1. La ambigua modernidad
No deja de ser curiosa la coincidencia temporal de estos dos hechos históricos:
1.- La revolucion copernicana, que destierra al sistema solar, y con él al hombre del centro del universo. Esta "humillación a la especie" sólo será la primera, tras ella vendrán Darwin y Freud. El primero en lo biológico y el segundo en lo mental harán lo mismo que Copérnico en lo astronómico.
2.- El humanismo filosófico, que centrará en el Hombre el interés de la filosofía. No existe una física, metafísica o matemática humanista, pues la materia específicamente humanista fue materia moral, por lo que no se producirán interferencias entre ambos hechos.
El hombre se sitúa a medio camino entre el microcosmos y el macroosmos, en en nudo (copula mundi) entre ambos extremos. Al hombre le compete dirigirse a cualquiera de dichos extremos, pues su peculiar posición se debe a su intrínseca libertad. Como ejemplo del cambio de mentalidad podemos mencionar la llamada "Controversia de Valladolid" en la que se discutía el estatus humano de los indios de América ocurrida en 1.550 entre Juan Ginés de Sepúlveda y Fray Bartolomé de las Casas. El segundo es el "moderno", en tanto que aduce la condición humana de los indios por el hecho de ser seres libres.
La ambigüedad de la modernidad se debe a dos tendencias opuestas:
1.- El potencial civilizatorio.
2.- La despiadada capacidad de explotación.
Ambas tendencias fueron además exportadas al mundo entero por el expansionismo imperialista. Dos tendencias que están asimismo representadas desde el punto de vista político por dos escritores de los albores del Renacimiento:
1.- Nicolás Maquiavelo. Autor de El príncipe
Representa la fría mirada y cínica por momentos del realismo político
2.- Tomás Moro. Autor de Utopía
Representa una cálida versión del utopismo.
Sin embargo el propio Maquiavelo no es ajeno a la trágica tensión entre lo que es y lo que debería ser en la política. Kant heredará todas estas ambigüedades de la modernidad, que podemos resumir en dos sentencias contradictorias: "Homo homini lupus", que Hobbes recoge de Plauto y "Homo homini sacra res", que el iusnaturalismo recoge de Séneca. Kant afirmará que el hombre ni es una bestia ni es un dios, pero puede acercarse a ambas por medio del ejercicio de su voluntad autónoma y de su libertad.
Podemos reafirmar el pensamiento de Kant a través de dos descacuerdos importantes:
1.- Frente a Lutero, que dijera que "lo que Dios quiere no lo quiere porque sea justo, estando obligado a ser querido por tal motivo; sino que es justo porque Dios lo quiere". Kant está en desacuerdo porque si así fuera, se anularía la libertad del hombre frente a la voluntad de Dios.
2.- Frente a Kierkegaard, que un siglo después de Kant afirmaría que la orden de Dios a Abraham de sacrificar a su hijo Isaac cancela cualquier reserva moral de éste. Kant afrmará que el sacrificio de Isaac hubiera sido un acto inmoral.
2. Kant y la Ilustración (Ver el vocabulario kantiano)
2.1. Biografía de Kant
Inmanuel Kant vivió toda su vida en Königsberg, posteriormetne Kaliningrado. Procedía de familia modesta y cristiana. Su vida se centró en la universidad, siendo un profesor amado por sus alumnos. En cuanto a su filosofía, Kant es deudor de:
1.- Christian Wolff.
Wolff afirmaría que los entes de la realidad existen en virtud del principio de no-contradicción y el principio de razón suficiente. Para Wolff, todo lo real es racional, y todo lo racional es real. considera a Wolff «el mayor de todos los filósofos dogmáticos».
2.- Hume
El empirismo antimetafísico de Hume fue de capital importancia para Kant. "El yo no es una substancia, sino un haz de percepciones y sentimientos; del mundo sólo conocemos las conexiones de algunos hechos, sin certeza alguna y sobre Dios la única posición que cabe es el agnosticismo" afirmaría Hume. Kant agradecería siemrpe a Hume el "haberle despertado del sueño dogmático (de Wolff)"
3.- Rousseau
Para Rousseau, con independencia de que tengan razón quienes atribuyen a Dios la voluntad de permitir el mal en el mundo o a quienes desde la Teodicea afirman lo contrario, el mal social es imputable a los humanos y se podría tratar de remediar mediante la organización democrática de la sociedad conforme a los postulados del Contrato Social. Kant reconocería que Rousseau le devolvió el sentido de humanidad. Así como gracias a Hume concibió Kant al hombre como el centro en el acto del conocimiento, cabría decir que ahora el sujeto (sujeto moral y no como antes sujeto cognoscente) ocupa el lugar central en virtud de la legislación moral que el hombre se impone a sí mismo, que no está impuesta heterónomamente desde fuera. Semejante autonomía moral excluye la posibilidad de que lo que éste (el sujeto moral) tenga por deber, dictado por la voz interior de su conciencia, venga dictado por los estímulos exteriores. Algo de esto debió ser ya advertido por Hume cuando denunciaba la falacia de extraer conclusiones normativa (debo hacer tal cosa) a partir de premisas fáctica (tal cosa ES provechosa o placentera)
De Rousseau heredará Kant su admiración por la Ilustración en general, plasmada en sus célebre frases en su obrita ¿Qué es la Ilustración?
Ilustración significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad de la que él mismo es culpable. Esta minoría de edad significa la incapacidad para servirse de su entendimiento sin ser guiado por otro. Y uno mismo es el culpable de dicha minoría de edad cuando la cusa no reside en la falta de entendimiento, sino en la falta de valor y de resolución para servirse del suyo propio sin la guía de algún otro. Sapere aude! ¡Te en valor de servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la Ilustración.
A eso es a lo que Kant denomina el uso público de la razón. Uso público que fue visto en entredicho o al menos contemplado con reservas tras los acontecimientos de la revolución francesa. Las casa reinantes temían que el uso público de la razón terminara con la decapitación no menos pública de sus monarcas. La apología del uso público de la razón se atemperó en parte por estos acontecimientos que veían al "pueblo" como "masa", más que como seres racionales. El propio Kant terminaría restringiéndola a las áreas académicas.
Por influencia de Hume, Kant admirará a Newton, y por influencia de Rousseau, a la Revolución Francesa.
3.- El lugar de la ética en la filosofía kantiana
En plena Ilustración, hasta la aparición de Kant, los pensadores anteriores eran meros philosophes en el sentido dieciochesco del término: enciclopedistas, librepensadores e ilustrados tipo Diderot. Kant será el primer filósofo en sentido pleno y moderno de la palabra del siglo XVIII. Ahora que está en boga un "zurück zu Kant", retorno al neokantismo; es conveniente advertir que tal retorno es una traición al propio Kant. No hay vueltas a trás. Lo importante no esa día de hoy la respuesta que Kant dió a sus interrogantes, la vida filosófica está en las propias preguntas capitales que Kant se hizo a sí mismo. Esas preguntas son: ¿Qué puedo saber?, ¿Qué debo hacer? y ¿Qué me es dado esperar?, y a modo de compendio de las tres, ¿Qué es el hombre?. Las veremos detenidamente.
3.1. ¿Qué puedo saber?
A esta capital pregunta dedica Kant su Crítica de la razón pura (CRPu) en 1.718. Kant intenta responder a la pregunta diseñando la estructura del sujeto cognoscente de acuerdo con los presupuestos del trascendentalismo (trascendentalismo es creer en una realidad superior que la adquirida mediante la experiencia de los sentidos), que son dos:
1.- El sujeto tiene la sensibilidad configurada en el espacio y en el tiempo.
2.- El entendimiento está sujeto al principio de causalidad.
Este sujeto idealizado será llamado sujeto trascendental, y este esquema general revela deudas con la ciencia de su tiempo (mecánica newtoniana y determinismo general implícito en la mecánica clásica). No se tiene en cuenta ninguna ley estadística y la predictibilidad es completa, al menos en principio. Explicación y predictibilidad son las dos caras de la misma moneda. El sujeto trascendental kantiano (el "yo pienso" que ha de acompañar necesariamente todas mis representaciones) no es el sujeto empíricamente percibido (por la experiencia sensible externa o por introspección), puesto que ese sujeto empíricamente percibido, será percibido (hemos de suponer) por "alguien". Otro tanto si ahora reflexionamos sobre este segundo "yo", si le tomamos como objeto de nuestra consideración, que ha de ser entonces "objeto" de un supuesto "sujeto". Y así sucesivamente. Por lo que tendríamos que llegar a un yo "pensado, pero no conocido" (si fuera conocido lo sería por alguien de nuevo) y a ese sujeto Kant lo denomina sujeto trascendental, en el sentido de que es una suposición que le resulta inevitable para dar cuenta del conocimiento, esto es, en el sentido de condición de posibilidad del mismo.
Sin embargo, en ciencias sociales se da una asimetría entre explicación y predicción, proque los agentes sociales pueden actuar a posteriori de la rpedicción paraacelerar su cumplimiento, o para forzar su incumplimiento (self fulfilling y self-defeating prophecies). Marx no cayó en ello cuando profetizó la caída del capitalismo.
Kant opinaba que la razón teórica no puede ir más allá de lo autorizado por la estructura del sujeto cognoscente (no debe entrar en "metafísicas"). Por ejemplo: la ley de causalidad impera en el mundo, pero no se puede probar que el mundo en su conjunto tenga una causa, o que no la tenga. Estas dificultades se denominan antinomias de la razón.
Kant estudia la antinomia de la causalidad y de la libertad. Los agentes naturales operan bajo la ley de la causalidad, pero los agentes humanos, también sujetos a dicha ley, actúan también "por intenciones", no sólo "por causas". Podemos atribuir meras causas explicativas a los comportamientos de los demás, pero cuando hacemos lo mismo con los propios, estamos eludiendo nuestra responsabilidad. "No pude actuar de otra forma", "No pude hacer otra cosa que lo que hice" implica otorgarme el beneficio de la causalidad, dimitir de mi condición de persona y de mi libertad, haciéndome cosa entre las cosas. Kant en realidad no "resuelve" la antinomia, pero presentándola en su cruda realidad, la "disuelve". Aducir la causalidad y la necesidad es hacer trampa y renegar de mi intrínseca libertad, que lleva aparejada la responsabilidad. En gran medida Kant es precursor de Sartre con su "estamos condenados a ser libres".
3.2. ¿Qué debo hacer?
Esta pregunta nos introduce en el ámbito de la moralidad, exclusivo de la especie humana.
Para responder a este pregunta Kant publica la Fundamentación de la metafísica de las constumbres (FMC) y la Crítica de la razón práctica (CRPr). Esta pregunta compete sólo al hombre: las bestias están regidas completamente por la ley de causalidad, y para ellas no existen intenciones; mientras que para Dios no existe la diferencia entre razón y voluntad, pues su voluntad es por definición el bien racional sin necesidad de verse movida por ningún deber. El estatus humano, a medio camino entre bestias y dioses en virtud de su intrínseca libertad es el que hace que la pregunta sea sólo de capital importancia para él.
El esquema de pensamiento kantiano a este respecto es como sigue:
· Cada cosa opera en la naturaleza con arreglo a leyes.
· Sólo un ser racional opera con arreglo a principios, esto es, posee una voluntad.
· Para derivar acciones a partir de leyes se requiere una razón, y la voluntad no es sino una razón práctica
· Si la razón determinara indefectiblemente la voluntad, entonces:
- las acciones reconocidas como objetivamente necesarias también lo serían subjetivamente.
- la voluntad sería la capacidad de elegir sólo lo que la razón conoce, con independencia de inclinaciones subjetivas.
· Si la razón no determinara la voluntad, entonces:
- la voluntad se vería sometida también a presiones subjetivas (móviles) que no siempre coinciden con las objetivas.
- la voluntad no sería de suyo plenamente conforme a la razón.
· El segundo es el caso real de los hombres, por lo que para éstos, ocurre que las acciones que son reconocidas por la razón como objetivamente necesarias, son subjetivamente contingentes. La determinación de la voluntad con arreglo a principios objetivos supone un apremio.
· Un principio que apremia a la voluntad para sincronizarse con la razón objetiva se denomina mandato, y su formulación es un imperativo.
· Una voluntad perfectamente buena se hallaría igualmente bajo leyes objetivas, pero no necesitaría el apremio para actuar conforme a la ley justa. En este caso el deber no viene al caso. De ahí que los imperativos sean sólo fórmulas apremiantes para subjetividades imperfectas, como ocurre con la voluntad humana.
Por supuesto, no todo imperativo es un imperativo moral, también existen imperativos hipotéticos, sujetos a una condición. (Si quieres vivir muchos años, debes dejar de fumar). Un imperativo moral es un mandato que ordena lo que ordena sin tener en cuenta ninguna finalidad ulterior a conseguir con nuestra acción, como la evitación de un castigo o el logro de una recompensa. Eso es un imperativo categórico. Sin embargo no debe ser confundido con una máxima de conducta, de las que hay a miles, y a veces son mutuamente contradictorias. Un imperativo categórico no puede ser un dictado por voluntad de otro, aunque ese otro sea Dios, porque anularía mi libertad. La supuesta ley de Dios es heterónoma de mi voluntad, y por lo tanto no es ley moral. Sólo si yo la hago mía libremente presupondría un ejercicio de moralidad por mi parte.
Así, consigue Kant el enunciado de su imperativo categórico que debe guiar un comportamiento moral:
Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda valer al mismo tiempo de legislación universal.
En la FMC aparece así:
Obra sólo según una máxima que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal.
Y en la CRPr, así:
No llevar a cabo ninguna acción por otra máxima que ésta; a saber, que dicha máxima pueda ser una ley universal, y por lo tanto que la voluntad pueda a la vez considerarse a tenor de ella como universalmente legisladora.
En síntesis el imperativo categórico nos viene a decir que ninguna máxima de conducta puede elevarse a la categoría de ley moral si no admite ser universalizada. Como crítica a la moral kantiana así formulada, podemos comentar que no nos proponer realizar ningún bien, porque se desentiende de la consecuencias de nuestros actos. Es una moral deontológica. No deja hueco para la felicidad humana, como lo hacen las éticas teleológicas.
Por otro lado, la moral kantiana tampoco es una moral de las consecuencias, ni mucho menos de los resultados o del éxito. El valor moral de nuestras acciones no se mide, según Kant, por nada de eso, pues sería instrumentalizar la ética. Por el contrario, el valor moral de nuestras acciones se mide únicamente para Kant por la recta intención con la que las asumamos. De ahí que nos afirme que lo único verdaderamente bueno del mundo es la "buena voluntad".
La ética kantiana es esencialmente problemática: el problema es la conciliación entre dos extremos:
1.- la aspiración de universalidad del principio categórico y
2.-la exigencia de autonomía de los sujetos morales.
¿Cómo garantizar tal consenso? Jürgen Habermas ha reformulado este intento en términos dialógicos:
En lugar de considerar como válida para todos los demás cualquier máxima que quieras ver convertida en ley universal, somete tu máxima a la consideración de todos los demás con el fin de hacer valer discursivamente se pretensión de universalidad. (J. Habermas)
A esta propuesta se le puede achacar la ambigüedad del adverbio discursivamente, pues tal concepto no garantiza unanimidad, y es perfectamente disputable que una ley de mayorías garantice la moralidad.
En la propia FMC Kant hace un enunciado alternativo que no apela a la universalidad:
Obra de tal modo que tomes a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca meramente como un medio.
Se ha dicho que esta forma del principio categórico es más material y menos formal que las otras, porque aporta un contenido intrínseco de valor a la dignidad humana, aunque a través de las épocas la utilización y sojuzgamiento de los otros (o sea, la violación de esta forma del principio) pueda adoptar formas muy diversas. (No es lo mismo el abuso en estado de esclavitud, que en un siervo de la edad media, o un obrero moderno).
En cuanto a otras críticas de la moral kantiana, no es cierto que sea ajena a los fines de las acciones humanas y de la felicidad. Respecto a los fines, diría Kant que los fines que deben ser tomados por deberes son "La propia perfección y la felicidad ajena" a la vez que advierte del peligro de la tentación de convertir por deberes "La perfección ajena y la propia felicicidad". No hay en Kant un mandato eudemonístico del tipo "Sé feliz". Si cumplir el deber por el deber parece demasiado duro, Kant se dedica también a responer a la siguiente pregunta:
3.3. ¿Qué me es dado esperar?
Kant introduce dos postulados de la razón práctica:
1.- La inmortalidad del alma
2.- La existencia de Dios.
No hay consenso sobre los motivos de tal metafísica en Kant, pero parece que el motivo no es otro que un enorme sentimiento de religiosidad. Kant, que en sus Críticas había declarado expresamente que allí trataba de poner límites a la razón teórica para así "hacer un lugar a la fe", pasaría ahora a defender la posibilidad de una fe racional. Según esta visión Dios no sería el garante de la ética, sino que la ética sería la garantía de la existencia de Dios, entendido como "sumo bien".
Además de ese sumo bien originario, que identificaba con Dios y que remitía a una felicidad ultraterrena, Kant no dejó de tener en cuenta la posibilidad de un sumo bien derivado al que apuntaría la esperanza de que los hombres puedan ser un poco más felices también en la tierra. Con oras palabras: la filosofía de la religión no es la única encargada de responder a la pregunta ¿Qué puedo esperar?, sino que también compete a la Filosofía de la Historia. SObre la base del imperativo categórico a Kant le gustaba hablar del reino de los fines en el que los seres humanos se tendrían recíprocamente unos a otros como fines en sí mismos. Este reino no pasa de ser un ideal. Kant sintíó simpatía por los procesos revolucionarios de si época: la Guerra de la Independencia Americana y la Revolución Francesa especialmente, pues las veía como un impulso dado a la historia desde la disposición moral humana a mejorar. Se trata de un acercamiento real ai ideal del reino de los fines, tal y como lo relata en su opúsculo "La paz perpetua".
4. Nuestro presente y Kant
A diferencia de Hegel, y también de Marx, Kant no cree que sea posible escribir a priori la historia. La Historia no obedece a otras leyes que a las que le va dando el Hombre mediante su acción “La única posibilidad de que haya una historia a priori es que el adivino se convierta en actor y realiza lo que anuncia que va a pasar”.
“Si cupiese atribuir al Hombre una voluntad innata y permanentemente buena, aunque limitada, podríamos entonces predecir con total seguridad ese progreso de la especie hacia lo mejor, pero como en tal disposición se da una mezcla de bien con mal, cuya proporción a demás se desconoce, lo cierto es que se desconoce qué resultado pueda esperarse de ello.”
Esta imposibilidad incluye el ponerle el punto final a la Historia (paráfrasis de un nuevo comienzo en una nueva etapa, como predijera Marx) o el filósofo de la Historia Bloch, marxista utópico que nos habla del final feliz al que da el nombre de utopissimum y que entraña nada menos que la realización del Sumo Bien de la felicidad universal sobre la Tierra, el éschaton. Acontecimientos como El Gulag, Auschwitz o Hiroshima nos debieran recordar que el fracaso completo de la humanidad no es algo totalmente a descartar.
Sin embargo, aunque Bloch afirmara que “El optimismo militante avanza con crespones negros”, la realidad es que se avanza, y dicho avance resulta inconcebible sin la mirada puesta en una meta. Kolakowski nos advierte del peligro de creer que “ya hemos llegado”, que la misión se ha cumplido. Eso ocurrió con El Gulag, en el que las atrocidades se cometieron no como en Hiroshima, resultado de un frío y repugnante cálculo de mal menor, no como en Auschwitz, fruto de una ideología demoníaca, sino en aras de unos principios que parecían nobles, aplicables en el fin actual de la Historia: la realización práctica del paraíso socialista. Kant no concibe la meta como último término realizable, sino como progreso continuo hacia ella: siempre nos será dado imaginar un mundo mejor. Esto convierte en buena la mala finitud: no debemos sólo considerar la Historia como inconclusa, sino como moralmente inconcluible, y perpetuamente mejorable mediante el esfuerzo moral.
¿Cómo hacer operativa la idea de progreso entendido como esfuerzo moral? Aunque Kant coqueteó con ideas teleológicas como “intención de la naturaleza” en cuanto al progreso en general, o “designio de la providencia”, el meollo de su ética no es otro que la asignación al individuo de la condición de protagonista moral, pues a él se dirige el imperativo categórico en cualquiera de sus formas. Para poner en práctica tal precepto no hace falta un acuerdo dialógico a lo Habermas, basta con la asunción individual de cada uno de nosotros. El hombre en cuanto a fin en sí no es un fin más que podamos conseguir, sino que es un fin a concebir de modo puramente negativo: algo (o mejor dicho alguien) contra lo que no se puede actuar en caso alguno.
La negativa a atentar contra la dignidad humana bien podría merecer la denominación de Principio de la disidencia. Esta actuación sólo sería posible desde la inapelable autonomía moral que preconiza Kant.
Michel Foucault nos recuerda que ante la pregunta última de Kant, ¿Qué es el hombre? cabe asimismo el ejercicio de la negación, de la disidencia, negarse a eso que somos, para rehacernos. Así, es posible ver en Kant una pars destruens, a la vez de una pars construens mientras se reafirma en la creencia de la construcción de un reino de los fines, al cual no pone fecha. En esta indefinición ha querido ver Foucault el presente kantiano de la Ilustración y también el nuestro.
5.- ¿Qué es el hombre?
Nuestro presente comporta la percepción de estar viviendo el cierre de una época, la era de la modernidad, y dando paso a una nueva que podríamos llamar provisionalmente postmoderna. Sin embargo todas las épocas se han considerado en su momento “modernas”. No es lo mismo la crisis de la modernidad del barroco o del romanticismo, que la crisis de “nuestra modernidad”. Lo que en nuestro caso parece estar en crisis es la suma de valores de la Ilustración. La postmodernidad es postilustración.
La Ilustración fue ante todo un momento de confianza en la razón humana. Época dorada de la historia de la humanidad en la que pueden por vez primera acariciarse logros de abandono de la superstición por un lado y de los despotismos que con que contra toda razón se ha oprimido a los hombres a lo largo de la historia. El sueño de la Ilustración es el sueño de la razón. Alusión al grabado de Goya y varias interpretaciones: premoderna o antiilustrada, queriendo decir que el delirio humano de intentar racionalizar el mundo, olvidando las sanas tradiciones no puede traer nada bueno; la moderna o ilustrada que preconiza que la dejación de la razón, o su adormilamiento perezoso sólo puede producir males y la tercera, o postmoderna, que afirma que la pretensión ilustrada es un sueño excesivamente ambicioso, que no ha traído las consecuencias deseadas. Evidentemente el sentido de Goya era el segundo. Y es al que se hubiera adherido Kant.
No obstante, Kant fue el primero en advertirnos que las luces de la razón están también pobladas de sombras, y de que “con una madera tan torcida como aquella de la que está hecho el ser humano, no es fácil hacer una vara recta”. La propensión humana hacia el mal era harto conocida para Kant, y visto el Gulag, Hiroshima o Auschwitz, las desconfianzas del postmoderno hacia la razón no pueden desecharse con un simple ademán. Unos párrafos de Kant aclaran su concepto de la condición humana:
Dos cosas colman el ánimo con una admiración y veneración crecientes: el cielo estrellado sobre mí, y la ley moral dentro de mí. El primer espectáculo de un sinfín de mundos aniquila mi importancia en cuanto a criatura animal que ha de reintegrar al planeta esa materia que un breve lapso fue dotada de energía vital; en cambio el segundo espectáculo eleva mi valor en cuanto a inteligencia gracias a mi condición de persona.
Tras estos sublimes párrafos, vuelve Kant con sus reticencias y advertencias al respecto del uso de la razón:
Nuestra contemplación del mundo se originó con el más espléndido panorama que pueda brindarse a los sentidos del hombre y dejarse abarcar en toda su extensión por nuestro entendimiento, y terminó... en la astrología. La moral tomó origen en el más noble atributo de la naturaleza humana, cuyo desarrollo y cultivo hacían vislumbrar un proyecto inexhaustible, y terminó... en el fanatismo o la superstición.