odio venganza y crueldad: pasiones del alma en la obra de Luis Vives.

Docencia en Psicopatología descriptiva y fenomenología.  

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 -Los caracteres de Teofrasto. 

-Las pasiones del alma, el odio, la venganza y la crueldad, en la obra de Luis Vives. 


-Otras psicopatías clásicas: Los descerebrados de Tomaso Garzoni. 


Clasificación psicopatías, los tipos psicopáticos y constituciones psicopáticas. 

Los LOS PSICOPATAS DESALMADOS de K. Schneider

- Psicópatas hipertímicos - depresivos - inseguros y fanáticos, de K.Schneider 

 

    Estudio de las pasiones del alma, de los caracteres y personalidades en la obra de Luis Vives: 

Breve reseña histórica:

    Luis Vives (Valencia, 1492 y Brujas 1540). Humanista ilustrado, filósofo y pedagogo reformador. De familia acomodada, origen judío, obligados a convertirse al cristianismo. La inquisición abre proceso contra sus padres por practicar la liturgia judía.  Desde 1507 hasta 1509 estudia en la Universidad de Valencia, “Estudi general”,  en 1590 se traslada a Paris, Universidad de la Sorbona. Terminó sus estudios en 1512, grado de doctor y se trasladó a Brujas (Bélgica).

    Recibió la noticia de que su padre había sido condenado y quemado en 1526, y su madre Blanca March, muerta en 1508, desenterrada y sus restos quemados en 1529. Inmerso en una depresión anímica, se traslado Inglaterra (Oxford), y nunca más regresó a España.

     En 1523, lector del Colegio de Corpus Christi, por el cardenal Wolsey, canciller de Enrique VIII de Inglaterra. Allí trabó amistad con Tomas Moro y la reina Catalina de Aragón (Hija de Juana la Loca). Futuro profesor de latín de  María Tudor. Sus cartas a Carlos V y al papa Clemente VII -interceptadas por el cardenal Wolsey- le obligan a abandonar Inglaterra.

     Regresa a Lovaina, con sus amigos flamencos y la vida académica con su amigo  Erasmo de Rotterdam, ver “el elogio de la locura”, “Stultitiae Laus, o Elogio de la estulticia”. En Brujas recibe la noticia de la muerte su amigo  Tomas Moro. A Carlos V, dedicó su tratado humanista “De concordia et discordia in humano genere” y  al inquisidor general de España su obra pacifista y de ética política: “De pacificatione”. Su última obra,  De anima et vita”, es un tratado psicológico sobre las emociones y pasiones humanas. El 6 de mayo de 1540 moría en su casa de Brujas. Fue enterrado en la iglesia de San Donaciano.


    Sirva de homenaje a nuestro Humanista ilustrado, filósofo y pedagogo reformador, contemporáneo de nuestro ilustre Miguel Servet (Serveto) (1511-1553)

 

Destacamos su obra: De anima et vita (Basileae, 1538), verdadero tratado psicológico, e inspiración para filósofos e ilustrados europeos como Rene Descartes (Las pasiones del alma, de1649).

 

-Juan Luis Vives y la Emociones. (Juan Luis Vives and the Emotions (1989).

De Carlos G. Noreña. ( Ph. D. in Philosophy. Univ California. San Diego.y Prof. Santa Cruz) . Publicación ajuntament de València.

-Y la obra de Luis Vives. (El alma y la vida).  Basilea 1.538.  Ed. Ayuntament de Valencia.


Para el estudio de la psicología de las “psicopatías”, hemos elegido estos capítulos de Luis Vives:

  El odio, la venganza y la crueldad.

La lectura de este tratado humanista sobre las emociones no nos deja indiferentes, y nos sirve para comprobar la “banalidad y superficialidad” de los estudios sobre la personalidad en la actualidad y en la cultura psiquiátrica actual.

¡Esto no está en el DSM-IV¡

Veamos el Capítulo XIV de su “De Ánima et vita” (1.538), titulado: EL ODIO

        l. El odio es un disgusto profundo por el que uno desea causar grave daño a aquél a quien considera autor del disgusto recibido. Éste no se extiende sólo al tiempo presente o al pasado, sino también al futuro y posible. Así, pues, odiamos al que nos ha dañado, que nos daña o nos dañará, o que pensamos que puede dañamos. La sospecha tiene aquí un extenso reino; por ella secundamos nuestro temperamento meticuloso o hacemos nuestras conjeturas, basadas en la razón y en la experiencia, de por qué una persona ha dañado a otras, por qué sus padres o parientes también han dañado, por qué los que son de la misma índole tienen por costumbre causar daño, como lo hacen los hombres robustos y valientes pero sin juicio, y las fieras hambrientas e irritadas. Por este motivo quienes han soportado injurias de parte de muchos se disgustan menos y más raramente, pero son más temerosos y suspicaces y, por lo mismo, más propensos al odio, a no ser que les calmen la bondad de su carácter y unas sabias reflexiones, como en el caso de Sócrates Ateniense.313

313. Cf. nota 301 y concretamente la cita de Séneca, quien en sus Epístolas propone hasta catorce veces a Sócrates como modelo que imitar.

 

        2. También los animales odian la imagen que les trae el recuerdo del daño anteriormente recibido. Los hombres cobardes son propen­sos al odio porque temen que de todas partes les aceche un peligro; por ello odian toda clase de fuerza y poder que les pueda lastimar en el espíritu, en el cuerpo y en los bienes. De ahí que exista gran crueldad en los tiranos miedosos como se dice que fueron Calígula, Nerón y otros príncipes indignos. Los que han injuriado a hombres poderosos les odian vivamente por temor al castigo, y los quisieran ver exterminados para vivir tranquilos; de donde deriva el aforismo: «El ofensor no perdona». En cada uno existen fuertes motivos de odio, según la valoración que se hace de las Cosas. Para el ambicioso constituye un motivo muy grave de odio que se haya dicho, hecho o pensado algo en contra de su opinión; para el avaro en Contra de sus bienes, para el religioso en contra de su piedad y para el buen ciudadano en Contra de la patria y el Estado.

        3. En verdad, si primero el amor se había adueñado del espíritu y luego desaparece, el odio penetra más fácilmente; como acontece cuando descubrimos que algo no era como pensábamos. Después el odio se exaspera con mayor ímpetu cuando comprobamos lo contrario: que es un avaro al que amábamos por su valentía. Otro tanto sucede cuando se opone al amor una motivación de odio más fuerte: como al comprobar que hemos sido despojados por alguien de quien descubrimos que es generoso con los demás.

        4. El odio nace de un temperamento frío y seco, por lo cual pre­valece en las personas, lugares y circunstancias de esta naturaleza: así en los melancólicos, en invierno, en la enfermedad, en la pobreza, en el hambre, en la infamia. Sin duda, en estos casos el odio echa raíces más profundas, pero es inactivo y lento, mas con el calor se agudiza hasta hacerse cruel. Son propensos al odio los soberbios, los envidiosos, los afectados por una cierta malevolencia natural y los que la han contraído por la costumbre, habituados a complacerse en los males del prójimo. Los que se aman a sí mismos con gran ternura odian a los demás por fútiles motivos, porque creen siempre que se les hiere y pretenden que se les ha hecho una injuria.

        5. El odio se afianza y acrecienta por la ira frecuente; de ahí que afirmaran algunos que el odio es una ira inveterada, (314) asimismo se incrementa por la envidia de donde nace el odio más encarnizado y atroz. En verdad, se aplaca más pronto el odio originado por una grave injuria o afrenta que el odio motivado por la envidia. El odio aparta nuestro pensamiento del temor, porque no discurrimos con agrado de aquello que nos asusta; mas el odio provocado por la ira o la envidia trae consigo un pensamiento constante: tanto en nuestra prosperidad a fin de que los enemigos sufran - así en la comedia Gnatón dice a Parmenón: « ¿Acaso ves alguna cosa que no que­rrías?»_; (315) como en nuestra adversidad a fin de que los enemigos no se alegren, conforme al dicho de Néstor en Homero: «Príamo se alegrará de ésta nuestra disputa».316 Por esta causa, en cuanto nos es posible, procuramos que los enemigos no se enteren de que estamos tristes o abatidos, a no ser cuando voluntariamente rehui­mos el odio provocado por la envidia, como Dionisio lo hizo en Corinto.317

 

314. Así en Cicerón, Tusc., 4, 9, 21, donde a la definición de ira como «deseo de castigar a aquel que pensamos nos ha dañado injustamente», se asocia la de odio como vicio que ha arraigado por la habituación.

        6. En verdad, nos alegramos cuando aquellos que odiamos se en­cuentran mal; tanto más si se trata de aquel que nos ha ofendido: así nos alegramos de que se le hayan sustraído las fuerzas al insolen­te, la autoridad al arrogante, las riquezas al rico que hacía un mal uso de ellas. De la grata percepción del bien nace el amor, del amar­go sentido del mal nace el odio. Mas los bienes, por la debilidad de nuestro ser, no son nunca puros, ni duraderos, y dejan una exigua impronta de sí mismos; por el contrario, los males, al encontrar en nuestro interior un lugar donde situarse y arraigar, son más durade­ros y más graves y dejan una huella más prolongada. Por ello sucede que el odio surja en nuestro espíritu más pronto que el amor y eche raíces más profundas, y que sus retoños y filamentos sean más fir­mes, puesto que ha encontrado en nosotros el terreno abonado. Jus­tamente dice Cicerón: 318 «Nos acordamos de cuanto nos duele; nos olvidamos de cuanto nos agrada».

315. En Eun., 272. La cita de Vives es casi literal.

    316. «Príamo se alegrará» traduce el texto homérico de Iliada.. Por lo demás Vives resume el pasaje de la Ilíada donde Néstor recrimina a Aquiles y a Agamenón su violenta ruptura, la cual procurará un goce inmenso a Príamo y a todos los troyanos.

    317. Cf. V. Máximo, Fact. et dice., 6, 9, ext. 6. Se trata de Dionisio el Joven que de poderoso tirano en Siracusa hubo de refugiarse a Cocinta, al ser expulsado del trono, donde ejerció el oficio de maestro de primeras letras.

    318. Cicerón, Mur., 20.

 

        7. Del odio nace la maledicencia y, cuando se enardece, la amar­gura y la crueldad. El amor estimula a hacer el bien, mas el odio aparta del bien obrar e impulsa e incita a hacer daño; por ello esparce las semillas de la enemistad y procura con astucia hacer caer en peli­gro al que aborrece: por ejemplo, que incurra en la ira de quien puede dañarle gravemente. Así, pues, del modo que sea, por sí mis­mo o por medio de otro, oculta o abiertamente, el que odia desea que le vaya mal a su víctima.

        8. El odio se debilita por lo cálido y lo húmedo, por la alegría y por una gran prosperidad. Además se debilita cuando se le enfrentan las causas que engendran el amor ora superiores a las que eran la causa del odio, ora iguales y a veces incluso inferiores, según los sentimientos de cada uno en las diversas circunstancias. El odio se elimina con la compasión, se suprime con la esperanza o con el firme deseo de conseguir del enemigo alguna cosa que pensamos que nos será útil o agradable y merecedora de que le amemos por tal favor. Asimismo el odio se desvirtúa por otro odio más fuerte y profundo, o por la inquietud y preocupación por otros asuntos de gran impor­tancia. Una vez suprimidas las causas del odio, también éste se elimi­na, así cuando alguien ha experimentado un cambio; esto tanto más rápidamente si sobreviene otra causa de amor, por ejemplo, cuando un pariente, un deudo, un hombre instruido, útil al Estado, ha vuel­to a una vida más honesta.

        9. El menosprecio de los bienes terrenos y la elevación del espíri­tu a los bienes eternos y divinos destruyen los odios y las enemista­des. En verdad, ¿qué le importan las pequeñas ofensas recibidas en esta breve peregrinación a quien tiene la mente absorta en la patria celeste? El odio se debilita también si uno se habitúa a interpretar en un sentido más positivo las cosas que otros han dicho o hecho, puesto que con tal disposición verá suprimido el origen de su disgus­to y, por lo mismo, también del odio.



Vemos que nos cuenta Luis Vives, en su “Anima et Vita” sobre la Venganza y la crueldad.

    CAPÍTULO XVIII: LA VENGANZA Y LA CRUELDAD

        1. Todo cuanto el afecto recibe, sea bueno o malo, tiende a devol­verlo al origen mismo de donde lo ha recibido; de ahí nace la bene­volencia hacia el que ha sido benévolo, la beneficencia hacia el be­nefactor o, por el contrario, nacen la malevolencia y la maleficencia. Por este motivo el espíritu que sufre algún dolor desea devolver semejante sufrimiento a aquel mismo que causó el dolor: en esto consiste el deseo de vengarse, y cuando se lleva a efecto se llama venganza. Éste es, pues, el acto de infligir la pena, a nuestro juicio, merecida; la pena, a su vez, es un daño o lesión en cualquier género de bienes: del espíritu, del cuerpo o de la fortuna, según la estima que cada uno hace de ellos. Porque hay algunos que piensan vengarse de una afrenta mostrando el dedo medio, 338 o con un gesto indecente, o con un insulto. Al contrario, los hay que prefieren ser atacados con un palo o con una espada antes que con palabras injuriosas. Otros, o porque piensan que tienen poca fuerza para realizar la venganza, o porque la desean con toda avidez, la imploran con siniestras impreca­ciones a un vengador más poderoso como un príncipe o una divinidad.

    338. Cf. Juvenal, Sat., 10,53: ... mediumque astenderet unguem. En este lugar el satírico se refiere a Demócrito de Abdera, ya aludido por Vives en un contexto similar (cf. nota 210), y dice: «Se burlaba de las cuitas como también de los goces del vulgo, a veces hasta de sus lágrimas mandando a la Fortuna adversa que se hiciera ahorcar y mostrando (para escarnio) su dedo medio». (Se mostraba este dedo, mientras el resto de la mano estaba cerrada en un puño, conforme al uso griego).

 

        2. Así, pues, todo resentimiento que se acrecienta en gran medida con el odio, la ira, la envidia y la indignación, implica el deseo de venganza, es decir, de reparar el dolor; a menos que unos afectos se comporten de una manera y otros de otra. En efecto, la envidia, con su habilidad y astucia, nos sorprende al no querer dar la impre­sión de que la venganza ha nacido de ella. La ira y la indignación actúan abiertamente: quieren que la venganza sea conocida por los demás, y sufrida y comprendida por aquél de quien se vengan. El celoso considera que la venganza aplicada a aquél con quien se está enojado debe ser honorable y conocida. El odio se muestra diversa­mente: así, cuando se inflama, se transforma en ira; pero, mantenido con frialdad se insinúa furtivamente como el veneno y hace daño.

        3. La amargura del resentimiento que no puede ser dominada, sino que prorrumpe sin medida en toda forma de venganza, a fin de dañar por todos los medios posibles, se llama «rabia», término derivado de la enfermedad que afecta a los perros y a los lobos; pero si el resentimiento no puede desahogarse se acrecienta, comprime el corazón, conmueve y golpea todo el cuerpo: esto se dice estar roto y hecho pedazos. La acción del castigo y de la venganza al tomar fuerza se convierte en sevicia o crueldad que es la privación de sim­patía, porque los que experimentan simpatía sienten también compa­sión. Algunos carecen de simpatía siempre, otros durante un tiempo. La carencia perpetua se debe a la natural complexión física o a la costumbre que se ha convertido en naturaleza; la carencia temporal se produce porque los espíritus agitados por una pasión violenta se endurecen, mas tal estado no se prolonga más que la propia agita­ción. Así el ansia vehemente de alguna cosa exaspera la crueldad contra el que pone obstáculos; como sucede con el ansia de riquezas, de mando o de placer, y también con el temor por una cosa querida, como la vida y el imperio; tal acontecía a Nerón, Calígula y Cómodo que eran crueles a causa del temor. Por el contrario, Tito Vespasiano hijo, por la confianza y serenidad de espíritu, era sumamente apacible, incluso con los que conspiraban contra su poder. 339

    339. Cf. Suetonio, Tit., 9, 1-3. Afirma el historiador que Tito ni ordenó ni aconsejó ejecutar a nadie, aunque no le faltaran motivos de venganza, pero juraba que prefería morir que matar, Asimismo perdonó y trató con gran deferencia a dos patricios que intentaban derribarle del trono. El fin, a su hermano, que intrigaba contra él le llamaba copartícipe del poder y sucesor, rogándole con lágrimas que se decidiera a corresponderle con su afecto.

        4. También la ira y el resentimiento, cuando se inflaman, impiden la rectitud del pensamiento e impelen a actos muy violentos y terri­bles. La crueldad se manifiesta de tres formas: en el intento en la ejecución y en la omisión del acto. Éste lo intentan quienes le  man­dan y quienes lo agencian con habilidad y astucia; lo ejecutan el verdugo y los soldados. Muchos, en verdad, se muestran crueles en mandar lo que ellos mismos no osarían ejecutar. La tercera forma de crueldad se manifiesta en el incumplimiento del deber, cuando no nos compadecemos de quienes lo merecen o por malevolencia, o por indolencia: como sucede cuando abandonamos o descuidamos a los padres, a los parientes, a los familiares y a los que son desventu­rados ora por enfermedad, ora por indigencia, ora por un peligro, sin conmovemos ante su adversidad; sin duda carecemos de la con­miseración de que hemos hablado. Esto es inhumanidad y crueldad, que se manifiestan cuando renunciando al juicio y a la índole huma­na, asumimos la índole ferina.

        5. El deseo de venganza se calma interiormente cuando la sangre ha sido refrigerada por los pulmones o se ha refrescado espontánea­mente, como en aquellas personas en las que la bilis se inflama rápi­damente, pero luego se aquieta en muy breves momentos por la irrelevancia de la materia que la sustenta, como cuando arde la esto­pa. Los temperamentos melancólicos y flemáticos como son más lentos para enardecerse, así, una vez inflamados, son más obstinados. Nos apaciguamos también cuando hemos asumido el castigo im­puesto por nosotros mismos o por otro, sea un amigo, o la naturale­za o la fortuna; cuando el objetivo de nuestra ira resulta ser un miserable, enfermo, pobre, deshonrado; y cuando ha expiado penas más graves que aquellas que había de sufrir de parte del que estaba airado.

        6. La ira no se ensaña contra los difuntos que han soportado ya el último de los males y que no pueden ser víctimas de nuestra venganza. A menudo desistimos de tomarnos la venganza cuando la vemos ya dispuesta, lo que acontece a muchos que perdonan al ene­migo cuando lo tienen en sus manos, juzgando que es suficiente compensación para ellos haberle podido dañar. El rigor de la ven­ganza disminuye, vencido y extenuado, cuando poco antes se ensa­ñaba contra los demás: así el príncipe se reconcilia con los ciudada­nos mediante las ejecuciones públicas y el general con el ejército mediante el castigo de unos pocos. A veces el rigor es desvirtuado por otro sentimiento, así por un mal mayor o por una ira más vehe­mente, como una piedra es desmenuzada por otra piedra o por el mazo. La ira cuando está excitada no admite ningún tratamiento, antes bien se exaspera con el remedio, ya que la razón se halla entera­mente perturbada, y el fuego comprimido arde con más viveza; a menos que la compresión sea tan fuerte que abrume al fuego y lo apague, como los escombros el incendio. La ira se mitiga también por el amor de quien suplica en favor de nuestro enemigo, o cuando es honorífico perdonar, o cuando esperamos algún beneficio, o te­memos un daño, como dicen que un clavo saca otro clavo.

        7. En fin, el tiempo mismo aporta, más pronto o más tarde, el remedio a todos los males del espíritu, según sea la complexión cor­poral o la persuasión y el juicio del espíritu; y como la bilis inflamada engendra fácilmente el disgusto y la ira, así, cuando se ha calmado, se apaga la llama de la pasión. De ahí que sea muy conveniente enfriar la bilis de la manera que antes hemos indicado. La venganza se reprime y se reserva para otro tiempo mientras no se presente la ocasión de consumarla; como dice Homero340 que hacen los reyes, quienes disimulan por un tiempo su venganza, hasta encontrar la ocasión propicia. Aquélla, entre tanto se acumula y se pudre en el estómago, y cuanto más tiempo se digiere, con tanta mayor purulen­cia se vomita.


    340. Cf. Hornero,.. 1,80-83: «El rey, cuando se enoja con un inferior, es, sin duda, más poderoso, y aunque el mismo día (del enojo) refrene su ira, conserva luego el rencor hasta desfogarlo en el pecho de aqué1». Esta consideración se la hace el  adivino Calcante a Aquiles para prevenirle frente al rey Agamenón, el causante de la cólera de Apolo.

 

Ver también:

-De la cólera (de la Ira)  de Séneca. Clásicos de Grecia  y Roma. Alianza Editorial. (Traducción y notas de Enrique Oton).

- Ética eudemia. De Aristóteles. (Traducción y notas de Carlos Megino ). Clásicos de Grecia  y Roma. Alianza Editorial.

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