1. Introducción
El Imperio Romano se forja en la Época Republicana con la expansión de Roma por el Mediterráneo, expansión que culmina cerca del II a.C. La palabra Imperium tiene dos acepciones: el poder de ciertos magistrados, y el poder del populus romanus sobre las tierras conquistadas. Lo que llamamos Imperio romano es el conjunto de las tierras que están bajo el dominio del Estado Romano desde el II a.C. hasta el V d.C. (en Occidente) o hasta el VII en Oriente, si bien el fin definitivo no llega hasta la toma de Constantinopla por los turcos en 1453.
En oposición a República Romana, el Imperio Romano se refiere a los siglos en los que hubo emperador. Según ésta segunda acepción, el Imperio se divide en:
Alto Imperio (desde Augusto en el -27 hasta la llegada al poder de Diocleciano (248 d.C.). Se denomina a veces Principado, pues en esta etapa el Emperador es el de Princeps, o primer ciudadano.
Bajo Imperio (desde Diocleciano (248 d.C. hasta la destitución del último emperador Rómulo Augústulo a manos de Odoacro, rey de los hérulos en el año 476 d.C.)
La fecha de inicio del 27 a.C. es en cierto modo arbitraria: coincide con el momento en el que Octavio devuelve al senado los poderes que le habían sido otorgados desde el asesinato de su padre. El joven Octavio se convirtió en heredero de Julio César tras el asesinato de éste en 44 a. C. Un año después, en 43 a. C., conformó junto a Marco Antonio y Lépido una dictadura militar conocida como el Segundo Triunvirato. Como triunviro, Octavio gobernó Roma y la mayor parte de sus provincias como un autócrata; haciéndose con el poder consular tras las muertes de los cónsules Aulo Hircio y Pansa y haciéndose reelegir a sí mismo todos los años. Tiempo después, el triunvirato se iría rompiendo ante las ambiciones de sus creadores: Lépido fue obligado a exiliarse, mientras que Marco Antonio terminó suicidándose tras su derrota en la batalla naval de Accio frente a la flota de Octavio.
Con la desaparición del Segundo Triunvirato, Octavio restauró los principios de la República Romana, con lo que el poder gubernamental pasó a establecerse en el Senado, aunque en la práctica él retendría su poder autocrático. Pasaron varios años para que se llegara a determinar la estructura exacta por la cual una entidad republicana podría ser dirigida por un único gobernante; el resultado pasó a conocerse como el Principado. Por ley, Augusto contaba con toda una colección de poderes perpetuos conferidos por el Senado, incluyendo aquellos relativos al tribuno de la plebe y el censor.
Las dinastías de emperadores romanos del Alto Imperio son:
Dinastía Julio-Claudia
Octavio Augusto (27 aC - 14) el primero, el auténtico organizador del Imperio
Tiberio (14 - 37)
Calígula (37 - 41) uno de los emperadores más denostados por los historiadores
Claudio (41 - 54)
Nerón (54 - 68)
Año de los cuatro emperadores
Galba (68 - 69)
Otón (69)
Vitelio (69)
Vespasiano (69 -79)- fundador de la Dinastía Flavia)
Dinastía Flavia
Vespasiano (69 - 79)
Tito (79 - 81) el verdugo de Jerusalén
Domiciano (81 - 96). Tras el nombramiento de Nerva como emperador, el Senado emitió un damnatio memoriae (literalmente, «condena de la memoria») sobre Domiciano
Dinastía de los Antoninos
Nerva (96 - 98)
Trajano (98 - 117)
Adriano (117 - 138) conocido por sus obras escritas y defensivas
Antonio Pío (138 - 161)
Marco Aurelio ( 161 – 180) - co-emperador Lucio Vero (161- 169)
Cómodo (180 - 193)
2. El ejército y las fronteras del Imperio. La figura del Emperador
Augusto crea un verdadero ejército profesional, donde todos debían lealtad al emperador. Tras el desastre de Teutoburgo, en el que Octavio perdió tres legiones enteras, Roma renuncia a expandirse más allá del Rin. A partir de Claudio las intentonas irán encaminadas a Britania, sin expansiones hasta Trajano. A la muerte de Caracala (217 d.C.) el Imperio tenía la misma extensión que con Augusto, a excepción de Britania y Dacia.
El emperador, prínceps o primer ciudadano estaba a la cabeza de una administración que debía conseguir recaudar lo necesario para mantener el ejército; para ello se servía de las ciudades, que conocen en el siglo II d.C. su mayor apogeo. La función del emperador significaba no sólo una dedicación continua y audiencias interminables, sino también participación en debates y decisiones. Era una misión sumamente compleja. Tanto que era imposible llevar a cabo por una persona y empezó a contar con una pléyade de administradores, públicos y privados, en los que delegaba sus poderes. El princeps ostentaba poderes similares a los de un magistrado y actuaba a través de las instituciones tradicionales y en función de ellas. No debemos verlo como un rey absolutista o un dictador. Mantenía estrechos contactos con el senado, con el populus y con los magistrados; siempre con poderes extraordinarios.
Un princeps podía ser más o menos activo personalmente, sin que ello se notara demasiado en el funcionamiento del estado; pero jamás podía dejar comerse terreno en lo militar, porque tendría consecuencias desastrosas. Por ello se ha visto al Imperio como una monarquía militar. De hecho, según avanza el tiempo, menor es el tiempo que el emperador está en Roma, produciéndose un desencuentro con el senado y un desequilibrio en el ejercicio del poder. El asunto se centra de tal manera en lo militar que el consejo de Septimio Severo a sus herederos en el lecho de muerte es: "pagad bien a los soldados y olvidaos de todo lo demás".
La divinización del poder personal
Julio César es asesinado el 15 de marzo del 44 a.C. en la curia romana por un grupo de senadores. No es de extrañar, el odio a los reyes o tiranos es la sustancia de la ideología republicana. La misma acusación había costado la vida a los hermanos Graco. La intención de los asesinos era restablecer la prístina esencia de la república a través del senado y la nobilitas patricio-plebeya. Sin embargo, unas semanas después es divinizado a decisión del populus romanus, se le dedican sacerdotes y templos. Aunque había renunciado a signos externos regios, su acumulación de poderes era inmensa, despertando los recelos de los senadores no procesarianos.
De entre los poderes y títulos extremos que acaparó Julio están los de jefe máximo de todos los ejércitos, inclusión de su estatua entre las de los dioses en procesiones religiosas, cambio del mes quintilius por Iulius, permiso para asistir a las ocasiones públicas con el atuendo de triunphator, similar al de Júpiter; y lo que colmó le vaso: nombramiento de dictator perpetuus en el 44 a.C., lo que trastocaba el concepto de alternancia en el poder. A diferencia de la dictadura, de honda tradición, la divinización era revolucionaria: nunca se había divinizado en Roma a persona alguna. Eso sólo lo habían hecho los griegos, a veces incluso con algún romano, como con Tito Quincio Flaminio, pero jamás los propios romanos con uno de los suyos.
Octavio realizó una jugada maestra consiguiéndolo, porque así aparecía como Cayo Julio, hijo del divinizado (eliminando el cognomen Octavius, alusivo a su verdadero padre biológico). Nunca antes un romano pudo presentarse como hijo de un Dios. Toda una conjunción de inteligencia y falta de escrúpulos. A raíz de la batalla de Accio entre fuerzas de Octavio y Marco Antonio, y el posterior suicidio de éste, queda como único hombre en el poder, y el senado le autoriza a usar el cognomen de Augustus (Esto es: dotado de la máxima fuerza sacral), tomado de la esfera augural y vinculado sistemáticamente con el concepto de auctoritas. Augusto manejó con extremo cuidado este culto divinizado a su persona hurtando su propia imagen a los signos externos de divinización y sustituyéndola por un Genius o un Numen. Aún así, altares de culto a Augusto aparecieron por doquier en el Imperio. En el propio funeral de Augusto (14 d.C.) se testificó ver alzarse un águila de la pira funeraria, y fue divinizado un mes después. La palabra divus (divinizado) se añadiría a su nombre oficial desde entonces. Tras la muerte de Augusto, el culto imperial cumple una función ideológica y mediática, si bien no todos los Emperadores fueron divinizados (Tiberio no lo fue). SI las relaciones con el senado no eran malas, el proceso era probable a partir de Augusto; en caso contrario, como con Calígula, Nerón, Domiciano y Cómodo, el senado emitía una damnatio memoriae (condena del recuerdo). Hay dos fases en la historia de la divinización de los emperadores:
La primera fase del culto al Emperador comienza con Tiberio (hacia el fallecido Augusto). Las provincias solicitaban y Roma autorizaba la apertura de templos a Divus Augustus. El propio Tiberio prohibió tal culto hacia su persona.
La segunda fase fue con los Flavios (69-96 d.C.), extendiendo la divinización a los emperadores vivos y ampliándose a las provincias que no lo habían solicitado formalmente. Estas prácticas se mantuvieron hasta la conversión de los emperadores al cristianismo.
3. Los distintos ciudadanos romanos. Identificación y contenido de la ciudadanía
En la época republicana el conjunto de ciudadanos era más bien homogéneo: eran los habitantes libres de la ciudad de Roma. Algunos de fuera lo habían conseguido, de forma extraordinaria (soldados de méritos especiales, miembros de clases dirigentes de poblaciones itálicas sometidas (interés político en ello), etc. La Guerra Social (91 a. C.-88 a. C.), fue un conflicto armado entre la República romana y sus aliados italianos, que deseaban que se les concediera la ciudadanía romana. Esta guerra obligó a conceder la civitas Romana a las comunidades de los aliados, que no estaban dispuestos a seguir asumiendo las cargas sin los correspondientes beneficios. No obstante, era muy difícil que accedieran a la nobilitas romana, pues debieran para ello desempeñar el consulado, y no contaban en general con los clientes romanos suficientes para ello.
La masa de ciudadanos romanos de Ia Italia constituye una especie de periferia de la ciudad, con características propias. A ellos se suman posteriormente los habitantes de las colonias de la época de César y Augusto.
Hay aún otro tipo de ciudadanos: los de las llamadas colonias latinas, por su similitud con las que tiempos atrás habían existido en el Lacio. Se trataba de unos pocos que tenían la civitas en sentido restringido, mientras el resto de sus conciudadanos no la tenían. Hacían de élite servía de puente entre las colonias y la urbs. Era concedida tal ciudadanía a los que ostentaban magistraturas locales, y tenía efectos retroactivos sobre ascendientes, descendientes y consortes. Nerón y Vespasiano lo harán con las ciudades de Hispania (a las que Domiciano otorgará años después leyes municipales). La civitas imperial estuvo muchísimo más despolitizada que la republicana por motivos obvios.
Los romanos tenían un sistema de nominación de tres nombres: el praenomen (equivalente a nuestro nombre de pila), siempre coincidente con el de alguno de sus antepasados; a las niñas se les daba su nomen, siempre coincidente con el de su familia (gens). De este modo, las niñas de las gens Iulia (Julia) se llamaban todas Julia, y Cornelia las de las gens Cornelia, incluso con posterioridad a su matrimonio. Únicamente se les podía añadir un cognomen que correspondía a un numeral para distinguir su posición en el nacimiento: Prima, Secunda, Tertia, ..., Minor. El cognomen en origen es un mote que se adjudicaba por las más diversas razones: por un objeto asociado a una anécdota (Praetextatus = el de la toga pretexta; Scipio = el bastón; etc.). Oficialmente se añadía el prenomen del padre en genitivo, y los libertos el del antiguo amo más la palabra Liberto.
Los que conseguían la ciudadanía como miembros de una civitas peregrina (1) tenían una doble ciudadanía, pues no dejaban la previa.
La ciudadanía daba derecho a servir en el ejército en una legión, siempre mejor pagado y con posibilidad de promoción. Sin embargo desde el punto de vista fiscal las ventajas no estaban claras, dada la tendencia a gravar impositivamente a los ciudadanos. Ventaja sin duda era el poder disponer de la tutela del Derecho Romano, tanto en el ámbito familiar como en el de las transacciones comerciales. La ciudadanía se transmitía por vía materna a no ser que la ciudadana se casara con un no ciudadano sin derecho a contraer matrimonio.
4. Organización administrativa y tributaria. Las ciudades
"Provincia" era toda unidad territorial bajo la responsabilidad de un magistrado cum imperio para su control y gobierno durante un tiempo determinado. Eran relativamente estables. A partir de Augusto se reafirma la división en provincias para optimizar recursos: se elaboran mapas, catastros y censos; se realizan expropiaciones, desplazamientos de población y se las dota de una verdadera estructura administrativas. Se cobraban de ellas dos impuestos:
tributum capitis: gravaba el patrimonio personal de los peregrini
tributum soli: pagaban las ciudades como colectividad, salvo caso de inmunidad.
Los ciudadanos no tenían tributación personal, pero a cambio tenían:
vicesima hereditatum: tributo de un impuesto de transmisión patrimonial del 5% instaurada por Augusto.
centésima rerum venalium: gravaba un 1% en las transacciones comerciales en subastas.
Las provincias estaban divididas en dos clases:
Las privincias imperiales: aquellas en terrenos especialmente conflictivos que requerían mayor presencia de efectivos militares y bajo el poder proconsular del Princeps, regidas por gobernadores nombrados por él. La provincia de Egipto, por ejemplo prohibía la entrada a senadores sin autorización expresa del Emperador, era considerada propiedad personal suya. Consideraciones parecidas tenían Sardinia (cerdeña), las dos Mauritanias, etc.
Las provincias públicas, lo más rico y civilizado del Imperio, bajo la autoridad del populus romanus y eran gobernadas por senadores con el título de procónsules.
El caso de HIspania fue complejo: en origen había dos provincias:
Hispania Citerior Tarraconensis (Provincia Imperial, con capital en Tarraco)
Hispania Ulterior. La Ulterior se dividió a su vez en dos en la época de Augusto:
Hispania Ulterior Baetica; con capital en Corduba, provincia pública y
Hispania Ulterior Lusitania; con capital en Emerita Augusta provincia imperial, como la Citerior
La estructura de las ciudades.
Roma era el modelo de las ciudades. Constaban de un territorio delimitado, con un centro urbano, con unos ciudadanos y con unas leyes en torno a las cuales se organizaba el funcionamiento cotidiano. Roma tenía interés en que las relaciones fueran homogéneas, en lo que se refiere a una red de ciudades, todas ellas dentro de unos límites geográficos. Se promovió asimismo la construcción de protonúcleos urbanos generadores de posteriores ciudades, o unir poblados preexistentes para generar unidades con el rango de civitas. Así lo hizo Augusto en Hispania, según consta en un documento hallado en El Bierzo en 2001. Así el Imperio podía exigir el tributo a la unidad grande, en la que las pequeñas actuaban como responsables subsidiarios. Estas ciudades podían ser de dos tipos:
CIvitas peregrina: la civitas peregrina se llamaba así porque sus ciudadanos no eran ciudadanos romanos: eran las ciudades que el poder romano había ido incorporando a sus dominios en diversos territorios y que eran preexistentes. Usaban sus propias leyes y costumbres, pero estaban sometidas a Roma. Funcionaban como si se tratara de municipios romanos sin serlo realmente, y sus magistrados adquirían nombres netamente romanos: senadores, quaestores, etc. Era un estatus de ciudades sometidas al Imperio, y según Plinio el viejo podían ser de tres tipos:
foederatae: incorporadas mediante un foedus o tratado que las vinculaba al Imperio por medio de una negociación. Eran muy pocas, por ejemplo Gades (Cádiz)
liberae: Ciudad con privilegios concedidos por Roma por alguna colaboración extraordinaria. Muy escasas
stipendiarie: ciudades sujetas a un estipendio o tributo, lo que significaba que pertenecían a Roma a todos los efectos.
Municipios y colonias. Tenían organización interna similar a la propia Roma. Las colonias eran ciudades de nueva creación, imágenes de la propia Roma creadas ex profeso a partir de un envío (deductio) sancionado por la ley, mientras que los municipios eran entidades preexistentes a las que se les daba de forma jurídica romana. La distinción entre municipios y colonias se complica con la distinción entre comunidades de derecho romano y comunidades de derecho latino.
Encuadradas en una u otra categoría, las civitas estaban formadas por el territorio, los ciudadanos (populus, que se reunía en asamblea) y el patrimonio. La asamblea elegía a lso magistrados, de entre los que destacaban los dos dunviros, dos ciudadanos varones de mandato anual. Haía asimismo un senado local (un centenar en las ciudades grandes, llamados decuriones o curiales; de posesión vitalicia y elegidos los sustitutos por el propio senado)
Todos los ciudadanos tenían obligaciones por el hecho de serlo: trabajos comunitarios (munera), cesión de animales de carga, etc, salvo caso de immunitas. Desempeñar una magistratura implicaba ser elegido para ello y satisfacer una cantidad tarifada en función de la entidad del cargo, más otras voluntarias fijadas por la costumbre. Esto hacía que se eligieran a los más ricos para que satisficieran la mayor cantidad posible. Los juegos iban a su costa generalmente. Estas prodigalidades eran compensadas con estatuas, solares específicos para enterramiento, etc.
El evergetismo (del griego euergetes: benefactor, euergeia: acción y efecto del benefactor)
En el Imperio Romano el evergetismo era una especie de mecenazgo pero que no se centraba en actividades culturales, como en la época del Renacimiento, sino que se dedicaba a cuestiones sociales y políticas siempre en relación a la esfera pública. Por ejemplo, la mayor parte de los anfiteatros romanos fueron construidos con aportes de ciudadanos ricos. El evergetismo no era lo mismo que el clientelismo, ya que no tenía como intención el ganarse el favor de los clientes o conciudadanos sino realizar agasajos colectivos. El donante se sentía importante, respetable, ganaba prestigio, en una época en la que los hombres ricos y poderosos eran también los cultivados y los gobernantes, todo en uno. Donar a su ciudad grandes obras públicas era una forma de demostrar su fortuna; después de todo era su propia ciudad, algo así como engalanar su propia casa ya que los que realizaban las donaciones eran los mismos que gobernaban la ciudad.
Las beneficiencias no sólo incluían «pan y circo» (panis et circenses), sino también edificios públicos y caminos que llevaban la inscripción D.S.P.F. (De Sua Pecunia Fecit, «Hecho con su propio dinero»), junto al nombre del donante. La recompensa de la ciudad al evergeta era la estatua honorífica, a veces por suscripción pública, una laudatio, el sepelio y a veces un sepelio público. A veces una vuelta de tuerca hacía que los gastos fueran aportados por el propio homenajeado o su familia.
5. La sociedad
En general la sociedad era profundamente desigualitaria, y la desigualdad era defendida por pensadores de todo tipo. Las líneas divisorias entre miembros de la sociedad establecían esquemas dicotómicos por criterios jurídicos, económicos o sociales: ciudadanos romanos y peregrini, ricos y pobles, honesti (de la capa dirigente) y plebeii o humiliores. Dentro de los honesti estaban las ordines de los senadores y caballeros (equester). El orden senatorial era el único hereditario, compartido por senadores, sus esposas y descendientes masculinos en tres generaciones. El acceso de nuevas familias al ordo senatorial dependía del libre albedrío del Emperador. Para ser senador era necesario ser varón, elegido para la magistratura de cuestor y a partir de ella, por el propio senado, si se poseía un censo mínimo de un millón de sestercios; 400.000 para los caballeros. Estos últimos no tenían estatus hereditario. Había un ordo aún inferior, el de los decurios, para miembros de los senados locales, pero las diferencias entre las ciudades eran tan enormes que no era un grupo homogéneo.
La pirámide social tenía en la cúspide al Emperador, luego a los senadores, los caballeros, después los decuriones y luego los veteranos. Al final, la plebe en sus dos versiones urbana y rural (mucho más amplia la rural). Otra división diferente que la de honesti y humiles es la que separaba a ingenui (personas nacidas libres) de libertos y esclavos. Entre los libertos asimismo había una jerarquización muy clara. Así pues, hay dos pirámides sociales: la de los ingenui y la de los libertos. La segunda es mucho más estrecha (menor población), pero igualmente alta (igual diferencia entre grados superior e inferior). Ambas descansaban sobre el colectivo de los esclavos. Algunos libertos (e incluso esclavos) llegaban a hacerse con un papel importante en la administración, podían hacerse muy ricos. Efectivamente, era la mejor manera de que el colectivo esclavo dejara de ser problemático: dotarlo de una jerarquía, con posibilidad de mejora y de manumisión.
Las mujeres tenían como principal misión la procreación de hijos legítimos para perpetuar la familia, la administración de la casa y las labores domésticas. La historia de la mujer romana es la historia de su emancipación, pues no cesa de mejorar con el tiempo. La legislación de Augusto supone un paso atrás en esta emancipación, pues pretendiendo fomentar la reproducción, obliga al estatus de casada a toda mujer de entre 20 y 50 bajo pena de multa, y a divorciarse en caso de no tener hijos.
6. La religión
Como consecuencia de sus contactos con oriente, las religiones mistéricas son las más importantes en el Imperio: entre las mujeres el culto a Isis egipcia con su hijo Horus en brazos como símbolo de maternidad, entre los hombres a Mitra, símbolo masculino, hacía furor entre los soldados. Tenían en común celebraciones rituales muy intensas, secretas y efectistas. El rito de taurobolium consistía en el baño por aspersión en la sangre de un todo recién degollado. Estas religiones feuron respaldadas desde el poder, pero nunca aceptadas por los cristianos, y terminaron por desaparecer. Los ritos concretos no han llegado hasta nosotros debido al carácter secreto de los mismos. Formaban un cosmos esotérico en el que se fundía la religión y la filosofía.
Mitra aparece ya en los Vedas y simboliza el pacto entre humanos, la fuerza que hace permanecer unidas en un compromiso a las personas. De ahí que sea el garante de los juramentos. incluso entre hititas. El dualismo persa de Zarathustra, con Ahura-Mazda y Ahrimán es terreno abonado para la aparición de Mitra como puente entre el bien y el mal, el cielo y la tierra, los hombres y los dioses como superación del dualismo. Se trata de una religión de salvación como el cristianismo, introducida desde Tarso posiblemente con la tauroctonía. Existen centenares de mitreos desperdigados por el Imperio.
Sincretismo
La actitud general de Roma es la de tolerancia religiosa. Esto favorece un gran sincretismo, consistente generalmente en adorar como una sola divinidad a dos divinidades inicialmente diferentes, incluso de culturas separadas. Eso ocurre con los panteones griegos y romanos (Zeus con Júpiter, etc, etc). Así ocurre con la interpretación romana de Tácito de lo que ocurre en una gruta sagrada de Germania. Los romanos veneran allí a los Dioscuros (Rómulo y Remo), dado el parecido general con las divinidades locales que allí se veneran por los autóctonos. Es la interpretatio romana.en virtud de la cual puede obtener beneficios espirituales cualquier romano en cualquier santuario
La confrontación con los judíos.
Para los romanos el judaísmo es u elemento provocador. Su monoteísmo no admitía compromisos con otros dioses, lo que necesariamente chocaba con los intereses de Roma y el Emperador, deificado. Además los romanos no entendían los entresijos religiosos que enfrentaban a diversos judíos: celotes, fariseos, saduceos y esenios. Se consideraba al judaísmo como un nacionalismo hostil. El gran levantamiento judío del 66 d. C. contra el poder de Roma, alentado por elotes provocó el asedio y conquista de Jerusalem por Tito, así como la destrucción del templo en el año 70 d.C. Se intensifica la diáspora desde entonces y proliferan las sinagogas por todo el Imperio, sólo en Roma se conoce el nombre de quince de ellas.
La destrucción de Jerusalem por Tito y las duras represalias de Roma alimentaban las sediciones. Dos de ellas se produjeron en 115-117 y en 132-135. En la segunda Adriano tuvo que emplear a fondo doce legiones provocando un baño de sangre, tras lo cual Jerusalem queda convertida en una ciudad romana.
El rechazo del cristianismo
Los cristianos no se rebelaron contra el poder de Roma, los problemas vienen por otro lado. Tácito cuenta la acusación de Nerón de provocar el incendio de Roma y la consecuente persecución; lo que da idea de la imagen que los cristianos tenían para el pueblo llano: gentes supersticiosas con una religión horrible que odiaba al género humano. Intercambio epistolar entre Trajano y Plinio el Joven ilustra este aspecto, proponiendo juicios contra las acusaciones de ser cristiano sin hacer caso de acusaciones anónimas ni cediendo a la cólera popular.
Para los paganos, Cristo había sido reo de una muerte infamante y no podían ver en él un personaje digno de respeto. Se les acusaba asimismo de apartarse de las leyes morales y de las reglas de la sociedad, aunque se materializaban en vaguedades, malos entendidos y difamaciones. La búsqueda voluntaria del martirio no ayudaba a mejorar esta imagen.
La superstitio
Desde finales del I a.C. superstitio designa una actitud negativa que puede convertir a una religión en algo negativo para el orden y la convivencia; y por lo tanto indeseable. En lugar de practicar la pietas con serenidad y compostura, se ejecutan rituales desmesurados, se adhiere a profecías increíbles y se deja embaucar por charlatanes. En 186 a.C. se prohíben los Bacchanalia en toda Italia por estas razones. El senado las considera una amenaza para la estabilidad del Estado. Dentro de este concepto entran la brujería y la magia, equiparables a la deisidaimonía definida por Teofrasto como un temor obsesivo a los dioses, una inclinación excesiva a practicar cultos de adoración, una actitud supersticiosa frente a prodigios de la vida diaria, de los sueños, y una inclinación a evitar desgracias mediante magias, rituales y continuas purificaciones.
Así se entendía la asunción por parte de los judíos de las profecías de sus escrituras. No se trataba de luchar contra nuevas religiones, sino contra unos cultos que iban contra la dignidad del ciudadano romano, representada por la nobilitas. Además, su monoteísmo a ultranza lo hacía inmanejable desde el senado a diferencia del Mitraísmo o los cultos de Isis.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
(1) CIvitas peregrina: Ciudad administrada por un consejo municipal dotado de magistrados elegidos anualmente, con capacidad de administrar justicia y recaudar impuestos para Roma. Funcionaban como si se tratara de municipios romanos sin serlo realmente, y sus magistrados adquirían nombres netamente romanos: senadores, quaestores, etc. Era un status de ciudades sometidas al Imperio, y según Plinio el viejo podían ser de tres tipos:
foederatae: incorporadas mediante un foedus o tratado que las vinculaba al Imperio por medio de una negociación. Eran muy pocas, por ejemplo Gades (Cádiz)
liberae: Ciudad con privilegios concedidos por Roma por alguna colaboración extraordinaria. Muy escasas
stipendiarie: ciudades sujetas a un estipendio o tributo, lo que significaba que pertenecían a Roma a todos los efectos.