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¿Salvará la belleza al filósofo? (I)

publicado a la‎(s)‎ 28 nov. 2013 6:53 por Juan Pablo Serra   [ actualizado el 1 dic. 2013 13:40 ]

La pregunta por el sentido de la Filosofía es una de esas cuestiones que, de un modo u otro, merodean alrededor de todos aquellos que nos dedicamos a la llamada "madre" de todas las ciencias. Algo así escribía el año pasado en una reseña a un opúsculo de Franz Brentano. También los estudiantes y los políticos se plantean qué es la Filosofía o para qué sirve, aunque sus motivos son bien distintos: los unos no la entienden, los otros la ignoran y ambos no saben por dónde cogerla. Normal. Es lo que ocurre con toda realidad a la que nos acercamos sin verdadera voluntad de encuentro o descubrimiento. Que termina convirtiéndose en algo distante, no en una fuente de posibilidades para la vida sino en un "objeto" que hay que "manejar" de alguna manera para lograr los fines que ya hemos decidido de antemano que merecen la pena. En el caso de la Filosofía, estudiarla para aprobar el bachillerato o para quitarse de en medio al profesor preguntón; hacerla más fácil para evitar el esfuerzo y las quejas de padres y alumnos; convertirla en Ética o Educación para la Ciudadanía para dotarla de contenido y, sobre todo, de contenido útil y "aplicable"; sustituirla por Historia de la Filosofía para así estudiar "lo que dicen los filósofos"; abolirla y transformarla en contenido transversal a todas las asignaturas o en una competencia de aprendizaje...

Repito, todo esto es normal. La Filosofía, en esencia, no se compone ni de contenidos, ni de doctrinas, ni de resultados. Es un modo de vida impulsado por el asombro y la capacidad de preguntar que resulta difícil de "encajar" en planes de estudios, de "programar" en un currículo o de "convertir" en una asignatura con un discurso formal sin falsificar su espíritu fundamental. Tomando la expresión de Stanley Cavell, Hilary Putnam dice que la Filosofía es "educación para adultos". Y dice bien. Porque el tipo de preguntas que se hace el filósofo no se pueden responder sólo desde la teoría. Piden experiencia y cierto conocimiento de las opiniones dominantes en el mundo. Por eso es normal que el chaval vea la Filosofía como algo (insufriblemente) abstracto que le exige más de lo que está dispuesto a dar. Además, por si fuera poco, cuando les piden a los filósofos que definan su ciencia, lo más seguro es que les ocurra algo parecido a lo que contaba Marcelo López Cambronero hace algunos años: se sentirán tan incómodos como cuando un niño comienza a preguntar sobre la sexualidad.


Sin embargo, los que -usando la expresión platónica de Josef Pieper- más que "de" vivimos "en" la Filosofía, no podemos más que enamorarnos de esta gran empresa que supone el esfuerzo por comprender la vida y, en la medida de nuestras posibilidades, comunicar y discutir nuestros hallazgos con los demás. Por eso, la interrogación sobre la naturaleza de nuestro oficio no nos deja indiferentes. No puede hacerlo. No es un problema que se resuelva de una vez por todas. Es un auténtico misterio, que nos obliga a vivir con esa cuestión, no a despejarla. Quizá sea por eso que, últimamente, cada vez llaman más mi atención los aspectos formales de la escritura de ciertos grandes filósofos. Como tantas otras cosas en la vida, no caí en la cuenta de la fuerza de las imágenes y las metáforas literarias usadas en escritos filosóficos hasta que me lo hizo ver... otro filósofo (en mi caso, Jürgen Habermas). Pero una vez que me dejé impregnar por la belleza de ciertas expresiones, imágenes poéticas y símbolos, confieso que las busco con especial ahínco en todo aquello que leo. Muchas se me pasan por alto. Otras veces, el exceso de poesía y adjetivación me empalaga (seguramente, por falta de entrenamiento o de paciencia). Pero, por contra, no puedo más que dar la razón al ínclito López Quintás cuando insiste en que parte de nuestra actual incapacidad para elevarnos por encima de lo mundano y dirigir nuestra vida con libertad creativa reside justamente en nuestro empeño por vivir una vida en prosa (genial imagen poética, por cierto).

Cada vez estoy más convencido de que la Filosofía necesita algo más que argumentos lógicamente concluyentes. Cuando los hay, desde luego, suponen una delicia para la mente: el argumento de Husserl a favor del carácter absoluto de la verdad, la prueba existencial de la libertad de Jaspers o la refutación del determinismo por Grisez y Shaw son algunos ejemplos de razonamientos inteligentes y persuasivos que me vienen a la memoria. No obstante -como advirtió C. S. Lewis-
lo racionalmente entendido queda siempre a un nivel abstracto y general. Puede que eso entendido sea verdad, pero ninguna verdad es significativa para el sujeto hasta que no pasa por su imaginación. De ahí que necesitemos imágenes, comparaciones, metáforas y todo tipo de figuras literarias (repetición, contradicción, ironía, interpelaciones). Su poder evocador es irreductible a la figura del silogismo, pues atraviesan la razón para apuntar directamente al corazón humano. Se me ocurre que quizá sea esta capacidad la que distinga al verdadero "filósofo" del mero "profesor de filosofía", parafraseando libremente al Kant de El conflicto de las facultades (1798). En cierta manera, pareciera que al profesor le pedimos rigor, estudio, precisión y claridad expositiva. Al filósofo no le viene mal todo esto, pero ¿es lo único que le pedimos? ¿No le pedimos, también, una comprensión del mundo, de la sociedad, del ser humano y de Dios que resulte esclarecedora? Y, si es así, ¿se puede expresar y comunicar dicha comprensión sin metáforas, imágenes, historias de vida o ejemplos tomados de la historia, la literatura y el buen cine?

Robert Pippin cree que no. En un artículo de 2006 lo explicaba de un modo soberbio al decir que "la filosofía está inevitablemente guiada por intuiciones, las intuiciones están compuestas de ejemplos, y los ejemplos necesariamente presentan una imagen recortada y abstracta de un caso, un evento o una decisión; de modo que, abandonada a sus métodos tradicionales, la filosofía estaría mal equipada” para comprender muchos de los conceptos con que evaluamos nuestra experiencia. Se necesitan considerar tantos factores a la vez para enunciar el contenido de ideales vividos e históricamente condicionados (piénsese, por ejemplo, en los ideales modernos de libertad, autonomía o auto-realización) que, como recomienda Pippin, un camino menos tradicional pero más prometedor sería a través de la reflexión sobre la novela, el teatro, la poesía, el cine y hasta la pintura. Como podrá imaginar el lector, esta comprensión de la vida "enriquecida" por la cultura no es algo que uno adquiera de un día para otro.

Definitivamente, la Filosofía es educación para adultos y entre adultos.

En la siguiente entrada, veremos el uso de imágenes poéticas en Richard Rorty, José Ortega y Gasset y C. S. Lewis. Seguramente, la mejor demostración de todo lo dicho en esta entrada.

Aprendiendo, siempre aprendiendo...

publicado a la‎(s)‎ 19 ago. 2013 5:21 por Juan Pablo Serra

Después de ya ni se cuántos años usando Google Sites, estoy aprendiendo nuevas utilidades y modos de mejorar esta página, que -admitámoslo- desde un punto de vista visual es muy poco atractiva. Y es que, como bien sabemos los que enseñamos en la Universidad (y como bien recuerda Josef Pieper al decir que el hombre está atravesado por la esperanza), el ser humano no deja nunca de aprender...

De paso, por si alguno estáis en una situación parecida a la mía, os recomiendo el tutorial que ha preparado Luis Carlos Fernández. No está nada mal: https://sites.google.com/site/plantillaeducativa/recuperaciones.

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