Día 8. Sábado 22 de julio. Chamonix
Después de la tempestad viene la calma, así que al día siguiente amaneció espléndido y pudimos admirar las cumbres nevadas que rodean el pueblo y dar un paseo buscando la oficina de turismo donde pedimos toda la información posible sobre las rutas que podemos hacer y cómo funcionan los telesillas y telecabinas. Hicimos una programación exhaustiva para visitar todas las cumbres más interesantes, los horarios, el transporte hasta los remontes, etc.
Volvimos a comer a casa y por la tarde terminamos de visitar el pueblo que nos gustó mucho, aunque lo más espectacular son las vistas de las montañas y los glaciares cayendo de ellas como ríos congelados. Mañana nuestra primera excursión será a L’aiguille du Midi.
Vistas desde L’aiguille du Midi
Le Dru
Día 9. Domingo 23 de julio. Chamonix
El área de autocaravanas forma parte del inmenso parking del telecabina que sube a L’aiguille du Midi, así que no tenemos que desplazarnos, pero siguiendo los consejos de los blogs y de la oficina de turismo, nos levantamos muy temprano para coger el telecabina.
Sobre las 7 de la mañana ya estábamos comprando el billete (60€ por persona) cuando nos advierten que “está totalmente nublado arriba”. Tras debatir un poco qué hacer, decidimos arriesgarnos y tomamos el primer telecabina. Las vistas se hacen cada vez más impresionantes conforme subimos en una especie de autobús volante empaquetados como sardinas en lata junto a otros turistas y montañeros ataviados con todos sus aparejos de escalada. A mitad del trayecto cambiamos de telecabina para subir a la cumbre.
A las 8:30 de la mañana ya estamos arriba del todo. Afortunadamente el tiempo había mejorado y hacía un día soleado con algunas nubes pasajeras. Las vistas son espectaculares, pasamos algo de frío a pesar de que íbamos abrigados porque todo estaba helado. Nos hicimos la foto en “el paso al vacío” y recorrimos todos los sitios accesibles. Como habíamos subido muy temprano pudimos hacerlo todo con comodidad y sin masificación de turistas.
Bajamos hasta la estación intermedia donde antes cambiamos de telecabina y empezamos el recorrido a pie hasta Montenvers. Habíamos leído que el recorrido se hace en unas 3 horas aunque se tarda más si te paras a hacer fotos. ¡No os creáis todo lo que leáis en internet!
La primera parte transcurre paralela a la montaña, en ligero descenso y con partes fáciles de recorrer y otras con piedras y algunas subidas y bajadas. Como estamos a media montaña las vistas son magníficas tanto hacia abajo donde se ve el valle como hacia arriba donde se divisan las cumbres nevadas. Caminamos despacio admirando el paisaje y haciendo fotos hasta que pasadas unas 2,5 horas paramos a comer. En este punto pensamos que ya debía de quedar poco pero en realidad estábamos a medio camino y lo más difícil estaba por delante. El camino se convierte en un sendero muy estrecho con el precipicio justo al lado y continuas subidas y bajadas. Un tropezón en cualquiera de las muchas ramas y piedras y te despeñas un kilómetro hacia el valle. No obstante, la belleza extrema del paisaje compensa con creces el esfuerzo, así que avanzamos con lentitud y tras unas 5 horas de caminata alucinamos con las vistas de Le Dru.
Bajo la aguja que forma la montaña se puede ver el famoso glaciar la Mer de Glace. Es la típica foto que había visto en mis libros de geología pero con menos nieve. Justo al lado está la estación del tren cremallera que nos llevará de nuevo al valle. Mercedes y Teresa se quedan a descansar pero Marta y yo, aunque cansados, nos animamos a bajar al fondo del glaciar para verlo de cerca, bueno, para meternos literalmente dentro.
El descenso al glaciar consta de una primera parte en telecabina, más pequeño que el de L’aiguille du Midi, y una bajada por unas interminables escaleras (creo que leí en algún sitio que tiene 400 escalones). Conforme desciendes hay carteles que indican dónde estaba el glaciar en años anteriores y puedes palpar el enorme daño que el cambio climático está haciendo. Cada pocos años hay que añadir nuevos tramos de escalera para llegar al hielo. Finalmente lo conseguimos y visitamos la cueva que está excavada directamente en el interior del glaciar. Hay diversas habitaciones con muebles esculpidos en hielo. Hacemos las fotos de rigor y volvemos a ascender penosamente.
Al llegar arriba nos montamos en el tren cremallera y bajamos al valle. Cerca de la estación podemos coger le mulet, una navette gratuita que nos dejó en el área. Menos mal, porque ya no podíamos dar un paso. Compramos unos kebabs y directos a la cama.
Ha sido un día inolvidable, el tiempo finalmente acompañó y los paisajes son maravillosos. Al principio me pareció muy caro (60€ por persona) pero hay que tener en cuenta que cogimos tres veces el telecabina para subir y bajar a L’aiguille du Midi, otro telecabina para bajar y subir al glaciar y el tren de vuelta y en el valle nada es barato. En mi opinión, el recorrido es exigente para niños pequeños y personas que no estén en buena forma física o estén acostumbradas a andar. En ningún sitio leí esta advertencia pero creo que es muy oportuna. Lo que sí fue todo un acierto fue empezar el día muy temprano porque de otra forma habríamos perdido mucho tiempo haciendo colas y no habríamos podido dar el paseo sin agobio de tiempo, teniendo en cuenta que para bajar hay que hacerlo en el horario de funcionamiento del tren.