Día 7. 18 de julio. Murano y Burano
La ruta de hoy nos lleva a Venecia. Nos quedamos en el área de San Giuliano (45.496639,12.276038). El área es amplia, con sombra, suelo de césped y unos buenos servicios con duchas. El autobús para la ciudad está a 15 minutos andando (por el reloj) cruzando el parque que está por detrás del área. Sólo hay una parada hasta Piazzale Roma donde se puede coger el vaporeto.
Decidimos comenzar la visita por las islas de Murano y Burano. Ambas son muy típicas, pequeñas y con un canal en medio. En Murano es alucinante ver los famosos cristales. Yo había oído hablar de ellos pero no me esperaba ver la infinidad de formas, objetos y animales, reales o inventadas, en toda clase de colores y combinaciones de ellos, rayas, mezclas, etc. etc. El único problema es el precio. Me gustó un mazacote de cristal con unos peces dentro como si fuera una pecera de unos 25 cm de largo. El más barato valía 350€ y el más caro 1.400€. Un vaso 40€. Sin embargo, también se pueden encontrar algo más económico: compramos 3 juegos de pendientes y colgante muy bonitos por solo 20€.
Visitamos el museo del Vietro pensando que sería espectacular pero aunque había cosas interesantes hubiese estado mejor empleado el tiempo y el dinero (10€ por barba) curioseando por las tiendas que eran espectaculares y comprar algo o ver una demostración de como se hacen estas maravillas por 2€.
A la hora de comer nos paramos en una terracita con vistas a Venecia donde hacía un fresco estupendo (hacía calor andaluz) y comimos una pizza riquísima, creo que la única que nos ha gustado a Mercedes y a mí.
Murano está relativamente cerca de Venecia pero hasta Burano tenemos media hora de vaporeto. Nos gustó mucho porque sus casas están pintadas de colors muy vivos y siempre diferentes, formando un conjunto muy estético. Paseamos por sus dos o tres calles y nos volvimos a casa, aunque tardamos más de dos horas en llegar porque los vaporetos son lentos y tuvimos que esperar en los transbordos.
Día 8. 19 de julio. Venecia
Por fin, hoy vamos a ver Venecia. Lo primero que nos sorprende es el incesante ir y venir de barcos de todos los tamaños en Piazzale Roma. Cogimos el vaporeto 4.1 hasta la plaza de San Marcos. Nos maravillamos de estar en este precioso lugar pero decidimos que hacer cola al sol para entrar en la catedral con el calor que hacía no nos apetecía, así que callejeamos hacia el teatro La Feniche. Por el camino encontramos uno de los muchos embarcaderos de góndolas y sucumbimos a la tradición de dar un paseo por los canales. Me sorprendió la habilidad y aparente poco esfuerzo que hacía el gondolero para mover los 11 metros de su embarcación por canales tan estrechos que, a veces, necesita apoyar el pie en la pared para ayudarse al girar.
Venecia tiene mil islitas así que cada poco hay que saltar un canal normalmente bastante estrecho, algunos de dos metros escasos. Dentro de las islas, las calles no son mucho más anchas, con callejones en los que apenas caben dos personas. Y todo con calles que no saben lo que es una línea recta y otras que no tienen salida o dan directamente a un canal sin puente. De vez en cuando, se abre una plazoleta más o menos grande. En resumen, un laberinto capaz de volver loca a Ariadna. Pero es un espectáculo para los sentidos. Cada calle tiene tiendas con máscaras de todo tipo, cristal de Murano, recuerdos, bares... y muchos, muchos turistas, demasiados. Pero qué le vamos a hacer, es verano. Encontramos un lugar para comprar comida y un poco más adelante una placita a la sombra y con aire fresco. Menos mal que las calles son tan estrechas que no entra el sol y sopla un vientecillo fresco porque al sol nos derretimos. Volvemos por la comida que resultó ser deliciosa. Mercedes se comió una bocaccia de verduras que me encantó a mí que no me gusta demasiado el verde. Marta comió un rotollo igual de exquisito y yo un bocata estupendo.
Repuestas las fuerzas, continuamos callejeando para pasar por el puente Rialto y después buscamos la librería Acqua Alta. Es una librería muy típica, que vende libros de segunda mano, con una góndola llena de libros en el centro. Ya por la tarde, volvemos a San Marcos. Ahora el sol da sobre la fachada de la catedral y podemos admirar sus mosaicos y hacer fotos. El día ha sido agotador, con un calor húmedo que te hacía sudar y beber continuamente, por lo que decidimos volver a casa. Tomamos el vaporeto 1 que va por el gran canal. Iba a cargado a tope de turistas sudorosos y se paró en cada embarcadero por lo que tardamos una hora en llegar a Piazzale Roma. Menos mal que el paseo me permitió no sólo admirar el gran canal sino hacer unas fotos estupendas.
Día 9. 20 de julio. Venecia
Hoy nos levantamos temprano con idea de hacer la cola para entrar en la catedral antes que el sol nos derrita. Afortunadamente, hace mucho menos calor y no se hizo pesado los veinte minutos de espera. La catedral es de estilo románico bizantino y, aunque hubo otra iniciada en el año 828, la actual se terminó en el 1073. Por tanto, no tiene grandes ventanales y hay poca luz en su interior. Pero si miras arriba se puede admirar escena tras escena de temática religiosa realizadas con teselas doradas de menos de un centímetro cuadrado. Cada rincón de la catedral está decorada. Habrá millones y millones de ellas.
Salimos de la iglesia en dirección al mercado de Rialto y luego a la de Basílica de Santa María dei Frari donde vimos unas magníficas pinturas de Tiziano, pero antes paramos en un barcito con una terraza de dos mesas a tomar un cerveza. A continuación fuimos a la Scuola Grande di San Rocco donde visitamos sus tres salas decoradas por Tintoretto. El trabajo le llevó 24 años. Destaca el techo de la sala principal aunque a mí impresionó el inmenso cuadro de la Crucifixión que mide 5,2 metros de alto y 12,2 de ancho. Cada milímetro del cuadro es genial. Podría pasar horas sentado admirándolo. La entrada cuesta 10€ y apenas hay turistas ¡Qué raro!
Volvimos a San Marcos y a casa por el gran canal pero esta vez cogemos el vaporetto 2, que hace menos paradas, aunque hoy no hace calor, de hecho se levantó un gran viento y a comenzó a chispear.
Llegamos a área, nos aseamos y cuando estábamos relajados sentados junto a la autocaravana y le digo «bonasera» al vecino que comenzó a hablar sin parar... así que acabamos bebiéndonos una botella de vino y con sus señas para lo visitemos en su pueblo de Calabria, frente a Sicilia, que se llama Tropea. Una lástima que esté tan lejos. Pasamos por lo menos dos horas hablando con Doménico y Caterina, tratando cada uno de descifrar el idioma del otro. Fue divertido. Nos contó de todo, sobre sus viajes, su familia, su casa frente al Stronboli, nos enseño fotos, aprendimos palabras en italiano y que me llamo Francesco Xaviero...