Día 26. Viernes 6 de agosto. Aínsa
A pocos kilómetros de Torla cogemos la carretera nacional 260 que nos lleva a Aínsa. Es un trayecto precioso de unos 40 kilómetros. La carretera culebrea por la falda de la montaña con el río Ara siempre por compañero. Hay mucho tráfico y muchas autocaravanas camino de Torla y, de repetente, en una curva una autocaravana se precipita sobre nosotros y nos golpea violentamente el espejo izquierdo, destrozándolo. Imposible parar a ningún lado de la carretera, así que cubro varios kilómetros con el espejo colgando de los cables. Cuando encuentro un hueco donde ver el estropicio, coincido con otra autocaravana a la que el mismo individuo también le ha roto el espejo. Sujeto el espejo como puedo con cinta americana y llegamos a Aínsa con bastante mala leche y los planes cambiados, ahora la prioridad es buscar un taller. Cuando lo localizamos y dejamos el espejo de repuesto pedido ya casi es la hora de comer. Aparcamos en el área (42.4186, 0.13482) situada frente al casco histórico y seguimos la calle mayor que nos lleva directamente hasta el restaurante El Portal. No es hora de dar muchas vueltas y entramos sin pensarlo mucho, pero resultó ser todo un acierto pues no sólo comimos bien sino que lo hicimos en una terraza desde la que se divisa la unión del río Cinca con el Ara y, al fondo, el embalse de Mediano. El casco antiguo de Aínsa es pequeño, al lado del aparcamiento están los restos del castillo, un poco más adelante la Plaza Mayor y poco más de dos calles que confluyen en el extremo del montículo sobre el que se asienta, en el lugar donde se encuentran el Cinca y el Ara. Sin embargo, está extraordinariamente bien conservado y forma un conjunto de gran belleza.
Después de comer visitamos el Museo de los Oficios y Artes Tradicionales, un museo etnográfico con multitud de objetos que nos cuentan cómo era la dura vida laboral y diaria hasta hace unos años y cómo el ingenio humano supo aprovecharlo todo para satisfacer sus necesidades y hacerla lo más cómoda posible. De vuelta hacia la plaza entramos en la iglesia románica de la Asunción, que comenzó a construirse hace casi mil años, a finales del siglo XI. Aunque ha sufrido muchos avatares durante tanto tiempo sigue conservando su aspecto medieval. En su interior destacan la gran bóveda de cañón y el pequeño el claustro, de planta irregular, con tres lados románicos y dos góticos, datados en los siglos XIV-XV. Pudimos subir a la torre, de una considerable altura para la época (30 metros) por unas escaleras de estrechas, con el techo muy bajo y escalones desgastados pensando cuántas personas han realizado el mismo trayecto desde su construcción en el año 1080. Desde arriba se tienen unas privilegiadas vistas de la junta de ambos ríos y el embalse por un lado y del pueblo, por el otro.
Las niñas se van mañana y quieren llevarse unos recuerdos, por lo que dedicamos el resto de la tarde a hacer algunas compras en las tiendas de la plaza mayor. También compramos mi regalo de cumpleaños: un decantador.