Día 28. Martes 29 de julio. Neuschwanstein
La mañana se levanta prometiendo otro día pasado por agua, pero nos pertrechamos con paraguas e impermeables y marchamos hacia el castillo de Neuschwanstein. Dejamos el coche en un amplio aparcamiento que estaba lleno de coches. El castillo está a poco más de un kilómetro cuesta arriba. No se puede acceder en coche, pero se puede ir andando, en bicicleta, en autobús y en un auténtico “dos caballos híbrido”, tan auténtico como que se trata de un carro tirado por dos caballos y un motor eléctrico que ayuda a los animales a subir. El cielo sigue amenazando lluvia, así que optamos por el autobús. Las mejores vistas del castillo se tiene desde un puente sobre un profundo y caudaloso arroyo. El castillo se alza majestuoso entre los árboles sobre un fondo compuesto de una llanura de prados verdes y el lago Alp, un paisaje idílico. Quizás con un cielo azul y más luz la estampa hubiera sido aún más perfecta aunque creo que en cualquier momento es preciosa. El puente está abarrotado de gente con los paraguas abiertos porque chispea, así que una vez hechas las fotos subimos por un caminito que serpentea entre el bosque empapado hasta un mirador donde pudimos seguir admirando el paisaje con más tranquilidad.
Bajamos a la entrada del castillo y toda la belleza que pudimos contemplar desde lejos, se esfuma de cerca. Parece lo que es, falso. Me explico. Aunque tiene un aspecto medieval, el castillo fue construido en el siglo XIX por el rey Luis II de Baviera, quien estaba más interesado en las artes que en la política. El castillo de Neuschwanstein se conoce popularmente como el castillo del rey loco porque muchos lo consideraban excéntrico o incluso mentalmente inestable, por ello fue apartado del trono y murió poco después en circunstancias misteriosas sin llegar a ver su castillo terminado.
No pudimos visitarlo porque las entradas estaban agotadas desde hace semanas aunque nos han dicho que tampoco nos perdimos mucho. La mañana ha estado muy nublada y han caído unas gotas que no nos ha estropeado la visita. Bajamos andando hasta el lago e hicimos un picnic con unas magníficas vistas. Mientras tanto, salió el sol e incluso hizo calor, así que después de comer comenzamos un paseo por el borde del lago pero en unos minutos comenzó a llover y volvimos hacia el aparcamiento.
Por la tarde fuimos a dar un paseo por el centro de Fussen. Las calles adoquinadas con casas coloreadas en tonos pastel y algunas con frescos en sus fachadas forman un conjunto muy agradable. Durante el recorrido encontramos la basílica de San Mang, una bonita iglesia barroca, bellísimamente decorada, aunque lo que más me llamó la atención fue el altar, elaborado en mármol y con una especie de retablo que parece tela en vez de piedra. Hoy es el santo de Marta y fuimos a cenar para celebrarlo a un bonito restaurante. La comida fue, cómo no, “tipical german”: schnitzel, salchicas y codillo.
Día 29. Miércoles 30 de julio. Lago Eib
Fussen y el lago Eib está casi en la frontera con Austria pero el recorrido para llegar allí transcurre casi en su totalidad por tierras austriacas. La ruta es realmente bonita, con mucha vegetación de un verde intenso. El lago está rodeado de bosque y junto a una enorme montaña, tan alta, que los árboles ceden ante la roca desnuda. Un teleférico permite subir porque arriba hay pistas de esquí, como en otros lugares por esta zona.
El lago está perfectamente equipado para su disfrute turístico: un buen aparcamiento, restaurante y un sendero que lo rodea totalmente. El camino tiene 7,5 km de largo y cuenta con bancos para descansar y admirar el paisaje, wc y bolsas de basura situados estratégicamente, etc. La ruta atraviesa un espeso bosque de abetos y árboles muy rectos y altos y, a veces, baja a nivel del agua o llega hasta playas rocosas. Rodeamos el lago en el sentido de las agujas del reloj, con el agua y la imponente montaña de fondo a la derecha y la ladera boscosa por la que, de vez en cuando, descienden arroyos en pequeñas cascadas, a la izquierda. El paseo es una auténtica delicia, el agua es transparente en las zonas de poca profundidad y de tonos esmeralda y turquesa en la distancia. El interior está salpicado por 7 pequeños islotes que añaden belleza al conjunto. A pesar de ser verano el agua está realmente fría, pero eso no disuadió a Marco, que se incorporó al grupo en Munich, y Teresa de darse un chapuzón en tal idílico escenario.
La vuelta a casa la hicimos por territorio alemán, añadiendo algunos kilómetros al recorrido pero mereció la pena. La carretera transcurre por unos paisajes hermosísimos, todo de un verde limpio y luminoso porque no deja de llover a ratos. Además, paramos en Garmish y Oberammergau, dos pueblos pequeños pero increíblemente bonitos.
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