La educación sentimental, Alianza, Madrid, 1992, 211-220
La función del cine en el siglo XX
Julián Marías
La gran potencia educadora de nuestro tiempo, de este siglo XX que se acerca a su final, es sin duda el cine. Porque el cine ha afectado a todas las dimensiones de la vida, a la que ha dado una dilatación fabulosa, nunca soñada.
Ha hecho posible la visión del mundo lejano, que ha aproximado a los hombres de cualquier parte del mundo, haciendo que eso, el mundo, exista para un número increíble de individuos. Pero al mismo tiempo ha logrado la visión del mundo próximo, inmediato, en su detalle: las calles, las casas, los muebles y utensilios, el cuerpo, los gestos, las acciones humanas; el cine ha prodigado la concreción, antes reservada a un reducido repertorio de experiencias reales. Ha potenciado y dilatado la posibilidad de ver y de oír. Decía Aristóteles al comienzo de su Metafísica que los hombres desean las percepciones, y sobre todo las de la vista; el cine ha multiplicado increíblemente esa posibilidad.
Y creo que si la palabra educación tiene algún sentido, es precisamente este: la mostración de la realidad con sus virtualidades, la participación en ella, la pluralidad de perspectivas, que invierte la inveterada tendencia a la simplificación y el esquematismo, o el trato apresurado y utilitario con las cosas, resbalando sobre ellas.
«El cine nos descubre también los rincones del mundo. Gracias a él nos fijamos en los detalles: cómo la lluvia resbala por el cristal de una ventana; cómo una pared blanca reverbera casi musicalmente; el cine nos enseña de verdad qué es un automóvil, cómo se mueve desde dentro y desde fuera, cómo resbala en lo húmedo, cómo choca y se derrumba; lo que es la espera, lo que es la amenaza, lo que es la ilusión; las mil maneras como puede abrirse una puerta, las incontables significaciones de una silla; lo que es una roca, la nieve, un hilo de agua; de cuántas maneras se puede encender un cigarrillo, o beber una copa, o sacar el dinero del bolsillo: un fajo de billetes o la última moneda.
Presenta los escorzos concretos de la realidad humana. El amor deja de ser una palabra y se hace visible en ojos, gestos, voces, besos. El cansancio es la figura precisa del chiquillo que duerme en un quicio, la figura tendida en la cama, la manera real como se dejan caer los brazos cuando los vence la fatiga o el desaliento. Hemos aprendido a ver a los hombres y a las mujeres en sus posturas reales, en sus gestos, vivos, no posando para un cuadro de historia o un retrato. Sabemos qué cosas tan distintas es dar una bofetada y clavar un puñal, y abrazar, y salir después de que le han dicho a uno que no. Conocemos todas las horas del día y de la noche. Hemos visto el cuerpo humano en el esplendor de su belleza y en su decrepitud, lo hemos seguido en todas sus posibilidades: escondiéndose de un perseguidor o de las balas, hincándose en la tierra o pegado a una pared; dilatándose de poder o de orgullo; dentro de un coche; bajo el agua; o en una mina; fundido con un caballo al galope, o paralizado en un sillón de ruedas; haciendo esquí acuático, con la melena al viento, o con unos ojos ciegos y una mano tendida, a la puerta de una iglesia. Cuando hablamos de la pena de muerte no queremos decir un artículo de un código, cuatro líneas de prosa administrativa, sino la espalda de un hombre contra un paredón, unos electrodos que buscan la piel desnuda, una cuerda que ciñe el cuello que otras veces se irguió o fue acariciado o llevó perlas. La guerra no es ya retórica o noticia: es fango, insomnio, risa, alegría de una carta, euforia del rancho, una mano que nunca volverá, la explosión que se anuncia como la evidencia de lo irremediable».
Probablemente lo más innovador y decisivo que ha aportado el cine es la relación del espectador con los actores. La experiencia real de personas vivas es bastante limitada: o es distante y superficial o es numéricamente reducida. El teatro ha significado la presencia de hombres y mujeres reales que representaban personajes de ficción, en principio una pluralidad de papeles o formas de vida; pero el número ha ido siempre muy reducido, y además el escenario impone una considerable distancia.
En el cine se trata de otra cosa. El número de actores es enorme; la frecuencia con que se asiste al espectáculo, la variedad de películas y personificaciones, inmensa. Pero además el cine cuenta con un recurso absolutamente nuevo: el primer plano. Esa aproximación es limitadísima en la vida real, inexistente en el teatro. El cine hace fácil, habitual, múltiple, mil veces reiterada, esa cercanía. Conocemos los rostros, sus facciones, los más leves cambios de expresión —todo el repertorio posible—, la voz a todas las distancias, incluido el susurro al oído, el beso.
El cine en su conjunto, más allá de la contemplación de cada película, es una posibilidad extraordinaria de convivencia virtual. [Es] un desfile inagotable de modelos humanos, de formas de humanidad, de virilidad, de feminidad. Greta Garbo, por ejemplo, no era primariamente una actriz genial, sino una mujer genial, que podía expresarse, comunicarse, serlo para nosotros, por su condición de maravillosa actriz.
Hasta hace poco, el cine estaba sujeto a una curiosa fugacidad: se veían las películas que en cada momento estaban proyectándose, que estaban en cartelera. Hoy no es así; esa dependencia del tiempo se ha atenuado extraordinariamente por la pervivencia de las películas fuera de su fecha, en el cine y todavía más en la televisión. Lo cual significa una nueva ampliación y dilatación del horizonte, una «historización» del cine. Es posible la comparación de figuras, modas, gestos, costumbres, lenguajes, estilos vitales. Nos enriquecemos con lo que ya había pasado y no quedaba.
Es inquietante la «despersonalización» que está sufriendo en muchos casos el cine reciente, demasiado complicado, fiado en la técnica, los recursos, los efectos especiales, la acumulación de sucesos, sin reposo ni holgura, que no permite la sedimentación de las vidas y por tanto su presencia en su configuración, en su fondo, en su dimensión de intimidad. Una buena parte del cine de los últimos años no permite la verdadera convivencia con los actores, disueltos en sus acciones o peripecias, lo cual lleva a que en ocasiones ni siquiera interese «quiénes» son, y hace improbable que el espectador trabe con ellos relaciones de amistad unilateral. Lo cual es una pérdida incalculable, una renuncia a algo de lo más propio y valioso del cine.
Cuando el cine es fiel a sí mismo y no abandona sus posibilidades a cambio de cualquier plato de lentejas —un momento de popularidad, los elogios de los críticos, los premios de los festivales—, es capaz de realizar y presentar algo que es uno de los núcleos más profundos de la educación: los temples de la vida. Si se analizara su influjo a lo largo de unos cuantos decenios, en diversos países, en los distintos estratos sociales, en las diferentes edades, en hombres y mujeres, se podría descubrir en ello la explicación de gran parte de las variedades humanas de nuestro tiempo. La finura o tosquedad, la riqueza o ausencia de matices, el esmero o abandono de la conducta, la belleza y el decoro de la presencia, las formas del trato, el uso de la lengua, el repertorio de las estimaciones, los grados de la moralidad, la presencia o ausencia de la religiosidad, el respeto o el desprecio, el puesto en la vida de la esperanza, la desesperación o la desesperanza, todo eso ha quedado afectado en nuestro tiempo por el cine, que sería un recurso imprescindible para entender de verdad y a fondo el siglo en que nos ha tocado vivir.
El cine se ha nutrido, todavía más que la literatura, de esa realidad que es el amor.
Cuando la literatura, en los últimos decenios, ha empezado a desentenderse del amor y sustituirlo por el «sexo» —eso de que tan poco se hablaba hasta hace no mucho tiempo—, el cine había sido el refugio de la recreación amorosa. Se dirá que la invasión sexual sólo ha sido «aplazada» en el cine, que al final se ha dejado inundar por ella. Durante cierto tiempo estuvo contenida por los límites de lo que se podía «ver» u «oír»; esta barrera se ha eliminado en los últimos tiempos, pero no creo que esto dure mucho; y no por consideraciones morales, ni siquiera estéticas o de buen gusto, sino por algo que es difícil de modificar: la monotonía de lo sexual, frente a la ilimitada variedad y riqueza de lo sexuado. El tedio se va a encargar, muy pronto, de remediar el empobrecimiento que ha afectado a gran parte del cine en los dos o tres últimos decenios.
La presencia del amor en el cine como su centro es inevitable, ante todo porque las personas sienten un interés permanente y vivísimo por él, por mucho que se intente desanimarlas y disuadirlas. Además, porque el cine dispone de instrumentos y recursos de representación incomparables, que permiten el ensayo imaginario de las formas de amor, y con ello la dilatación efectiva de la vida sentimental, con una fuerza, viveza y finura que no se pueden encontrar fuera de él. Aunque estas últimas cualidades brillen por su ausencia, o poco menos, el éxito multitudinario de las series «amorosas» de la televisión prueba la avidez de las gentes de nuestro tiempo por algo que se parezca al amor, aunque a veces tenga que contentarse con sucedáneos.
He definido el cine hace largo tiempo como «un dedo que señala», que va estableciendo conexiones entre las cosas, que las interpreta sin necesidad de decir nada, que va más allá de la yuxtaposición o coexistencia física de las cosas para unir lo que está junto y presente en una vida, aunque sea a pesar de las distancias espaciales o temporales. Esas conexiones vitales ponen de manifiesto el dramatismo que es la condición misma de la vida humana. Esto es el antídoto del utilitarismo, de la homogeneidad a que tantos estímulos conducen en nuestro tiempo, de la «pansexualidad» que se destruye a sí misma a fuerza de monotonía y tedio, del prosaísmo, inevitable consecuencia de todo ello.
Aterra pensar lo que sería el mundo actual, sometido a tantas diversas presiones manipuladoras, si no existiera el cine, que recuerda al hombre lo más verdadero de su realidad, lo presenta en su acontecer, y así lo obliga a ver, imaginar, proyectar, tener presente la ilimitada diversidad de la vida y la necesidad de elegir entre las trayectorias abiertas.
No es excesivo decir que el cine es el instrumento por excelencia de la educación sentimental en nuestro tiempo.