La permanencia del agua no fue casual. La Tierra se formó a la distancia justa del Sol, ni demasiado cerca, ni demasiado lejos. Los astrónomos llaman a esta región la zona habitable, el espacio donde el agua puede mantenerse en estado líquido de forma estable. En estas condiciones y con pequeños cambios de temperatura o presión, el agua puede alternar entre hielo, líquido y vapor con relativa facilidad. En un intervalo de apenas 100 grados Celsius ,el agua cambia de fase, puede solidificarse en cristales de hielo o evaporarse en un gas casi imperceptible. Ese rango puede parecernos amplio, pero si se compara con los extremos del universo, entre el calor abrasador de las estrellas y el frío absoluto del espacio profundo, es una coincidencia extraordinaria que nuestro planeta ocupe precisamente
la región donde las tres fases pueden coexistir y es esa coexistencia, la que impulsa la dinámica de la Tierra. Tras el bombardeo que aportó el agua, comenzaron a actuar los procesos físicos y químicos. El vapor acumulado en la atmósfera primitiva se enfrió y se condensó en diminutas gotas suspendidas en el cielo. La superficie maltratada del planeta quedó envuelta en una densa cubierta de nubes. En el interior de esas nubes, las gotas se unieron, algunas se congelaron. Finalmente cayeron por primera vez, la lluvia y la nieve descendieron sobre la corteza aún caliente chisporroteando al contacto con la roca que seguía liberando calor interno. Es posible que aquella primera tormenta se prolongará durante miles de años. Una lluvia persistente que marcó el inicio de una nueva era, el agua líquida comenzó a fluir cuesta abajo, desde las cumbres volcánicas hasta las depresiones fracturadas del terreno. En su descenso erosionó lentamente la roca, excavando los primeros cauces. Las hondonadas se llenaron, primero como charcos, luego como lagunas. A medida que los valles se colmaban bajo el flujo constante, los lagos crecían y rebosaban unos hacia otros. Cuando el nivel global aumentó lo suficiente, nacieron los primeros mares y océanos. Entonces se activaron reacciones químicas profundas entre el agua recién llegada y la corteza primitiva. El agua disolvió minerales, transportó iones y generó nuevos compuestos. La composición de la atmósfera y de los océanos comenzó a transformarse. La lluvia que atravesaba una atmósfera rica en dióxido de carbono, adquiría carácter ácido. Esa lluvia ácida erosionaba las rocas y liberaba elementos, que arrastrados hasta el mar, contribuían a su salinidad creciente. En las regiones polares, donde el Sol apenas se elevaba en el horizonte y los inviernos se prolongaban. Las temperaturas descendieron por debajo del punto de congelación. Allí el agua se solidificó en nieve. Durante miles de años, los copos se acumularon hasta formar masas de hielo que coronaban montañas. Esos glaciares comenzaron a desplazarse lentamente pendiente abajo, triturando la roca a su paso. En sus extremos, el hielo se fundía y retornaba al océano global en expansión. Más cerca del Ecuador, el panorama era distinto. El Sol alto en el cielo calentaba la superficie oceánica. El agua se evaporaba llenando la atmósfera de vapor invisible. Ese vapor ascendía, se enfriaba y volvía a condersarse en nubes. Así se cerraba el ciclo, solo para comenzar de nuevo. Desde sus primeros aportes hasta hoy. Las moléculas de agua que llegaron hace miles de millones de años siguen circulando por el planeta, pasando sin descanso entre la superficie, los océanos y la atmósfera. Ese ciclo hidrológico impulsa el clima, modela el relieve y actúa como una fuerza constante que esculpe lentamente la faz de la Tierra. El clima está gobernado, en última instancia, por la temperatura que regula el ciclo del agua. Reconstruir el clima primitivo de la Tierra noes sencillo. A lo largo de más de 4.000 millones de años, el planeta atravesó extremos, etapas en las que el hielo cubrió casi toda su superficie y otras en las que ni siquiera los polos conservaron glaciares. Solo lo sabemos por las huellas inscritas en las rocas, porque de los primeros capítulos apenas quedan vestigios. El Sol brillaba con menor intensidad en sus inicios. Con menos energía disponible, la Tierra podría haber sido un mundo helado. Sin embargo, tras el impacto que formó la Luna, el planeta era geológicamente muy activo. Volcanes gigantes liberaron grandes cantidades de dióxido de carbono y metano, creando una atmósfera densa, que actuó como una manta térmica, aunque el Sol fuera más débil. Ese efecto invernadero primitivo permitió mantener un clima cálido y un ciclo del agua vigoroso sobre una corteza aún inestable. Durante todo ese tiempo ,el agua permaneció, se congeló en glaciaciones globales, se evaporó en fases más cálidas y circuló entre océanos atmósfera y corteza durante miles de millones de años, infiltrándose en el interior mediante la tectónica y regresando con el vulcanismo. Pero conservar agua no dependía solo de la distancia adecuada al Sol, también dependía del tamaño del planeta. La Tierra fue lo bastante grande como para retener su calor interno y mantener activo su núcleo metálico. En ese hierro fundido en movimiento se genera el campo magnético que protege la atmósfera de viento solar y evita que el vapor de agua sea arrastrado al espacio. Marte, mucho más pequeño, se enfrió antes, su núcleo perdió dinamismo, su campo magnético desapareció y su atmósfera quedó expuesta. El viento solar la erosionó durante millones de años y con ella se perdió casi toda el agua líquida, quedando apenas hielo en los polos. Así ,un mundo que pudo tener océanos, terminó convertido en un desierto frío y silencioso. La historia de la Tierra es el resultado de una combinación extraordinaria, la distancia justa al Sol, un tamaño suficiente para sostener un núcleo activo, una atmósfera capaz de retener calor y un pasado de impactos extraterrestres que aportaron los ingredientes esenciales. De esa cadena de circunstancias surgió el planeta oceánico que habitamos.