Imaginación, Fabulación, mentira y mitomanía: Relatos del barón de Munchausen. “Mi segundo viaje a la luna”.

Tema IX. PSICOPATOLOGÍA Y FENOMENOLOGÍA DE LOS DELIRIOS FANTÁSTICOS O PARAFRENIAS. 

 Psicopatología clásica para residentes MIR y PIR psiquiatría. 

Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza.  

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Docencia residentes mir y pir psiquiatría y psicología de Aragón

Las parafrenias: 

Ver Nosología de la imaginación, fabulación y fantasía delirante:

- Delirios crónicos fantásticos y delirios de imaginación o parafrenias

 

¿quién fue el barón de Munchausen?.

¿un cuentista, un fabulador, un embustero, un mitómano, o un parafrénico?.

 

Kart Hieronymus von Münchhausen (1720-1797) nació y murió en Bodenwerder,  en el seno de un ilustre familia de la Baja Sajonia.  Oficial del ejército ruso, participó en la campaña contra los turcos. Famosos por las historias que contaba, y por las fanfarronadas de que hacía gala. Se convirtió en un personaje legendario por sus aventuras e imaginación que plasmaba en sus cuentos fantásticos.

La obra escrita –publicada en 1786- procede de Rudolf Erich Raspe, en inglés. Un personaje  también rocambolesco como Munchausen, y tenido por embaucador y mentiroso. Dicha traducción procedería de la tradición oral de los cuentos de Munchausen, recogidos por sus compañeros en un “Vademecun de los alegres compañeros”.  (Vademecun für lustige Leute, 1781-1783)

El poeta, teólogo, y  profesor alemán G. August Bürger, y hombre también de compleja personalidad, lo tradujo a la lengua original alemana, en 1876, siendo un rotundo éxito en ese país.

 

Veamos qué nos cuenta nuestro querido Munchausen:

 

Mi segundo viaje a la luna”. Relato verídico  del barón de Munchausen.

¿Os he hablado, señores, de un viaje que hice a la luna a buscar mi hacha de plata?.

Pues saber que después tuve ocasión de volver a ella, pero de una manera mucho más agradable, permaneciendo allí bastante tiempo para hacer varias observaciones, que voy a comunicaros tan exacta­mente como mi memoria me lo permita.

 

    A uno de mis parientes lejanos se le metió en la cabeza que debía haber con toda seguridad en alguna parte un pueblo igual en gran­dor al que Gulliver pretende haber hallado en el reino de Brobding­nag, y resolvió partir en busca de este pueblo, rogándome que lo acom­pañara.

Por mi parte, yo había considerado siempre que la narración de Gulliver no era sino un cuento de niños, y no creía más en la existen­cia de Brobdingnag que en la de Eldorado; pero como este honora­ble pariente me había instituido su heredero universal, ya compren­deréis que le debía algunos miramientos.

Llegados felizmente al mar del Sud sin encontrar nada digno de mención, a no ser algunos hombres y mujeres volantes que danzaban el minué en los aires.

 

    Dieciocho días después de haber pasado a Otaiti, Se desencade­nó un huracán que arrebató a nuestro barco a cerca de mil leguas sobre el nivel del mar y nos mantuvo en esta posición durante mu­cho tiempo.

 

    Por último, un viento favorable infló nuestras velas y nos llevó con rapidez extraordinaria.

Viajábamos hacía seis semanas por encima de las nubes, cuando descubrimos una vasta tierra, redonda y brillante, semejante a una espléndida isla. Entramos en un excelente puerto, saltamos a tierra y encontramos el país habitado.

Alrededor, veíamos ciudades, árboles, montañas, ríos, lagos, de tal manera que creímos haber vuelto a la tierra que habíamos dejado.

 

    En la luna, porque la luna era la isla resplandeciente a que aca­bábamos de arribar, vimos grandes seres montados en buitres de tres cabezas. Para daros una idea de las dimensiones de estos pájaros, sólo os diré que la distancia de uno a otro extremo de las alas era seis veces mayor que la mayor de nuestras vergas. En vez de montar a caballo, como nosotros los pobres habitantes de la tierra, los de la luna cabalgaban en estos grandes pájaros.

    Cuando nosotros llegamos, el rey de aquel país estaba en guerra con el sol, y me ofreció un despacho oficial; pero yo no acepté el honor que me ofrecía Su Majestad.

Todo en aquel mundo es extraordinariamente grande; una mos­ca ordinaria, por ejemplo, es casi tan grande como un carnero de los nuestros. Las armas usuales de los habitantes de la luna son rábanos silvestres que manejan como jabalinas y dan la muerte a los que alcanzan. Cuando la estación de los rábanos ha pasado, emplean los espárragos con el mismo éxito. Por escudos usan grandes hongos.

 

Vi también en aquel país algunos naturales de Sirio que habían ido allá a negocios propios; tienen cabezas de perros dogos y los ojos en la punta de la nariz, o más bien en la parte inferior de este apén­dice. No tienen cejas y, cuando quieren dormir, se cubren los ojos con la lengua; su estatura, por término medio, es de veinte pies y la de los habitantes de la luna no baja nunca de treinta y seis.

 

    El nombre que lleva estos últimos es singular: puede traducirse por seres cocedores, llamándose así porque preparan su comida al fue­go, como nosotros.

 

    Los goces del amor son completamente desconocidos en la luna, porque así entre los seres racionales como entre los brutos, no hay más que un solo sexo. Todo nace en árboles que difieren infinita­mente unos de otros, según el fruto que producen. Los que produ­cen seres racionales u hombres son mucho más bellos que los otros; tienen grandes ramas rectas y hojas de color de carne, consistiendo su fruto en nueces de cáscara durísima y de seis pies, lo menos, de longitud. Cuando se quiere sacar lo que hay dentro se echan en una gran caldera de agua hirviendo; ábrase entonces la cáscara y sale una criatura viva.

 

    Antes de venir al mundo, ha recibido ya su espíritu un destino determinado por la naturaleza.

 

    De una cáscara sale un soldado, de otra un filósofo, de otra un teólogo, de otra un ganapán, y así sucesivamente, y cada uno se pone luego a practicar lo que conoce teóricamente. La dificultad consiste en juzgar con certeza lo que contiene la cáscara; en la época de mi estancia allá, afirmaba un sabio del país, que poseía este secreto. Pero no se hacía caso de él, teniéndolo por loco.

 

    Cuando los habitantes de la luna llegan a viejos, no mueren como nosotros, sino que se disuelven en el aire y se desvanecen en humo.

No sienten la necesidad de beber no estando sujetos a excreción ninguna. No tienen en cada mano más que un solo dedo, con el que lo hacen todo mejor que nosotros con nuestro pulgar y sus cinco auxiliares.

    Llevan la cabeza debajo del brazo derecho, y cuando van de viaje o tienen que ejecutar algún trabajo que exija mucho movimiento, suelen dejarla en casa, como quiera que pueden pedirle consejo a cualquier distancia.

 

    Cuando los altos personajes de la luna quieren saber lo que ha­cen las humildes gentes del pueblo, no tienen la mala costumbre de ir a buscarlas, sino que se quedan en casa corporalmente, enviando sólo la cabeza a la calle para ver de incógnito lo que pasa. Una vez recogidas las noticias que desean, vuelven al llamamiento del cuerpo a quien sirven.

 

    Las pepitas de la uva lunar se parecen exactamente a nuestro gra­nizo, y estoy firmemente convencido de que cuando una tempestad desgrana los racimos, caen sus pepitas en nuestro planeta formando lo que llamamos pedrisco. Hasta me siento inclinado a creer que esta observación debe ser conocida hace mucho tiempo por más de un cosechero de vino; al menos yo he bebido muchas veces vino que me ha parecido hecho con granizo, y cuyo sabor me recordaba e! vino de la luna.

 

    Iba a olvidar un pormenor de los más interesantes. Los habitan­tes de la luna se sirven de su vientre, como nosotros de nuestros morrales, echan en él todo aquello de que pueden tener necesidad, lo abren y lo cierran a su voluntad como su estómago, porque no están embarazados con entrañas, corazón ni hígado. Tampoco llevan nin­guna clase de vestido, dispensándolos de pudor la falta de sexo.

 

    Pueden a su grado quitarse y ponerse los ojos, y cuando los tie­nen en la mano ven igualmente que cuando los tienen en la cara.  Si por casualidad pierden uno, pueden alquilar o comprar otro que les hace el mismo servicio. Así es que en la luna se encuentran en cada esquina gente que venden los ojos, teniendo el más variado surtido, porque la moda cambia con frecuencia: ora los ojos azules, ahora los negros, son los que se estilan.

 

    Comprendo, señores, que todo esto debe pareceros extraño; pero ruego a los que duden de mi veracidad, se sirvan pasar a la luna a comprobar los hechos y a convencerse de que he respetado la verdad tanto como cualquier otro viajero.

 

Ver texto original en ISBN y Google libros.: 

Las aventuras del Barón de Munchausen. De R.E. Raspe  G.A. Bürger.y