El programa estuvo compuesto por el Concierto para violín en re mayor opus 61 de Ludwig van Beethoven y la Quinta Sinfonía en mi menor opus 64 de Piotr Ilich Chaikovski.
Programa muy atractivo con dos obras muy conocidas del repertorio, pero también, en mi caso, por escuchar a dos jóvenes intérpretes que conocía solo por referencias, junto a una importante orquesta británica.
Empiezo por lo que fue el plato fuerte, la Quinta Sinfonía de Chaikovski, conducida por Rouvali, y gran sorpresa de la noche ya que en sus manos esta obra parecía más bien una sinfonía de Sibelius. Es decir, que su versión de una pieza tan manida fue – en ese sentido – muy original. Lo cual, ya de por sí, es un logro a destacar.
Aquí viene al caso recordar el toque elgariano que dio Sir John Barbirolli a su notable ciclo de las sinfonías de Brahms. Sir Edward Elgar fue un compositor muy influido (y quizás demasiado influido) por Brahms.
De allí que resulte curioso y original que un director británico de la talla de Barbirolli nos haya legado unas versiones soberbias en la que proyecta esa nobleza típicamente elgariana, en el plano de la interpretación orquestal, sobre las sinfonías brahmsianas.
Aquí sucede algo parecido. Chaikovski fue una de las influencias tempranas sobre Sibelius, al menos en sus primeras sinfonías y otras obras. Y ahora, un joven director finlandés, Santtu Matias Rouvali, nos ofrece su versión “sibeliana” de esta popular sinfonía chaikovskiana.
¿Cómo así? Primero, por la preeminencia de un sonido viril, sólido y algo frío, dando énfasis en varios momentos cumbre a los metales sobre las cuerdas y con un cierto predominio de los planos verticales.
Esto nos conduce a la segunda característica, que es su tendencia a la monumentalidad, la cual está por encima de los componentes sentimentales, dramáticos y épicos que también hacen acto de presencia en esta sinfonía. De tal forma que estos picos musculosos a cargo de los metales nos hacen recordar al estilo recio, característico de Sibelius.
En ese mismo sentido, en cierto momento del segundo movimiento, Rouvali destaca el clamor de unos cornos que hacen pasar a segundo plano y hasta “ocultan” la famosa melodía de este Andante cantabile con alcuna licenza, y que nos vuelven a recordar a Sibelius.
Otros momentos llamativos fueron la aceleración de tempo en los momentos dramáticos e intempestivos de este segundo movimiento, también con notable preeminencia de los metales. Mientras que, de otro lado, refrena el tempo en los momentos monumentales del cuarto movimiento y en algunos otros episodios.
Las partes sentimentales son tratadas inicialmente con ternura y delicadeza, y solo después viene la pasión. De esta manera Rouvali evita caer en excesos emocionales. Mientras que el tercer movimiento es encantador y exhibe un buen manejo de la dinámica, sobre todo, al final.
Mientras que el cuarto movimiento, que siguió sin pausa, muestra todas las características señaladas y es el mejor ejemplo de esta característica monumental y sibeliana en la visión del director. Fue una versión intensa y muy original, en los términos que he expuesto.
En cuanto al Concierto para violín de Beethoven, que abrió el concierto, diré que se trató de una interpretación más bien lírica, ejecutada con corrección. En comparación con lo que vino después, hubiera sido esperable una versión más personal u original de esta obra también muy conocida.
Salvo por cierta inseguridad de la solista al inicio de su parte, Benedetti ejecutó la obra con destreza y efectividad, dentro de ese enfoque lírico y suave que menciono. Rouvali, por su parte, estuvo algo modoso y hubiera sido deseable una mayor energía – como la que exhibiría luego, con Chaikovski – en las partes factibles de esta pieza.
Aquí mostró un tratamiento más bien elegante con unos diminuendos y fluctuaciones dinámicas que, si bien no llegaban a molestar, le daban ese matiz algo soso al concierto, considerado el más importante del repertorio para violín y orquesta. Por cierto, estos cambios dinámicos también aparecerían más adelante, en la quinta de Chaikovski, pero en menor número.
Debo reconocer que esta cierta sobriedad afectó a los dos primeros movimientos del concierto beethoveniano, mientras que en el segundo tampoco llegué a sentir esa atmósfera íntima y sutil que caracteriza a las grandes versiones de esta obra. Solo en el tercer movimiento hubo un cambio tangible hacia una mayor vida y entusiasmo por parte de solista y orquesta.
Quizá sea injusto pero, mientras escuchaba con cierta expectativa esta versión con tan escasas novedades, era inevitable compararla con las grandes versiones del pasado (e incluso algunas del presente).
En particular, la interpretación expresionista de Wilhelm Furtwängler en el primer movimiento de su grabación durante la guerra con Erich Röhn, el concertino de la Filarmónica de Berlín de entonces, o incluso con Yehudi Menuhin luego, en los cincuenta. O en la gran versión de Itzhak Perlman con Carlo Maria Giulini y esta misma orquesta londinense. O en la de David Oistrakh bajo la batura de André Cluytens y la Orquesta de la Radiotelevisión Francesa, entre otras.
Hay un momento para mí muy especial en el primer movimiento de este concierto. Son dos breves tramos finales de la parte de desarrollo del primer movimiento, exactamente antes de la reexposición. Siempre me han parecido dos momento atmosféricos y ensoñadores, sobre todo cuando los escuchas en mi versión preferida, por Christian Ferras, Herbert von Karajan y la Filarmónica de Berlín. Pero incluso estos intérpretes extraordinarios siento que se quedan cortos en estos fragmentos inolvidables, únicos. Mi fantasía es que aparezcan por algún lado intérpretes que le hagan justicia total solo a ese pedacito. Y esa era mi esperanza, por supuesto frustrada, en esta oportunidad.
Bueno, de todas formas, fue una oportunidad para escuchar a esta espléndida centuria londinense en esa versión espectacular y muy original de la Quinta Sinfonía de Chaikovski. La ligera decepción que sentí durante el concierto para violín de Beethoven se me pasó cuando recuerdo que la solista escocesa Nicola Benedetti tiene 35 años y Rouvali 37 años. Confío que, con más años y más madurez, puedan lograr hallazgos que siempre será posible encontrar en obras fundamentales como esta obra maestra beethoveniana.
Asimismo, conviene seguir la carrera de Santtu Matias Rouvali, quien ya ha obtenido buenas críticas con sus grabaciones de las dos primeras sinfonías de Sibelius. Estaremos atentos a sus posibles registros de esta y las demás sinfonías de Chaikovski. Les agradezco por la atención a esta reseña.
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