el ámbito global. No en vano, la academia sueca lo reconoció con el Premio Nobel de Literatura en 2010 “por su cartografía de las estructuras de poder y sus imágenes mordaces de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo".
LA CORRUPCIÓN DEL PODER
La obra narrativa de Mario Vargas Llosa, además de su valor literario intrínseco, constituye una de las herramientas más lúcidas para comprender los problemas estructurales del Perú y de buena parte de América Latina en el presente. Su literatura no solo ha representado con gran maestría los conflictos del poder, la violencia y la ética, sino que ha anticipado —y sigue dialogando con— muchos de los fenómenos más preocupantes en medio del cambio de época que estamos viviendo.
Efraín Kristal, uno de los más destacados estudiosos de su obra, la sintetiza señalando que Vargas Llosa “ha elaborado cientos de personajes y situaciones memorables para representar los efectos nefastos de la corrupción, la violencia, el abuso del poder o las consecuencias del fanatismo en la vida colectiva; como también las compensaciones de la fantasía o del erotismo ante las insuficiencias de la vida” (Kristal, Efraín, “Tentación de la palabra”, Lima: FCE, 2018; p. 25).
En “Conversación en La Catedral”, Vargas Llosa ofrece una de las radiografías más demoledoras del sistema político peruano. La corrupción que describe no es episódica, sino estructural: atraviesa desde el gobierno hasta las relaciones familiares, desde el periodismo hasta la vida afectiva. Es una red invisible de acomodos, favores, chantajes y traiciones que aún hoy se reconoce en la política peruana: presidentes procesados, congresos desacreditados, instituciones débiles y ciudadanos que oscilan entre la resignación y el hastío.
Ambientada en los años del ochenio de Odría, la novela no solo retrata un régimen autoritario sino un sistema entero podrido por la corrupción, el cinismo y la pérdida de ideales. En el célebre diálogo entre Zavalita y Ambrosio se mantiene la fatídica pregunta, hoy totalmente vigente: ¿En qué momento se jodió el Perú? La respuesta quizás sea, precisamente, el entorno ciudadano de abatimiento, hartazgo, cinismo y resignación, ante un poder corrupto y autoritario que describe la novela; exactamente como ocurre en el presente.
De otro lado, en la monumental “La fiesta del chivo”, nuestro autor “retoma un tema abandonado desde ‘Conversación en La Catedral’, el de los nefastos efectos de la corrupción en toda una nación… el mundo social es profundamente corrupto. La corrupción se comprende por las acciones del dictador y de quienes se acomodan a sus abusos contra los derechos humanos, la democracia y la legalidad” (Kristal 2018; p. 412). Aquí se describe el tránsito hacia las ya bien establecidas dictaduras de Nicaragua y Venezuela, que se vive hoy en el Perú, bajo un ropaje aparentemente democrático.
En el Bar "La Catedral" en octubre de 1969. Foto de Félix Nakamura Hinostroza reportero gráfico del Diario ''La Prensa''.
CORRUPCIÓN MEDIÁTICA
En “Cinco esquinas”, Vargas Llosa muestra el papel que tienen los medios de comunicación cuando se ponen al servicio del poder corrupto. Ambientada en los años finales del régimen de Alberto Fujimori, la novela se desarrolla en parte en la zona de ‘cinco esquinas’, en Barrios Altos, un espacio donde se cruzan lo popular, lo histórico y lo marginal, y que funciona como metáfora del país mismo.
El personaje de Rolando Garro, director de un semanario sensacionalista encarna a un periodista corrompido, que convierte la información en arma de extorsión, chantaje y destrucción moral. Este medio se dedica a fabricar escándalos, destruir reputaciones y operar como una extensión de los servicios de inteligencia del Estado.
En ese sentido, la obra desarrolla una crítica frontal al aparato de prensa del fujimorismo, que utilizó tabloides y programas televisivos para perseguir opositores, desinformar y manipular a la opinión pública. Hoy, tenemos a los bien conocidos herederos de esos diarios chicha que defienden la corrupción mucho más desembozadamente que en los noventa, por lo que esta obra conserva una clara vigencia.
EXTORSIÓN E INSEGURIDAD CIUDADANA
En “El héroe discreto”, Vargas Llosa retrata con asombrosa actualidad a Felícito Yanaqué, un empresario piurano acosado por bandas de extorsionadores que buscan cobrarle “protección”. Su negativa a ceder lo convierte en una figura moral en un entorno dominado por la amenaza y el silencio.
Este fenómeno, que parecía en la novela una excepción, se ha convertido hoy en una triste normalidad. En ciudades como Piura, Trujillo y Lima, la extorsión es uno de los principales problemas de seguridad y es beneficiada –en parte– por las normas dadas por el Congreso para blindarse ellos mismos ante las investigaciones abiertas en el Ministerio Público por estar posiblemente controlados por organizaciones criminales.
Mientras que en “¿Quién mató a Palomino Molero?”, las instituciones policiales o judiciales no solo son ineficientes, sino que a menudo actúan como encubridoras del crimen. Como en el presente, en que, dada la impunidad de la delincuencia enquistada en los poderes del Estado, no sorprende que abunden en las noticias los casos de errores clamorosos y corrupción dentro de las fuerzas del orden. De tal forma que el Estado aparece débil, muchas veces ausente o infiltrado, mientras los ciudadanos enfrentan la violencia solos.
A causa de las extorsiones y el sicariato, hoy en el Perú abundan los ‘héroes discretos’ que no han tenido la suerte del personaje de la novela y son asesinados –a veces al azar– de las formas más crueles imaginables en razón de seis por día, según estadísticas oficiales.
En el Bar "La Catedral" en octubre de 1969. Foto de Félix Nakamura Hinostroza reportero gráfico del Diario ''La Prensa''.
EL FANATISMO RELIGIOSO
Inspirada en la guerra de Canudos “La guerra del fin del mundo” es una poderosa exposición sobre los peligros del fanatismo. La comunidad que se forma en torno al Conselheiro no es presentada como simple caricatura religiosa, sino como una fuerza mesiánica que se alimenta de la pobreza extrema, el abandono, la exclusión y la desesperación. Lo que vale para las creencias religiosas vale también para el fanatismo laico, mediante la conversión de ideologías política (e incluso de la razón) en un dogma absoluto y –como el del adversario– excluyente y cancelatorio.
El fanatismo que Vargas Llosa retrata no pertenece al pasado: sigue presente en el Perú y el mundo actual. El poder de la extrema derecha tiene como una de sus fuentes primigenias el fanatismo religioso, el cual rechaza la ciencia y promueve teorías conspirativas y seudo ciencia. Se pretende reimponer la subordinación de la mujer al varón, anular el control de las personas (y especialmente, las mujeres) sobre su cuerpo y limitar (y hasta suprimir) la libertad de pensamiento (como lo ejemplifica el caso de los abusos de sectas como el Sodalicio).
Nuestro autor nos recuerda que la fe, cuando se absolutiza y se divorcia de la razón y el diálogo, puede volverse una fuerza devastadora. En un mundo cada vez más polarizado, con el populismo y nacionalismo en auge, esta advertencia cobra una clara vigencia.
LA INCOMUNICACIÓN, LOS MUNDOS PARALELOS
Otro de los logros fascinantes y dolorosos de “La guerra del fin del mundo” es mostrar cómo el conflicto entre el Estado republicano y los seguidores del Conselheiro es, en el fondo, un choque de universos inconciliables. No solo no se entienden: no hablan el mismo lenguaje, no comparten el mismo tiempo histórico, no reconocen la legitimidad del otro.
Este tema —la incomunicación profunda entre sectores de una misma sociedad (o a nivel global)— sigue siendo central en el Perú de hoy, marcado por brechas sociales, culturales y simbólicas. Costeños, andinos, amazónicos; urbanos y rurales; élites educadas y poblaciones marginadas, racializadas y terruqueadas. Otra fuente del extremismo político tiene como componente la eclosión de lo étnico, reflejada también en el enfrentamiento que se desarrolla en esta obra. Su punto de partida es la incapacidad total de ponerse en el lugar del otro.
Lo que se acentúa con el crecimiento de las redes sociales, cuyos algoritmos muchas veces encierran a los usuarios en comunidades con discursos totalizantes, binarios, polarizantes, excluyentes y cancelatorios. No solo en base a la desinformación (atizada por distorsiones basadas en la inmediatez, la simplificación, la descontextualización, el “presente eterno”, la viralización) sino también –como resultado– por la creación de mundos paralelos excluyentes, como los descritos magistralmente por Vargas Llosa en esta novela extraordinaria.
NEOCOLONIALISMO E IMPERIALISMO
En “El sueño del celta”, basada en la vida de Roger Casement, Vargas Llosa expone con crudeza los crímenes del colonialismo en el Congo y la Amazonía peruana. La novela revela cómo el progreso capitalista puede esconder, bajo el barniz de la civilización, las formas más brutales de esclavitud y exterminio.
Mientras que “Tiempos recios”, recrea el golpe de Estado en Guatemala, instigado por la CIA y la United Fruit Company, bajo el pretexto del anticomunismo. Allí desenmascara el imperialismo moderno, que ya no necesita cañoneras: se apoya en la propaganda, desinformación y manipulación mediática.
Ambas obras siguen siendo esenciales para entender el mundo actual, donde los viejos colonialismos han mutado en nuevas formas de explotación económica, injerencia política y control informativo. Desde los conflictos ambientales en la Amazonía hasta la visibilización desaforada de los intereses imperialistas estadounidenses para apoderarse de países enteros (Canadá, Groenlandia) y de mantener presencia en zonas estratégicas, en términos geopolíticos (Ucrania, Gaza, canal de Panamá). Los auntos de estas novelas, aunque del pasado, se han reactualizado gracias a Donald Trump.
(Aclaro que la mención de los temas de actualidad en los títulos citados solo representa un aspecto, entre muchos otros, que se desarrollan en las novelas mencionadas. Por razones de espacio, aquí tocamos solo aquellos puntos de relevancia más coyuntural, de manera puntual e, incluso, quizás no completa. Y reitero que la valoración de su obra se da sobre todo en el plano de sus valores literarios intrínsecos).
En el Bar "La Catedral" en octubre de 1969 con Patricia Llosa Urquidi. Foto de Félix Nakamura Hinostroza reportero gráfico del Diario ''La Prensa''.
LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y PLURALISMO
Es posible separar las creaciones literarias de otros aspectos de la vida pública del escritor (como la política) y, en muchos casos, debe hacerse. Sin embargo, Vargas Llosa también desarrolló su labor literaria a través de su obra ensayística y una trayectoria política; la que es controversial pero coherente en un solo punto: siempre defendió la libertad de expresión y el pluralismo, tanto en su etapa como socialista como cuando viró al liberalismo; y actuó en consecuencia.
Por tanto, podría ser considerado como un ‘heterodoxo’ en su apoyo inicial a la revolución cubana, ya que incorporaba la necesidad de mantener la libertad de expresión y el pluralismo político. Cuando el régimen castrista se alineó con el comunismo soviético, Vargas Llosa fue duramente criticado por defender al poeta Heberto Padilla y, a partir de allí, al cuestionamiento de la deriva dictatorial del régimen.
Tales críticas lo empujaron al campo del liberalismo político y económico. Pero, a la vez, en este nuevo espacio ideológico se opuso a las dictaduras de derecha; es decir, no solo defendió la libertad de expresión cuando se trataba de sus opositores políticos, sino también la de sus supuestos aliados ideológicos. En múltiples ocasiones subrayó que este derecho debe protegerse también para quienes piensan distinto y condenó tanto la censura estatal como la presión social o económica que buscaba silenciar voces incómodas.
Él mismo se volvió un personaje políticamente incómodo por su liberalismo integral. La derecha nunca le perdonó su vehemente oposición a Fujimori cuando este perpetró su autogolpe en 1992 y buscó luego perpetuarse en el poder. Tampoco su posición en favor de un país, dos Estados para buscar la paz y convivencia política entre israelíes y palestinos. Ni su concepción de que el liberalismo no solo puede ser económico sino integral, o sea, también político y social; de allí su apoyo a las reivindicaciones básicas del feminismo y su apoyo a la igualdad de derechos para las personas LGTBI (incluyendo matrimonio y adopción de hijos, para quienes lo desearan); los que le acarrearon el odio de los fundamentalistas religiosos.
De otro lado, la izquierda lo siguió cuestionando por su giro liberal, su poco disimulada admiración por movimientos individualistas y extremistas (como el Tea Party en Estados Unidos), pero también por su apoyo electoral a candidatos de extrema derecha (Bolsonaro, Kast, Milei) y derecha (Uribe, Piñera, Macri, Álvaro Lasso) y, sobre todo, su extravagante apoyo a Keiko Fujimori en las últimas elecciones peruanas. Todo en nombre de su defensa de políticas liberales, en muchos casos, con virulencia y apasionamiento. De allí que recogiera numerosas reacciones adversas de similar calibre.
En el Bar "La Catedral" en noviembre de 2024. Foto de su hijo Álvaro Vargas Llosa.
UNA PROYECCIÓN DE SUS PROPIOS PERSONAJES
Se puede criticar a MVLL por muchas posiciones políticas controversiales y equivocadas, pero no por falta de consecuencia o coherencia en su defensa de la libertad de expresión y el pluralismo político. Y esos principios básicos, que posiblemente constituyan su único legado político que podría lograr algún grado de consenso, es justamente lo que está en cuestión en el mundo actual. El populismo nacionalista y el fundamentalismo religioso están desmantelando el Estado de derecho y la propia democracia liberal; como lo estamos viendo en estos mismos días en Estados Unidos, en el Perú y otras partes del mundo.
Siempre he pensado que, como político y comentarista, él pudo ser un personaje de sus propias novelas; complejo, contradictorio, independiente, exhibiendo un talante muchas veces clasista, ocasionalmente vitriólico y un toque quijotesco. Enfrentando al establishment progresista y a buena parte del entorno derechista. De allí que haya acumulado la ira, la animadversión y el desdén de tiros y troyanos.
Recordemos lo dicho por la academia sueca sobre sus personajes: “las imágenes mordaces de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo”; lo que, hasta cierto punto, le calzan a él mismo como personalidad política. Aparentemente, solo lo salva su genialidad literaria. Su gran defecto sería, entonces, no haberse dado cuenta, no reconocerse como una proyección de sus propias criaturas en su quehacer público. Y, quizás por esta razón, no recuerdo que nunca se haya rectificado de nada en su zigzagueante trayectoria política.
A pesar de mis varias discrepancias con su pensamiento y con su praxis política, no puedo dejar de admirar la fuerza de su obra ni su lugar indiscutible en la literatura contemporánea. Vargas Llosa ha escrito algunas de las novelas más brillantes de nuestra lengua y reveladoras de la condición humana en un entorno global analizado con profundidad a partir del poder. Y por eso, más allá de simpatías o rechazos, su legado es, ya, patrimonio de la literatura peruana y universal.