Leí “Nuestra parte de la noche”, la gran novela de Mariana Enríquez y luego sus libros de cuentos y quedé fascinado. Esta escritora argentina ha actualizado y reelaborado el género de terror en la literatura, elevándolo a un nivel de excelencia artística; especialmente en la citada novela. Los cuentos son más breves y directos pero también sumamente interesantes ya que en ellos se resumen y reiteran, en distintos contextos narrativos, las preocupaciones de la escritora.
La principal innovación es el tratamiento realista de una narrativa que no excluye lo sobrenatural, sino que toma los tópicos del relato típico de terror y los resignifica a partir de este rescate de la vida cotidiana, si bien de personajes muchas veces en situaciones liminales. Además, evita el efectismo para asustar, sorprender o aterrar al lector de manera manipulatoria o artificial. Apuesta, en cambio, por construir personajes y recrear ambientes siniestros –propios del género– que terminan convirtiéndose en escenarios creíbles de violencia social e incluso, eventualmente, política. Aunque esto último no está presente explícitamente en “Bajar es lo peor”, su primera novela, recién reeditada y que paso a comentar.
Se trata de una obra primeriza de una autora entonces muy joven, escrita entre los 19 y 21 años, pero que ya muestra una maestría notable como narradora y presenta algunas de sus obsesiones temáticas. Transcurre en Buenos Aires, principalmente en boliches o cantinas de mala muerte habitados por prostitutos gays que son visitados, entre otros, por un par de clientes ya mayores; y donde la marginalidad social convive, puntualmente, con personajes adinerados.
Los protagonistas son dos: Facundo, un gay de creciente palidez y largas greñas negras, poseedor de una belleza diabólica y un atractivo hipnótico; y Narval, a la postre su amante bisexual atormentado –como su pareja– por pesadillas y terrores nocturnos. A ellos se suma Carolina, una chica que convive sucesivamente con ambos, con acompañamiento de su hermano y otros colegas de la pareja protagonista.
Aunque hay todo tipo de relaciones sexuales entre ellos y con otros, la narración no gira en torno al sexo sino más bien a las adicciones varias de casi todos los personajes. La novela cuenta las historias de todos ellos –unos en mayor grado que otros, de acuerdo con su importancia narrativa– pero la actividad constante y casi permanente es el consumo (tráfico y micro comercialización) de heroína, cocaína, mariguana, alcohol, pastillas. Este entorno, al principio simpático, va volviéndose atosigante para los protagonistas y sofocante para el lector.
Y esto conduce al verdadero (o quizás, el principal) espacio en el que transcurren las narraciones de Enríquez: el cuerpo. Mejor dicho, el maltrato del cuerpo, el sufrimiento corporal, en este caso, causado por las consecuencias del consumo conscientemente adictivo y desmedido de drogas y alcohol. Al dolor físico creciente se añade el deterioro psicológico y, con ello, los temores aparentemente infundados (a la oscuridad o el no poder dormir) y las alucinaciones; con lo que el sesgo sobrenatural va emergiendo muy gradualmente hasta su breve aparición final, aun así de manera un poco vaga. De esta forma, en paralelo con los antros donde viven los personajes (la suciedad, lo abyecto), se va dibujando un espacio mental equivalente, sobrenatural pero con sólidas raíces sicológicas en ese mundo –marginal y violento– de las adicciones.
Los personajes parecen sacados de una novela gótica del siglo XVIII, con sus dosis de malditismo y transferidos al presente en un contexto realista, en espacios (de un Buenos Aires marginal) y cuerpos afligidos por el consumo y el deseo, acompañados por rock subterráneo. La secuencia narrativa avanza por el camino del declive físico y emocional de los protagonistas, mientras que –simultáneamente– van apareciendo, desapareciendo y, en algún caso, reapareciendo personajes que terminan por retratar el espacio endemoniado de la pareja protagonista. La acción sugiere elementos de vampirismo (¡la sangre!) que van insinuándose con fuerza; pero solo en el breve epílogo y macabro desenlace de esta obra –quizás su parte débil, aunque no exenta de misterio–, Enríquez se entrega totalmente a lo sobrenatural.
Realmente disfruté mucho esta novela que, si bien no tiene la densidad de “Nuestra parte de la noche” sino un estilo seco, frío y objetivo, garantiza una lectura rápida y muy entretenida.
ENRÍQUEZ, Mariana, “Bajar es lo peor”, Barcelona: Editorial Anagrama, 2022; 271 pp.