Nuestro siguiente destino es el Valle de Tena. Remontamos el río Gállego hasta el camping Escarra, en la localidad de Escarilla. Acampamos y cogemos el coche para subir hasta Sallent, aunque no pudimos resistir la tentación de parar en el mirador frente a Lanuza. ¡Menuda vista! Es una imagen de cuento: el lago rodeado de montañas y el pueblo con sus casas apelotonadas y tejados de pizarra…
Sallent es un pueblo precioso, aunque ha perdido parte de su gracia por la explotación turística, el paisaje es absolutamente deslumbrante, rodeado de inmensas montañas, atravesado por el río Gállego y al pie del lago. Un paraíso. Hubiese sido magnífico poder quedarse aquí pero la zona de aparcamiento de caravanas está junto a un edificio en construcción y, peor aún que carecer de servicios, es tener una zona maloliente donde es difícil vaciar y coger agua sin dejarlo todo hecho un asco.
Llegamos hasta Lanuza, y volvimos al embarcadero Suscalar. Comimos en la terraza del restaurante, con las vistas más bonitas de mi vida. Después fui imposible resistirnos alquilar unas piraguas y recorrer de punta a rabo el embalse. Es una gozada moverse por sus prístinas aguas en un entorno tan maravilloso. El agua está tan limpia que se me cayó el móvil y, tras dos días en arroz, renació.
El valle tiene muchas atracciones, pero últimamente lo está petando la tirolina de situada en Hoz de Jaca, anunciada como la más larga y alta de Europa y que transcurre sobre el pantano. Como siempre, sólo llegar al pueblo es un placer. Las niñas también disfrutaron de la experiencia de volar a 90 km/h sobre las aguas. El padre hizo el gallina, le da miedo las alturas.
Día-23. Martes 3 de agosto. Valle de Tena
Hoy hemos madrugado para desayunar en Panticosa porque tenemos tickets para el tren que va al valle de la Ripera bien temprano porque eran los que quedaban. El tren “El Sarrio” (en realidad un tractor disfrazado, jeje) nos llevó por una pista forestal, solo autorizada para él y los ganaderos hasta un valle glaciar absolutamente precioso y prácticamente virgen. Durante los 50 minutos que dura el trayecto, un pequeño “sarrio” (es una subespecie del rebeco o gamuza) nos cuenta curiosidades de la zona por la que pasamos como la leyenda de Yenefrito o sobre el panticuto, dialecto del aragonés, hablado en Panticosa.
Al llegar al valle, te quedas sobrecogido ante tanta belleza natural. Las únicas construcciones son un par de refugios y una pista forestal, el resto es la inmensidad de la montaña. En el tren nos dan un folleto con 6 rutas que podemos hacer desde la parada. Optamos por la número 3 “Ruta al Rincón del Verde”. En principio parece fácil porque transitamos por una amplia pista que sube con suavidad pero siempre hacia arriba, cada vez más hacia arriba. Llegamos hasta el refugio y volvimos por el mismo camino para comer junto al arroyo disfrutando de las vistas y cuando estábamos terminando llegó el tren.
Como terminamos antes de lo previsto tuvimos tiempo de bajar el valle hasta la cascada de Orós, en la localidad de Orós Bajo. Dejamos el coche en el aparcamiento y seguimos una senda muy marcada por el uso que unas veces va junto al río o incluso por encima de las piedras y otras sube un poco por la escarpada orilla. El paseo es muy entretenido y el riachuelo muy curioso porque las piedras mojadas están teñidas de tonos blancos y amarillentos en contraste con el gris del resto del paisaje rocoso. Esto es así por la disolución del calcio por el agua y su precipitación posterior sobre las piedras del lecho fluvial. Llegamos a una pequeña presa artificial que crea un pequeño lago y una cascada, pero la gente que se estaba bañando nos dijo que debíamos seguir el bonito pero tortuoso camino. Un poco más adelante una pared gris compuesta por montones de estratos cierra el pequeño valle y sobre ella se desliza la cascada sobre un manto más amplio de tonos amarillentos y verdosos. A sus pies se forma una preciosa poza de aguas turquesas. Descansamos un rato admirando esta belleza natural y volvimos sobre nuestros pasos. De vuelta a casa, aún os quedó tiempo y ganas de parar en Tramacastilla de Tena para dar una vuelta y tomar una merecida cerveza en una terraza.
Yo me habría quedado mucho más en el valle, pero tenemos que seguir la ruta, mañana levantaremos de nuevo el campamento para seguir el viaje.