Día 37. Martes 6 de agosto. Dubrovnik - Kotor
Aunque la geografía va a cambiar poco ya que continuamos en la costa Dálmata, hoy vamos a añadir un nuevo país a nuestra lista y, por primera vez, estaremos fuera de la Unión Europea. Montenegro se independizó de Serbia hace sólo 18 años, en 2006, y es una nación totalmente desconocida para nosotros. Preparando el viaje supimos que, a pesar de no pertenecer a la UE, tiene el euro como moneda desde su independencia y no se necesita carnet internacional de conducir, así que las únicas diferencias para nosotros como turistas, con respecto al resto de países de la unión, fueron la necesidad de sacar un seguro de viajes porque no funciona la tarjeta sanitaria europea y comprar una SIM local para el teléfono porque tampoco está activo el roaming.
La distancia entre Dubrovnik y Kotor no llega a los cien kilómetros, pero nos tomó toda la mañana llegar al destino. Al salir de la ciudad encontramos mucho tráfico y atravesamos varios pueblos lentamente hasta llegar al aeropuerto, donde hacemos una rápida parada para recoger a nuestra hija Marta que se incorporó al viaje. Unos kilómetros más adelante está la frontera donde no había demasiada gente y cruzamos sin mucha dificultad. La primera parada en Montenegro la teníamos prevista en Herceg Novi (42.4534, 18.5402) pero al llegar al parking vimos que es muy pequeño y está completamente lleno de coches. La orografía de la zona hace difícil encontrar un lugar amplio y llano donde aparcar, así que decidimos saltarnos la ciudad y continuar hacia Kotor. La carretera atraviesa varios municipios costeros por lo que la velocidad es lenta hasta que llegamos a la bahía de Kotor que tiene forma de eme mayúscula. Existen dos formas de llegar a la ciudad: recorrer el contorno completo o cruzar la parte estrecha con un transbordador. Elegimos esta última opción porque la carretera es muy estrecha en algunos puntos. Seguimos en gran parte por zona urbana hasta poco antes del túnel Vrmac, donde encontramos un embotellamiento y tardamos tres cuartos de hora en llegar al parking (42.4217, 18.7649). El lugar es bastante feo y está casi completo de todo tipo de vehículos: autobuses, coches, autocaravanas… pero no hay otro sitio mejor en la ciudad, así que hablamos con el vigilante, que nos indicó que aparcáramos en un rincón, aunque me prometió un lugar mejor cuando se fueran los autobuses.
El centro está a diez minutos a pie, aunque antes paramos en un restaurante y aprendimos la primera cosa sobre Montenegro: no es barato, o al menos, no tan barato como esperábamos. Kotor es bastante pequeña y está encajado entre la escarpada montaña y el mar. Lo primero que nos llamó la atención es que la muralla que sigue el paseo marítimo, escala la empinada montaña hasta lo más alto donde está situado el castillo. Las casas son de piedra, aunque un poco más oscura que la de Croacia y las callejuelas están animadas sin llegar a tener la masificación de Dubrovnik. Las calles están empedradas y pulidas por el paso de la gente pero las losas de diferentes colores, marfil, marrón, grises de diferentes tonos… lo que le da un toque muy especial al ambiente. Además de lo impresionante del paisaje, lo que más sorprende al viajero son los gatos. Hay muchos paseándose tranquilamente por las calles y, sorprendentemente, se dejan acariciar por cualquiera. Marta leyó en una web que esto es así desde el medievo, por miedo a la propagación de la peste, llenaron la ciudad de gatos para que no quedara ni un solo roedor... y allí continúan, vagando ociosos por donde quieren, porque ahora disponen de sus propias casitas, lugares con abundante comida e, incluso, un museo dedicado a ellos.
Paseando por la ciudad encontramos la iglesia ortodoxa de San Nicolás, la catedral de San Trifón y la iglesia de Santa Clara, donde hay un magnífico altar barroco realizado en 1708 completamente en mármol blanco y rojo. El fondo es una gran tela sostenidas por dos querubines que parece mentira que esté hecha de mármol. En un par de horas habíamos caminado todo casco histórico, así que volvemos a la Plaza de Armas y tomamos un café en la cafetería “Siempre” frente a la torre del reloj. Preguntamos al camarero porqué tenía un nombre en español y nos dijo que al jefe le gusta mucho nuestro idioma. La Puerta del Mar está a nuestra espalda y salimos por ella al paseo marítimo, dimos un breve paseo pero hace calor y está oscureciendo por lo que volvimos a casa.
El vigilante del parking cumplió su palabra porque cuando llegamos nos tenía reservado un sitio junto al agua, con unas vistas fabulosas de la bahía, la ciudad y las montañas. Hacía calor así que antes de cenar me bañé a la luz de la luna y las luces de la ciudad.
Día 38. Miércoles 7 de agosto. Bahía de Kotor
Kotor está situada en una bahía muy hacia el interior de la tierra aunque, en realidad, hay tres bahías sucesivas: la que da directamente al mar, sigue en otra triangular por un estrecho canal y ésta a otra en forma de eme mayúscula, en cuyo extremo más alejado del mar se encuentra la ciudad. En el pasado debió ser inexpugnable por el mar y por eso quizás construyeron el castillo y la muralla sobre el acantilado para hacerla también inaccesible por tierra.
Ayer reservamos un tour en barco para recorrer la bahía hasta la cueva laguna azul. La primera parada la realizamos en la pequeña isla de Nuestra Señora de la Roca, frente a bonito pueblo de Perast. El islote es artificial, formado a partir de rocas y restos de viejos barcos hundidos trasportados por la gente. Sobre él destaca la iglesia construida en 1632, aunque lo más impresionante es el paisaje. El mar con su variada paleta de azules encerrado entre enormes montañas. Frente a la isla y el pueblo de Perast se encuentra el estrecho, de sólo 300 metros, que da acceso a la siguiente bahía de forma triangular que atravesamos hasta la siguiente, donde nos detuvimos unos instantes en una base secreta de submarinos abandonada. La base, construida en la década de 1970 tenía tres túneles y las entradas estaban camufladas con piedras y vegetación. Entramos con nuestra pequeña embarcación en uno de ellos ya que actualmente no hay ninguna puerta o impedimento para ello. Tiene forma de U invertida y está completamente cubierto de hormigón.
Seguimos nuestro viaje hacia mar abierto y pasamos junto al islote de Mamula que está estratégicamente situado en el centro del estrecho que da acceso a la bahía. Un antiguo fuerte de época napoleónica ocupa la mayor parte de su superficie. La antigua fortificación fue convertida por Mussolini en campo de prisioneros y centro de tortura durante la segunda guerra mundial y en la actualidad se ha privatizado y acoge a un hotel de lujo, así que para desembarcar hay que tener reserva en el hotel o el restaurante, por tanto nos conformamos con tomar la foto y pasar de largo.
Salimos de puerto a las 9 de la mañana y llegamos a la cueva sobre las 10 y, a esta temprana hora ya hay varios barcos, supongo que más tarde estará llena. Entramos con la lancha en la cueva, que no es muy grande, pero hace honor a su nombre, el agua es muy transparente y azul. Los barcos entran y salen en un par de minutos pero nos detuvimos cerca y nos bañarnos en estas aguas azul turquesa un buen rato, aunque a mí se me hizo corto.
En muchas ocasiones lo importante no es el destino, sino el viaje en sí. La cueva no es gran cosa pero la travesía hasta aquí ha merecido la pena. No me canso de mirar este mar maravilloso rodeado de montañas como torres, hemos visto islotes, cuevas secretas y muchos barcos: veleros, yates de todos los tamaños y cuatro enormes cruceros, uno anclado en el puerto y tres más en la bahía.
Terminada la excursión volvemos al centro a tiempo de tomar una cerveza en un bar muy guapo. No hay tanta gente como en Dubrovnik pero cuando llegan los cruceros se llena a tope. Dimos una vuelta buscando un buen lugar para comer y después fuimos al puerto, para ver de cerca el descomunal crucero, que se ve enorme incluso en comparación con las murallas y edificios de la ciudad y nos fuimos a casa.
Como todos los días hace bastante calor, así que inflamos la tabla y nos bañamos. La idea era ir al centro a cenar pero a la orilla del mar, sin casas expulsando el calor del día, se está muy bien, y las vistas no pueden ser mejores: en el crepúsculo, la muralla parece una serpiente amarilla escalando la montaña, el crucero del puerto está totalmente iluminado y toda la costa resplance contra la oscuridad de las rocas. Cenamos y nos tomamos un vermut disfrutando del paisaje