1. Importancia de la Psicología para la Ética.
Un autor tan poco proclive a dejarse contaminar sus planteamientos por el psicologismo como Kant , afirmó que:
"Toda moral precisa conocer al hombre, a fin de no dejarse engatusar por sus pretextos y saber cómo guiarlos para que forjen sus principios sobre la base de profesar una gran estima hacia la ley moral. He de conocer cuáles son los canales por los que pueda acceder a los sentimientos humanos para engendrar resoluciones".
El profesor Aranguren se expresa de manera similar, dando a entender que los estudios sobre psicología moral permiten tender un puente entre la moral vivida y la Ética como disciplina filosófica. Esta psicología moral comienza con el mismo Aristóteles, con una galería de tipos que encarnan los vicios y virtudes más importantes: el prudente, el magnánimo, el incontinente...
San Agustín , al final del mundo antiguo escribirá sobre la lucha del yo dividido cuando la fuerza de la costumbre le arrastra en dirección contraria a su voluntad. En los albores de la modernidad, Montaigne; posteriormente Pascal, Gracián, y Rousseau. Se preocuparon de la importancia de los vericuetos del alma humana para con la ética.
En el siglo XIX, el gran siglo de la novela psicológica tenemos a Madame Bovary, de Gustave Flaubert, el sentimiento de culpabilidad en los personajes de Dostoievsky, Rojo y negro, de Stendhal, el conflicto entre el deber y la fidelidad en El tercer hombre de Graham Green.... creaciones literarias que nos plantean verdaderos dilemas éticos.
Pero también las obras propiamente filosóficas han trazado a veces descripciones vívidas como el hombre estético, ético y religioso de Kierkegaard, el resentido de Nietzsche y un largo etcétera.
2. Ética y Psicología en la tradición filosófica.
La relación entre Ética y Psicología comienza ya en el mundo antiguo. Platón estableció la correspondencia entre las partes del alma (psyché) con las principales virtudes:
· La parte irracional, alógiston con la templanza o moderación sophrosyne
· La parte racional, logistikón con la sabiduría sophía
· La parte pasional, thymós con la valentía andreía
De la armonía de todas ellas surge la justicia, dikaiosyne. También Aristóteles hizo algo similar, dividiendo las virtudes en intelectuales (dianoéticas) y morales (éticas).
Todavía en Santo Tomás, el alma es considerada como el origen y principio de las facultades fundamentales (inteligencia y voluntad). Sin embargo a comienzos del mundo moderno, Descartes no pensará ya que el alma dirige y da vida al cuerpo, sino que establece un riguroso dualismo entre la res cogitans y la rex extensa, puestas en conexión a través de la curiosa teoría de la glándula pineal. Un siglo después Hume renunció a la hipótesis metafísica del alma. Kant diría que sobre dicha hipótesis no podemos pronunciarnos teóricamente. Esta separación de la psocilogía de su base metafísica favoreció el inicio de la psicología experimental.
A lo largo de este tiempo y hasta los albores del siglo XX no cesan los intentos de reducir la ética a la psicología, o a una combinación de psicología y sociología, sobre todo sede la filosofía inglesa, intento que criticaría Kant. La idea de un sentido moral gracias al cual el hombre puede verse a sí mismo como en un espejo o en las relaciones interpersonales, creando sentimientos de adhesión o de rechazo ha sido muy estudiada por muchos filósofos entre los que destacar Adam Smith y David Hume. Para este último la moral no deriva de la razón, sino del sentimiento. Esta consideración hace surgir el sentimiento moral a l ajustar nuestra conducta a los sentimientos de aprobación de los demás, que procurarán hacer otro tanto, creando mutuos sentimientos de simpatía.
Sin embargo, sin tener que negar la importancia de dichos sentimientos, habrá que tener en cuenta otros procesos en juego, y sobre todo diferencial la génesis de los principios éticos de su justificación racional. Dentro de la propia filosofía inglesa la reacción vino de Moore, que quiso hacer pivotar la ética en el análisis de los enunciados éticos. Este intento sin embargo conllevaba una asepsia axiológica difícil de mantener.
3. La Ética y los paradigmas de la Psicología contemporánea.
En el tránsito del siglo XIX al XX, como reacción al elementalismo de Wundt, que pretendía explicar los fenómenos de la psicología apelando a otros más elementales, tres corrientes van a disputarse el campo de la nueva psicología: la teoría de la Gestalt, el conductismo y el psicoanálisis. A estas podríamos añadir la psicología fenomenológica, conglomerado de teorías muy dependientes de concepciones filosóficas. Con el tiempo, el conductismo y el psicoanálisis se repartirán el campo de la psicología sin llegar a acuerdos suficientes como para facilitar una unificación.
3.1. La Gestalt
En la teoría de la Gestalt (forma) influirá la fenomenología de Husserl. Frente a la tradición de explicar fenómenos complejos a partir de otros más simplres, la Geslatl incidirá en la importancia de la forma en la percepción: una figura, un conjunto o una totalidad de estudio no está meramente formado por sus partes constituyentes, sino también por la forma en la que estas partes están relacionadas. Lo que importa es la estructura determinada por estas relaciones. El cambio de una parte puede modificar la estructura completa, por ejemplo: el cambio de un fonema en una palabra.
El mundo se organiza conforme a ciertas formas o estructuras y una misma parcela de realidad se registra de forma diferente según la organización perceptiva del sujeto. El campesino, prepocupado por la producción agrícola, ve el campo de forma diferente a un especulador del suelo, o un esteta
La Gestalt trascendió al campo de la psicología, invadiendo la psicopatología y la ética. Respecto a ésta última, los psicólogos de la Gestalt mantuvieron que los valores éticos y las motivaciones sigue ciertas leyes, y los desacuerdos éticos podrían explicarse como percepciones psicológicas diferentes a similares condiciones de estímulo. Los propios partidarios de la Gestalt concedían que la asunción de valores éticos es bastante más compleja que la psicología de la percepción, aunque ellos insistían en la importancia de las formas y estructuras de percepción para explicarlos.
3.2. El conductismo
El conductismo nació como reacción a la introspección. Intentando dar estátus científico a la materia, eliminaron todas las entidades mentales por no observables, y se limitaron, siguiendo a Watson (1878-1939) a estudiar las respuestas medibles a estímulos medibles, inspirados por Pavlov. Se denominó behaviorismo a tal estudio de la conducta observable. Al extrapolar el estudio de animales al hombre, reconocieron que éste organiza el mundo simbólicamente, por lo que las variables ocultas necesarias para explicar la respuesta en función de los estímulos crecían sin parar, y que no siempre están determinadas por la combinación de los estímulos de entrada.
Posteriormente algunos autores como Osgood y Hull, con su conductismo informal, intentaron superar la unilateralidad de los planteamientos de Watson sin resucitar el misterio de la caja negra ni de una psicología de baratijas en la que las entidades mentales se multiplicaban a la misma velocidad que las conductas a explicar.
En este marco conceptual, el desarrollo moral se inscribe dentro de las teoría del aprendizaje como un aprendizaje más, a través de la experimentación y de la observación de las conductas de los demás. Los comportamientos que traen buenas consecuencias se tratan de repetir, y de evitar los de malas. No se puede hablar de una progresión evolutiva, aunque deben encontrarse efectos y tendencias estables y acumulativos si las condiciones se mantienen estables por largo tiempo. de acuerdo con ello, tenemos las teorías del refuerzo de Thorndike y Hull, según la cual se crea la tendencia a seguir un comportamiento que ha dado buen resultado (ley del efecto): el bien no es sino el efecto de una conexión reforzada por el buen resultado obtenido anteriormente en una situación análoga.
Más adelante reaccionó H.J. Eysenk frente a la ley del efecto de la teoría del aprendizaje, pero sólo para pretender explicar la conciencia como un reflejo condicionado: se puede renunciar a lo agradable por temor a las consecuencias sociales, pero hay que tener en cuenta el contexto y el lapso temporal entre acción y consecuencia. Si éste es muy dilatado, la inclinación a cometer el acto puede ser superior a su inhibición. Por otra parte, apelar a la conciencia como luz interna que dirige nuestros actos es apelar a una entidad inobservable. Fenómeno que se puede explicar (según Eysenk) mediante la teoría el reflejo condicionado de Pavlov; el comportamiento moral es más condicionado que aprendido, y muchas veces la inhibición permanece aunque las sanciones externas puedan ser burladas. Son los mecanismos internos automáticos como el miedo y la angustia, no posteriores al acto, sino incluso anteriores, los que inhiben a su comisión. Estos mecanismos han sido implantados a través de asociaciones de estímulos repetidos, de ahí la importancia de la educación, función de padres y maestros, etc.
Aunque algunos autores como A. Bandura quisieron flexibilizar las teorías del refuerzo y del estímulo condicionado, no faltó quien viera en estos esfuerzos inútiles relajaciones, como B.F. Skinner, que defendería la vuelta al determinismo y al conductismo radical. No obstante, al querer ampliar los estudios y conclusiones de los animales al hombre, el conductismo descuida lo más específico humano: el cerebro no parece sólo un lugar de paso de la estimulación a la producción de la respuesta, sino también un centro de toma de decisiones entre múltiples respuestas posibles. El reduccionismo de la ética a la psicología podría proseguir para reducir la psicología a la neurofisiología, y ésta a la física. Estos procesos no determinan una respuesta para cada combinación de entradas, sino que existe un abanico de posibilidades entre las que el sujeto ha de decidir. Así, el conductismo ha sido criticado por la ciencia del siglo XX por no explicar la conducta humana, sino menguarla.
Por lo demás, el proyecto de una ética científica está abocado al fracaso desde su inicio, por cuanto la ciencia se dedica al "ser" y la ética al "deber ser". Por muy tupida que pueda ser la malla de explicaciones científicas alrededor de la psicología que empleemos, y la ética de ella derivada, el objeto de estudio de la misma se escapará de la misma por tal motivo. No estaría de más recordar en este punto la advertencia aristotélica:
No hay que buscar la precisión por igual en todas las disciplinas, pues es propio del hombre instruido buscar la exactitud en cada género sólo hasta donde lo permite la naturaleza del asunto.
3.3. La crítica psicoanalítica de la moral
El psicoanálisis, fundado por Sigmund Freud (18656-1939) supone una ruptura radical respecto a la concepción del psiquismo, pues renuncia a explicar lo psíquico desde la consciencia, hundiendo las bases de los procesos psíquicos en el inconsciente. La consciencia simplemente acompañará a algunos de dichos procesos. Repasaremos algunos de los conceptos capitales del psicoanálisis:
3.3.1 Insconsciente y represión. Modelos del psiquismo y teorías de las pulsiones
Freud se refería al subconsciente raramente y de modo despectivo. Ello se debía a que dicho subconsciente oculta las divisiones del psiquismo que Freud quiso ver en un psiquismo concebido básicamente como conflictivo. La teoría de los lugares psíquicos (lo que se denomina la primera tópica de la psique) fue presentada en La interpretación de los sueños. Freud diferenció tres instancias psíquicas: consciente, preconsciente e inconsciente. Lo consciente es aquello de lo que me doy cuenta, lo preconsciente es lo que no es consciente, pero puedo acceder a ello con un leve esfuerzo (por ejemplo reglas gramaticales que se nos han olvidado). Lo inconsciente es todo aquello a lo que no puedo llevar a mi consciencia, al menos sin un enorme esfuerzo. La gran división no es entre lo consciente y lo inconsciente, sino entre lo inconsciente y el complejo consciente- preconsciente, pues no son dos niveles de la misma función, sino dos sistemas con funcionamientos y reglas diferentes:
El proceso primario gobierna el sistema inconsciente y se caracteriza por:
1.- Ausencia de contradicción
2.- Ausencia de relaciones temporales
3.- movilidad de la carga energética de las representaciones
El proceso secundario gobierna el sistema preconsciente-consciente y se caracteriza por:
1.- Actividades lógicas
2.- Energía ligada a las representaciones
Freud tuvo noticia de los procesos inconscientes por los fenómenos de la histeria. Postuló entonces la posibilidad de recuerdos sustraídos a la representación consciente por haber sucumbido a la represión. La acepción freudiana de represión es: no percepción de algo que se desea. Represión es así, olvido; pero no todo olvido es represión: puede haber olvidos en la zona pre-consciente.
El efecto de la represión sobre la pulsión es disociarla entre su contenido representativo (pensamientos, imágenes, recuerdos) y su carga afectiva, siendo el destino de esa energía afectiva separada de su representación originaria lo que origina el que determina el tipo de nuerosis que el individuo contraerá.
Este monto energético "sin destino" en una representación puede ser usado en inervar una parte del cuerpo, con la consiguiente somatización del conflicto psíquico.
Freud llamó pulsión (Trieb) al impulso dinámico que influye la propia experiencia del sujeto, y su historia ontogenética, la referida al desarrollo de éste, imulso, fuerza irrefrenable. En cambio, el instinto sería netamente congénito, heredado genéticamente.
El instinto es típico de los animales no racionales. Mientras que el instinto responde al circuito "estímulo-respuesta" y posee objetos precisos e inamovibles, las pulsiones carecen de objetos fijos, predeterminados.
Se denominan así pulsiones a las fuerzas derivadas de las tensiones somáticas en el ser humano, y las necesidades del ello; en este sentido las pulsiones se ubican entre el nivel somático y el nivel psíquico. Así como las pulsiones carecen de objetos predeterminados y definitivos; también tienen diferentes fuentes y por ello formas de manifestación, entre ellas: Pulsión de vida o Eros, pulsión de muerte o Thanatos, pulsiones sexuales, pulsión de saber, etc. Para Freud la sexualidad no es un instinto, sino una pulsión.
Existe un conflicto permanente entre los impulsos y las normas. Cuando este conflicto no se encauza bien surgen las neurosis, que son eliminaciones del nivel consciente de representaciones por medio de la represión. Las neurosis son el negativo de las perversiones. Freud, en su segunda teoría acerca de la estructura del aparato psíquico, distingue tres instancias fundamentales (lo que se denomina la segunda tópica de la psique):
El Ello: Su contenido es inconsciente y consiste fundamentalmente en la expresión psíquica de las pulsiones y deseos. Está en conflicto con el Yo y el Superyó, instancias que en la teoría de Freud se han escindido posteriormente de él.
El Yo: Instancia psíquica actuante y que aparece como mediadora entre las otras dos. Intentando conciliar las exigencias normativas y punitivas del Superyó, como asimismo las demandas de la realidad, con los intereses del Ello por satisfacer deseos insconscientes es la instancia encargada de desarrollar mecanismos que permitan obtener el mayor placer posible, pero dentro de los marcos que la realidad permita. Es además la entidad psíquica encargada de la defensa, siendo gran parte de su contenido inconsciente.
El Superyó: Instancia moral, enjuiciadora de la actividad yoica. El Superyó es para Freud una instancia que surge como resultado de la resolución del complejo de Edipo y constituye la internalización de las normas, reglas y prohibiciones parentales.
3.3.2. La génesis de las instancias ideales y morales: sublimación, idealización e identificación
A partir de su Introducción al narcisimo Freud su análisis de la génesis de las formas morales. Éstas se generan por tres procesos: sublimación, idealización e identificación.
Sublimación. Es una forma de desplazamiento en el que la energía se desvía hacia un objeto que tiene unos valores ideales. El individuo se enfrenta a conflictos emocionales y amenazas de origen interno o externo canalizando sentimientos o impulsos potencialmente desadaptativos en comportamientos socialmente aceptables (p. ej., deportes de contacto para canalizar impulsos agresivos).
Idealización. La idealización afecta al objeto de la misma, que es engrandecido, magnificado. Reviste particular importancia el "yo ideal", Idealich mediante el cual el individuo se magnifica a sí mismo. Esto permite al sujeto retener imaginariamente la perfección narcisista que creía detentar en su niñez. La idealización se cruza con la identificación.
Identificación: Se produce, siguiendo a Freud, cuando el niño, a la hora de tener que renunciar a sus tendencias incestuosas, no soporta dicha pérdida sino haciéndose a sí mismo como eran sus padres, identificándose con ellos a fin de retenerlos. Hay una sustitución de la carga erótica por una identificación con los objetos sexuales perdidos.
La raíz última de la intensa severidad adquirida a veces por el superyo se encuentra en la dualidad de las pulsiones eróticas y tanáticas. La pulsión erótica consigue en ocasiones arrastrar consigo a los componentes destructivos (el comportamiento sádico en una relación sexual, por ejemplo), actuando entonces asociadas ambas pulsiones eróticas y tanáticas. Puede sin embargo ocurrir una disociación por procesos de desexualización y sublimación; entonces la pulsión de muerte puede presentarse aislada (como en el sadismo como preversión). En efecto, en la neurosis obsesiva el objeto se puede conservar real o fantaseado, garantizando la seguridad del yo, pero tan sólo para encontrar, al principio un infinito autotormento y más tarde un sistemático martirio de objeto cuando éste es accesible.
3.3.3. Balance de la crítica
El balance de la crítica freudiana se puede establecer desde cuatro visiones:
A. Crítica genético-fundacional y crítica sustantiva: descentramiento y protagonismo de la conciencia moral
Esta crítica no es sustantiva, sino genético-fundacional. Freud no se pregunta por las razones que justifican los preceptos morales, sino por los elementos que justifican su surgimiento y por el papel que juegan en los procesos psíquicos. Pero no es lo mismo "ser primero cronológicamente" que "ser fundamento racional",como nos recordará Ricoeur. En la psicología moral de Freud no hay una filosofía del deber ser, sino una psicología de lo que llega a ser deber. El propio Freud advirtió que el psicoamnálisi no es una filosofía ni una concepción del mundo, y que debe permanecer dentro de sus límites para ser fecundo. Por eso dentro del psicoanálisis no hay lugar para una Ética o una Filosofía Moral, pues escapan totalmente a su competencia.
Así pues, Freud no entra en el momento de la fundamentación de la moral, sino en el momento de la fundación; que hace coincidir con el enraizamiento de la conciencia en la historia pulsional, que no anula la vida moral sino que la abre. Eso es lo que quiso hacer ver en Totem y tabú con la figura del padre primitivo, dueño y jefe de todas las mujeres y creación infantil fantasmal de omnipotencia cuyo lugar ha de quedar vacío en la renuncia al incesto. Sólo la muerte del padre (supresión de la fantasía de totalidad) permite ver al padre interiorizado, incluido en su dimensión moral. El proyecto de realizar todas las fantasías sólo figura en la agenda del perverso, que quiere libertad sin límites.
De este modo, aunque Freud acentuó la severidad del superyó, se debe comprender que sólo gracias a él y a la distancia que impone entre deseos y realizaciones es posible poner orden a la conducta humana.
B. Ambigüedad de los ideales: ¿El amor al otro es simple amor al yo?
Un aspecto muy fecundo de la crítica freudiana es llamar la atención sobre dos aspectos:
La conexión entre el orden pulsional y el orden normativo.
La ambigüedad de las formaciones morales (tanto de los ideales como de la culpa).
Sin embargo esa ambigüedad es la que nos incita a estar vigilantes, pues no se puede desaparecer: ni se puede vivir sin ideales (eso sería en sí mismo un ideal, además de una farsa), ni se los puede homogeneizar, olvidando las diferencias éticas y políticas existentes entre ellos, como ocurre si comparamos:
Ideal de patria y de raza con ideal de solidaridad
Ideal de suelo y de sangre con idela de cosmopolitismo
Ideal del mafioso y del etnicista con idelaes de "humanidad común".
Algo similar ocurre con el narcisimo: por ineliminable que sea, eso no quiere decir que el amor al prójimo es tan sólo una versión del amor a sí mismo. Algunos autores, en esta línea, han querido ver en el egoísmo una forma de solidaridad. Sin embargo la historia ha desmentido la pretensión de que la armonía surge de sistemas en los que cada uno busca su propio beneficio, preconizado por el liberalismo económico de mano de Adam Smith. La historia que conocemos muestra que nuestros deberes chocan con nuetros deseos, y la Ética no puede eludir estos conflictos. En realidad, el que no sea posible amar al otro sin amar al yo no implica que el amor a mi mismo sea ya amor al otro, ni que el amor al otro no sea más que amor al yo.
Aunque a veces Freud no matice la cuestión y peque de reduccionista, ofrece indicaciones muy precisas: el narcisismo original es socavado por el complejo de Edipo, y esto lleva al investimiento objetal: en él no sólo se trata de recuperar el narcisisimo primitivo, sino además, renunciando a la fantasía de la propia totalidad, establecer lazos libidinales que posibilitan la felicidad humana, al abrirnos eróticamente a la pluralidad de seres finitos.
C. El atolladero de la culpabilidad
El problema de la culpa es ciertamente espinoso. Se ha propuesto sustituir este concepto, como antigualla, por el más moderno y presentable de responsabilidad. Sin embargo, aún sin hacer de la culpa el eje director de la moralidad, no es fácil eliminar. La fenomenología , a través de los textos de literatura penitencial es amplia, y trata de canalizar los estallidos existenciales de la conciencia de la culpabilidad por medio del lenguaje. Se puede descubrir en estos textos una progresión de lo puro a lo impuro, del mal como una mancha venida de afuera, del concepto de pecado. En general la culpa se manifiesta como en desgarro interior debido al remordimiento, como una carga que abruma y como un tribunal que condena.
El psicoanálisis puede ofrecer unos matices importantes respecto a la génesis de este sentimiento, y de las patologías en las que se puede manifestar. Esta patología es jánica (de dos rostros). Por una parte la conciencia de una culpa implica asunción de responsabilidad, cuyo valor no puede descuidarse. Lo patológico no es experimentar culpa por una acción indebida, sino su ausencia. Por otro lado, el nivel patológico se presenta como un superyó precoz, cuya persistencia sería patológicamente feroz, debido en parte a las proyecciones en el niño de la agresividad paterna y que revierte en una forma persecutoria y de angustia. No obstante, la progresiva aceptación de la ambivalencia de los objetos ayuda a mitigar tal agresividad del superyó, tendiendo a sustituir la angustia por un sentimiento de culpabilidad con valor social, esto es: conciencia moral
En realidad lo que dispara los mecanismos patológicos del sentimiento de culpa es su relegación al inconsciente, relegación generadora de ceremoniales obsesivos con los que el sujeto trata de conjurar una culpa de la que no quiere saber nada, pero que no deja de acosarle, aunque ahora se encuentra desplazada hacia lo trivial, no nimio. Así la culpa reprimida cristaliza en escrupulosidad. Esta patología del escrúpulo no sustituye a la dejación de responsabilidad, sino que acompaña a la no asunción de responsabilidad.
D. Determinismo psíquico y libertad
Uno de los pasajes más confusos de Freud es en La psicopatología de la vida cotidiana, donde la brillantez de los análisis efectuados le anima a defender el férreo determinismo inconsciente, y a afirmar que "sólo cuando obramos sin motivo obramos libremente". Pero ya Aristóteles nos advertiría en EN, que no debemos confundir motivación con compulsión, con todas las gradaciones que se quiera, pero sin borrar la diferencia, por ejemplo de un asesinato premeditado y causar una muerte accidental. Además, la prçactica psicoanalítica habitual contradice la afirmacion freudiana, pues un análisis no puede llevarse a cabo sin la asunción por parte del paciente de que es él, al menos en parte, el responsable de lo que le sucede, cómplice del síntoma que le aflige.
3.4. La psicología genético-estructural
Desde una perspectiva muy diferente a la freudiana, la psicología genético-estructural de Piaget y Kohlberg intetarán dar respuesta a las mismas preguntas. Lo harán atendiendo a las estructuras cognitivas que van apareciendo en el transcurso del desarrollo moral.
3.4.1. Jean Piaget
Se ocupó del juicio moral, y de las diferentes formas de razonamiento en función de la edad en los niños. Las diferencias de razonamiento no sólo se deben a los diferentes conocimientos en cada edad, sino a las diferentes estructuras cognitivas existentes en cada fase. Según Piaget, los humanos, como el resto de organismos, operan con dos funciones invariantes:
1.- La organización, mediante la cual sistematizamos los procesos en sistemas coherentes
2.- La acomodación, o modificación de tal organización en respuesta a demandas del medio.
Así pues, la mente no simplemente absorbe datos, sino que interactúa con el medio, organizando el conjunto en un sistema ordenado que le posibilita fomentar aún más la interacción con el medio. La información relevante viene regulada por estructuras mentales, o modos de organzación , a los que denominó estadios de desarrollo, diferenciando cuatro de ellos:
1.- El sensomotor, hasta los dos años de edad. Habilidad motora y sensorial exclusivamente; es decir, referirse a objetos sin que estén presentes.
2.- El preoperatorio o prelógico, hasta los siete años. Se caracteriza por la representación interna de los actos externos. Los niños no pueden distinguir entre su propia perspectiva y la de otros.
3.- El estadio de operaciones concretas, hasta los 11 años. Realizan operaciónes de bajo nivel de abstracción.
4.- El estadio de las operaciones formales, a partir de 11 años, Pueden hacer operaciones abstractas y operaciones sobre operaciones.
Para Piaget la inteligencia opera también sobre el afecto, el cual puede motivar actos de conocimiento, pero dicho conocimiento puede estructurarse como sentimiento. Esta interactuación entre sentimiento y conocimiento ha sido recalcada en el área del juicio moral, o en la estructura cognitiva de cómo debemos tratarnos a nosotros mismos y a los demás. Piaget trató de ver cómo evolucionan las reglas en los juegos de los niños. Al principio las ven como leyes inamovibles, pero más adelante las ven como fruto del acuerdo entre los que van a jugar, quienes si quieren pueden cambiarlas. En el paso de uno a otro nivel se producen grandes diferenciaciones; del miedo al respeto; mientars una nueva comprensión de las relaciones sociales emerge poco a poco.
3.4.2 Lawrence Kohlberg
Para Kohlberg el ejercicio del juicio moral es un proceso cognitivo que nos permite reflexionar sobre nuestros valores y ordenarlos en una jerarquía lógica. Las raíces de los valores provienen en la capacidad de asunción de roles, capacidad que permite sopesar las exigencias de los demás y las propias.
Kohlberg considera que el desarrollo moral de una persona pasa por tres grandes niveles —el Preconvencional, el Convencional y el Postconvencional— cada uno de ellos contiene dos estadios o etapas. En total seis estadios de madurez creciente y con razonamientos morales diferentes.
1.- Nivel preconvencional. (ETAPA DEL YO)
El nivel Preconvencional es un nivel en el cual las normas son una realidad externa que se respetan sólo atendiendo las consecuencias (premio, castigo) o el poder de quienes las establecen. No se ha entendido, aún, que las normas sociales son convenciones por un buen funcionamiento de la sociedad. Este nivel integra a los dos siguientes estadios:
Estadio 1: Obediencia y miedo al castigo (miedo infantil)
El estadio en el cual se respetan las normas por obediencia y por miedo al castigo. No hay autonomía sino heteronomía: agentes externos determinan qué hay que hacer y qué no. Es el estadio propio de la infancia, pero hay adultos que siguen toda su vida en este estadio: así el delincuente que sólo el miedo el frena.
Estadio 2: Favorecer los propios intereses (egoismo infantil)
El estadio en el cual se asumen las normas si favorecen los propios intereses. El individuo tiene por objetivo hacer aquello que satisface sus intereses, considerando correcto que los otros también persigan los suyos. Las normas son como las reglas de los juegos: se cumplen por egoísmo. Se entiende que si uno no las cumple, no le dejarán jugar. Es un estadio propio del niño y de las personas adultas que afirman: «te respeto si me respetas», «haz lo que quieras mientras no me molestes».
2.- Nivel convencional. (ETAPA DE LO SOCIAL)
En este nivel, las personas viven identificadas con el grupo; se quiere responder favorablemente en las expectativas que los otros tienen de nosotros. Se identifica como bueno o malo aquello que la sociedad así lo considera. Este nivel integra el estadio 3 y el estadio 4.
Estadio 3. Expectativas interpersonales (SER LA CHICA MAS POPULAR DEL INSTITUTO)
En este estadio las expectativas de los que nos rodean ocupan el puesto del miedo al castigo y de los propios intereses. Nos mueve el deseo de agradar, de ser aceptados y queridos. Hacer lo correcto significa cumplir las expectativas de les personas próximas a un mismo. Es un estadio que se da en la adolescencia pero son muchos los adultos que se quedan en él. Son gente que quieren hacerse amar, pero que se dejan llevar por las otras: los valores del grupo, las modas, lo que dicen los medios de comunicación.
Estadio 4. Normas sociales establecidas (ASUNCION DE RESPONSABILIDAD)
Es el estadio en el cual el individuo es leal con las instituciones sociales vigentes; para él, hacer lo correcto es cumplir las normas socialmente establecidas para proporcionar un bien común. Aquí comienza la autonomía moral: se cumplen las normas por responsabilidad. Se tiene conciencia de los intereses generales de la sociedad y éstos despiertan un compromiso personal. Constituye la edad adulta de la moral y se suele llegar bien superada la adolescencia. Kohlberg considera que éste es el estadio en el cual se encuentra la mayoría poblacion
3.- Nivel postconvencional (ETAPA DE LOS PRINCIPIOS MORALES)
Es el nivel de comprensión y aceptación de los principios morales generales que inspiran las normas: los principios racionalmente escogidos pesan más que las normas. Le componen el estadio 5 y el estadio 6.
Estadio 5. Derechos prioritarios y contrato social (APERTURA AL MUNDO)
Es el estadio de la apertura al mundo. Se reconoce que además de la propia familia, grupo y país, todos los seres humanos tienen el derecho a la vida y a la libertad, derechos que están por encima de todas las instituciones sociales o convenciones. La apertura al mundo lleva, en segundo lugar, a reconocer la relatividad de normas y valores, pero se asume que las leyes legítimas son sólo aquéllas obtenidas por consenso o contrato social. Ahora bien, si una norma va contra la vida o la libertad, se impone la obligación moral de no aceptarla y de enfrentarse a ella.
Estadio 6. Principios éticos universales (UNIVERSALIZACIÓN POR ENCIMA DE LAS NORMAS)
Se toma conciencia que hay principios éticos universales que se han de seguir y tienen prioridad sobre las obligaciones legales e institucionales convencionales. Se obra con arreglo a estos principios porque, como ser racional, se ha captado la validez y se siente comprometido a seguirlos. En este estadio impera la regla de oro de la moralidad: "hacer al otro lo que quiero para mí". Y se tiene el coraje de enfrentarse a las leyes que atentan a los principios éticos universales como el de la dignidad humana o el de la igualdad. Es el estadio moral supremo, el de Gandhi, de Martin Luther King y el de todas las personas que viven profundamente la moralidad.
La ética de Kohlberg supone una serie de valores universales, aunque las prácticas de dichos valores puedan cambiar radicalmente. Estos valores, encarnados en instituciones sociales, no dependen tanto de la enseñanza directa como de la experiencia de intercambio entre adultos e iguales. Esto no significa que en toda sociedad se desarrollen todas las etapas, sino que en la medida en la que las sociedades ofrecen ciertas oportunidades de asumir roles sociales, sus miembros desarrollarán modos de juicios morales que reflejarán esas oportunidades y se integrarán en las etapas señaladas por Kohlberg.