El verano se despidió acá en Lima con música y lo hizo en el Parque de la amistad, en el distrito de Surco, donde hay un moderno auditorio con 400 butacas que prácticamente se llenó para un concierto de la Sociedad Filarmónica de Lima; que en esta ocasión presentó a un conjunto de música popular llamado Cuerdas y Ritmos, dirigido por Alejandro Machado, el primer violín de la Orquesta Sinfónica Juvenil Bicentenario. Quien ha formado este cuarteto con el guitarrista Juan Pareja, el contrabajista Efraín Escalona y el percusionista Gerardo Amachel.
O sea que fue un evento de sorpresas: por la fresca noche de verano, por el local aún poco conocido, por los músicos clásicos tocando música popular, peruana y caribeña, y una ocasión para escuchar arreglos musicales aparentemente insólitos pero muy logrados.
Por si fuera poco, el programa me trajo a la memoria los años que pasé recién casado en Santo Domingo trabajando por allá, en momentos muy difíciles para el Perú. Éramos, con mi esposa, una pareja de peruanos laborando en una biblioteca universitaria de República Dominicana; donde también nació nuestro hijo.
O sea, peruanos en el Caribe y el programa de esa grata noche musical estaba compuesta, en su primera parte, por temas peruanos y en, la segunda, por temas caribeños; es decir, peruanos en el Caribe. Mientras escuchaba la música se me iban mezclando los recuerdos de aquellos años (y otros, durante un taller de guion que llevé en Cuba).
Cada parte del programa estaba estructurada de tal forma que se iniciaba con temas más bien melódicos – en interpretaciones solventes y “serias”– pero avanzaba y terminaba con piezas más rítmicas, desmelenadas; creando la sensación de pasar de la formalidad musical a la informalidad de una jarana muy peruana para concluir la velada con una fiesta tropical.
Todo con un violín, un contrabajo, unas guitarras (de madera y eléctrica) y un cajón con tambores. En algunos momentos entraban a tallar también dos músicos adicionales, que aportaban más sabor y color. Ellos fueron Rommel Salazar en el saxo y quenas y, Richard Rodríguez en una guitarra más pequeña, muy típica en Venezuela, llamada el cuatro.
Todo el concierto fue antológico, empezó con valses criollos como “La flor de la canela”, la marinera “Concheperla” o el landó “Negra presuntuosa”; pero también temas andinos como “Pío pío” o “Valicha”; entre otros. Ofreciendo un maravilloso paseo por el paisaje musical de nuestro apís.
En la segunda parte, escuchamos piezas de Chick Corea, la famosa bachata “Burbujas de amor” de Juan Luis Guerra y, en otra grata sorpresa, Cuerdas y Ritmos interpretaron un par de obras venezolanas, que Machado dedicó a sus padres y que para mí fueron un descubrimiento. El concierto concluyó con El cuarto de Tula, una movida rumba cubana, aunque en verdad, como público, llevábamos el ritmo de todas estas músicas; e incluso el percusionista Amachel nos dirigió con las palmas en uno de los momentos de mayor interacción; aunque el frenesí no alcanzó para que nos pusiéramos al bailar. Ahí creo que nos quedamos un poco.
No importa, lo bueno es que pasamos una velada diferente y estimulante. Conocimos a unos músicos que disfrutaban y nos hacían disfrutar con esas obras revisitadas, pero también redescubiertas gracias a sus peculiares arreglos; algunos encantadoramente naifs, otros bastante audaces, pero todos bien sustanciosos. Fueron interpretaciones talentosas y energéticas.
Cuando salí el auditorio estaba rodeado de todo ese ambiente tan de pueblo decimonónico que es el parque de la amistad. Era una noche de refrescante bienvenida al ya cercano otoño y, mientras esperaba el taxi, en mis oídos y en mi mente todavía resonaba esa música tan rica, variada y vital… que se revolvía en mi memoria... La música, al ser el arte más abstracto, nos toca a todos y a cada uno, por igual.
Mientras tanto, quedamos a la espera de nuevas presentaciones de Cuerdas y Ritmos, y a la expectativa del inicio de la temporada de conciertos de la Sociedad Filarmónica de Lima.