INGREDIENTES:
PROCESO:
Es un proceso la mar de fácil, va dirigida a tod@s aquell@s que me habéis comentado que sois un desastre en la cocina. Nada de miedos!!!
Primero de todo, limpiamos bien el limón, bajo el grifo y con un cepillito le damos por toda la cáscara. Una vez bien limpio cortamos un par de trozos de cáscara (o tres según el gusto a limón que le queráis dar al postre) y… ATENT@S!!!
Veis que el trocito que hemos cortado por la parte de dentro es blanco? Pues bien esto lo tenemos que quitar. Con cuidado, una buena puntillita o cuchillo y paciencia ya veréis que se puede! Si se rompe no pasa nada. No importa!!
Os preguntaréis por qué, yo os lo digo, que para eso estamos ;) . Esto se lo quitamos porque es lo que nos amarga el postre. La cáscara del limón es verdaderamente lo que da gusto, de esta manera evitamos el regustillo amargo, que personalmente detesto. Que os parece? Un buen truco hehehe.
Una vez tenemos los trozos de cáscara de limón bien limpita, tanto por dentro como por fuera, la ponemos en una olla junto a la canela en rama, la leche y el azúcar. Lo llevamos a ebullición para aromatizar la leche. Ojo!!! Que en cuanto arranque a hervir la leche sube y puede salirse de la olla!!! (Cuantas veces nos habrá pasado esto!!??).
Una vez la leche ya este hirviendo, añadimos el arroz, removemos de vez en cuando y esperamos a que esté al punto de cocción segun nuestro gusto, que serán aproximadamente unos 20 minutitos.
Cuando el arroz esté en el punto deseado, simplemente lo servimos. Os lo he presentado en un vaso pero podéis ponerlo en recipientes varios, según vuestro gusto y necesidades, ya sean cuencos con tapa, sin tapa, vasos, tuppers, etc!
A la hora de rellenar los recipientes tenemos dos opciones, la primera cómo en este caso, retirar la corteza y la canela, sirviendo únicamente el arroz con leche, o la segunda opción, como se hace en mi casa, poner en cada tarrina o cuenquito, un trozo de ramita de canela y/o de cáscara de limón, esto va a gustos.
Eso sí, siempre acompañamos con canela en polvo para que el comensal decida si quiere o no espolvorear un poquito por encima a la hora de disfrutarlo.