El libro de Milton Calopiña, “Conversaciones sobre Cine Peruano”, es hasta donde sabemos, el primer libro sobre crítica de cine hecho en nuestro país que se publica fuera de Lima en los últimos años. Se trata de una obra integrada por textos de distinto formato periodístico que, desde el punto de vista de un libro impreso, ilustra la idea de unas conversaciones. Aquí encontramos 6 artículos sobre temas de cine peruano, 10 críticas de películas peruanas, 5 entrevistas –algunas hechas por el autor (y otras que le hacen a Milton)–, un estudio sobre la obra de Aldo Salvini y un texto compuesto por una nota informativa, una entrevista y una crítica sobre una misma película.
Todo un poco entremezclado, como normalmente sucedería si estuviéramos en una conversación, con sus partes amenas, sus partes interesantes, sus momentos puramente informativos y por supuesto sus observaciones críticas. Un estilo muy apropiado para los cinéfilos pero también para el público en general y para aquellos que quieran aproximarse a la crítica de cine o al periodismo cinematográfico y cultural. Esta aproximación estilística, desde la combinación y mixtura de distintos géneros periodísticos es un primer gran cierto de esta obra, ya que incorpora un componente comunicacional al oficio de la crítica cinematográfica.
Sobre los puntos de interés que se ofrecen en este libro destacaría el artículo sobre “La teta asustada”, la película de Claudia Llosa, y el galardón que obtuvo en el Festival de Cine de Berlín hace algunos años. Pero también otro artículo igualmente interesante sobre la comedia “A su mare”, donde el autor coloca un acápite relacionado con el marketing. Aquí se advierte que el enfoque de Milton no se limita a la idea del cine como arte sino también cómo negocio.
Como sabemos, el cine es arte e industria. En la cadena de valor de la producción audiovisual hay distintas fases que van desde la creación y el rodaje hasta la posproducción, la promoción, el mercadeo, la distribución y la exhibición. Por ello, no basta limitarse a evaluar la calidad de las películas, sino también es importante considerar –cuando lo amerita– cada uno de los factores involucrados en el proceso de producción y el interés que cada película pueda representar en cualquiera de estas etapas necesarias para generar una industria cultural audiovisual en el Perú.
En tal sentido, películas de limitados recursos cinematográficos pueden tener relevancia para la creación de una industria audiovisual en el país. Para un comunicador esto es obvio, pero quizá no para todos los cinéfiles. En tal sentido, hay que ir más allá del enfoque basado exclusivamente en el lenguaje audiovisual y abarcar otras disciplinas colaterales, como la comunicación o la sociología.
Todavía circula en Google un paper de 50 páginas del antropólogo y comunicador Raúl Castro, sobre “A su mare” y el “nuevo cine de entretenimiento peruano”. Allí puede observarse que ese autor consultó más de 70 libros y casi 30 referencias mediáticas y de internet para explicarse el éxito de taquilla de esta película. 70 libros para entender el impacto académico de una película es un dato a considerar, así como el reconocimiento sobre el cine de entretenimiento en términos sociales, para el conocimiento y entendimiento del Perú actual (o, al menos, del mundo urbano limeño del presente). En términos de la construcción de una industria cinematográfica, una taquilla de 3 millones de espectadores no es poca cosa; y justifica ser estudiada en términos comunicacionales y culturales.
“A su mare”, pues, fue un filme importante en su momento, y quizá todavía lo sea en el presente; aunque ahora ya no nos asombra tanto que las películas de Ani Alva, por ejemplo (una de ellas también mencionada en el libro de Calopiña), pasen del millón de espectadores; y que quizá en el presente también sean materia de investigación e interés académico. Acostumbrémonos a que exista un cine de entretenimiento, quizás no con los altos estándares artísticos que ambicionamos, pero con la calidad suficiente para obtener un público que garantice al menos una continuidad de la producción. Así también parece asumirlo nuestro autor ya que de frente discute (y debate) sobre asuntos de marketing relacionados con este filme.
Otro artículo interesante gira en torno al auge del documental, donde Milton comenta “Sigo siendo” esta maravillosa obra de Javier Corcuera y, más adelante, encontraremos como otro hito importante una nota sobre “La revolución y la tierra”, el documental de Gonzalo Benavente. Por mi parte, iría más allá y señalaría la importancia de la no ficción en el cine actual, no solo peruano sino en general. Lo estamos viendo en el 24 Festival de Cine de Lima, en el que varias de las cintas supuestamente de ficción parecen o contienen elementos de documental o testimonios reales; mientras que en obras pretendidamente documentales se utilizan formatos o se integran componentes propios de la ficción.
En la actualidad es mucho más económico hacer películas que hace 15 o 20 años y parte de esa economía viene del hecho que incluso las historias ya las tenemos a la mano: son nuestras propias historias personales. No hay necesidad de ser un genio. Cualquier persona de a pie ha vivido o vive situaciones lo suficientemente insólitas o al menos interesantes que pueden ser materia de una obra cinematográfica. Hoy podemos hacer una película sobre nosotros mismos, a partir de nuestras propias relaciones familiares, amicales o personales. Aunque para ello debamos renunciar a buena parte de nuestra privacidad (yo no podría, aunque lo hago en mis libros de poesía), así como también se necesita talento y conocimientos para que esas historias resulten auténticas y con suficiente interés como para que atraigan público. En todo caso, tenemos las redes sociales como espacio de entrenamiento.
Otra nota que me llamó la atención se refiere al tema de los exhibidores y cómo estos tienen prejuicios, temores o incluso simple desconocimiento sobre el potencial de películas nacionales para atraer al público. En la nota “Me voy a Berlín a ver cine peruano” Calopiña cita datos de cómo las empresas exhibidoras ahogan las posibilidades comerciales de películas peruanas específicas; especialmente las habladas en lenguas indígenas e incluso cintas muy distintas entre sí pero que luego sorprenden logrando tremendos taquillazos. Ante esta situación, nuestro autor menciona la necesidad de establecer algún mecanismo de cuota de pantalla para defenderse de estas arbitrariedades que van en contra del propio mercado cinematográfico y del público en el país.
Otro tema relevante y con el que concluye el libro es una entrevista a Ricardo Bedoya sobre, entre otros puntos, la necesidad de formar públicos para el cine peruano. Lo que –en mi opinión– podría acelerarse si hay la citada cuota de pantalla o si el propio Estado utiliza o apoya mecanismos de exhibición alternativos, que de hecho ya existen en varias ciudades del interior del país y que podrían potenciarse mucho más. Otro mecanismo puede ser utilizar las señales de televisión digital terrestre para la difusión del cine peruano. Estas acciones, de implementarse en el tiempo, serían un aporte fundamental para la formación de un público.
En este camino, la crítica cinematográfica también tiene un lugar, evaluando la calidad de los productos, señalando sus innovaciones o avances, explicando a qué fenómenos responden las nuevas propuestas audiovisuales y promoviendo la mirada crítica tanto hacia los productos como hacia lo que éstos transmiten como un sentido con el que puedan identificarse tanto los peruanos como cualquier otro espectador en el mundo. Aquí ayuda también libros como el de Milton, que hoy comentamos y que van en línea con formatos efectivos de comunicación mediática, información y acercamiento académico; además de la mención de propuestas específicas para mejorar e impulsar la creación de una industria del cine y el audiovisual en el Perú.
Calopiña, Milton, “Conversaciones sobre cine peruano”, Chiclayo: Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo, 2024; 111 pp.