En una reciente entrevista, el escritor iraní Salman Rudshie se refirió a la creación artística en los siguientes términos: “El orden es como el hombre imagina el mundo, mientras que el caos es la ley de la naturaleza... Si usted piensa en la esencia del arte, se trata de un esfuerzo por imponer orden y forma. Y cuando uno crea formas, crea significados. Pero puede ser que todo eso sea una gran falacia, y que en realidad el mundo posiblemente sea un lugar muchísimo más extraño de lo que queremos admitir. Muchísimo más extraño, oscuro, peligroso y alarmante.”
Este aparente descalce entre el orden construido por el arte y la realidad de un mundo “muchísimo más extraño, oscuro, peligroso y alarmante” intenta ser resuelto –en el campo de la literatura– específicamente por el género del terror. Y la obra que comento en esta oportunidad lo hace de una manera innovadora y magistral. Se trata de «Nuestra parte de la noche» de la notable escritora argentina Mariana Enríquez.
Innovadora porque su novela –adscrita a este género– evita todo efectismo y exhibe un tratamiento sobrio, por momentos frío y hasta distante; combinado con momentos de alta intensidad, a los que se llega gradualmente y todo mediado por una densidad narrativa sobresaliente. Su estilo es el de un terror realista, en el cual lo fantástico y terrorífico se mezcla con descripciones de vida cotidiana, historias que muestran relaciones intergeneracionales, diferencias sociales e incorporan elementos de contexto político.
Sobre todo, desarrolla personajes creíbles, construidos a partir de lo sobrenatural pero aterrizados en el mundo real. Su punto fuerte no está tanto en el miedo, el cual está hasta cierto punto normalizado, sino en el dolor causado por razones principalmente emocionales, pero también de salud (y, en particular, de males cardiacos –una obsesión de la autora–). Gran parte de la tensión que atrapa al lector es un sufrimiento constante y hasta agónico de Juan, el protagonista, por sus males coronarios, generados por sus necesarias conexiones –como médium– con un misterioso ente maligno denominado “la oscuridad”.
De otro lado, hechos como las mutilaciones físicas ante esta especie de bestia maléfica e inmaterial son aceptadas como un sacrificio necesario aunque doloroso, tanto para las víctimas como para sus parientes. Esto me recordó las imágenes y grabados de la última exposición de María Cecilia Piazza una querida amiga fotógrafa, donde aparecían cuerpos como maniquíes cercenados; ilustrando la idea del cuerpo como espacio y receptáculo de emociones diversas, así como de actitudes y percepciones espirituales o incluso del alma misma.
En la novela, esta idea de las mutilaciones –reflejada, quizás, en su propio título: «Nuestra parte de la noche»– está impregnada, como todo lo sobre natural en esta compleja trama, de ese tono trágico y elegiaco que rodea a Juan, personaje en cuyo cuerpo convergen todos los esfuerzos siniestros para buscar una incierta eternidad ligada al mal y al poder. Gracias al tratamiento sobrio y un poco moroso, estas situaciones se presentan casi con resignación y hasta aceptación por algunos involucrados; y más que horror se genera una sensación de profundo desasosiego y consternación, dada la integración de lo maligno –hasta su casi disolución– en la cotidianeidad de los personajes.
La narración está compuesta por relatos de familias y de barrio, cubren un amplio espacio de tiempo y se desarrollan en capas generacionales: la infancia, la adolescencia, la adultez y la tercera edad. La acción transcurre en espacios urbanos de clase media y alta bonaerenses, en el Londres de los años 70 y en una estancia o hacienda rural en los alrededores de Foz de Iguazú. Es interesante cómo este lugar eminentemente turístico, de recreación, asombro y felicidad (con sus arco iris en medio de las majestuosas caídas de agua) deviene en un espacio siniestro y tenebroso; incluso, una famosa curva en forma de herradura en estas cataratas –la denominada “garganta del diablo”– adquiere (¿o recupera?) un terrible significado.
Desde el punto de vista temporal, la novela no discurre de manera lineal sino circular, aunque de forma clara y ordenada, ya que las secciones incluyen en sus títulos los periodos temporales en los que transcurre la acción. Con maestría narrativa, Mariana Enríquez eleva el género del terror al nivel de la gran novela realista; incluyendo un tono sombrío y triste para describir, más allá del horror, una vida de soledad sin redención posible.
Si les desalienta lo voluminoso de «Nuestra parte de la noche» (casi 700 páginas), galardonada con el prestigioso Premio Herralde, pueden empezar –como lo hice yo– con «Los peligros de fumar en la cama», una colección de cuentos de Enríquez. Allí están las obsesiones y temas recurrentes de la novela pero acotados a narraciones breves muy efectivas. Las primeras exhiben un manejo narrativo más elaborado, pero, para mi gusto, son los últimos los más impactantes al estar escritos de manera más directa y lineal; siendo todos de excelente factura, lo que me condujo inmediatamente a la novela.
Espero se animen y disfruten de esta sensacional novela. Soy Juan José Beteta. Cuídense mucho y hasta una próxima oportunidad.
ENRÍQUEZ, Mariana, «Nuestra parte de la noche»; Barcelona: Anagrama, 2019; 667pp.
ENRÍQUEZ, Mariana, «Los peligros de fumar en la cama»; Lima: Santuario Editorial, 2015; 162pp.