Texto original: CAPÍTULO 4 Reduccionismos en filosofía de las ciencias y sus problemas Cristian López Universidad de Buenos Aires – Universidad de Lausanne
1. Introducción
¿Cuál es la relación entre la teoría cuántica de campos o la relatividad general, consideradas teorías físicas fundamentales, y otras teorías científicas tales como la química cuántica, la química orgánica, la biología o las neurociencias, usualmente consideradas no fundamentales? ¿Cuál es la relación entre un globo aerostático en tanto sistema termodinámico y los sistemas mecánicos que lo constituyen? ¿Qué tipo de relaciones pueden establecerse entre diferentes teorías científicas con diferentes dominios y rangos de aplicación en el ideario de una ciencia unificada?
A lo largo del siglo veinte, estas preguntas estuvieron relacionadas, de una manera u otra, con la noción de reducción en ciencias. En un sentido intuitivo, la noción refiere a lograr cierta ‘simplificación’ o ‘unidad’ en el complejo y plural edificio de teorías, modelos, metodologías y ontologías científicas. Unidad y simplificación que parece depender de la capacidad de recuperar y/o expresar una teoría, un modelo, una metodología o una ontología en términos de otra, estableciendo cierta jerarquización. En términos generales y muy simples el problema de la reducción referiría, por lo tanto, a si es posible establecer cierto tipo de relaciones entre nuestras teorías y conceptos científicos que conduzcan a cierta unidad y jerarquización entre ellos.
La mejor manera de especificar estas relaciones interteóricas siguiendo este ideario generalizado ha sido en términos de relaciones de reducción. Cualquier modelo de reducción involucra al menos tres elementos: (a) una teoría de orden inferior reductora (la teoría base, más fundamental), (b) una teoría de orden superior reducida (teoría ‘target’, menos fundamental), y (c) algún tipo de relación asimétrica entre ellas. Cómo entender esta relación y las posibilidades de ser definida y establecida rigurosa y exitosamente ha ocupado buena parte de las discusiones de filosofía de las ciencias durante el siglo veinte.
Los diferentes modelos de reducción han buscado mostrar cómo tal empresa es viable e incluso deseable. Tal viabilidad depende, en buena medida, del tipo de modelo de reducción y de cómo el concepto es entendido. Y si bien han existido posiciones hegemónicas al respecto, lo cierto es que no hay una idea unívoca de reducción en la bibliografía contemporánea: reduccionistas contemporáneos han oscilado entre posiciones más conservadores y rígidas, y posiciones más liberales y laxas. Mientras que algunos/as entienden la reducción como un proyecto global, otros/as la entienden términos locales; mientras que algunos/as consideran que la reducción es incompatible con nociones tales como emergencia, otros/as piensan que pueden articularse perfectamente sin traicionar el ideario de unificación y jerarquización. Para sumar mayor complejidad, no hay un único sentido, o dimensión, a lo largo del cual el concepto de reducción deba ser entendido: si bien usualmente el concepto ha sido definido en términos teórico-formales vinculando diferentes teorías científicas mediante vínculos deductivos, hoy en día la noción de reducción suele recibir también un significado más ontológico y epistémico.
Algunos/as han entendido el proyecto reduccionista en términos conservativos, donde las teorías reducidas (y menos fundamentales) juegan un papel epistémico ineliminable; otros/as han pensado que resultan simplemente superfluas y pueden ser eliminadas. El objetivo de este capítulo es doble.
En primer lugar, busca mostrar la complejidad del concepto de reducción tal como es entendido en la filosofía de las ciencias contemporánea; en este sentido, busca trazar un mapa general que permita al lector orientarse a través de los diferentes conceptos de reducción, sus clasificaciones y sus relaciones.
En segundo lugar, el capítulo muestra brevemente en qué medida existe un problema con el proyecto reduccionista a la luz de algunas críticas que han surgido en las últimas décadas.
2. Motivación del problema
Supongamos que el estado de nuestro conocimiento científico actual es el siguiente. A lo largo de los últimos cinco siglos, hemos desarrollado un sinfín de teorías y modelos científicos que describen y predicen con un grado de precisión asombrosa el comportamiento de diferentes sistemas a diferentes niveles: desde el movimiento de galaxias hasta transiciones cuánticas, pasando por reacciones químicas diversas, análisis de movimiento migratorio de aves y depresiones clínicas. Pero no sólo eso, sino también que hemos logrado establecer con exactitud los vínculos entre nuestros diferentes modelos y teorías científicas: no sólo hemos llegado a obtener un conocimiento sumamente preciso de los organismos vivos, sino que hemos llegado a comprender que, a fin de cuentas, los organismos vivos no son más que una serie de reacciones químicas entre las moléculas que los constituyen.
Todo sistema biológico puede explicarse, con suficiente paciencia y tiempo para escuchar la extensa explicación, en términos moleculares. Por supuesto, tenemos la ciencia perfecta que describe el comportamiento de tales moléculas, la química. Sin embargo, este no es el fin de la historia. Luego de dedicada investigación, comprendimos que en realidad las moléculas químicas y sus reacciones dependían de leyes y sistemas físicos más fundamentales. A fin de cuentas, las moléculas no eran más que átomos, electrones girando alrededor de un núcleo, otras partículas relevantes y un conjunto cada vez más pequeño de fuerzas que hacen que la materia no se disperse, pero que tampoco colapse.
Entonces, uno podría, al menos en principio, describir y predecir el comportamiento de moléculas y sus propiedades en términos puramente físicos. Explicación larga y extenuante, sin dudas, pero no sólo posible sino mucho más precisa y poderosa. Y, de ahí en más, la escalera de lo fundamental sólo desciende cada vez más y más hasta alguna teoría última, de donde emanan (en sentido tanto lógico como metafísico) todas las propiedades del mundo tal como lo conocemos, desde estados mentales hasta la tasa de expansión de epidemias, desde índices de solubilidad hasta el éxito o el fracaso de un tratamiento médico contra el cáncer; todo se encuentra, de alguna manera, encriptado en un conjunto de propiedades y ecuaciones fundamentales.
El mundo natural y el conjunto de teorías y modelos que lo describen son un edificio perfectamente estratificado, donde los niveles superiores dependen (en un sentido lógico, epistémico, metodológico y hasta metafísico) de los niveles superiores. Ciertamente, el mundo natural y nuestro conocimiento científico actual no luce, en absoluto, como esta imagen. En lugar de un edificio estratificado y bien interconectado, la ciencia actual luce mucho más como una vieja ciudad medieval, con sus calles irregulares, callejones sin salida y construcciones a medida de las urgencias y necesidades. Entre escaleras que llevan a ninguna parte y regiones casi completamente aisladas, algunos/as han defendido que nuestro conocimiento científico parece signado por la des-unidad, impasible de cualquier ordenamiento planificado y perfectamente estratificado.
Otros/as, han argumentado que tal des-unidad es o bien aparente, o bien meramente temporal, y que le ideario de una ciencia unificada debería guiar la actividad científica y cualquier interpretación filosófica de ella. En este sentido, la unificación siempre ha estado ahí, al menos en un sentido normativo: allí donde hemos encontrado vínculos y cierto ordenamiento estratificado, la ciencia ha progresado enormemente. Ante la pluralidad reinante, muchos/as han resaltado que es maravillosamente sorprendente que hayamos encontrado vínculos inter-teóricos y de dependencia tan fuertes.
En consecuencia, este ideal debe perseguirse para acercar nuestro conocimiento científico lo más posible al ideal de un edificio del conocimiento estratificado y bien conectado. Y eso depende de encontrar el tipo correcto de relación entre diferentes teorías científicas. Muchos/as han defendido que el tipo adecuado de relación inter-teórica que conduce a este fin debe ser expresada mediante vínculos reductivos. Buena parte de la filosofía de las ciencias del siglo veinte estuvo marcada no sólo por la idea de unidad científica, sino también por cómo establecer vínculos reductivos entre teorías. Lo cierto es que, más allá de una idea general que busca la unificación del conocimiento científico mediante métodos de simplificación y estratificación, existen muchos sentidos de reducción, muchos modelos y diversos compromisos epistémicos, metodológicos y metafísicos.
Por lo tanto, sería más apropiado hablar de un proyecto heterogéneo que dio lugar a diferentes tipos de reduccionismos. En un extremo del espectro, existen posiciones como la de Ernst Rutherford quien dijo que toda la ciencia es física, el resto es colección de estampitas. Pocos (y me atrevo a decir que nadie en nuestros días) defiende una idea de reducción tan extrema. En el otro extremo, existen modelos de reducción más refinados, menos ambiciosos, en general de aplicación local, heurísticos y más liberales. Asumiendo que la idea de unificación es loable y que la pluralidad científica puede, y debe, ser simplificada, el problema es generar modelos de reducción que conduzcan a este fin.
3. Reduccionismos científicos: cinco modelos de reducción
Si bien posiciones unificacionistas y reduccionistas en sentido general han sido inherentes a la filosofía misma en todas sus ramificaciones, el concepto de ‘reducción’ como problema y empresa filosófica ha sido una marca distintiva de la filosofía de las ciencias y de la filosofía de la mente del siglo veinte. En el desarrollo de tales discusiones, se ha 73 𝑡 𝑏 𝑡 𝑏 𝑡 𝑏 establecido una suerte de jerga filosófica y de elementos básicos que se repiten tanto en diferentes disciplinas, como en diferentes modelos de reducción. En un sentido mínimo y primordial, el concepto de reducción es un tipo de relación formal entre dos teorías científicas. Diferentes modelos de reducción caracterizan esta relación reductiva de diferentes maneras, requiriendo diversos elementos adicionales para poder definirla con claridad; en un sentido amplio, la reducción prueba la existencia de una relación asimétrica entre dos teorías científicas (Si la teoría 𝐴 se reduce a la teoría 𝐵, entonces la teoría 𝐵 no se reduce a la teoría 𝐴), y que una forma parte de la otra, 𝐴 ⊂ 𝐵.
Existe una manera más o menos estandarizada de referir a teorías relacionadas por una relación de reducción. Esta jerga es, en general, consistente a lo largo de los diferentes modelos de reducción y de las disciplinas a las cuales se aplican (con una excepción que mencionaré más adelante). Cuando una teoría científica 𝐴 se reduce a una teoría científica 𝐵, la teoría 𝐴 es denominada la teoría target, 𝑇 (o teoría reducida o teoría de orden superior), y la teoría 𝐵 es denominada la teoría basal, 𝑇 (o teoría reductora o teoría de orden inferior). Sin importar cómo sea caracterizada la relación de reducción, siempre involucra teorías de tipo 𝑇 y 𝑇 , o alguna modificación o extensión de ellas.
El arte de llevar a cabo un programa reductivo radica, casi exclusivamente, en generar un modelo de reducción que especifique de qué manera 𝑇 y 𝑇 se relacionan. Muchos modelos de reducción fueron en realidad partes de una cosmovisión más amplia de la actividad científica y de su relación con la filosofía, comprehendiendo una variedad significativa de compromisos epistémicos, metodológicos y metafísicos. Además, gozaron de vigencias temporales. Por ejemplo, el modelo de reducción como traducción tuvo cierta vigencia durante la década del veinte y del treinta, pero desapareció prácticamente de la escena filosófica en los años cincuenta. En los ochenta, primó un modelo de reducción funcional, desplazando un modelo de reducción deductivo que había reinado en las filosofías de las ciencias en los sesenta. En la actualidad, no es claro, al menos para mí, que exista algún tipo de modelo de reducción hegemónico; en su lugar, creo que prima una razonable actitud de reunir los mejores elementos de los viejos modelos de reducción, notando sus debilidades y fracasos, y resaltando sus virtudes y éxitos. Esta actitud es acompañada de una prudente búsqueda de reducciones parciales y locales, en lugar de perseguir grandes proyectos universalistas. 74 Cada modelo de reducción ha dado lugar a diferentes versiones que, para muchos/as, constituyen modelos distintos.
En un capítulo introductorio no es posible entrar en tales detalles y para lograr una mejor comprensión y una visión panorámica conviene mantener las cosas lo más simples posibles. En esta sección distinguiré cinco modelos de reducción:
(a) el modelo de reducción por traducción (promovido por Otto Neurath y Rudolph Carnap en los años treinta)
(b) el modelo de reducción por deducción (defendido por Ernst Nagel, y modificado luego por Kenneth Schaffner en los sesenta
(c) el modelo de reducción por paso al límite (utilizado comúnmente en las ciencias físicas y tematizado por Thomas Nickles en los setenta),
(d) el modelo de reducción funcional (originalmente utilizado en filosofía de la mente en los años setenta y luego extendido a la filosofía de las ciencias, defendido por Jaegwon Kim, Michael Esfeld y Christian Sachse).
(e) el modelo de reducción promovido por la llamada ‘New-Wave’ (una familia de modelos reduccionistas eliminativistas y mecanicistas, surgidos principalmente en los ochenta y noventa, gracias a Paul y Patricia Churchland y John Bickle).
En lo que sigue, explicaré brevemente cada modelo y referiré a literatura relevante para discusiones y análisis más pormenorizados.
3.1. El modelo de reducción como traducción
El modelo de reducción como traducción se originó en el seno del proyecto unificacionista y universalista del empirismo lógico europeo de los años treinta, de la mano de Carnap y Neurath. Y si bien hubo grandes proyectos reduccionistas en ciencias durante el siglo diecinueve (siendo el más icónico el intento de reducir la termodinámica a la mecánica estadística clásica por Ludwing Boltzmann y James Clark Maxwell), el modelo de reducción por traducción podría considerarse el primer modelo filosófico y normativo de reducción.
Un principio defendido con vehemencia por los representantes del empirismo lógico fue la idea de una ciencia unificada y cooperativa a gran escala. Para garantizar tal principio, era necesario generar un entendimiento común entre científicos de diferentes áreas y disciplinas que facilite la comunicación y la cooperación. Para ello, la idea de 75 reducción como traducción hizo hincapié en que el vocabulario y el conjunto de oraciones de diferentes teorías y disciplinas científicas pueda ser expresadas en términos de un lenguaje universal común. Carnap dice: science is a unity, [such] that all empirical statements can be expressed in a single language, all states of affairs are of one kind and are known by the same method. (Carnap 1934, p.32) Que todas las afirmaciones científicas puedan reducirse a un lenguaje común no sólo posibilita vínculos de cooperación y unidad, sino también establece estándares intersubjetivos de corrección, explicación y predicción. Esto impulsaría fuertemente el progreso científico: la expresión del saber científico en un lenguaje común permitiría evaluar de una manera más natural la coherencia general del edifico científico mediante instancias particulares de confirmación a lo largo de todas las disciplinas y teorías. Éxitos locales tendrían repercusiones globales. Una pregunta natural que este modelo debe enfrentar es, ¿cuál es ese lenguaje universal común?
Se ha insistido en que tal lenguaje común debe ser el de la física, y que los promotores de este modelo defendieron esta idea. Esto probablemente se deba a cierta insistencia en privilegiar un lenguaje de objetos en el espacio-tiempo y, aunque el lenguaje de la física sería un buen candidato para ocupar el papel de tal lenguaje universal común, ni Carnap ni Neurath defendieron que ese sea necesariamente el caso. Recuérdese que el objetivo primordial de este modelo de reducción fue servir de herramienta teórica para promover y facilitar la cooperación científica a escala global, por lo que cualquier lenguaje intersubjetivo que sirva a tales fines serviría a tales propósitos.
3.2. Modelo de reducción por deducción
El modelo de reducción por deducción es probablemente el modelo más extendido en la comunidad de filósofos/as de la ciencia y es incluso considerado el modelo de reducción por antonomasia. Formulado originalmente por Ernst Nagel en 1961, este modelo tuvo tantos/as defensores/as como detractores/as en los últimos cincuenta años, pero ha sido indiscutiblemente un modelo de referencia a la hora de hablar de reducción, especialmente en filosofía de las ciencias. La idea del modelo nageliano (tal como también se lo conoce) es simple. En palabras del propio Nagel:
A reduction is effected when the experimental laws of the secondary science (and if it has an adequate theory, its theory as well) are shown to be the logical consequences of the theoretical assumptions (inclusive of the coordinating definitions) of the primary science (1961, p.352. Énfasis mio).
El concepto clave en la reducción nageliana que apuntala qué tipo de relación entre teorías se busca es el de consecuencia lógica o derivabilidad: 𝑇 se reduce a 𝑇 si y sólo si 𝑇 se deriva de 𝑇 más leyes puentes relevantes Según Nagel, la teoría 𝑇 es una teoría perteneciente a una ciencia secundaria, mientras que 𝑇 pertenece a una ciencia primeria. La expresión ‘se deriva de’ ha de entenderse en el sentido lógico de derivación: mediante la aplicación de reglas de inferencia y tras una serie finita de pasos uno obtiene deductivamente 𝑇 .
Claramente, una noción central en la definición es la de ‘leyes puentes’, también denominadas ‘reglas de correspondencia’ o ‘definiciones coordinadoras’. Las leyes no sólo permiten establecer los vínculos entre los vocabularios de ambas teorías, sino que también permite entender 𝑇 como una definición extensional de 𝑇 . Finalmente, vale la pena aclarar que la reducción nageliana debe entenderse también en términos explicativos: que 𝑇 se reduzca a 𝑇 conlleva la idea que 𝑇 explica fenómenos descriptos por 𝑇 . Este aspecto ha sido remarcado por otros filósofos que tomaron como base el modelo nageliano (ver Kemeny y Oppenheim 1956).
Hay dos aspectos importantes sobre los cuales vale la pena detenerse un momento para comprender los alcances y límites del modelo nageliano de reducción.
El primero es que Nagel no creyó que toda reducción necesitaba una perfecta traducción de término a término entre dos teorías científicas. Según Nagel, existen dos tipos de reducciones: homogéneas y heterogéneas. La diferencia radica en que las reducciones homogéneas no requieren leyes puente, mientras que las heterogéneas, sí. El requerimiento de leyes puente depende, principalmente, de cuán semejante es el vocabulario no-lógico utilizado por dos teorías científicas: mientras más desemejante sea tal vocabulario, la necesidad de leyes puentes se hace más imperiosa.
El segundo aspecto concierne la naturaleza de las leyes puente. Nagel las describe como
(i) conexiones analíticas o lógicas entre términos, aunque es claro que no se trata de una traducción como en el modelo anterior; como
(ii) supuestos convencionales creados ‘by fiat’; o como
(iii) hipótesis empíricas (Nagel 1961, p. 354).
En el marco de una concepción sintáctica de las teorías científicas, el modelo nageliano asume que una reducción exitosa genera una relación en donde 𝑇 es parte de 𝑇 cuando los teoremas de 𝑇 son un subconjunto de los teoremas de 𝑇 . Sin embargo, tal como se mencionó en el punto anterior, el vocabulario no-lógico de ambas teorías es muchas veces disyunto, lo cual puede generar confusión en la manera de interpretar y vincular predicados entre ambas teorías. Ya sea en términos de (i), (ii) o (iii), las leyes puentes son definiciones que establecen identidades entre términos (ver Sklar 1967), las cuales generan una transición entre ambas teorías, donde 𝑇 se vuelve una extensión definicional de 𝑇 más el conjunto de definiciones 𝐷. Más allá de la consistencia conceptual y formal del modelo nageliano, vale preguntarse, ¿captura adecuadamente nuestras preconcepciones respecto de qué es una reducción exitosa? ¿Captura el uso científico de la noción de reducción? ¿Pretende ser un enfoque normativo o meramente descriptivo? ¿Existen instancias de reducción entre teorías científicas que instancien el modelo nageliano?
La literatura al respecto es muy amplia y es imposible revisarla aquí. A pesar de que el modelo fue duramente criticado fundamentalmente a partir de la década del setenta en adelante, vale la pena mencionar que no ha sido completamente abandonado y que ha sido perfeccionado sucesivamente en ese periodo. Pocos años después que Nagel propusiera su modelo de reducción, Kenneth Schaffner (1967) propuso un modelo alternativo basado en el modelo nageliano. El modelo de Schaffner (que luego pasó a ser conocido como el modelo Nagel-Schaffner y que en nuestros días se utiliza prácticamente como sinónimo de modelo de reducción como deducción) buscaba subsanar dos debilidades del modelo de Nagel: (i) presuponía simple deducibilidad, y (ii) presuponía invariancia conceptual. Ambos presupuestos hacían que el modelo entrara en conflicto con casos actuales e históricos de reducción. La idea de Schaffner fue mostrar que, en sentido estricto, la reducción de 𝑇 a 𝑇 involucraba la reconceptualización y reformulación de la teoría 𝑇 en términos de una teoría análoga 𝑇 *. A su vez, muchas veces también resulta necesario llevar a cabo un procedimiento similar con la teoría 𝑇 , por lo que la reducción implicaba, en algún sentido, el desarrollo de dos teorías nuevas, 𝑇 * y 𝑇 *.
El modelo Nagel-Schaffner tuvo una reformulación en un modelo de reducción propuesto por John Kemenny y Paul Openheim (1956) que resaltó la función explicativa de la reducción deductiva. La virtud principal de 𝑇 es que sistematiza mejor 𝑇 y explica más que 𝑇 . Este hincapié en el concepto de sistematicidad balancea la búsqueda de simplicidad y parsimonia, por un lado, y la búsqueda de mayor poder explicativo, por el otro. En la actualidad, varios filósofos de la ciencia defienden el modelo NagelSchaffner con modificaciones y adaptaciones locales. Jeremmy Butterfield (2011) ha defendido la viabilidad del modelo Nagel-Schaffner de reducción, aunque en contextos donde la definición de teoría es clara y más específica. Foad Dizadji-Bahamani, Roman Frigg y Stephan Hartmann (2010) defienden una versión refinada del modelo nageliano de reducción, que combina aproximaciones, idealizaciones y métodos matemáticos diversos que se aplican de manera local. En consecuencia, proponen una versión generalizada del modelo Nagel-Schaffner que tiene amplia repercusión en nuestros días.
3.3. Modelo de reducción por paso al límite
En física, se suele hablar de la reducción de una teoría a otra en términos de ‘ser un caso especial de’. Esta forma de reducción no parece compatible con el modelo NagelSchaffner: no se habla de derivabilidad, ni se requieren leyes puentes, ni identidades. Thomas Nickles (1972) advirtió esta inadecuación y sugirió que casos en los cuales la reducción se tomaba en términos de ‘ser un caso especial de’ implicaba un tipo especial de reducción, diferente del modelo nageliano. De esta manera, Nickles distingue la reducción tal como la entienden los filósofos (i.e. en términos deductivos) y la reducción tal como la entienden los físicos. ¿Qué implica este tipo de reducción? Nickles nota que radica principalmente en el uso de la relación matemática conocida como paso al límite: una teoría es un caso especial de otra cuando uno puede obtenerla en un límite dado.
En este sentido, la reducción cumple el papel de preservación de dominio, y no de remplazo teórico ni de ganancia explicativa. Vale la pena notar que este tipo de reducción invierte los términos con respecto al modelo Nagel-Schaffner: es 𝑇 (Nickles habla de teoría sucesora) la que se reduce a 𝑡 (i.e. teoría predecesora) bajo ciertas operaciones de límite y transformaciones adecuadas. El valor de este tipo de reducción radica en su papel heurístico y de justificación. El modelo de reducción como paso al límite enfatiza que la reducción no tiene por qué cumplir una función explicativa, sino que puede guiar el desarrollo de nuevas ideas y resultados teóricos en ciertas condiciones límites, que vinculan dominios teóricos diferentes, pero de alguna manera solapados. Un ejemplo clásico es el tipo de relación 79 𝑏 𝑡 entre la mecánica clásica newtoniana y la relatividad especial. En este caso, la relatividad especial (como teoría 𝑇 ) se reduce a la mecánica newtoniana (como teoría 𝑇 ) en el límite de velocidades bajas, es decir, cuando 𝑣 → 0. Si se toma la ecuación relativista para el momento, por ejemplo, resulta claro que tal ecuación se reduce a la ecuación clásica para momento cuando la velocidad de la luz tiende a cero. Es decir, una ecuación más general se reduce a una ecuación especial dado un cierto límite. Esto no implica que exista algún tipo de ganancia explicativa directa, ni que la ontología de una teoría sea más fundamental que la otra. Según este modelo, la reducción por paso al límite implica que una teoría más general ha preservado el dominio de la teoría más específica, y que es posible aplicarla en aquellos contextos donde la teoría predecesora se aplicaba, lo cual genera cierta continuidad teórica.
3.4. El modelo de reducción funcionalista
Al explicitar la naturaleza de las leyes puentes, Lawrence Sklar (1967) dijo que la temperatura es energía cinética media de las partículas componentes. Este es el sentido fuerte en el cual una ley puente establece una identidad entre propiedades de teorías a diferentes niveles. Sin embargo, algunos filósofos criticaron esta ida y consideraron que no sólo que las identidades no son suficientes para garantizar la reducción y obtener algún tipo de ganancia explicativa o sistematicidad, sino que el papel de las leyes puentes era arbitrario (ver Putnam 1967, Wimsatt 1974, Kim 1998, entre otros).
Estas críticas promovieron una serie de modelos que, intentando salvar la idea de reducción (principalmente, la idea fisicalista de reducción), prescindieron de la idea leyes puentes o identidad de propiedades, al menos en el sentido nageliano. El modelo de reducción funcional es una de las tantas propuestas que va en esta dirección, con un enfoque mucho más metafísico sobre propiedades, sus identidades y relaciones inter-niveles. En sentido estricto, el modelo de reducción funcional es en realidad una familia de modelos, con diferencias relevantes pero una base común.
El punto de partida es reconocer que muchas propiedades de teorías científicas de nivel superior (es decir, propiedades de 𝑇 ) son propiedades funcionales y requieren por lo tanto de una descripción funcional. Esto implica que la naturaleza de una propiedad funcional radica en una detallada caracterización del rol que la propiedad cumple en algún sistema en particular, lo cual a menudo se interpreta causalmente. Ahora bien, tales propiedades funcionales son realizadas (según algunos funcionalistas) por propiedades basales o estructurales (pertenecientes a una teoría𝑇 ). La reducción funcional es, por lo tanto, la especificación del tipo de relación que existe entre propiedades funcionales de 𝑇 y propiedades basales o estructurales de 𝑇 que desempeñan su mismo rol funcional. Un claro ejemplo de propiedades funcionales son los estados mentales, como por ejemplo ‘sentir miedo’. Según el análisis funcional, tal propiedad se describe como estar en un estado que produce taquicardia, un deseo de escapar de una situación, etc. La reducción funcional busca establecer una relación reductiva entre tal propiedad y aquellas propiedades en un nivel basal que juegan el mismo papel dentro de un sistema. Los realizadores de la propiedad ‘sentir miedo’ son propiedades basales (por ejemplo, configuraciones neuroquímicas) que desempeñan su mismo rol funcional (producir taquicardia, un deseo de escapar de una situación, etc.).
Todos los seres vivos que instancian la propiedad ‘tener miedo’ también instancian las propiedades basales funcionalmente relacionadas con ellas. Cualquier caso químico puede analizarse funcionalmente de la misma manera: la solubilidad puede analizarse funcionalmente en términos de sus realizadores a nivel molecular, y estos a su vez a nivel cuántico. Esto aseguraría un tipo de relación reductiva. Naturalmente, esta descripción es igualmente compatible con distintas maneras de caracterizar esta relación entre propiedades funcionales y propiedades basales.
Algunos han entendido que la relación se da en términos de identidades e interpretan la realización de un rol como la verdadera naturaleza de una propiedad, sugiriendo alguna clase de eliminativismo (‘realizer functionalism’, Lewis 1966, Armstrong 1968, Kim 1998). Otros, en cambio, sostienen que las propiedades funcionales no son idénticas a las propiedades basales (sus ‘realizers’), sino que cumplen roles causales. Sus defensores no abogan por la eliminación de la propiedad funcional, defendiendo en cierta manera su estatus (‘role functionalism’, Putnam 1967, Fodor 1974, Loewer 2007). Finalmente, otros filósofos han sugerido que ambas vías conducen a grandes problemas filosóficos: la primera opción conduce al eliminativismo, la segunda al epifenomenalismo. En su lugar, proponen un enfoque reduccionista funcional en un marco nageliano donde las propiedades funcionales se pueden reducir a propiedades basales mediante sub-tipos funcionales (Esfeld y Sachse 2007). Vale la pena aclarar que los modelos funcionales pertenecen a una categoría filosófica más amplia que excede los marcos de las discusiones en torno al reduccionismo científico, involucrando diversas tesis metafísicas y epistémicas.
El punto es que tales 81 modelos han sido utilizados tanto para argumentar a favor de una posición reduccionista (como Kim 1998, y Esfeld y Sachse 2007), como para argumentar en contra (Putnam 1967, Wimsatt 1998). Sea como sea, los modelos funcionales de reducción han ocupado un lugar relevante en la filosofía de la mente y la filosofía de las ciencias desde principios de los ochenta. En nuestros días, modelos funcionales de reducción se han aplicado a diversos modelos neuronales así como también en relatividad (Knox 2017) y teorías de gravedad cuántica (Lam y Wüthrich 2018).
3.5. Modelos de reducción ‘de la Nueva Ola’ (‘New wave-models’)
Durante los años ochenta y noventa, un nuevo modelo de reducción se desarrolló principalmente en el ámbito de la filosofía de la mente y rápidamente se extendió a las filosofías de las ciencias –la ‘Nueva Ola’ reduccionista. Promovido principalmente por Paul Churchland (1981), Clifford Hooker (1981) Patricia Churchland (1986) y John Bickle (1998), los defensores de la Nueva Ola propusieron un modelo parcialmente basado en el modelo Nagel-Schaffner de reducción, pero con una impronta metafísica y eliminativista más radical. La idea de este modelo es la siguiente.
Supongamos que 𝑇 es alguna teoría exitosa en neurociencias que describe redes y configuraciones neuronales, y 𝑇 es una teoría psicológica acerca de estados mentales. La reducción de 𝑇 a 𝑇 se logra cuando dentro de 𝑇 es posible construir una teoría análoga a 𝑇 , 𝑇 *, bajo ciertas condiciones 𝐶 de manera tal que 𝑇 más tales condiciones implican 𝑇 *. Además, se postula una relación de analogía 𝐴 entre 𝑇 * y 𝑇 que garantiza la semejanza entre teorías y permite hablar de reducción entre 𝑇 y 𝑇 . Nótese que, primero, 𝑇 es una teoría más general y que las correcciones, adaptaciones y condiciones de contorno (‘boundary conditions’) se imponen dentro de 𝑇 , no de 𝑇 . Segundo, la reducción de acuerdo con este modelo es posible sin apelar a leyes puentes, un aspecto problemático en el modelo Nagel-Schaffner de reducción. No obstante, sí se apela a relaciones de analogía que, en algún sentido, juegan el papel de tales leyes. La diferencia central es que estás relaciones de analogía no son uniformes y habilitan transiciones tanto continuas y más conservativas, como más abruptas y eliminativistas. Finalmente, el modelo tiene una fuerte tendencia a resaltar aspectos metafísicamente eliminativistas en la reducción: de acuerdo con el modelo, teorías tipo 𝑇 reemplazan y eliminan teorías 𝑇 en todos los aspectos filosóficamente interesantes
4. Dimensiones de los reduccionismos científicos
Hasta el momento he presentado algunos de los modelos de reducción más extendidos y discutidos en la bibliografía filosófica. Más allá de sus diferentes énfasis y la manera en que se resaltan diversos aspectos, en general es posible formularlos de manera tal que resulten compatibles con posturas proclives tanto al eliminacionismo teórico (u ontológico) como al conservadurismo. De la misma manera, algunos de estos modelos no implican, per se, compromiso alguno con un reduccionismo ontológico: bajo una posición instrumentalista de las teorías científicas, varios modelos de reducción tendrían igual vigencia y fuerza.
Por ejemplo, muchos defensores del modelo nageliano de reducción resaltan que el modelo es prima facie formal, que busca relaciones lógicas entre diferentes teorías para lograr cierta unicidad y simplificación en el vocabulario teórico, pero que no presupone per se que una teoría deba ser reemplazada o eliminada en favor de otra, o que las entidades de las teorías reducidas tengan que ser consideradas como irreales o menos fundamentales (ver Butterfield 2011 por ejemplo). Sin embargo, la discusión sobre reduccionismo en ciencias ha ido claramente mucho más allá de buscar relaciones lógicas, involucrando tesis filosóficas más fuertes y radicales. Y a menudo sí ha implicado posiciones ontológicas fuertes o propuestas de eliminacionismo teórico. En esta sección me gustaría resaltar estas diferencias y precisarlas. En primer lugar, debiéramos distinguir entre reduccionismos conservativos y reduccionismos eliminativistas. En segundo lugar, debiéramos distinguir entre reduccionismo ontológico y reduccionismo teórico.
4.1. Reduccionismo eliminativista y reduccionismo conservativo
A la base de cualquier modelo reduccionista, yace un fuerte espíritu unificacionista: donde existía una aparente diversidad, la reducción muestra que en realidad existe cierta identidad o unidad. Sin embargo, la unificación de teorías podría verse en dos sentidos. Por un lado, podríamos lograr unificación al integrar diferentes teorías científicas al distinguir teorías más generales y teorías más especiales, donde sus respectivos dominios se integren y se conserven. Pero también podríamos lograr unificación al eliminar teorías al obtener teorías más generales, más simples, más poderosas y más fundamentales. El primer sentido de reducción es típicamente asociado a un reduccionismo conservativo, mientras que el segundo sentido a un reduccionismo eliminativista. 83
El reduccionista conservativo no sostiene que podamos prescindir de las teorías de orden superior, ni tampoco que las propiedades o entidades de esas teorías no tengan estatus ontológico alguno. En caso de ser realista respecto de las teorías científicas, la reduccionista conservativa es realista tanto de las propiedades y entidades de 𝑇 como de las de 𝑇 . De la misma manera, las teorías de orden superior son (aproximadamente) verdaderas dentro de un cierto dominio, independientemente de si éstas tienen vínculos reductivos (por ejemplo, de deducción lógica) con teorías de orden inferior: la existencia de estos vínculos no torna a 𝑇 en una teoría falsa o desechable. Contraria a esta posición, la reduccionista eliminativista busca la simplificación y unificación por eliminación: si los fenómenos descriptos por una teoría científica 𝑇 no son nada más sino los fenómenos descriptos por una teoría 𝑇 , ¿qué tipo de realidad científica tienen los fenómenos reducidos? ¿Por qué conservar las entidades y propiedades que 𝑇 postula? En relación con esto, ¿qué ganancia teórico-epistémica provee 𝑇 ? El reduccionista eliminativista sólo se compromete con la verdad de 𝑇 , con las entidades y propiedades que 𝑇 postula y con los fenómenos en la manera en la que 𝑇 los describe.
4.2. Reduccionismo ontológico y reduccionismo teórico
Si la idea general de reduccionismo científico en general consiste en lograr la unificación y simplicidad del edificio teórico de las ciencias, el reduccionismo ontológico asume la misma tarea a nivel de las propiedades y entidades que las teorías científicas postulan. Diferentes teorías en diferentes niveles describen fenómenos (e incluso los mismos fenómenos) haciendo uso de diferentes tipos de entidades y propiedades.
La idea del reduccionismo ontológico es que las entidades de una teoría de nivel superior (perteneciente a la ontología de 𝑇 ) están constituidas por las entidades pertenecientes a la ontología de la teoría de nivel inferior (como 𝑇 ). La misma idea puede expresarse en términos de sus propiedades: las propiedades del nivel superior supervienen o son metafísicamente idénticas a las propiedades del nivel superior. Pensemos en la química molecular como una teoría de nivel superior 𝑇 , donde su ontología está conformada principalmente por moléculas y sus propiedades (como, por ejemplo, su geometría o el tipo de enlace). El reduccionismo ontológico propone que las moléculas o bien supervienen sobre, o son idénticas a, al conjunto de entidades más fundamentales que las componen y que pertenecen a una teoría de orden inferior (por ejemplo, la mecánica 84 cuántica).
No existe ganancia o novedad ontológica en 𝑇 : todo lo que uno encuentra allí a nivel de entidades y propiedades, está metafísicamente incluido en 𝑇 . El reduccionismo teórico no se compromete con ningún tipo de reducción de entidades o propiedades de una teoría científica, sino con la reducción de sus oraciones y vocabulario no-lógico. Por ejemplo, cuando es posible obtener las leyes de una teoría 𝑇 a partir de los principios de una teoría 𝑇 .Este tipo de reducción teórica también es frecuentemente expresada en términos epistémicos o explicativos: los vínculos reductivos vinculan cuerpos de conocimientos o diferentes poderes explicativos.
5. Argumentos anti-reduccionistas
Tal como he mostrado en este artículo introductorio, ‘reduccionismo’ se dice de muchas maneras, donde los diferentes modelos surgieron como críticas a modelos anteriores (buena parte del modelo funcionalista surgió como una reacción al modelo NagelSchaffner). Estas críticas, en su mayoría, estuvieron dirigidas a aspectos puntuales de los diferentes modelos, sin renunciar al espíritu general. Por supuesto, esto condujo a multiplicar y perfeccionar los tipos de reduccionismos dentro de un marco común. Sin embargo, existe una corriente surgida en los años sesenta, y que ha crecido ininterrumpidamente desde entonces hasta nuestros días, que atacó el concepto de reduccionismo en sí mismo, e incluso su espíritu unificacionista.
Estas críticas más profundas han pendulado entre un sistemático señalamiento de la inadecuación históricoempírica de los modelos de reducción, hasta la objeción de sus bases mismas: la actividad científica y el mundo mismo son intrínsecamente irreducibles. A la luz de estas críticas, los diferentes reduccionismos adecuaron sustancialmente sus objetivos y pretensiones, lo cual redundó en modelos no sólo técnicamente más refinados, sino también más liberales y laxos. Para finalizar este artículo vale la pena centrarse en dos de las grandes críticas que han sido lanzadas contra diferentes formas de reduccionismos científicos. La primera es el argumento de la realizabilidad múltiple (o de las ‘definiciones no-finitarias’). La segunda crítica es la del argumento de la irreducibilidad intrínseca de la actividad científica y del mundo natural.
5.1. Realizabilidad múltiple
El concepto de realizabilidad múltiple tiene su origen en discusiones en filosofía de la mente, en particular, en el ámbito de modelos funcionalistas de propiedades mentales y su descripción en términos de sus realizadores basales (ver Putnam 1967, Fodor 1974). Sin embargo, la idea se extendió también a las filosofías de las ciencias especiales y es hoy en día un argumento usual contra cualquier postura reduccionista en ciencias.
El argumento puede ponerse en los siguientes términos. Supongamos una propiedad mental como ‘sentir miedo’ como la que se describió anteriormente, la cual se realiza por medio de propiedades basales. El punto es que una propiedad funcional como ‘sentir dolor’ puede realizarse de muchas maneras, por medio de diferentes realizadores o propiedades o relaciones basales. De esta manera, el argumento desarticula cualquier identidad o relación reductiva entre propiedades funcionales y propiedades basales: cambios en las propiedades basales (es decir, diferentes modos de realización) conducen a la misma propiedad funcional. El argumento fue comúnmente utilizado contra el modelo nageliano de reducción. Como mencioné en el apartado 3.3, el modelo de reducción Nagel-Schaffner depende fuertemente de proveer leyes puentes, interpretadas muchas veces como identidades: el vocabulario no-lógico de 𝑇 tienen que identificarse con el vocabulario no-lógico de 𝑇 . Pero, si una propiedad en 𝑇 es múltiplemente realizada en 𝑇 , su definición en términos de propiedades o relaciones basales de 𝑇 podría ser una disyunción arbitrariamente larga. Esto socavaría, en principio, la función de las leyes puentes y la noción misma de extensión definicional, ya que no sería posible alcanzar una identidad entre ambos vocabularios.
Se suele decir que el éxito de la reducción nageliana, y probablemente de otros tipos de reducciones, parecería exigir que las leyes puentes sean definiciones finitarias. El argumento de la realizabilidad múltiple mostraría que no lo son: diferentes propiedades basales podrían ser suficientes, aunque no necesarias, para el desempeño del rol funcional de la propiedad de orden superior. Kim consideró que este argumento vaciaba de contenido las leyes puentes de Nagel, ya que son conceptos primitivos sin explicación y, por lo tanto, filosóficamente vacíos e irrelevantes (1999, p.134; 2006, p. 552). Sin embargo, otros/as filósofos/as tomaron el reto y argumentaron que, en realidad, el argumento de la realizabilidad múltiple es o bien inocuo para el proyecto reduccionista nageliano (Sober 1999), o bien es compatible (Butterfield 2011).
5.2. Una pluralidad irreducible
Más allá de problemas conceptuales puntuales o casos de inadecuación históricoempírica, el reduccionismo supone al menos que la actividad científica es unificable y, 86 más fuerte, que los fenómenos, las entidades y las propiedades del mundo natural son susceptibles de cierta unidad. Pero, ¿por qué deberíamos asumirlo? ¿Qué evidencia existe de que ese sea el caso? ¿Acaso no reina la pluralidad y la desunificación tanto en la actividad científica como en el mundo natural? ¿Por qué perseguir la unidad, la simplificación y la reducción a toda costa?
Algunos/as filósofos han argumentado que no deberíamos. En su lugar, deberíamos reconocer que la pluralidad de teorías, modelos, metodologías e incluso ontologías es intrínsecamente irreducible: los supuestos reduccionistas son inaceptables y ejercen violencia contra tal irreducibilidad intrínseca. Argumentos en esta dirección han sido propuestos desde diversas posturas filosóficas, pero probablemente quienes hayan atacado directamente el corazón del reduccionismo (en todas sus vertientes y modelos) sean los llamados pluralismos científicos. La idea central del pluralismo científico (ver, por ejemplo, Keller, Longino y Waters 2006) es que la pluralidad en la práctica científica, es decir, la pluralidad de teorías, modelos, leyes, métodos e incluso ontologías no es superflua, no puede unificarse por completo y guarda cierta irreducibilidad que le es inherente; tales rasgos son un aspecto positivo de la actividad científica y que uno debiera reconocer y promover, en lugar de eliminar.
A la luz de esto, el reduccionismo no sólo desvirtúa la propia actividad científica, sino que promueve una imagen equivocada del mundo natural. Esta idea es compartida por casi todos los pluralismos científicos, aunque existen divergencias entre ellos. Estas divergencias, desde un punto de vista general, tienen que ver con hasta dónde extender las tesis pluralistas. Algunos/as filósofos pluralistas han defendido un pluralismo de tipo epistémico al sostener que no es un objetivo de las ciencias la búsqueda de una teoría fundamental o de una verdad única, sino que su desarrollo es posible mediante el cultivo de múltiples sistemas científicos y líneas de investigación, con cánones de corrección y verdad inherentes: la verdad de una afirmación científica no está dada por una relación de correspondencia unívoca con el mundo externo, sino con el grado de coherencia que mantiene con otros enunciados dentro de una red o sistema de conocimiento. Hasok Chang (2012) ha defendido esta clase de pluralismo, principalmente en el ámbito de la química, tanto para mostrar su autonomía respecto de la física como para mostrar la pluralidad de teorías y metodologías que conviven en su interior.
El pluralismo epistémico de Chang, así como también otros pluralismos epistémicos, no se comprometen directamente con una defensa metafísica de la 87 pluralidad. En general, ponen el foco en aspectos semánticos o metodológicos de la actividad científica, y no en los aspectos ontológicos de las teorías. Sin embargo, han aparecido en la escena filosófica posiciones que extienden las tesis pluralistas a las ontologías de las teorías. Estos pluralismos metafísicos u ontológicos no sólo defienden que la actividad científica es irreduciblemente plural, sino que la naturaleza misma también lo es: la aparente multiplicidad de entidades, propiedades y relaciones que encontramos en el mundo no es, en absoluto, aparente, sino que es un rasgo intrínseco de una realidad plural (por ejemplo, Cartwright 1999, Dupré 1993). Olimpia Lombardi y Ana Rosa Perez-Ransanz (2012) también han defendido un pluralismo ontológico de corte kantiano, con fuerte presencia en el ámbito de la filosofía de la química. De acuerdo con este pluralismo, no existe un mundo científico unificado, sino una multiplicidad de mundos.
La idea de Lombardi y Perez-Ransanz es mostrar que las teorías científicas funcionan dentro de esquemas conceptuales que constituyen su propia ontología, a partir de conceptos históricamente desarrollados: uno no sólo encuentra diferentes esquemas conceptuales en la historia de las ciencias, sino también en la práctica científica actual. Entonces, cualquier intento de reducir una teoría a otra se vuelve una práctica inconducente, ya que presupone una unidad que trascendería todo marco conceptual, ontología y teoría. En esta línea, la química macroscópica es una teoría científica dentro de un esquema conceptual que no es ni más verdadera ni más falsa, ni menos ni más fundamental que la química cuántica: estas teorías pertenecen a esquemas conceptuales diferentes, y las entidades, propiedades y relaciones que cada teoría postula pertenecen a ontologías diferentes. Y es en este sentido que cualquier programa reduccionista está destinado al fracaso: no sólo no representa adecuadamente la actividad científica, sino que tampoco la manera en la que conocemos científicamente el mundo.
6. Conclusiones
En este capítulo he presentado una variedad de modelos reduccionistas desarrollados en la filosofía de las ciencias en el siglo veinte, en el marco de la motivación de unificar tanto la actividad científica como el mundo que describe. En la última parte he introducido dos críticas generales al proyecto reduccionista como tal, las cuales han impuesto serios límites a las posibilidades del sueño original de una ciencia universal, unificada y jerarquizada. Nuevos modelos y actitudes reduccionistas se han abierto paso por un camino más modesto, liberal, localista y laxo, sin renunciar a las virtudes de la unificación y simplificación en nuestro entendimiento del mundo natural. Si no es posible una unificación universal, al menos su idea sirve como una heurística para la búsqueda de reducciones parciales y locales.
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