Hoy dejamos atrás la bellísima Navarra y, tras pasar el alto de Matamachos, nos adentramos en la etapa aragonesa del viaje. Nos apetece tomarnos un descanso y elegimos el camping de Ansó (42.75234,-0.82949). Transformamos nuestra casa rodante en otra un poco más fija y nos dimos un chapuzón en la piscina.
El jueves dimos un paseo por el pueblo, visitamos el centro de interpretación del Parque Natural Valles Occidentales y vimos el museo del traje típico ansotano, donde una chica nos explicó que hasta los años 80 había personas mayores que los usaba a diario. Había varios modelos: un traje para la faena, otro de vestir (para hombre y mujer) y dos para el día de la boda (uno para la iglesia y otro para la fiesta). Los niños tenían su propio modelo. Ningún problema para elegir el vestuario diario y un ejemplo de aprovechamiento de los escasos recursos. No puedo imaginar que pensaría este gente de nuestro modelo de usar y tirar.
Después visitamos la iglesia donde destaca su gran retablo dorado barroco y nos enteramos de que por la tarde habría un concierto. Ya tenemos plan vespertino, pero a esta hora hace calor, así que nos tomamos una cerveza fresquita en la plaza del Ayuntamiento y nos fuimos a la piscina, donde pudimos ver con los prismáticas al detalle el plumaje, las garras, el pico... de una pareja de milanos reales que continuamente se paseaba sobre nuestras cabezas.
Dos días es suficiente descanso para mí, así que el viernes decidí hacer la ruta por el Bosque de Gamueta, que comienza en el refugio de Linza, a 20 kilómetros de pueblo. Es muy incómodo desmontar y volver a montar la auto para hacer un trayecto corto, por lo que la mejor opción es el duathlon: 20 km de bicicleta y 7,5 km de marcha. Parece poco, pero no estoy en los llanos del Condado, sino en Los Pirineos. Me levanté temprano y poco después de las 8 ya había desayunado en el pueblo y empezaba a remontar el valle paralelo al río Veral. A estas horas el bosque aún está envuelto en la bruma matinal y un olor ancestral lo impregna todo. Avanzo despacio disfrutando cada centímetro del paisaje por un valle bastante cerrado con una enorme montaña al fondo, hasta el camping de Zuriza. A partir de aquí el valle se va abriendo y el paisaje cambia bastante, dando testimonio de su origen glacial, hasta el refugio. Lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de coches que hay, así como varias autocaravanas. El camino ha sido precioso y no muy difícil, sólo en algunos puntos concretos la pendiente era significativa y el último tramo se me atragantó un poco. Sin mucho tiempo para descansar, dejo la bici bien atada y comienzo la caminata. La ruta comienza con una importante subida hasta el Paso del Caballo y continúa atravesando bosques, hasta enlazar con la pista de Gamueta por la que se desciende hasta la carretera. Está bien señalizada y bastante pisada por el uso, por lo que no es difícil seguirla, aún así en un par de ocasiones tuve que echar mano del móvil, porque iba solo, no encontré a nadie hasta el final y no es plan perderse por los pirineos. Cuando volví al refugio era la una y media, un poco tarde, pensé. Me tomé un refresco y una fruta mientras descansaba y volví a la carretera. La vuelta fue muy diferente, hizo mucho sol, menos humedad y sobre todo cubrí los 20 kilómetros sin dar una pedalada. En la ida no noté que subía tanto salvo en algunos momentos concretos.
Mañana dejamos Ansó, hoy un pequeño pueblo de apenas 500 habitantes pero con una gran riqueza paisajísitica y cultural, incluída lengua propia, el ansonato.
Días-20 y 21.Sábado 31 de julio y Domingo 1 de agosto. Jaca
Nos desplazamos a Jaca, situada a unos 50 km, por Hecho porque la carretera baja directa hacia la nacional 240 está en muy mal estado. Aparcamos en una estupenda área (42.56778 / -0.54500), que se queda claramente pequeña a juzgar por la cantidad de autocaravanas que hay repartidas por los alrededores. Nosotros llegamos lo suficientemente temprano como para coger una de la últimas plazas libres. El área está a 400 metros del centro, así que dimos un paseo y después de comer volvemos a casa a esperar a Marta y Teresa que venían de camino. Cuando llegaron volvimos al centro a tomar una cerveza en la plaza de la catedral.
El domingo fuimos directos a visitar la catedral, que empezó a construirse en el año 1077 por orden del rey Sancho Ramírez, y que, aunque ha sufrido muchas modificaciones a lo largo de los siglos, sigue conservando la estructura básica y configuración románica. A continuación, fuimos al museo diocesano, dedicado al arte sacro medieval. Pudimos contemplar esculturas, pinturas y otros objetos pero llama la atención especialmente la sala del antiguo refectorio donde se muestra una colección de pinturas murales que fueron arrancadas en los años 60-70 de varias iglesias aragonesas y que datan de los siglos XI al XVI.
Junto al centro está la imponente ciudadela, una fortaleza mandada a edificar por Felipe II en 1592 que tiene planta estrellada de cinco puntas y se conserva prácticamente intacta desde su construcción, manteniendo todos sus elementos: foso, baluartes, escarpas, cuarteles, polvorines, túneles... El acceso al interior del reciento se realiza cruzando el foso a través de un puente de tres arcos más un puente levadizo, pero no nos convenció mucho lo que hay que ver en su interior y decidimos verla por fuera, así que la rodeamos buscando los ciervos que hay en el foso y los milanos reales que cruzan el cielo con las montañas al fondo.
Después de comer cogimos el coche para ir al monasterio de San Juan de la Peña. ¡Qué alegría tener un vehículo pequeño para moverse por estas carreteras estrechas, empinadas y llena de curvas! Pero… ¡Son tan bonitas! Paramos en un mirador desde el que se tienen unas vistas excepcionales. ¡Qué maravilla! Hay que pasar por el monasterio viejo, donde no hay aparcamiento y llegar al llano de San Indalecio, donde está el monasterio nuevo y que, como su nombre indica, es una amplia pradera con un gran aparcamiento. Compramos las entradas para ambos monasterios aunque, del nuevo queda poco más que la fachada, porque tras ella se da un paseo por las ruinas que han sido cubiertas con un edificio moderno. Lo que más me gustó de esta zona son los robles, especialmente uno de más de 300 años.
Los monasterios están tan sólo a 1,5 km uno del otro y hay un servicio de lanzadera entre ambos, pero a las horas vespertinas a las que llegamos no funcionaba, así que aparcamos como pudimos en los pocos huecos que hay en la cuneta. Desde la misma carretera impresiona la vista del monasterio que parece que va a ser aplastado en cualquier momento por la enorme mole de la montaña. Su historia se remonta al siglo X y es una auténtica joya que, en el poco espacio robado a la montaña incluye la iglesia prerrománica, las pinturas de San Cosme y San Damián, del siglo XII, el Panteón de Nobles, la iglesia superior, consagrada en 1094, pero sobre todo sobresale el magnífico claustro románico. A todo ello hay que sumar otros edificios posteriores a los siglos medievales, entre los que cabe señalar el Panteón Real, de estilo neoclásico, erigido en el último tercio del siglo XVIII.
Terminada la visita bajamos hasta Santa Cruz de la Serós, un pueblo muy bonito pero donde llegamos tarde para ver el interior de su tesoro más destacado: la preciosa iglesia de Santa María, por lo que nos tuvimos que conformar con admirar el exterior de este templo con más de mil años de historia. El día ha sido muy completo… y mañana toca viajar.