1. Introducción
Ética y moral no son sinónimos. Las éticas son discursos racionales y abstractos que buscan y aplican principios por los cuales debe regirse la conducta humana. Enumeran un reducido grupo de principios y median para que sean aplicados. Las morales en cambio son múltiples, son colecciones de mandatos que dicen específicamente hasta cierto punto lo que se debe hacer. Las morales son viejas como el hombre, todo grupo humano tiene normas sobre lo que debe y no debe ser realizado, mientras que la ética nace en Grecia.
Cuando el grupo pone en duda sus propias normas, se pone en peligro, de ahí que no sea habitual. Por otro lado, los grupos que viven aislados no tienen el contraste de normas de "los otros" que le hagan dudar de las propias, pero incluso en situación de contacto, puede darse la actitud e cerrarse en sus leyes, dictaminando que "el otro" el realidad no es totalmente humano. Resumiendo: en situaciones estables y aisladas, los grupos humanos no hubieran necesitado une ética y les hubiera bastado con una colección de normas específicas para cada grupo. Se han desarrollado las éticas precisamente cuando la confianza en la normatividad heredada ha sido socavada por una causa importante: una fuerte amenaza o una situación de contraste.
Tras tal situación, el grupo humano necesita ordenar su experiencia normativa. Para ello debe aducir principios de mayor generalidad que las normas concretas que le permitan además afrontar situaciones no previstas. A medida que el grupo se va haciendo más comlejo, surge un cuerpo de interpretadores de la norma, investidos de autoridad jurídica e incluso sacralizados.
La ética sin embargo, desde el momento en que pretende validez general, nace con vocación de universalidad y por tanto intenta trascender al etnocentrismo. Junto a la universalidad, su otra base es la racionalidad abstracta. Las éticas inauguran un tipo de razonamiento que se establece también en la vida política y da lugar al discurso corriente de la ciudadanía. Es en este punto donde el nexo entre feminismo y ética se revela con mayor claridad.
2. Feminismo y moral heredada
Desde que aparece como parte de la filosofía política, el feminismo es uno de los grandes motores de los cambios valorativos. Es un producto del racionalismo aplicado a la tarea de disolver uno de los núcleos normativos más sólidos: el que establece la moral diferencial en función del sexo. Lo hace deslegitimando las pautas heredadas en clave de justicia. Es un pensamiento político que no puede reducirse a una mera colección o adaptación de teorías coetáneas y comprende al menos cuatro grandes tramos:
1.- Un conjunto teórico explicativo codificado en una terminología que le es contemporánea
2.- Una agenda
3.- Un grupo de intereses
4.- Una masa de acciones no particularmente dirigida.
Con este despliegue no irrumpe hasta la modernidad, en el seno del racionalismo y como corrección universalista del mismo.
Para observar críticamente las normas heredadas es necesario separarse de las mismas para tomar perspectiva. Esto sólo se consigue dejando de vivir la propia normativa como si fuera espontánea, indudable o natural. El feminismo llama género a ese doblete entre la diferencia biológica, natural, que se solidifica volviendose diferencia normativa. Y esa diferencia normativa es uno de los núcleos más fuertes de las sociedades que nos han precedido.
Una sociedad es en gran medida en conjunto de sus prácticas, normas familiares, matrimoniales, vestimentarias, de usos de espacios, de tiempos, de tabúes alimentarios... entre las que ocupan lugar importante las de género. Las mujeres son la invariante de todas las comunidades. Existe un enorme sustrato normativo, repetidamente señalado por la filosofía:
1. Montesquieu lo señaló remarcando la diferencia entre leyes y costumbres y señalas oposiciones entre normas explícitas legales y religiosas por un lado; y las normas que cada sociedad concreta tenía por más seguras por otro.
2.- Hegel, a principios del XIX dió el nombre de eticidad a ese monto normativo real y concreto de las sociedades. Esa matización hegeliana al separar moralidad y eticidad ha sido alabada por perspicaz en todo momento posterior. Es esa eticidad hegeliana la que se encarga de explicar la división de la normativa social en virtud de los dos sexos: varones y mujeres no están separados por una dimorfia natural espontánea. Ser lo uno o lo otro, dice Hegel, es una realidad espiritual, son conjuntos normativos los que separan ambos sexos. La caracterización de Hegel es la siguiente:
·Los varones viven para el espacio público, las mujeres para el privado.
·Ellos para el Estado, ellas para la familia.
·Ellos son, por la naturaleza de su espacio simbólico, móviles, ellas en cambio, inertes.
·Unos se arriesgan, las otras conservan.
·Asumen disposiciones y posturas corporales diferentes, visten de formas diferentes, y tienen normativas diferentes de la decencia al vestir.
· Ellas son un continuo, son lo indiferenciado, ellos un conjunto de individuos, lo diferenciado.
· El individualismo les está supuesto por su normativa a los varones, y prohibido a las mujeres.
Las diferencias entre sexos pueden variar, pero lo que nunca varía es la existencia de una normativa diferencial en función del sexo. Llamamos modernidad al gran período de innovación y de cultura iniciado en Europa una vez cerradas las Guerras de Religión por la Paz de Westfalia, en 1648. En ese momento comenzó a operar un feminismo como ética política capaz de deslegitimar y posteriormente disolver los modelos de eticidad heredada. Su agenda fue en sus inicios suave: libertad en la elección del estado y acceso limitado al saber, pero en el cumplimiento de esa agenda (pendiente en ciertos países aún hoy) se inició el proceso de individuación de las mujeres. De mujer sujeta a mujer sujeto. Sujeto moral al principio, sujeto político más tarde y sujeto de transformación en la actualidad.
3.- El cuidado y las reglas.
En la filosofía moral contemporánea y en el seno del feminismo se ha distinguido entre la ética de las normas y la ética del cuidado: los deberes abstractos contra los deberes concretos. El asunto parte de la pensadora Carol Gilligan. Según el psicólogo educativo Lawrence Kohlberg, hay seis niveles de desarrollo moral del ser humano:
(a) aquel en el cual se cree que lo correcto es la obediencia y para evitar el castigo;
(b) el intercambio instrumental individual que satisface las necesidades de quien solicita y de quien da;
(c) el de los intereses, relaciones y conformidad en las reciprocidad humanas;
(d) etapa del cumplimiento social y de mantenimiento de la conciencia;
(e) se acatan derechos primarios y el contrato social o de la utilidad,
(f) y la adquisición de principios éticos universales.
Kohlberg observó que las niñas de once años habían alcanzado solamente el nivel (c), mientras los varones ya habían desarrollado capacidades morales propias de los niveles (d) o (e). El interpretó estos resultados de manera chusca como una forma de flaqueza moral de la mujer.
Gilligan respondió a Kohlberg en el libro In a different voice: psychological theory and women's development, aduciendo que los menores de diferente sexo piensan de distinto modo y que esto no significa que ellas tengan menores capacidades para hacer razonamientos morales. Las mujeres, según Gilligan, privilegian los vínculos con los demás, las responsabilidades en el cuidado por encima del cumplimiento abstracto de deberes y del ejercicio de derechos. Existe una ética diferencial entre hombres y mujeres. El nombre que ha venido recibiendo tal ética es la ética del cuidado
Parte de la inspiración de la educación diferenciada proviene de estudiosas y escritoras feministas como Gilligan. Los trabajos de Carol Gilligan han inspirado la investigación feminista pacifista al abogar no por la no acción sino por una acción no-violenta, que no destruya, que atienda al contexto y no a los principios y que preste ante todo atención al cuidado.
La cuestión es que las caracterizaciones de Kohlberg casan perfectamente con lo esperable si los rasgos de la individualidad se toleran o no en función del género. Hegel señalaba esta escisión en el seno de la eticidad que emana de las instituciones humanas, y considera la génesis de un proceso general de autoconciencia humana, la Moralität, en momentos tan tardíos como la época ilustrada aunque hubiera tenido precedentes en las escuelas helenísticas, en la religión cristiana antigua y en la Reforma. Asimilaba su hallazgo a la formulación del imperativo categórico kantiana: una moral a la vez privada y universalista que abolía la tradición y la religión como fuentes normativas primarias. Es el tipo teórico al que llamamos comunmente con el nombre de ética. Tal moral se parece mucho a lo que Gilligan llamara "moral masculina". Esto es así porque Kohlberg se inspira en un kantiano (Habermas) para diseñar sus estadios de desarrollo moral. Lo que Gilligan mantiene como una moral diferente, femenina, "del cuidado", es una colección de deberes previos a la libertad de conciencia. No se está hablando de una moral femenina, sino de la moral que es forzado mantener todo aquel que es dependiente, sea mujer, vasallo, esclavo o inferior. Concluir que tal moral se tiene por naturaleza es una conclusión torpe, carente de sentido social e histórico.
En todas la comunidades hay un estatuto diferencial de varones y mujeres que se mantiene. Siempre hay una eticidad que norma al colectivo femenino con apelativos de cuidado, decencia, abnegación... En las sociedades más individualistas se mantiene una tasa alta de eticidad que se reconocen cuando se dan situaciones de contraste. Por individualista que sea la sociedad, un enfermo busca la ayuda de sus hijas, hermanas o nueras, no de sus hijos. Del mismo modo no se las busaca si se trata de ejercer presión o violencia sobre extraños. Seguimos con muchísimas reglas deferenciadas, aunque nos hemos librado de muchas otras. Nuestra sociedad necesita una ética precisamente porque su eticidad se ha quebrado; ha cambiado su vehículo normativo primario, que ya no es la religión sino la educación. A la vez, nuestra sociedad convive con otras en las que esto no se ha producido, creando el debate del multiculturalismo. El feminismo es una fuerte rama del pensamiento progresista que se plantea estos problemas en las sociedades actuales, hasta el punto de que las libertades de las mujeres están asumidas, si bien con cierta dificultad en el tejido social. No son sólo convicciones, sino vida vivida.
4. Universalismo y feminismo
El feminismo es un universalismo de raíz ilustrada que ha dirimido siempre su agenda política con la ayuda de las declaraciones universales. Nace como una polémica sobre la igualdad de los dos sexos, y se transforma en una lucha por los derechos individuales y políticos. Sus conquistas se deben a su sistemática puesta en ejercicio por medio de grupos de interés que tuvieron que afrontar un grave rechazo moral y social. El frente de batalla no han sido las leyes explícitas o el frente político, sino los moralistas, que sólo se activan cuando las posiciones consolidadas de la eticidad se resquebrajan. "…Sostenemos que estas verdades son autoevidentes, que todos los hombres han sido creados iguales…” escribía Benjamin Flanklin en la Declaración de la Independencia. Sin embargo pocas cosas son autoevidentes. Evidencia es como llegamos a llamar a las innovaciones políticas cuando han alcanzado el consenso y la fuerza suficientes. Por su naturaleza, el feminismo tiene mayor acogida en las sociedades progresistas, aunque cuando consolida agenda atañe a todo el espectro político.
Es un disolvente de la eticidad, y ha colaborado como nadie para disolverla, convirtiendo en opresión política lo que era admitido como buenas costumbres. En lo teórico, se ha servido de fuentes muy cercanas al multiculturalismo y al relativismo cultural, y este extremo en parte se debe al desarrollo de la antropología como discurso experto. En el núcleo del relativismo está el aserto de que todas las sociedades son básicamente equivalentes, pero con independencia de este exagerado aserto, es cierto que el relativismo ha sido muy útil al feminismo. El relativismo y el comparativismo son una inestimable ayuda cuando se trata precisamente de relativizar una eticidad muy fuerte y factual. Contra la idea de que los rasgos que una cultura adscribe a lo femenino son naturales, basta con invocar a otra cultura que los sitúe de otra manera, y los ejemplos abundan.
La antropología cultural asimismo ha efectuado buenos servicios al feminismo cuando ha desmontado el mito de que las cosas son como son por naturaleza. Digamos que el feminismo ha usado la cara más amable del reliatvismo, pero desde luego posee otra bastante peor: si se extrema -si todo vale lo mismo- cualquier principio moral o político queda abrogado. Sin embargo el feminismo no lleva al extremo el relativismo por evitar su propio suicidio: si cada cosa es defendible en su contexto, tan válido es que las mujeres elijan sus parejas libremente como que las futuras esposas sean vendidas.
La cercanía al relativismo y multiculturalismo produce algunos discursos académicos de "feminismo multicultural" difíciles de digerir. De ahí que algunos autores identifiquen sin más los fines del feminismo y del multiculturalismo, y los hagan responsables de la decadencia cultural, moral y política de occidente. Respecto al progresismo, todas sus vincicaciones se conciben como asintóticas: capaces de ser puesta en vigor a la vez en el horizonte utópico, pero eso no significa que sean todas mutuamente compatibles. Cada progresista desea que en el horizonte utópico se instaure una sociedad igualitaria, participativa, pacífica, ecológica, libre y planificada, pero en el aquí y ahora hay muchas demandas incompatibles entre sí o necesitan severos ajustes: la demanda de respetar la diferencia cultural nos puede llevar a pasar por la violación de derechos individuales duramente conseguidos en los dos últimos siglos. El derecho a la integridad física y a la libertad de las mujeres, sin ir más lejos pasa por esos mismos avatares, y otro tanto ocurre con derechos más recientes como la educación, la salud, la libre circulación, etc.
5. Ética y estética
"No se vista el varón con ropas de mujer, ni la mujer con ropas de varón, porque esto es abominación a los ojos de Dios" se puede leer en la Biblia. La vestimenta femenina a sufrido una trasformación asombrosa en las sociedades occidentales desde los felices años veinte. Al lado de una rebelión ética se produce una rebelión estética, aunque quienes seguían la moda imperante no necesariamente seguían las ideas que le daban aliento a dicha moda. En los años veinte el vestido diferencial se mantuvo, pero el femenino empezó a manifestarse como libre. Para muchas mujeres, la rebelión estética es una manera inconsciente de sumarse a unas causas que desconocen o incluso que podrían rechazar.
Es muy distinto portar un signo ética y estéticamente. Un signo se porta estéticamente cunado su carga ética está desactivada. En ninguna sociedad se ha dado la indiferenciación de género, incluso en nuestra moderna sociedad occidental. De vez en cuando, el vestido jerárquico y genérico (de distinción de género) reaparece: la obligación de vestirse para determinadas ocasiones de relieve quiere decir vestirse adecuadamente, según el rango y sexo de cada uno. Las novias no se casan con pantalones; y por lo común los varones no se visten de manera femenina. El estandar usado es siempre el superior: el varonil. Los varones no se han feminizado, sino que las mujeres han adquirido el derecho a vestir, sin esfuerzos morales, prendas masculinas (pantalones, corbatas, blaziers, zapatos, etc.). En ocasiones el vestido genérico regresa: como en las situaciones de gala o en las festividades con trajes tradicionales étnicos en fechas señaladas.
Cuando hay un movimiento de gran innovación estética nos está avisando de que hay una innovación ética subyacente, cuando el choque cultural se produce por un signo estético, lo que ocurre es que hay mucho más que un signo estético. Aquí hay comprometidos dos niveles:
1.- Mientras nuestras sociedades desmontaban la eticidad heredada, han inferido éticas que les sirven de guía.
2.- En la medida en que son identitarias, han traducido a estética la carga ética de las identidades previas.
En otras palabras: las identidades presentes en nuestras sociedades suelen ser identidades postilustradas. El feminismo puede convivir perfectamente con estas identidades, pero lo que no puede es convivir con identidades que mantengan la eticidad diferencial en función de género sin desactivar.
Europa, salvo por su pluralidad de lenguas y sus estados independientes, es relativamente homogénea, tanto étnica como religiosamente hablando. Los Estados de la vieja Europa se libraron de sus propias comunidades distintas o disidentes por medio de las expulsiones, asimilaciones forzosas o incluso genocidio. Así pues, el debate de la multiculturalidad ha sido importado, y ha afectado sobre todo a las alas más progresistas del pensamiento político europeo, dirigido a conseguir principalmente dos objetivos:
1.- Dotar de legitimidad a las escasas autonomías políticas.
2.- Completar la primitiva idea de tolerancia religiosa con una tolerancia cultural que se enfoca a los todavía pequeños grupos de emigrantes.
Los procesos de descolonización han llevado hacia las antiguas metrópolis oleadas de emigración que exhiben una cierta homogeneidad cultural y religiosa con dichas metrópolis, en virtud de la aculturación realizada durante la colonización el siglo enterior. Así, en España y Portugal por ejemplo el reflujo migratorio es homogéneo ultural y religiosamente con el peninsular, aunque no lo sea étnicamente. El caso de Inglaterra y Holanda es totalmetne diferente: al haber sido una colonización totalmente comercial, y no religiosa o cultural como en los casos anteriroes, el reflujo contiene diferencias religiosas y culturales notables. Igual sucede con Francia, cuya preponderancia pasada sobre el Magreb trae ahora un importante flujo de emigración musulmana. Aunque Europa dista mucho de ser un mosaico cultural, probablemente está abocada a convertirse en él. La combinación del atractivo que la rica sociedad europea ejerce sobre las zonas deprimidas de África y América junto con la bajísima tasa de fecundidad europea hace vislumbrar el futuro de Europa: lo que ahora parece un reflujo migratorio crecerá sin cesar hasta convertir a Europa en un mosaico cultural similar a los Estados Unidos. Por ello, la ética, siempre preocupada por los problemas de horizonte, incorpora los términos del debate multicultural para realizar con ellos los debidos ajustes.
Mientras tanto, el feminismo se ve en el deber de recordar a la democracia el respeto a sus propios principios. El feminismo es un universalismo, esto es, una ética y una colección de principios de acción política. Sólo puede admitir diferencias asumibles; esto es: desprovistas de carga sexista, que contemplen el mínimo común denominador de respeto a los derechos humanos individuales.