Caso Aimée.Lacan

  

 Jacques Lacan (1901- 1981).
Inicia medicina en 1920, aprobó oposición a interno hospitales psiquiátricos de París, “asilos de alienados”, en 1927.
 (Al igual que su colega y  amigo H. Ey,) Inició la formación como “residente” con el profesor Henri Claude, y  psicoanálisis didáctico con Rudolph Loewenstein, hasta 1938. Fue amigo de André BretonLuis BuñuelSalvador Dalí y Picasso , y trabajó ya en numerosas publicaciones surrealistas. Minotaure  . Lectura de Ulises , primeros estudios filosóficos de Heidegger, Hegel, Jaspers (seminario de Alexandre Kojève) .
 Acabó su formación como psiquiatra en 1931 y su doctorado en 1932.

Recordemos la etapa de formación en psiquiatría de nuestro Jacques Lacan:

R1:  1927-28. Clinique des Maladies Mentales et de l´Encéphale (Prof. Henri Claude. Hospital de Sainte Anne)

R2:  1928-29. Enfermería especial adscrita a prefactura policía. París (Penúltimo interno de   G. G de Cléramabault,  Maître de la Tour Pointue en l ´Infirmerie Spéciale de la Préfecture de Police : « le depot » )

R3 : 1929-30. Hospital Henri Rousselle, premier "service ouvert" en France.  (Edouard Toulouse). Dos meses en Clínica Burghölzli de Bleuler. (no datos)

R4:  1930-31 Hospital Henri Rousselle, Diploma de médico legista /forense.  

R5:  1931-32. De nuevo, clínica Sainte Anne. (Titulo doctorado )

 

            De 1920 a 1930 son los años locos (les annéss folles) del surrealismo, y una vez olvidado la etapa de la histeria de Charcot en la Sâlpetriére, dos escuelas de psiquiatría rivalizaban en París. Una, la de L´Infirmerie, capitaneada por G.G. de Clérambault, sin cargo académico, pero verdadero maitre à penser”, la otra era la del hospital de Sainte-Anne, cuyo titular de la cátedra era Henri Claude desde 1922, y en la que el alsaciano René Laforgue (1894-1962) fundó en 1923 una consulta de psicoanálisis

            H. Ey fue chef de clinique de Claude de 1931-1933.


            Conocida es la ruptura de Lacan con  su maestro G. de Clérambault, al publicar aquel un trabajo sobre la estructura de las psicosis paranoicas en Semaine des Hôpitaux (7/juli/31), sobre las psicosis pasionales, sin citar a su maestro,..

            Posteriormente, hacia 1966, Lacan diría que su único maestro fue Clérambault.

 

Después Jacques Lacan, gran intelectual, se hizo “Lacaniano” y desarrolla toda una teoría psicodinámica única.  

En 1936 presentó su primer ensayo analítico sobre 'el estadio del espejo' en el Congreso de la International Psychoanalitical Asociation.  Durante la segunda guerra, fue médico en  hospital militar Val-de-Grâce en París.

 A partir del 45, Lacan visitó Inglaterra, curso breve con los analistas ingleses Wilfred Bion, John Rickman, y posterior correspondencia con Donald Winnicott.  

En el otoño de 1953 inició un seminario semanal en el Hospital Sainte-Anne de París, 'un retorno a Freud', seminario de gran influencia (hasta 1979). 

Fue expulsado, por sus críticas,  junto a Lagache y Françoise Dolto de la IPA (International Psychoanalitical Asociation) y de la Sociedad psicoanalítica de Paris (SPP), funda la  Sociedad Francesa de Psicoanálisis (SFP ) con D.Lagache, J. Favez-Boutonier, R. Lausanne y F. Dolto. Lacan abandonó la SFP para crear en junio de 1964 su propia escuela, la École Freudienne de Paris (EFP).  , ver Piera Aulagnier, y su crítica al procedimiento de “la passe” y su auto-disolución en 1980. (Lettre le Monde)

        El Seminario que ofreció en público entre 1953 y 1979, fue recogido por Jacques-Alain Miller, (El vigesimosexto ha sido llamado el "silencioso" por la afasia de  Lacan desde 1978) Sus "Escritos", reunidos y editados en 1966 por el filósofo, editor de Le Seuil, Françoise Wahl.

        Lacan retoma la teoría psicoanalítica de Freud para desarrollarla incorporando elementos del estructuralismo, la lingüística (Ferdinand de Saussure, Roman Jakobson), de la filosofía (Kojève, Sartre, Hegel), de la fenomenología (Husserl), de corrientes existencialistas (Martin Heidegger, Karl Jaspers, Merleau-Ponty), de la antropología (Lévi-Strauss) así como elementos de las matemáticas, por ejemplo la topología combinatoria (banda de Moebius), la teoría de los nudos, la geometría, la teoría de juegos y la teoría de números,..

    Debemos a J. Lacan aportaciones teóricas novedosas como: El inconsciente estructurado en forma de lenguaje: metonimia , metáforas, significantes…las pulsiones (a diferencia de los instintos), la banda de Möbius. Lo real, lo imaginario y lo simbólico, imbricados en un "nudo borromeo".

    Lo real : lo  "imposible", mediado por lo imaginario y lo simbólico. El Registro de lo imaginario, de los simbólico, el estadio del espejo, la Función Paterna vs. el deseo de la madre,.. el  yo como algo constituido en el campo del "Otro", El goce vs. Deseo y placer, la Forclusión,…el caso límite,..

    Muchas críticas pueden hacerse a la “teoría lacaniana”, desde la clínica, la filosofía o la ciencia. Ver solamente: Alan Sokal y Jean Bricmont y su Imposturas intelectuales , calificando a la obra psicoanalítica de Lacan como pseudocientífica.   

 ¿ A caso pretende el psicoanálisis someterse a las leyes de la ciencia?.

    Nuestro objetivo hoy es revivir la apasionante historia clínica de “Aimée A.”,  Anzieu Marguerite, (1892-1981), en las excelentes descripciones psicopatológicas de Lacan. (Su tesis doctoral:  «  De la psychose paranoïaque dans ses rapports avec la personnalité » (1935, Reeditión Paris, Editorial Le Seuil) 


 

 

 

Texto resumen de:

Tesis doctoral de Lacan.

“De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad”.

ED. Siglo “veintiuno”  XXI editores. México.

 

1. EXAMEN CLÍNICO DEL CASO "AIMÉE"

Historia y cuadro de la psicosis. Análisis,  escritos literarios y Diagnóstico.

 

EL ATENTADO

El 10 de abril de 193 ... , a las ocho de la noche, la señora Z. , de las actrices más apreciadas del público parisiense, llegaba al teatro en que esa noche iba a actuar. En el umbral de la entra la artista fue abordada por una desconocida que le hizo esta pregunta:

-"¿Es usted la señora Z.?" (La mujer que hacía la pregunta iba vestida correctamente; llevaba un abrigo con bordes de piel en cuello, en los puños, con guantes y bolso. En el tono de su pregunta, no había nada que despertara la desconfianza de la actriz. Habituada a los homenajes de un público ávido de acercarse a sus ídolos,  respondió afirmativamente y, deseosa de acabar pronto, se dispuso a pasar adelante. Entonces, según declaró la actriz la desconocida cambió de rostro, sacó rápidamente de su bolso una navaja ya abierta, y, mientras la miraba con unos ojos en que ardían las llamas del odio, levantó su brazo contra ella. Para detener el golpe la señora Z. cogió la hoja con toda la mano y se cortó dos tendones flexores de los dedos. Ya los asistentes habían dominado a la autora de la agresión.

La mujer se negó a dar explicaciones de lo que había hecho, excepto ante el comisario.

En presencia de éste, respondió normalmente a las preguntas de identidad (en lo sucesivo la llamaremos Aimée A.) pero dijo algunas cosas que parecieron incoherentes.

Declaró que desde hacía muchos años la actriz venía haciendo "escándalo” contra ella; que la provocaba y la amenazaba; que en estas persecuciones estaba asociada con un académico, P. B., famoso hombre de letras, el cual, "en muchos pasajes de sus libros", revelaba cosas de la vida privada de ella.  Aimée A. desde hacía algún tiempo  había tenido intenciones de habérselas cara a cara con la actriz; la atacó porque vio que huía; si no la hubieran detenido le habría asestado otro navajazo.

La actriz no presentó demanda.

 

Conducida a la comisaría, y luego a la cárcel de Saint-Lazare, la señora A. estuvo presa dos meses. El .. , de junio de 193 ... era in­ternada en la clínica del Asilo Sainte-Anne en vista del peritaje mé­dico-legal del doctor Truelle (*), en el cual se llegaba a la conclusión de que "la señora A. sufre de delirio sistemático de persecución a base de interpretaciones, con tendencias megalomaniacas y sustra­to erotomaniaco". En esa clínica de Sainte-Anne la hemos observado durante un año y medio aproximadamente.

 

·         El Dr Truelle peritó a las Hrnas Papin. En 1929, Capgras sucedió le sucedió como jefe servicio Santa Ana.

 Ver: Motivos del crimen paranoico: el crimen de las hermanas Papín. Pág 338-347. 


ESTADO CIVIL

La señora A. tiene treinta y ocho años en el momento de su ingreso. Nació en R. (Dordogne), en 189 ... , de padres campesinos. Tiene dos hermanas y tres hermanos, uno de los cuales ha llegado a la situación de maestro de escuela primaria. Trabajaba como emplea­da en la administración de una compañía ferroviaria, en la cual en­tró a la edad de dieciocho años, y, hasta la víspera del atentado, ha desempeñado bien su empleo, excepto una licencia de diez meses que se vio obligada a pedir por razón de trastornos mentales.

Está casada con un empleado de la misma compañía, el cual tiene un puesto en P., en la región parisiense. Pero la enferma, des­de hace casi seis meses, tiene su puesto en París, en donde, por lo tanto, vive sola. Tiene un hijo, que se ha quedado a vivir con el pa­dre. Ella les hace visitas más o menos periódicas.

Esta situación se ha establecido por la voluntad de la enferma, la cual trabajaba primitivamente en la misma oficina que su marido y, al reintegrarse a su empleo después del período de licencia que acabamos de mencionar, pidió su traslado.

Citemos a continuación los testimonios oficiales sobre los trastornos mentales que ha mostrado.

 

EL EXPEDIENTE MÉDICO Y POLICIAL DE LOS TRASTORNOS MENTALES ANTERIORES

Seis años y medio antes de su ingreso en la clínica, la enferma había estado ya internada, por solicitud de sus familiares, en la casa de salud de K, donde permaneció seis meses.

Los certificados nos ofrecen algunas informaciones. El certificado de internamiento, firmado por el doctor Chatelin, dice: "Trastornos mentales cuya evolución data de más de un año; las personas con quienes ella se cruza en la calle le dirigen injurias groseras, la acusan de vicios extraordinarios, incluso personas que no la conocen.  Quienes la tratan de cerca dicen de ella las peores cosas posibles; toda la ciudad de Melun está enterada de su conducta,  la cual, en opinión de todos, es depravada; en vista de eso ha tenido de irse de la ciudad, incluso sin dinero, para vivir en cualquier lugar. En estas condiciones, el estado de la señora A." ... , ete.,

El certificado inmediato de la casa de salud dice así: "Fondo; debilidad mental, ideas delirantes de persecución y de celos, ilusiones, interpretaciones, declaraciones ambiciosas, alucinaciones mórbidas, exaltación, incoherencia por intervalos. Creía que todo el mundo se burlaba de ella, que se le lanzaban injurias, que le reprochaban su conducta; tenía intenciones de irse a los Estados Unidos.

Se registraron por escrito algunas de las cosas que la enferma decía. Por ejemplo:


"No vayan a creer que envidio a las mujeres que no dan qué hablar, a las princesas que no se han encontrado con la cobardía en calzones y que no saben lo que es la afrenta."

"Hay quienes construyen establos para poder tomarme mejor como una vaca lechera."

"Muchas veces me juzgan por otra de la que soy."

"Hay también unas espantosísimas lejanas cosas acerca de mí que son verdaderas, verdaderas, verdaderas, pero el llano está al viento (sic, en el informe).

"Hay también chismes de comadres de prostíbulos y cierto establecimiento público" (sic, ibid.).

"Por esa razón no le respondo al señor X., el caballero de la naturaleza y también por otra."

"En primer lugar, ¿qué quieren ustedes de mí? ¿Qué les suelte frases grandiosas? ¿Qué me permita leer con ustedes ese cántico: Escucha desde lo alto del cielo, el clamor de la Patria católico, franceses siempre?" .

Algunas de estas frases permiten reconocer con bastante claridad ciertos temas delirantes permanentes que volveremos a encontrar en fecha más reciente. Otras, en cambio, presentan un aspecto de incoherencia cuyo carácter, a lo que alcanzamos a presumir, es más bien  discordante que confusional.

Aimée salió de la casa de salud de E., "no curada", a petición de sus familiares.

Posteriormente, en dos ocasiones al menos tuvo que ver con la policía.

 

En su expediente encontramos, en efecto la copia de los infor­mes dados "en blanco" por los servicios de la Policía judicial, en una fecha situada cinco años después del primer internamiento de Ai­mée (un año y medio antes del atentado), a un periodista comu­nista que había tenido varias veces que quitársela de encima. Aimée, en efecto, asediaba su oficina para obtener de él la publicación de algunos artículos en los cuales exponía sus agravios, completamente personales y delirantes, contra la señora C., la célebre escritora.

Poco más de un año después (cinco meses antes del atentado), encontramos huellas de un hecho mucho más grave.

Después de varios meses de espera, Aimée se presenta en las ofi­cinas de la casa editorial G., a la cual le ha ofrecido un manuscrito, y una de las empleadas le notifica que éste no ha sido aceptado. Aimée le salta al cuello a la empleada y le causa lastimaduras de tal gravedad, que posteriormente le será reclamada una indemniza­ción de 375 francos, a causa de la incapacidad temporal de trabajo que ha sufrido la víctima. El comisario que la interroga después  de este gesto se muestra indulgente con la emoción de la vanidad lite­raria herida; hay que creer, por lo menos, que no distingue en su estado nada más, pues la deja en libertad después de una severa reprimenda.

Por otro lado tenemos los borradores de unas cartas, enviadas poco antes al comisario de su barrio, para presentar demanda con­tra P. B. y contra la casa editorial que iba a ser el teatro de su hazaña.

 

ACTITUD MENTAL ACTUAL DE LA ENFERMA EN CUANTO A LA HISTORIA DE SU DELIRIO Y EN CUANTO A SUS TEMAS

Apresurémonos a decir que los temas del delirio en su conjunto, y no únicamente los agravios de la enferma contra su víctima, que­dan completamente reducidos en el momento del internamiento ("¿Cómo he podido creer eso?"). Más exactamente: hay una reduc­ción completa de las convicciones formuladas en otro tiempo acerca de esos temas.

 Aimée expresa esta reconsideración mediante pala­bras nada ambiguas, al mismo tiempo que refiere con precisión no sólo los episodios principales de su vida, con su fecha, sino también sus trastornos mentales, e incluso se muestra capaz de analizar estos trastornos con bastante penetración introspectiva. En cuanto a to­dos estos puntos, su buena voluntad es evidente. Se puede decir que Aimée está plenamente orientada, que da muestras de una integridad intelectual completa en las pruebas de capacidad. Nunca aparecen en el interrogatorio trastornos del flujo del pensamiento, muy al contrario, la atención está siempre vigilante. 

-Ver análisis clínico de la supuesta “remisíón” completa del delirio:

El tener que recordar los temas delirantes provoca en ella cierta vergüenza (a propósito de ciertos escritos, groseros en sus términos, a propósito de ciertas acciones reprensibles), un sentimiento de ridículo (a propósito de sus empresas erotomaniacas y megalomaniacas), y  también  sentimientos de pena ... :estos, sin embargo, resultan tal vez desiguales en su expresión (así, por lo que se refiere particularmente a su víctima, el tono de los términos que emplea resulta más frío que su sentido).

 Hay aquí una serie de reacciones afectivas que plantean, a justo  título, la cuestión de su influencia sobre la sinceridad de la enferma. Cuando está exponiendo ciertos contenidos su reticencia e incluso su  disimulo, son bien evidentes. En los comienzos de su permanencia en la clínica, preocupada por su suerte futura, Aimée mostraba alguna desconfianza, y se esforzaba por descubrir las intenciones que llevaba el interrogatorio. Pero, por lo demás, ella sabe cuáles son nuestras informaciones y cuáles nuestros medios de control, y ve lúcidamente el interés que para ella representa la franqueza. De  hecho, en adelante veremos cómo Aimée nos dijo muchas cosas acerca de las tendencias profundas de su naturaleza y acerca de ciertos puntos ocultos de su vida, confidencias inapreciables, que de ninguna manera estaba obligada a hacer, y cuya sinceridad está fuera de duda.

Pero hay un, tercer plano, que no podemos pasar por alto si queremos juzgar bien el estado actual de la enferma. Aunque los temas de su delirio ya no arrastren ahora ninguna adhesión intelectual, hay algunos que no han perdido del todo un valor de evocación emocional en el sentido de las creencias antiguas. "Hice eso, porque querían matar a mi hijo”, dice todavía en el momento actual. Empleara una forma gramatical de ese tipo, directa, y conforme a creencia antigua durante un interrogatorio excepcional a que la somete una autoridad, médica superior, o en presencia de un público numeroso. En el primero de estos casos, su emoción se traduce una palidez  visible y un esfuerzo perceptible por contenerse. En presencia del público su actitud corporal, siempre sobria y reservada será de una plasticidad altamente expresiva y de un valor extraordinariamente patético en el mejor sentido del término. Con la cabeza levantada, los brazos cruzados tras la espalda, habla en voz baja pero vibrante; ciertamente se rebaja al excusarse, pero invoca la simpatía que se debe a una madre que defiende al hijo.

Aunque nos sea imposible presumir nada en cuanto al grado de consciencia de las imágenes interiores así reveladas, sentimos que és­tas conservan toda su potencia sobre la enferma.

Hay, por otra parte, ciertos fenómenos que no habría que confun­dir con la reticencia: ciertas amnesias y ciertas fallas de reconoci­miento que, según veremos, se refieren de manera absolutamente sistemática a sus relaciones con ciertos actores del drama delirante.

Durante los primeros interrogatorios, la voz de Aimée era plana, sin tonalidad; la modestia de su actitud ocultaba mal la desconfian­za. No obstante, se traslucían fácilmente los impulsos de esperanza para el porvenir. Es verdad que tales impulsos los apoyaba ella en razonamientos justificativos dudosos ("Una persona en el asilo es una carga para la sociedad. No puedo quedarme aquí toda la vida"); sin embargo, una conciencia justa de la situación estaba lejos de poder quitarles todo carácter plausible.

De la misma manera dejaba ver impetuosamente su angustia más grave, la de un divorcio posible. Este divorcio, deseado en otro tiem­po por ella, según veremos, es ahora lo que teme más que nada; en efecto, si se dicta sentencia de divorcio contra ella, esto significará que deberá separarse de su hijo. El hijo parece ser el objeto único de sus preocupaciones.

En los interrogatorios ulteriores la enferma da muestras de ma­yor confianza, y a veces hasta de jovialidad, con alternancias de des­aliento algunos días. El humor, sin embargo, se mantiene siempre en una tonalidad media, sin la menor apariencia ciclotímica.

Por lo demás, sus relaciones con el médico no están exentas de un eretismo imaginativo vagamente erotomaniaco.

 

HISTORIA y TEMAS DEL DELIRIO

El delirio que ha presentado la enferma Aimée A. ofrece la gama casi completa de los temas paranoicos. En él se combinan estrecha­mente los temas de persecución y los temas de grandeza. Los prime­ros se expresan en ideas de celos, de perjuicios, en interpretaciones delirantes típicas. No hay, en cambio, ideas hipocondríacas, ni tam­poco ideas de envenenamiento. En cuanto a los temas de grandeza, se traducen en sueños de evasión hacia una vida mejor, en intuicio­nes vagas de tener que llevar a cabo una excelsa misión social, en idealismo reformador, y finalmente en una erotomanía sistematiza­da sobre un personaje de sangre real.

Tracemos brevemente los rasgos más prominentes de estos temas y la historia de su aparición.

 

La historia clínica permite situar a la edad de veintiocho,  o sea diez años antes de su último internamiento, el comienzo de los trastornos psicopáticos de Aimée. Lleva a la sazón cuatro años de casada, tiene un trabajo en la misma oficina de su marido y está embarazada.

Aimée tiene, por esos días, la impresión de que cuando charlan entre sí sus compañeros de trabajo, es para hablar mal de ella: critican sus acciones de manera insolente, calumnian su conducta y le anuncian desgracias. En la calle, los transeúntes cuchichean cosas contra ella y le demuestran su desprecio. En los periódicos, reconoce alusiones dirigidas asimismo contra ella. Según parece; ya  anteriormente le había hecho a su marido una escena de celos desprovista de base. Las acusaciones se vuelven precisas y netamente delirantes: “Por qué me hacen todo eso? ¡ Quieren la muerte mi hijo. Si esta criatura no vive, ellos serán los responsables”.

La  nota depresiva es bien clara. En el momento de su ingreso en  la clínica, en una, carta dirigida a nosotros (junio de 193 ..)  la enferma escribe: “ Durante mis embarazos yo estaba triste,  mi marido tomaba a mal mis melancolías, los pleitos vinieron: y me decía que estaba enojado conmigo porque yo había andado con otro antes de conocerlo. Esto me hizo sufrir mucho."

(Celos conyugales, acusaciones de infidelidad pretérita del marido)

Su sueño está atormentado por pesadillas. Sueña con ataúdes y los estados afectivos del sueño se mezclan con las persecuciones diurnas.

Presenta toda clase de reacciones, las cuales son observadas con creciente alarma por las personas con quienes vive. Un día, revienta a navajazos los dos neumáticos de la bicicleta de un compañero de oficina. Una noche se levanta, coge una jarra de agua y se la echa a su marido en la cabeza; en otra ocasión, lo que sirve de proyectil es una plancha doméstica.

A todo esto, Aimée colabora ardientemente en la confección de la canastilla del bebé esperado de todos. En marzo de 192 ... da a una niña que nace muerta. El diagnóstico habla de asfixia a causa de haberse enredado el cordón umbilical. Este episodio produce una enorme conmoción en la enferma. Aimée imputa la desgracia a sus enemigos; bruscamente, parece concentrar toda la responsabilidad de esta desgracia en una mujer que durante tres años ha sido su mejor amiga. Esta mujer, que trabajaba a la sazón en una ciudad muy lejana, telefoneó poco después del parto para saber noticias, y  Aimée encontró muy extraña tal cosa. La cristalización hostil parece haberse iniciado allí.

Por esos mismos días Aimée interrumpe bruscamente las prácticas religiosas que hasta entonces conservaba. Por otra parte, hace ya mucho tiempo que quienes están en relación con ella la rechazan en sus tentativas de expansión delirante. Así, pues, permanece hos­til, muda, encerrada en sí misma durante días enteros.

El segundo embarazo la pone en un estado depresivo análogo al anterior, con la misma ansiedad, con el mismo delirio de interpre­tación. Finalmente nace un niño, en julio del año siguiente. La en­ferma (que tiene ahora treinta años) se entrega a él con un ardor apasionado; nadie más que ella se ocupa del bebé hasta que éste cumple cinco meses. Le da el pecho hasta la edad de catorce meses. Durante el amamantamiento, Aimée se va haciendo cada vez más interpretante, hostil para con todo el mundo, peleonera. Todos ame­nazan a su hijito. Provoca todo un incidente con unos automovilis­tas a quienes acusa de haber pasado demasiado cerca del cochecito del bebé. Estallan escándalos de toda índole con los vecinos. Ella habla de llevar el asunto a los tribunales.

Así las cosas, le llegan un día al marido, una detrás de la otra, estas dos noticias: a espaldas suyas, Aimée ha presentado una carta de renuncia a la compañía que les da trabajo a los dos, y ha pedido pasaporte para los Estados Unidos, utilizando un documento falsificado para presentar la autorización marital que pide la ley. Lo que ella contesta es que tiene deseos de ir a buscar fortuna en los Estados Unidos: va a ser novelista. En cuanto al niño, confiesa que hubiera tenido que abandonarlo. En la época actual, esta confesión no provoca en ella una excesiva reacción de vergüenza: si se hubiera lanzado a esa empresa, habría sido por el bien de su hijo. Sus fami­liares le suplican que renuncie a sus locas imaginaciones. De estas es­cenas, la enferma conserva un recuerdo penoso. "Mi hermana -nos cuenta- cayó de rodillas y me dijo: Ya verás lo que te sucederá si no renuncias a esa idea." "Entonces -añade- tramaron un com­plot para arrancarme a mi hijo, niño de pecho, e hicieron que me encerraran en una casa de salud."

Conocemos ya su internamiento en el asilo privado de E., su per­manencia de seis meses en ese lugar, y el diagnóstico que se pronun­ció: delirio de interpretación. Es difícil precisar actualmente los ras­gos de discordancia que parecen colorear entonces el cuadro clínico. Tenemos una carta escrita por ella desde la casa de salud a un es­critor (diferente de su futuro perseguidor) muchas veces menciona­do por ella, como atestiguan sus familiares:

 

 

Señor:

Domingo por la mañana, E .... , Seine.

Aunque yo no lo conozca a usted, le dirijo una ferviente súplica para pedirle que emplee la potencia de su nombre en ayudarme a protestar contra mi internamiento en la casa de salud de E ... Mi familia no podía entender que yo pudiera salir de M ... y abandonar mi hogar, de ahí un complot, un verdadero complot y heme aquí en una casa de vigilancia, el personal es encantador, el doctor D. también, mi médico, le  ruego que examine mi expediente con él y haga cesar una permanencia que no puede ser más que dañosa para mi salud. Señor novelista, Vd. se sentiría tal vez muy contento de estar en mi lugar, para estudiar las miserias humanas, interrogo a mis vecinas algunas de las cuales locas, y otras tan lúcidas como yo, y cuando hubiera (sic) salido de aquí, ¡me propongo reventar verdaderamente de risa a causa de lo que me sucede ¡ pues termino por divertirme por ser siempre una eterna víctima, una eterna desconocida, Virgen santa, ¡qué historia la mía! usted la conoce, todo el mundo la conoce más o menos,  se cuentan de mí tantos chismes, y como sé por sus libros que usted no es  amigo de la injusticia, le pido que haga algo por mí. Señora A ... , de salud, avenida de ... , E ... , Seine.

 

Llama la atención en esta carta una jovialidad bastante discordante con el conjunto de lo que se dice, y la frase "Todo el mundo conoce más o menos mi historia" deja planteada la cuestión­ de si no se expresarán en ella ciertos sentimientos de penetración o de adivinación del pensamiento.

En todo caso, después de salir de la clínica "no curada" sino S mejorada, descansa durante algunos meses en el seno de la familia y vuelve a hacerse cargo del niño. Según parece, se ocupa de él de forma satisfactoria.

Se niega, sin embargo, a reasumir su trabajo en la oficina de la ciudad de E ... Más tarde le contará al médico experto que sus perseguidores la forzaron a salir de esa ciudad. En sus conversaciones con nosotros, lo que dice es que no tenía ánimo de reaparecer ante sus compañeros de trabajo con la vergüenza de un internamiento. Sometida a un interrogatorio más apretado, nos confía que en realidad seguía conservando una inquietud profunda.

 

 "¿Quiénes eran los enemigos misteriosos que parecían estar persiguiéndola?

 ¿No tenía ella un alto destino que llevar a cabo?" Si quiso salir de su casa y trasladarse a la gran ciudad fue para buscar la respuesta de preguntas.

Así, pues, se dirige a la administración de la compañía y pide trasladada a París. Obtiene una respuesta afirmativa, y en agosto de 192 ... (cerca de seis años antes de su atentado) se viene a vivir a París.

Es aquí donde construye progresivamente la organización delirante que precedió al acto fatal.

 

Según ella, la señora Z., su víctima, amenazó la vida de su hijo.

Cien veces se le hizo la pregunta de cómo había llegado a abrigar semejante creencia.

Un hecho es patente: antes del atentado, la enferma no tuvo nin­guna relación directa o indirecta con la actriz.

"Un día -dice Aimée- estaba yo trabajando en la oficina, al mismo tiempo que buscaba dentro de mí, como siempre, de dónde podían provenir esas amenazas contra mi hijo, cuando de pronto oí que mis colegas hablaban de la señora Z.  Entonces comprendí que era ella la que estaba en contra de nosotros”.

"Algún tiempo antes de esto, en la oficina de E ... , yo había ha­blado mal de ella. Todos estaban de acuerdo en declararla de fina raza, distinguida... Yo protesté, diciendo que era una puta. Segu­ramente por eso la traía contra mí."

Uno no puede menos de sentirse impresionado por el carácter in­cierto de semejante génesis. Una encuesta social muy cuidadosa que hicimos no pudo revelamos que Aimée le hubiera hablado a nadie de la señora Z. Una sola de sus compañeras de trabajo nos refiere algunas vagas invectivas suyas contra "la gente de teatro".

La enferma nos hace notar, con exactitud, que poco después de su llegada a París los periódicos estaban llenos de los ecos de un proceso muy sonado, que ponía bajo los reflectores a su futura víc­tima. Y seguramente, al lado de las intuiciones delirantes, hay que dejarle un lugar al sistema moral de Aimée (cuya exposición cohe­rente habremos de encontrar en sus escritos), o sea, en concreto, a la indignación que siente al ver la desmedida importancia que en la vida pública se da a "los artistas".

Por otra parte, Aimée reconoce que, a raíz de su llegada a París, vio por lo menos en dos ocasiones a la señora Z. en sus funciones de actriz, una vez en el teatro y la otra vez en la pantalla. Pero es incapaz de recordar qué obra se representaba en el teatro, a pesar de que sabe que pertenecía al repertorio clásico y de que, dada la amplitud de sus lecturas, debe resultarle bastante fácil dar con el tí­tulo. El argumento de la película se le escapa igualmente, si bien tenemos razones para pensar que no puede tratarse más que de una novela cuyo autor es precisamente P. B., su principal perseguidor. ¿Habrá aquí un disimulo destinado a ocultamos un acoso pasional asiduo? Creemos más bien que se trata de una especie de amnesia electiva, cuyo alcance trataremos de demostrar más tarde.

 

Sea como fuere, el delirio interpretativo prosigue su marcha. No todas las interpretaciones giran en tomo a la actriz, pero sí un gran número de ellas. Estas interpretaciones surgen de la lectura de los periódicos y de los carteles, así como de la vista de las fotografías publicitarias. "Ciertas alusiones, ciertos equívocos en el periódico me fortificaron en mi opinión", escribe la enferma. Un día, Aimée, lee en el periódico Le Journal (y la enferma precisa el año y el mes) que su hijo va a ser asesinado "porque su madre era una maldiciente" y una "inmoral" y había alguien decidido a "vengarse de ella”. Así estaba escrito, con todas sus letras. Había, además, una fotografía que mostraba el frontón de su casa natal en la Dordogne, donde su hijo pasaba entonces sus vacaciones, y se le veía aparecer, en  efecto, en una esquina de la fotografía. Otra vez, la enferma tiene noticia de que la actriz viene a actuar en un teatro que está cerca de donde ella vive, y la noticia la agita muchísimo. "Es provocarme."

Todos los elementos turbios de la actualidad son utilizados en el delirio. El asesinato de Philippe Daudet es evocado con frecuencia por la enferma. Alude a él en sus escritos.

Los estados de ansiedad onírica desempeñan un papel importa La enferma ve en sueños a su hijo "ahogado, asesinado, raptado por  la G. P. U." Cuando despierta, se halla en un estado de ansiedad extrema. Está en verdad esperando de un momento a otro el telegrama en que se le va a decir que la desgracia ya ha ocurrido.

Más o menos un año antes del atentado, según nos cuenta de sus compañeras de trabajo, Aimée está obsesionada por la amenaza que la guerra significa para su hijo. Este miedo se expresa con tal inminencia que, considerando la corta edad de su hijito, todos se burlan de ella, y esta conversación llega a ser una de sus raras expansiones.

"Temía mucho por la vida de mi hijo -escribe la enferma-" Si no le sucedía una desgracia ahora, le sucedería más tarde, a causa de mí, y yo sería una madre criminal."

Estos temores, en efecto, presentan en el espíritu de Aimée un  grado variable de inminencia. En las ansiedades post-oníricas son amenazadores de una manera inmediata; otras veces, por el contrario, se refieren a un futuro indeterminado. "Harán morir a mí hijo en la guerra, lo harán batirse en duelo." En ciertos períodos, la enferma parece haberse tranquilizado. Persiste, sin embargo, la idea obsesiva. "Nada es urgente -se dice a sí misma-, pero allá se está amasando la tormenta."

La futura víctima no es la única perseguidora. Así como ciertos personajes de los mitos primitivos se revelan como "dobletes" de tipo heroico, así detrás de la actriz aparecen otras perseguidoras, cuyo prototipo último, según habremos de ver, no es ella misma. Otras perseguidoras son Sarah Bernhardt, estigmatizada en los tos de Aimée, y la señora C., esa novelista contra la cual quería publicar artículos en un periódico comunista.

 Así, pues, es fácil ver cómo la perseguidora "seleccionada" por Aimée, o sea la señora Z., tiene un valor más representativo que personal. La señora Z. es el tipo de la mujer célebre, adulada por el público, la mujer que "ha llegado" y vive en el lujo. Y si la enferma emprende en sus escritos una invectiva vigorosa contra tales vidas, hay que subrayar la ambivalencia de su actitud, pues, como veremos, ella misma quisiera ser una novelista, vivir la vida en grande, tener influencia sobre el mundo.

Parecido a ese enigma es un segundo enigma, o sea el planteado por la implicación del novelista P. B. en el delirio de Aimée. Ya hemos visto cómo, en sus primeras declaraciones, hechas bajo el impulso de la convicción todavía persistente, este perseguidor figu­raba en el primer plano de su delirio.

Se podría pensar, de acuerdo con ciertas expresiones empleadas por la enferma, que la relación delirante, en un principio, fue aquí de naturaleza erotomaniaca, y que posteriormente pasó a la etapa de despecho. En el informe del doctor Truelle se puede leer, en efec­to, que según ella fue P. B. quien "la obligó a abandonar a su ma­rido"; "se daba a entender que ella estaba enamorada de él, se de­cía que eran tres". Si vemos las cosas más de cerca, no nos es difícil descubrir que desde un principio se trató de una relación ambivalente, no distinta, salvo en algún matiz, de la relación que vincula a Aimée con su principal perseguidora.


"Yo creía -nos escribe la enferma- que me iban a obligar a tomarlo como por una liaison espiritual: encontraba eso odioso, y si hubiera podido, me hubiera ido de Francia." En cuanto a las relaciones que Aimée imagina en­tre esos dos perseguidores principales, no nos dan mayores luces. Ella no creía que fuesen amantes, "pero hacen como si fuera eso... ; pensaba que allí había intrigas, como en la corte de Luis XIV".

También la fecha de aparición del perseguidor masculino en el delirio sigue siendo un problema. Contrariamente al contenido del informe médico-legal, la enferma siempre ha sostenido en sus con­versaciones con nosotros que no fue sino después de su llegada a París cuando él ocupó un lugar en su delirio.

Nos encontramos aquí frente a la misma imprecisión en las con­jeturas iniciales, la misma amnesia en la evocación de sus circuns­tancias, aspecto sobre el cual ya hemos insistido. A pesar de estas particularidades, la revelación del perseguidor ha dejado bien graba­do en la enferma el recuerdo de su carácter iluminativo. "Aquello dio una especie de rebote en mi imaginación", nos ha declarado en varias ocasiones al evocar ese instante. Y añade esta explicación, probablemente secundaria: "Pensé que la señora Z. no podía ser la única en estarme perjudicando tanto y tan impunemente, sino de seguro estaba sostenida por alguien importante." Lectora, asidua de novelas recién aparecidas, y ávidamente al corriente de los éxitos de los autores, Aimée veía, en efecto, como algo inmenso el poder de la celebridad literaria.

Aimée creyó reconocerse en varias de las novelas de P. B. Veía en ellas alusiones incesantes a su vida privada. Se cree aludida la palabra choléra ["el cólera"], que aparece a la vuelta de un renglón, y se cree escarnecida por la ironía del escritor cuando en alguno de sus párrafos aparecen estas exclamaciones: ¡Qué porte, qué gracia, qué piernas!" .

Estas interpretaciones parecen tan fragmentarias  como inmediatas e intuitivas.


Le ha pedido con insistencia a una amiga que lea cierta novela de P. B.; “Es exactamente mi historia”. Le ha dicho. Pero la amiga se ha quedado sorprendida por no encontrar ningún parecido, y ella le contesta: "¿No le roban unas cartas a la heroína? Pues a mí también me las han robado", etcétera.

Se puede descubrir, por lo demás, que el perseguidor tiene mismos "dobletes" que la perseguidora. Son R. D. Y  M. De W  redactores en Le Journal. En artículos de ellos, Aimée ha reconocido alusiones  y amenazas. En algunos borradores de escritos que hemos podido estudiar, encontramos sus nombres cubiertos de  invectivas. A veces, un sobrenombre de intención estigmatizante enmascara a la persona a quien quiere designar: así, "Robespierre”  personaje aborrecido por ella, designa a veces a P. B., “que dirige contra ella escándalos, mancomunado con las actrices".

Estos personajes la han plagiado, han copiado sus novelas inéditas y su diario íntimo. "Hay que ver -escribe- las copias que han hecho a mis espaldas." "El periódico L'Oeuvre -escribe asimismo- ha sido lanzado contra mis espaldas." Piensa, en efecto, que este periódico ha sido subvencionado para oponerse a su misión benéfica.

Sobre los temas delirantes llamados de grandeza, se hace más difícil recabar informaciones mediante el interrogatorio. Pero sabe que, en la época en que su delirio estaba floreciente, Aimée sostenía categóricamente, frente al encogimiento de hombros de sus familiares, sus acusaciones megalomaniacas contra el periódico L´Oeuvvre. Por otra parte, han llegado a nuestras manos algunos borradores de panfletos calenturientos en los cuales se lanzaba contra aquellos que ("ella lo comprendía") estaban envidiosos de "su cetro". Actualmente, cada vez que mencionamos esas o parecidas palabras, ella nos suplica que no sigamos: las encuentra inmensamente ridículas.

 

La ideología implicada con esa actitud podrá parecemos muy pobre e inconsistente; sin embargo, es importante que nos esforce­mos por penetrar en ella, porque es una manera de hacer compren­sibles, en parte, las persecuciones que aquejan a la enferma.

En efecto, todos estos personajes, artistas, poetas, periodistas, son odiados colectivamente como factores prominentes de las desgra­cias de la sociedad. "Es una mala raza, una ralea"; esos seres "no vacilan en provocar con sus fanfarronadas el asesinato, la guerra, la corrupción de las costumbres, con tal de conseguir un poco de gloria y de placer". "Viven -escribe nuestra enferma- de la ex­plotación de la miseria que ellos mismos desencadenan."

Ella, Aimée, se sabía llamada para reprimir semejante estado de cosas. Esta convicción estaba fundada en las aspiraciones vagas y difusas de un idealismo altruista. Quería realizar el reinado del bien, "la fraternidad entre los pueblos y las razas".

( Dide M: Les idéalistes passionnés. Paris, Alcan, 1913)

 

Acerca de estos temas, Aimée se expresa con suma repugnancia, y fue apenas pasado casi un año de su entrada en la clínica cuando un día se confesó a nosotros, a condición de que no pusiéramos en ella nuestra mirada durante la confesión.

 Nos reveló entonces sus ensoñaciones, verdaderamente conmovedoras, a causa no sólo de su puerilidad, sino también de un candor entusiasta que sería difícil describir.

 "Debía ser el reinado de los niños y de las mujeres. Todos debían andar vestidos de blanco. Era la desaparición del rei­nado de la maldad sobre la tierra. No debía ya haber guerra. Todos los pueblos debían estar unidos. Debía ser hermoso", etc.

 

En gran número de escritos íntimos manifiesta Aimée los senti­mientos de amor y de angustia que le inspiran los niños, sentimien­tos que se hallan en una relación evidente con sus preocupaciones y sus temores en cuanto a su propio hijo. Se siente en ella una participación muy emotiva en los sentimientos de la infancia, en sus tormentos, en sus penalidades físicas. Lanza entonces invectivas con­tra los adultos, contra el descuido de las madres frívolas.

Ya hemos visto que Aimée se siente alarmada por la suerte futura de los pueblos. La persiguen obsesivamente las ideas de la guerra y del bolchevismo, que se mezclan con sus responsabilidades para con su hijo. Los gobernantes olvidan el peligro de la guerra; sin duda bastará con recordárselo: para ese papel se cree destinada ella. Pero los pueblos han caído en manos de malos pastores. Ella recurrirá entonces a autoridades benéficas, al pretendiente de Francia, al prín­cipe de Gales. A este último le suplica que haga un viaje a Ginebra para pronunciar un gran discurso.

 La importancia de su papel en todo esto es inmensa, de una inmensidad proporcionada a su imprecisión misma.

Sus ensueños, por lo demás, no son puramente altruistas. Le está reservada carrera de "mujer de letras y de ciencias". Los caminos más diversos están abiertos para ella: novelista ya, cuenta también con "especializarse en química". Más adelante llamaremos la atención sobre el esfuerzo, desordenado pero real, que hizo entonces para adquirir los conocimientos que le faltan.

Al mismo tiempo sabe "que debe ser algo en el Gobierno", ejercer una influencia, ser una guía para determinadas reformas. Esto es independiente de sus otras esperanzas de gloria: la cosa tendrá que producirse por la virtud de su influencia, o de alguna predicación. "Debía ser algo así como Krishnamurti", nos dice, ruborizándose.

Mientras tanto, la idea de este apostolado la arrastra a empresas bastante extrañas. Durante un período (breve, por cierto), esta mujer, de costumbres muy regulares, según lo ha comprobado la encuesta que hicimos, se cree en la obligación de "ir a los hombres" , lo cual quiere decir que detiene al azar a los transeúntes y les dice cosas brotadas de su vago entusiasmo. Aimée nos confiesa que de manera trataba también de satisfacer la "gran curiosidad" que tenía de "los pensamientos de los hombres". Pero los pensamientos los hombres no le permiten detenerse a medio camino: más de una vez se ve arrastrada por ellos a hoteles en los cuales, quiéralo o no, le es preciso desempeñar su parte. Este período, que ella llama de “disipación", es corto. Aimée lo sitúa en 192 ... (tres años a de su internamiento). Por lo demás, su alcance psicológico exacto es algo complejo; en una carta dice que de ese modo trataba olvidar a P. B. (?).                   (¿Evolución de la erotomanía respecto a P.B.?

 

A medida que nos acercamos al término fatal, se va precisando un tema: el de una erotomanía que tiene por objeto al príncipe de Gales.

¿Qué papel desempeñó, en la instalación de ese tema, la necesidad de recurrir a una personalidad benévola? Lo que es seguro, es que una parte del delirio (una parte difícil elucidar) lleva esa nota de necesidad de benevolencia. Aimée le dijo al médico legista que, poco antes del atentado, había en París unos carteles de gran tamaño en los cuales se le hacía saber a P. B. , que,  si continuaba, sería castigado. Así, pues, la enferma cuenta con protectores poderosos, pero por lo visto no los conoce, bien. Con respecto al príncipe de Gales, la relación delirante es mucho más precisa. 

Tenemos un cuaderno en el que Aimée escribe cada día, con la fecha y la hora, una pequeña efusión poética y amorosa que le dirige.

 


Voy corriendo al Qua  d'Orsay

Para mirar a mi dueño

Mi dueño, mi bien amado

Por la ventana he saltado

 

Pelo rubio como el sol

El infinito en sus ojos

Una silueta alta y fina

¡Ay, yo deseo seguirla

 

Yo quedo toda turbada,

Día y noche se trastornan

El río helado no puede

Anegar todo mi anhelo

 

Con su Alteza la distancia

Es inmensa, y nadie puede

Vencerla de un aletazo.

El corazón no es rebelde.

 

Abro, tranquila, mi puerta

Desfila toda mi escolta

Están allí mis asiduos

La tristeza, el desaliento

 

Aimée mezcla a la Alteza augusta con sus preocupaciones sociales y políticas; a ella se dirigirá al final, intentando un último curso. El cuarto del hotel en que vivía estaba tapizado de retratos del príncipe; coleccionaba igualmente recortes de periódico en cuales se hablaba de su vida y de sus andanzas. No parece ha tenido la tentación de acercarse a él durante unos días que pasó París, a no ser mediante un vuelo metafórico (poema citado). En cambio, parece haberle mandado por correo, y no pocas veces, poemas (un soneto cada semana), así como peticiones y cartas, una de ellas con ocasión de un viaje del príncipe a América del Sur,  instándolo a cuidarse de las trampas de M. de W. (ya mencionado antes), director de la agencia Presse Latine, que "da la consigna a los revolucionarios en los periódicos con palabras en cursiva” Pero, detalle significativo, excepto ya casi al final, Aimée no firma sus cartas.

Nos encontramos -y vale la pena hacerlo notar- en presencia del tipo mismo de la erotomanía, según la descripción de los clásicos, suscrita por Dide. La característica mayor del platonismo se muestra aquí con toda la nitidez deseable.   

 Delirio erotomaníaco o La erotomanía de Clérambault.  

¿pq no cita Lacan a Clérambault?

 

Así constituido, y a pesar de los brotes de ansiedad aguda, el delirio -hecho digno de consideración- no se tradujo en ninguna reacción delictuosa durante más de cinco años. Es verdad que en últimos años se producen ciertas situaciones alarmantes. La enferma experimenta la necesidad de "hacer algo", pero, cosa notable, esta necesidad se traduce primeramente en un sentimiento de estar faltando a deberes desconocidos, que ella relaciona con los imperativos de su misión delirante. Sin duda, si consigue publicar sus novelas, sus enemigos retrocederán espantados.

Ya hemos mencionado sus quejas a las autoridades, sus esfuerzos por lograr que un periódico comunista acepte sus ataques contra una de sus enemigas y su importuna insistencia ante el director este periódico, conducta que le vale incluso la visita de un inspector de policía, el cual procede a una intimidación bastante ruda.

Por lo menos, Aimée quiere tener una explicación con sus enemigos. Encontramos, anotadas en hojas sueltas, las direcciones de principales perseguidores. Un episodio bastante pintoresco, fue la entrevista que obtuvo, durante el primer año de su permanencia en París, del novelista P. B., a quien ella quería "pedirle explicaciones”. Por esa época la enferma está todavía lejos de la etapa de las violencias; pero es muy fácil imaginar la sorpresa y el malestar del escritor a través del breve relato que ella nos hizo de esa entrevista "Fui a la librería a preguntar si lo podía ver, el librero me dijo que cada mañana pasaba por allí para recoger su correspondencia y esperé delante de la puerta, me presenté a él y él me propuso dar una vuelta por el bosque [el Bois de Boulogne] en coche, cosa que acepté; durante este paseo lo acusé de andar diciendo cosas malas de mí, él no me respondió, al final me trató de mujer misteriosa, y luego de impertinente, y nunca más volví a verlo."

En los ocho últimos meses antes del atentado, la ansiedad va creciendo más y más. Aimée siente entonces cada vez más la nece­sidad de una acción directa. Le pide al gerente de su hotel que le preste un revólver, o, ya que él se lo niega, cuando menos un bas­tón "para espantar a esas gentes", o sea los editores que se han bur­lado de ella.

Aimée ponía sus últimas esperanzas en las novelas que había ofrecido a la editorial G. De ahí su inmensa decepción, su reacción violenta, en el momento en que se las devuelvan con una negativa. Es deplorable que no se la haya internado entonces. (dice Lacan )

Se vuelve entonces a quien es su último recurso, o sea el prínci­pe de Gales. En estos últimos meses comienza ya a mandarle cartas firmadas. Al mismo tiempo le envía sus dos novelas, mecanogra­fiadas, encuadernadas con una pasta de cuero de un lujo conmove­dor. Estas piezas le fueron devueltas, acompañadas de la fórmula protocolar siguiente:

 

 

Buckingham Palace.

The Private Secretary is returning the typed manuscripts which Ma­dame A. has been good enough to send, as it is contrary to They Majesties´ rule to accept presents from those with whom they are not personally acquainted.

April, 193 ...

 

Este documento está fechado la víspera del atentado. La enferma estaba en la cárcel cuando le llegó.

En los últimos meses, por otra parte, los conflictos con sus fami­liares se estaban haciendo verdaderamente alarmantes. Las cosas que hacía o decía no podían ser acogidas con el discernimiento que hubie­ra sido menester. Entonces toma la resolución de divor­ciarse y de salir de Francia con el niño. En el mes de enero que precede al atentado, manifiesta sus intenciones a su hermana, en una escena en que muestra una agitación interior y una violencia de expresión tales, que la hermana las recuerda todavía con espanto. "Es preciso -le dijo Aimée- que estés dispuesta a atestiguar que André [su marido] me golpea y golpea al niño. Quiero divorciarme y quedarme con el niño”. “Estoy dispuesta a todo. Si no, lo mataré."

A partir de entonces hay escenas continuas, en las cuales ella insiste en el divorcio. Además, sus visitas a la casa conyugal en la ciudad de E ... , que se habían ido espaciando, se hacen de una frecuencia casi cotidiana. No se despega ya de su hijo, lo acompaña hasta la escuela y viene a recogerlo a la salida, cosa que, evidentemente, el niño no encuentra muy de su gusto.

Aimée nos dice que en esos meses vivía en el temor perpetuo e inminente del atentado que se estaba tramando contra su hijo. Su familia, claro, no ve en su nueva actitud más que un celo intempestivo, y le ruega, sin miramientos, que se deje de unas importunidades que perjudican al niño.

La enferma está cada vez más trastornada. Un mes antes atentado, va a la manufactura de armas de Saint-Etienne, en plaza Coquillere,  y escoge una "navaja grande de caza que ha visto en el escaparate, con una vaina".

Mientras tanto, en su estado de emoción extrema, Aimée se forja verdaderos razonamientos pasionales. Le es preciso ver a su enemiga cara a cara. "¿Qué pensará de mí -se dice, en efecto-si no me hago presente para defender a mi hijo? Que soy una madre cobarde." No encontró la dirección de la señora Z. en la guía telefónica, pero averiguó en qué teatro estaba actuando cada noche.

Un sábado de abril, a las siete de la tarde, se disponía a salir como venía haciendo cada semana, a casa de su marido. "Todavía una hora antes de ese desdichado acontecimiento, no sabía adónde iría, y si no tomaría el camino de costumbre para estar cerca de mi muchachito."

Una hora después, empujada por su obsesión delirante, Aimée encuentra en la puerta del teatro y hiere a su víctima.

Ver: https://sites.google.com/site/jldiasahun2/paranoiahomicidaycrimenpasional.

 

"En el estado en que me hallaba yo entonces -nos ha dicho más de una vez la enferma- habría atacado a cualquiera de mis perseguidores, hubiera podido dar con alguno de ellos o si me lo hubiera encontrado de casualidad." Más de una vez, hablando con nosotros, Aimée hará aquí una pausa y, no sin un gesto de escalofrío, reconocerá que hubiera sido capaz de atentar contra la vida de cualquiera esos inocentes.

Ninguna sensación de alivio sigue al acto. Aimée se muestra agresiva, esténica, y sigue expresando su odio contra su víctima. Sostiene sus afirmaciones delirantes con todo lujo de detalles ante el comisario, ante el director de la cárcel y ante el médico legista. “El director de la cárcel y su mujer vinieron a preguntarme por qué había hecho eso, a mí me sorprendía ver que nadie reconocía el mal proceder de mi enemiga." "Señor Doctor -escribe asimismo en un recado de un tono sumamente correcto, fechado quince días después de su encarcelamiento-, yo quisiera pedirle que haga rec­tificar el juicio que los periodistas han echado sobre mí, me han llamado neurasténica, eso puede perjudicarme para mi futura carrera de mujer de letras y de ciencias."

"Ocho días después de mi entrada -nos refiere posteriormente-, en la prisión de Saint-Lazare, le escribía al gerente de mi hotel, para decirle que me sentía muy desgraciada porque nadie quería oírme, ni creer lo que decía, le escribía también al príncipe de Gales para decirle que las actrices y las gentes de letras me estaban haciendo cosas graves”.

Hemos examinado el borrador de esa carta al príncipe; se destaca entre las demás por la incoherencia de su estilo.

En largas conversaciones con sus compañeras de cárcel  -"una bailarina rusa que había disparado contra el comisario de policía porque era una bolchevique, una ladrona de tiendas y una danesa acusada de estafa" (según precisa ella) -, les habla de las persecu­ciones que ha sufrido. Las tres mujeres hacen señales de asentimien­to, la alientan, la aprueban. "Veinte días después -nos escribe la enferma-, a la hora en que todo el mundo estaba acostado, hacia las siete de la tarde, me puse a sollozar y a decir que esa actriz no tenía nada contra mí, que yo no hubiera debido asustada, mis ve­cinas quedaron tan sorprendidas que no querían creerlo y me hicie­ron repetir: ¡pero ayer todavía usted estaba diciendo horrores de ella! y se quedaron aturdidas. Fueron a decírselo a la Superiora de las religiosas que quería a toda costa mandarme a la enfermería."

Todo el delirio se derrumbó al mismo tiempo, "el bueno como el malo", nos dice ella. Se le muestra toda la vanidad de sus ilusiones megalomaniacas al mismo tiempo que la inanidad de sus miedos. (¿Es fiable este “arrepentimiento”, esta repentina curación y conciencia de enfermedad? , JlDía)

Aimée ingresa en el asilo veinticinco días después.

 

EXAMEN CLÍNICO DEL CASO.

La enferma es de una estatura superior a la media. La constitución del esqueleto es amplia. Osamenta torácica bien desarrollada, por encima del término medio observado entre las mujeres de su clase. No adiposidad ni flacura. Cráneo regular. Las proporciones craneo­faciales son armoniosas y puras. Tipo étnico bastante hermoso. Li­gera disimetría facial, que queda dentro de los límites en que la observa constantemente. Ninguna señal de degenerescencia. No hay señales somáticas de insuficiencia endocrina.

Ligera taquicardia (fr = 100), en los primeros días de su internamiento. La palpación revela la existencia de un ligero bocio/ índole endémica, que afecta asimismo a la madre y a la hermana mayor. En el período que precedió al primer internamiento, ese bocio estaba bajo tratamiento médico (¿extracto tiroideo?). Aimée solía tomar la medicina "sin seguir las recetas y por cantidades masivas”

Un mes después de su ingreso, el pulso ha vuelto a 80. La presión en los globos oculares, ejercida durante un minuto, da en el segundo cuarto de minuto una caída de la frecuencia a 64.

Durante varios meses conserva un estado subfebril ligero criptogenético, de tres o cuatro décimas por encima de la media matinal. Poco antes de su matrimonio contrajo una congestión  pulmonar -de origen gripal (1917)-, y hubo sospecha de bacilosis Exámenes radioscópicos y bacteriológicos repetidos han arrojado un resultado negativo. La radiografía nos muestra una opacidad hiliar izquierda. Los demás exámenes, negativos. Pérdida de tres kilos de peso durante los primeros meses de su permanencia,  pero recuperado más tarde, y luego vuelto a perder- estabilizado en los últimos meses en 61 kilos.

Examen neurológico negativo B. W. y otras reacciones serológicas negativas en la sangre y el liquido cefalorraquídeo. B. W. del marido, negativo también. Durante los seis primeros meses de su internamiento, interrupción de las reglas, por lo general normales. Metabolismo basal medido en varias ocasiones: normal.

Dos partos, cuyas fechas ya hemos registrado. Una criatura nacida muerta por asfixia debida a estrangulamiento con el cordón umbilical. No se encontró ninguna anomalía fetal ni placentaria. Caries dentales en gran número durante los dos embarazos. La enferma lleva dentadura postiza en la mandíbula superior.

Segundo hijo, varón bien desarrollado, de buena salud, actualmente ocho años. Normal en la escuela.

A propósito de los antecedentes somáticos, vale la pena señalar este hecho: la vida que llevaba la enferma desde que se instaló París, trabajando en su oficina de las siete de la mañana a la de la tarde, y luego preparando su bachillerato, corriendo a alguna biblioteca y leyendo desaforadamente, está marcada por un evidente surmenage intelectual y físico. Aimée se alimentaba de manera muy defectuosa, sucinta e insuficiente por la prisa, y a horas irregulares Durante años, aunque solamente desde que se trasladó a París, estuvo tomando cada día cinco o seis tazas de café, preparado ella misma y muy fuerte.

El padre y la madre, campesinos, viven todavía. Dentro de la fa­milia, la madre tiene fama de estar afectada de "locura de persecu­ción". Hay una tía que ha roto con todos y ha dejado fama de re­voltosa y  de desordenada en su conducta.

La madre tuvo ocho embarazos: tres hijas antes de nuestra en­ferma, un aborto después de ella, y por último tres varones. Sólo viven seis de los hijos. La familia insiste mucho en la importancia que debe haber tenido una emoción violenta sufrida por la madre durante la gestación de nuestra enferma, un accidente trágico que le costó la vida a la mayor de las hijas, la cual, a la vista de su madre, se cayó en la boca abierta de un horno ardiendo y murió muy rápidamente de quemaduras graves.

 

ANTECEDENTES DE CAPACIDAD Y FONDO MENTAL

 

Inteligencia normal, por encima de las pruebas de test empleadas en el servicio.

Estudios primarios buenos. Obtiene su certificado simple. Es re­probada en un examen de la enseñanza pri­maria. No persevera. A los dieciocho años, después de un examen de admisión, es aceptada en la compañía en que ha seguido traba­jando, y a los veintiún años obtiene un lugar excelente en el exa­men público que asegura su opción a un título y sus derechos. Durante su permanencia en París es reprobada en un examen más elevado; al mismo tiempo preparaba (a la edad de treinta y cinco años) sus exámenes de bachillerato. En éstos es reprobada tres veces.

Es considerada por sus jefes y sus compañeros como muy cum­plidora, un verdadero "caballo de labor", y a causa de ello es tra­tada con consideraciones en sus trastornos de humor y de carácter. Se le da una ocupación que le permite trabajar aislada en parte de los demás. La encuesta que se hizo entre sus jefes no revela nin­guna falla profesional hasta los últimos días de su libertad. Todo lo contrario: el día que siguió al atentado llegaba a su oficina una carta en la cual se le notificaba que había sido ascendida.

 

Hemos descrito en páginas anteriores la reducción actual de su delirio. En sus respuestas a los interrogatorios se expresa con opor­tunidad y con precisión. Las vaguedades y los amaneramientos no se introducen en su lenguaje sino en los momentos en que se le hace evocar ciertas experiencias delirantes, hechas a su vez de intui­ciones imprecisas e indecibles por las vías de la lógica. Lo mismo cabe decir de las cartas que nos dirige.

En cierto momento le pedimos que nos contara su historia por escrito. El título que esta autobiografía es "Las confesiones de Bécassine" ["Agachadiza', pájaro]. Pero en el relato mismo, la frase es breve y bien redondeada; no hay ningún rebuscamiento; el ritmo del relato, hecho notable tratándose de una enferma como ella, no está retardado por ningún circunloquio, ningún paréntesis, ninguna repetición, ningún raciocinio formal. Más adelante reproduciremos largos pasajes de sus escritos del período delirante.

 

COMPORTAMIENTO EN EL ASILO. TRABAJO y ACTITUD MENTAL

Aimée nunca ha dado motivo para ningún trastorno en el buen orden del servicio. Reduce el tiempo que podría consagrar a sus trabajos literarios para dedicarse a hacer gran número de labores de aguja que luego reparte entre el personal de servicio. Estas labores son de hechura delicada, de ejecución cuidadosa, pero de un poco educado.

Recientemente la hemos adscrito al servicio de la biblioteca, con resultados satisfactorios.

En sus relaciones con las demás enfermas muestra tacto y discernimiento. Nada más gracioso que las satisfacciones diplomáticas ha sabido dar a una delirante paranoica grave, erotómana, ella, del príncipe de Gales, pero que, a diferencia de ella, se ha dado firme en sus convicciones delirantes.

Las anomalías de comportamiento son raras; son sobre todo risas solitarias que parecen inmotivadas, y bruscas caminatas por los corredores: son fenómenos poco frecuentes, que no han sido observa más que por las enfermeras.

Ninguna variación ciclotímica apreciable.

La enferma mantiene de manera habitual una gran reserva en su actitud. Detrás de ésta, da la impresión de que sus incertidumbres interiores distan mucho de haberse apaciguado. Vagas reapariciones  de la erotomanía pueden adivinarse bajo sus efusiones literarias, allí se quedan. No se puede hablar de reincidencia en el delirio.

"Regresar a la oficina, trabajar, volver a ver a mi hijo –suele decirnos-: ésa es toda mi ambición."

No obstante, los proyectos literarios pululan dentro de su cabeza: quiere escribir "una vida de Juana de Arco, unas cartas de Ofelia a Hamlet". "¡Cuántas cosas no escribiría yo en estos momentos si estuviera libre y tuviera libros¡”.

Citemos una carta que nos mandó durante el segundo mes de su permanencia en la clínica. El tono es curioso y, por debajo de las retractaciones que expresa, la autenticidad del renunciamiento pa­rece ambigua.

Después de hablar de su hermana en términos muy curiosos (so­bre los cuales tendremos que volver), añade: "Ella sabe que soy muy independiente, yo me había consagrado a un ideal, una especie de apostolado, el amor del género humano al cual yo lo subordi­naba todo. Lo he perseguido con una perseverancia renovada día tras día, llegaba hasta el extremo de desprenderme de todos los la­zos terrestres o de despreciarlos y dedicaba toda la agudeza de mi sufrimiento a las fechorías que azotan a la tierra ... Ahora que los acontecimientos me han reintegrado a mi modestia, mis planes han cambiado y no pueden ya trastornar en nada la seguridad pública. No me voy a atormentar ya por causas ficticias, y cultivaré la cal­ma y la expansión del espíritu. Haré de manera que mi hijo y mi hermana no tengan ya motivos de queja contra mí a causa de mi desinterés, que ha sido excesivo."

 

Actualmente, Aimée parece encontrar su satisfacción en la espe­ranza de salir de la clínica, salida que ella no concibe como muy próxima, pero sí como segura.

 

PRODUCCIONES LITERARIAS

Ya hemos mencionado e incluso citado ciertos escritos de la enferma. Vamos a detenemos ahora en las producciones propiamente litera­rias que ella destinaba a la publicación.

El interés de su singularidad justificaría ya por sí solo el lugar que les concedemos; pero es que, además, tienen un alto valor clínico desde un doble punto de vista. Estos escritos nos informan acerca del estado mental de la enferma en la época de su composi­ción; y, sobre todo, nos permiten captar en vivo ciertos rasgos de su personalidad, de su carácter, de los complejos afectivos y de las imá­genes mentales que la habitan, y estos puntos de vista suministrarán unos materiales preciosos para nuestro estudio de las relaciones del delirio de la enferma con su personalidad.

Tenemos, en efecto, la fortuna de poder publicar, siquiera sea par­cialmente, esas dos novelas que la enferma, después de recibir la negativa de varias editoriales, envió como último recurso a la corte de Inglaterra.

Ver texto original. Pag. 161 a pág 182.

Se citan a continuación algunos pasajes de la primera novela titulada “El detractor”, dedicada al príncipe de Gales.  (Leer el texto).

 

Soy aguerrida: a la hora del crepúsculo, cuando mi sombra se proyecta sobre la colina, no me asusto de los ruidos de alas a la orilla de los bosques, del crucero de los caminos, del beagle que ladra, , de la manada en huida, del jabalí que pace cerca de los hozaderos, del paso de la perdiz; mi bestia aguza la oreja bajo lechuza y las falenas y cerca de las chamiceras. Me entrego a un soliloquio. [ ... ]

Sigue entonces la llegada a París ("el filibustero” designará en lo sucesivo al perseguidor principal):

 

Llego a París y apenas creo lo que ven mis ojos; el estrépito de calle me impide el reposo. Contemplo los altos hornos con sus bocas abiertas, sus escaparates y las mujeres todas emperifolladas de vestidos de seda. Nunca me he puesto uno de ésos, les digo y ellas parlotean mucho.

Adondequiera que voy llamo la atención, la gente me mira con aire receloso, de tal manera que la muchedumbre a mi puerta no tarda en lapidarme. El filibustero lsa amotina. Quiero salir y me disparan unas ráfagas de reculada y pago un derecho de muellaje.

Sufro algunas afrentas. Es un caballo de labor, dice una mujer. Los demás la miran, ella habla de Jaime 1, dice otra.

Duermo muy mal, cazo las fieras en la jungla con Su Alteza. Es algo que se lee en mis ojos.

 

En este desorden, aparecen las interpretaciones delirantes sobre los comentarios que acerca de ella hacen sus colegas (por ejemplo la expresión "es un caballo de labor", cuya autenticidad hemos po­dido comprobar) y algunos sentimientos episódicos de adivinación del pensamiento (la gente adivina sus sueños).

 

Y  he aquí las declamaciones reivindicadoras:

Alguien llama a mi puerta al día siguiente:

"Baje, es para usted la carreta",

Ella responde Príncipe cuando se le dice Poeta.

Abrazo a un niño que tiembla junto a mi puerta

Tan fuerte es el abrazo, que hacemos uno solo.

La vieja, con moco en la nariz, sostiene las varas del carro,

Infecta, sórdida, me abruma de cuchufletas.

Sigue la multitud de las mujeres ebrias

Hocicos sangrantes o lenguas asesinas

En los muslos inscripciones cifradas

Siguen las sufragistas, peripatéticas

Las abogadas, burócratas, mundanas,

Tirando de mis ropas para envolverse.

De repente, veo, en la plaza del Trono

Ondeando en el suelo, los blasones, las espadas,

Los mantos, los broqueles, los colmenares

Tomo la bandera blanca de las flores de lis

El niño empujando mi brazo eleva el asta

Flotan sobre París lejos de las serpientes que reptan.

 Van vencedoras las flores de lis.

El corazón me conduce, la sangre me llama

Beso el suelo, todo bañado en su sangre

La multitud turbada, parlamenta y

al huir, Me lanza una espada en lustre rebelde

Nos vamos de allí solos, y la multitud recelosa

Del rincón de las ventanas nos espía al pasar.

El desierto, el silencio está más lejos

Las zapas, los antros, las hechiceras operando

Y nadie quiere ser testigo.

Culo de palo, coge la guillotina.

 

Es un incorruptible, dice el historiador; no bebe, no tiene mujeres, ha matado miles de ellas como un cobarde, la sangre corre desde la plaza del Trono hasta la Bastilla. Ha sido necesario Bonaparte apuntando sus cañones sobre París para detener la matanza. [ ... ]

 

Ser libre o morir, han añadido...

Pero no se puede ser libre.

Yo digo que en la sociedad si un hombre es libre es que los demás no lo son.

Así cuando leáis las inepcias de la historia, deberéis grabar en la memoria este pasaje:

La Revolución deificó a la Razón.

Una estatua, pronto, ¡pafl Ya está. Queda plantada.

¡Tiene unos arranques! Pero es la Razón del mal. [ ... ]

 

¿Fuga de ideas?:

Mi hemión se tropieza al pasar delante de las Cámaras, yo quiero hacerla zarpar de nuevo a fuerza de citas, de sentencias, de exaltaciones líricas tomo unas veces el tono de un vicario que sostiene el hisopo, otras veces el tono de un abogado afecto a las parrafadas sublimes. Nada sirve. En República, cuando no se puede hablar cada quien satisface sus necesidades como puede, el hemión se obstina.

 

Llovía, seguía lloviendo

En el restaurante, los cocineros revuelven la ensalada. Cien veces en el telar

Reponed vuestra labor

Pulidla sin cesar y repulidla

Agregad alguna vez y borrad a menudo.

 

Mi hemión me apostrofa con este viejo refrán. Me hubiera reído mu­cho más si no hubiera comprendido que se trataba de bordado, es la única cosa en que las mujeres tienen paciencia.

Parto tan aprisa que con mis suelas de hule me doy una caída y me levanto presto súbito pero echando maldiciones. ¡Quién vende sus za­patos, esas novedades! ¡Yo toso, yo estornudo! ¿Los americanos? No me fío de mis zapatos amarillos; yo presento mi queja, yo examino mi zapato. ¿De qué número calza usted, me pregunta un extraño,. y usted de qué número, le digo yo? Nos entendemos a fuerza de mímicas. Los americanos tienen a la recién casada, ella tomó su maleta para irse con ellos cuando se le hablaba de Jérome, sacúdanse ustedes a esa idiota.

 

Vendedor de ropa,

Vendedor de pieles de conejo,

Vendedor de pieles de osos, de lobos, de cocodrilos,

Vendedor de cetáceos, Vendedor de ropa, ¡Vidriero!

 

 

He aquí la invectiva más fuerte contra sus enemigas, las "mu­jeres de teatro"

Las cortesanas son la escoria de la sociedad, ellas zapan sus derechos y la destruyen. Hacen de las demás mujeres las idiotas de la sociedad y arruinan su reputación.

Al salir del teatro miro pasar otro cortejo. Al  acercarme se me opone la vieja despiernada que tema muslos de un millar de millones, sus de­legadas, y éstas con sus mantenedores, sus chulos, sus ojeadores en la persona de los periodistas. Han encaramado sobre el carro su cuerpo fláccido. Ponte a leer debajo del sobaco, le dice un descargador al otro: belleza, ponte a leer en el cóccix: generosidad: ponte a leer en la in­gle: inteligencia, ponte a leer en el dedo chiquito del pie: grandes ideas. El filibustero detenta las guías.

¡Cuál no fue mi sorpresa! Me explican la cosa, es una intriga en el reino de los lemúridos, de manera que a empujar!, hay que poner a ese pellejo de loba a la altura de la reina; sigue la diosa de las maquina­ciones infernales, la de pelos de perro en el vientre, siguen los delega­dos con tufaradas que apestan, en seguida una cabra salida del teatro francés con una rosa húmeda y pegajosa expuesta completamente hacia fuera y un tupé rubio entre los cuernos, los periodistas le hacen triscar las más bonitas flores del jardín de París, ella ha regado sus virtudes por todas partes. ¡Es como para huir!

Los poetas hacen turno para hablarle, el público sostiene los muslos Con complacencia, el patrón del periódico se sirve de ellos delante del auditorio. Yo no puedo avanzar más, el cortejo me cierra el paso, pre­gunto lo que eso significa, se callan, es un secreto de comedia, está eti­quetado: "Honor y Patria."

¡Es demasiado crudo, señora!, pero usted prefiere hacerla que con­fesarlo, yo le he hablado como en el burdel volante que se vende en las librerías especiales. [ ... ]

 

El escrito termina con el regreso al redil:

En el torrente, la verdad mana de fuente y el cielo concentra su cólera si se toca allí. El día se dispersa, el cielo y la tierra, lampadóforos se armonizan. Yo llego a Les Ronciers; algunos niños deletrean el silabario mientras que se aromatiza la comida. La familia está de pie alrededor de mí, consternada, ansiosa, nos cogemos por el cuello todos a la vez, llenos de espanto del Reinado de la Vergüenza,

 

DIAGNÓSTICO: 

¿Qué diagnóstico emitir acerca de semejante enferma, en el estado actual de la nosografía? Lo que domina el cuadro, y muy evidentemente, es el delirio. Este delirio merece el epíteto de sistematizado en toda la acepción que daban a este término los autores antiguos. Por importante que sea tomar en cuenta la inquietud difusa que está en su base, el delirio impresiona por la organización que conecta sus diferentes temas. La extrañeza de su génesis, la ausencia aparente de todo fundamento en la elección de la víctima le confieren rasgos particulares. Los encontramos en el mismo grupo en las erotomanías puras más "ideológicamente" organizadas.

Este carácter, sumado al conjunto de las demás señales somáticas y mentales, nos hace eliminar de una vez por todos los diagnósticos de demencia orgánica, de confusión mental. El único con nos quedaremos es el de “demencia” paranoide.

No puede tratarse aquí de un delirio crónico alucinatorio. Ya volveremos sobre la existencia de algunas alucinaciones episódicas admitidas por todos los autores (véanse Sérieux y Capgras) en el cuadro del delirio de interpretación.

. Es preciso eliminar igualmente las diversas variedades de parafrenias kraepelinianas. La parafrenia expansiva presenta alucinaciones, un estado de hipertonía afectiva, esencialmente eufórica, y exuberancia del delirio, que son extraños a nuestro caso.

La parafrenia de Kraepelin.  (jldia)

 

La parafrenia fantástica no ofrece más que mitos cósmicos místico-filosóficos y pseudocientíficos, metafísicos, tramas de fuerza; divinas o demoníacas, que sobrepasan con mucho, por su riqueza, complejidad y su extrañeza, lo que vemos en nuestro delirio. A más, la relación de todos esos temas está ahí muy relajada. En casos, no queda ya ninguna medida común entre las creencias  delirantes y las creencias aceptables dentro de los límites normales incluso cuando han sido empujadas hasta el extremo. Las creencias que se refieren al mundo exterior no se expresan tanto en temas de rela­ción cuanto en temas de trasformación, cuyo tipo es la cosmología absurda. En cuanto a las creencias del sujeto acerca de su propio yo se refieren, en las parafrenias, no a capacidades que el futuro debe revelar, a ambiciones más o menos idealistas que el porvenir debe realizar, si no a atributos de omnipotencia, de enormidad, de virgi­nidad, de eternidad, concebidos como presentes y realizados.

No se trata tampoco en nuestro caso de parafrenia confabulante, delirio de imaginación rico en aventuras innumerables y complica­das, en historias de raptos, de matrimonios falsos, de permutaciones de niños, de enterramientos simulados, casos de los cuales conoce­mos espléndidos ejemplos.

También hay que eliminar, y por las mismas razones, la psicosis paranoide esquizofrénica de Claude (Bleuler) * . Nuestra paciente ha conservado dentro de límites normales la noción de su personalidad; su contacto con lo real ha mantenido una eficacia suficiente; la actividad profe­sional se ha desarrollado hasta la víspera del atentado. Estas señales descartan dicho diagnóstico.

 

·         Henri Claude (1869 – 1945) de 1922-1939, jefe clínico Hôpital Sainte-Anne  Paris.  Maestro de H.Ey.  

 

En consecuencia, nos quedamos reducidos al amplio marco de­finido por Claude con el nombre de psicosis paranoicas. Nuestro caso entra perfectamente en sus límites generales por su sistema­tización, su egocentrismo, su desarrollo lógico sobre premisas falsas y la movilización tardía de los medios de defensa.

La paranoia de Kraepelin. (jldia)

Nuestro caso se adapta no menos perfectamente a la descripción kraepeliniana que hemos tomado como criterio. La "conservación del orden en los pensamientos, los actos y el querer" puede ser afirmada aquí dentro de los límites clínicos en que la reconocere­mos valedera. Encontramos aquí  "la combinación íntima anudada en el plano ambivalente de la afectividad", de los temas de perse­cución y de grandeza. El delirio nos muestra, a pedir de boca, toda la gama de esos temas, con excepción de las ideas hipocondríacas, sobre cuya rareza se llama la atención en la concepción kraepelinia­na de la paranoia. Según veremos, nuestro caso demuestra las re­laciones coherentes de los temas del delirio con la afectividad.

Por lo que se refiere a los mecanismos elementales, generadores del delirio, digamos, que su fondo está formado por ilusiones, interpretaciones y errores de la memoria, y que permanecen exactamente en el marco de la descripción clínica de Kraepelin.

Paranoia (Verriicktheit): he ahí el diagnóstico en que nos detendríamos ya en este momento, si no nos pareciera que en contra de él podría suscitarse una objeción, basada en el hecho de la evolu­ción curable del delirio en nuestro caso.

La mayor te de los autores, salvo Bleuler -y, punto decisivo, Kraepelin mismo-- han abandonado el dogma de la cronicidad de la psicosis paranoica. A sumo Kraepelin admite que después de la remisión, relacionada con la solución del conflicto generador, persiste una disposición  latente a la reincidencia del delirio. Nada se opone a esa concepción

 

Aenxo : Délire de relation des sensitifs de Ernst Kretschmer 1919.

C'est un type de personnalité paranoïaque marqué par un sens élevé des valeurs morales, l'orgueil (une haute estime de soi-même, qui conduit à se considérer comme jamais suffisamment reconnu à sa juste valeur), une hyperesthésie relationnelle entraînant une grande vulnérabilité dans les contacts sociaux, et une tendance à l'autocritique, à intérioriser douloureusement les échecs et une susceptibilité. On ne retrouve pas l'hypertrophie du moi ni la quérulence présentes chez les autres personnalités paranoïaques.

 

Sea como fuere, la descripción magistral de Kretschmer ha mostrado un tipo de delirio paranoico en que se observa la curación. (nos dice Lacan)

¿Es posible, sin embargo, en relación con el hecho de la evolución favorable, sugerir otros diagnósticos?,

Acceso delirante de los degenerados, podrá decir alguien. Pero, si se quiere dar a esa designación, actualmente tan discutible, un sentido clínico que pueda discutirse en nuestro caso, éste se definiría por señales tales como la brusca invasión, la variabilidad y la inconsistencia de los temas, su difusión, sus discordancias, señales todas que se oponen a la organización antigua, progresiva, constante delirio en nuestra paciente.

Con toda seguridad, Magnan hubiera clasificado nuestro caso entre los delirios de los degenerados. Este marco respondía en sus tiempos a una entidad clínica que se oponía al delirio crónico, como la paranoia a la parafrenia.  Pero, como se sabe la doctrina de la degenerescencia no se apoyaba más que en referencias imprecisas a hechos globales y mal controlados. Ahora ha perdido ese apoyo; y nuestra meta debe ser definir entidades morbosas  de un valor clínico más tangible.

 

         La demencia precoz: el grupo de las esquizofrenias de Eugene Bleuler.

 

¿Nos ofrecerá ese marco clínico más riguroso, en nuestro caso, la esquizofrenia de BIeuler? Como se sabe, esta designación abarca algunas de las variedades de psicosis que ya hemos descartado: parafrenias, psicosis paranoides-, pero también las desborda en gran medida. La evolución curable de nuestro caso ¿nos dará derecho a  situarlo entre esas esquizofrenias de evolución remitente y cura de que habla Bleuler?.

La esquizofrenia, como es bien sabido, se caracteriza por el "relajamiento de los vínculos asociativos" (Abspannung) . El sistema asociativo de los conocimientos adquiri­dos es sin duda el elemento de reducción más importante de esas convicciones erróneas, que el individuo normal elabora sin cesar y conserva de manera más o menos permanente. La ineficacia de esta función puede ser considerada como un mecanismo esencial de un delirio como el de nuestro sujeto.

Pero aquí tenemos un punto de vista doctrinal que carecería de valor si la esquizofrenia no coordinara de manera muy clínica un gran número de hechos. Para conservar este valor, la concepción debe guardarse de pretender una extensión indefinida.

Ahora bien: ninguno de los trastornos definidos de la ideación, de la afectividad y del comportamiento, que son los síntomas fun­damentales de la esquizofrenia, es verificable clínicamente en nues­tro caso, ni tampoco localizable en la anamnesis. En cuanto a los trastornos episódicos que ha presentado nuestra enferma, y sobre los cuales vamos a seguir hablando, por ejemplo sentimientos de extrañeza, de déjà vu, probablemente de adivinación del pensamien­to, e incluso las muy contadas alucinaciones, pueden manifestarse entre los síntomas accesorios de la esquizofrenia, pero de ninguna manera le pertenecen como cosa propia. Los trastornos mentales del primer internamiento han podido obligamos a considerar du­rante un instante la cuestión de un estado de discordancia. Pero ningún documento que poseamos nos permite afirmar su existencia.

Queda la hipótesis de una forma de la psicosis maniaco-depresiva.

En nuestra exposición de las teorías hemos insistido ciertamente sobre las intermitencias que se encuentran a menudo en los delirios, así como sobre las notas de hiperestenia maniaca, o de depresión, entremezcladas a veces, que en ellos desem­peñan seguramente un papel esencial. Pero, a pesar de ciertos ras­gos sospechosos de los trastornos en la época del primer interna­miento, ninguno de esos caracteres aparece en nuestro caso con la suficiente nitidez para que le demos algún valor diagnóstico.

Estos últimos puntos de nuestra diagnosis permanecen, sin embar­go, a merced de la evolución futura de la enferma. Nosotros nos proponemos seguir la catamnesia, y comunicar cualquier hecho nuevo y significativo.

En el interior del marco existente de la paranoia, nuestro diag­nóstico se detendrá evidentemente en el delirio de interpretación.

J. Capgras, P. Sérieux, Les folies raisonnantes, Paris, Alcan, 1909 (Ouvrage en accès libre sur le site de la BIUM)

 

"Las interpretaciones delirantes, múltiples y diversas, primitivas y predominantes", "las concepciones delirantes variadas, en las cuales parece secundaria la idea directriz", el entremezclamiento de temas de grandeza y de persecución, "la falsedad y la inverosimilitud flagrante de la novela delirante", "la actividad normal" reacciones, en fin de cuentas “bien conectadas con su móvil” “ausencia de señales de degenerescencia", "la conservación del sentido moral", "la extensión progresiva del delirio, la trasforma del medio exterior", en una palabra, todos aquellos rasgos mediante los cuales Sérieux y Capgras, con un espléndido rigor, caracterizaron el delirio de interpretación distinguiéndolo del de reivindicación, están presentes en nuestro caso.

Sólo falta el signo de la incurabilidad. Pero ya hemos descartado la objeción que plantea esta falta.

Observemos corno rasgo negativo, conforme a los clásicos la ausencia, en nuestro caso, de esa organización "en sector", suspendida íntegramente de la idea de un perjuicio pretendido o real caracteriza al delirio de reivindicación, y la ausencia también del signo tan importante de la exaltación hipomaniaca.

 

(Anexo: Ver diferencia entre delirio en sector (cuña) o en red)

(Le délire est dit "en réseau" puisqu'il s'étend peu à peu à toute la vie psychique, et concerne tous les domaines (affectif, relationnel et psychique) de la vie du sujet.  Soit en secteur lorsqu'il reste limité à un domaine de la vie du patient (exemple : celotipia, erotomanía, deliros reivindicativos). Jldia.

 

Precisemos, por el contrario, ciertos rasgos que, en relación con la descripción clásica, constituyen la particularidad del delirio nuestro caso. No es absolutamente centrípeto, puesto que exactamente sus amenazas están centradas en torno al hijo. Interviene en él una nota de autoacusación (el niño está amenazado porque su madre ha merecido más o menos ser castigada). En el cuadro diagnóstico de Séglas, estos dos rasgos pertenecen a los delirios melancólicos, y están de acuerdo con la nota depresiva que en él domina.  Ésta se complementa con una nota de ansiedad, bien evidente en el carácter de inminencia, manifestado por paroxismos por miedos delirantes.

 

Copiemos aquí, para terminar el capítulo, el certificado de quincena que nosotros mismos redactamos cuando la enferma ingresó  en la clínica:

 

"Psicosis paranoica. Delirio reciente, que ha culminado en una tentativa de homicidio. Temas aparentemente resueltos después acto. Estado oniroide. Interpretaciones significativas, extensivas concéntricas, agrupadas en torno a una idea prevalente: amenazas a su hijo. Sistema pasional: deber que cumplir para con éste. Impulsiones polimorfas dictadas por la angustia: gestiones ante un escritor y ante la futura víctima. Ejecución urgente de escritos. Envío de estos a la Corte de Inglaterra. Escritos panfletario y bucólicos.

Cafeinismo. Desviaciones de régimen. Dos exteriorizaciones interpretativas anteriores, determinadas por incidentes genitales y comple­mento tóxico (tiroidina). Actitud vital tardíamente centrada por un apego maternal exclusivo, pero en el cual dominan antiguamente valores interiorizados, permitiendo una adaptación prolongada .a una situación familiar anormal, a una economía provisional. Bocio mediano. Taquicardia. Adaptación a su situación legal y maternal presente. Reticencia. Esperanza."

 

TEXTO EXCLUSIVO PARA INVESTIGACIÓN EN PSICOPATOLOGÍA DESCRIPTIVA Y FENOMENOLOGÍA.

(USO DOCENTE, formación en psicopatología para MIR psiquiatría y PIR psicología clínica.

Texto Sometido a copy-right

No copiar, ni usar fuera de esta finalidad docente.

Ir a fuente original, y edición disponible en España, gracias a Editores Siglo XXI, Mexico. Traducción de Antonio Latorre. Primera edición en Español 1976.

 

Esto no está –como sabéis- en el DSM-IV.


 correspondencia:

 Dr J.Luis Día 

hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza. 

jldiasahun@gmail.com 

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